23 de noviembre de 2019

EL CUADERNO DE BERLÍN (4)

Unas reflexiones (noveladas) sobre el oficio de escritor.
Estás en THE HELLSTOWN POST, página literaria dedicada especialmente (pero no sólo, como puedes ver hoy) a la fantasía, el terror y la ci-fi. También es el nombre de la revista digital (ISSN 2659-7551) que publicamos semestralmente. Puedes colaborar en una u otra siguiendo las indicaciones que te dejamos más abajo. Texto e imágenes, © 2019 D. D. Puche (autor) & The Hellstown Post.


El cuaderno de Berlín | D. D. Puche | Una novela seriada sobre el oficio del escritor.


Literatura  |  Novela seriada

El cuaderno de Berlín

Parte 4  |  Un estudiante se enfrenta a su opera prima literaria en los meses que pasa en la capital alemana






La literatura pretende –cada obra a su manera– decir la verdad acerca de algo para lo que no hay una solución última, es decir, una ecuación o fórmula que solvente el problema. Por eso no se deja de escribir acerca de las mismas cuestiones, una y otra vez. Especialmente sobre las dos que las resumen todas: el amor y la muerte.

 * * *


Entonces D. dejó de escribir. Se quitó las gafas y se frotó los ojos, que le dolían. Había pasado los dos últimos días en el piso, sin pisar la calle, leyendo y escribiendo. Sabía que tenía que salir y conocer la ciudad –y a ser posible, también gente–, y no le gustaba estar siempre allí metido; pero también sabía que no iba a tener, en mucho tiempo, tres meses como aquéllos, en los que poder dedicarse en cuerpo y alma a su novela. En teoría, estaba en Berlín para trabajar en su tesis doctoral; pero ésta, a decir verdad, le traía sin cuidado. Podía esperar. Y a su regreso a Madrid tendría que ponerse a preparar oposiciones, que le esperaban al verano siguiente. Así que tenía que aprovechar la ocasión para escribir.

Se levantó y estiró un poco las piernas. Se acercó a la ventana de la cocina para mirar las plantas del patio. Allí había un hombre trabajando. El conserje, tal vez, al que D. aún no había visto la cara. Por casualidad, el hombre miró hacia arriba, a su ventana. Y D., sin saber por qué, se retiró de ella. Después se sentó un rato delante del televisor, a ver si entendía algo. Aunque no prestaba mucha atención. Estaba bastante satisfecho con las notas que había tomado desde que llegó a Berlín. Desde luego, el cambio de aires le resultaba estimulante. Pero tenía que ponerse ya, de una vez por todas, a revisar el manuscrito de la novela –de la parte que ya había escrito– y las anotaciones que lo acompañaban. Y ello le daba una pereza terrible, porque escribir una novela no es como llenar las páginas de un diario, sino que requiere una gran elaboración y un trabajo intelectual agotador. Así que demoraba ese momento. Primero se puso a pensar en las cosas que podría hacer en la ciudad, a lo largo de la semana. Tendría que empezar a pasarse por la biblioteca de la facultad. Luego se puso a pensar en su regreso a Madrid, y en cómo lo encontraría todo al llegar. Y en ésas, se durmió...

* * *


Todo esto está muy bien, pero, ¿cómo demonios le doy la forma de una novela? Si soy demasiado directo, demasiado evidente, la novela será pretenciosa e intragable. Cosas como las que he escrito estos días atrás no son publicables si no las paso antes por un filtro muy fino; por otro lado, en la medida en que me aleje de esas ideas, que creo irrenunciables, la novela perderá fuerza, y yo seré inconsecuente, y además un incapaz, y probablemente un cobarde.

Pero hay que coger el toro por los cuernos. El problema de los “intelectuales” es pensar demasiado y hacer poco; incluso cuando su hacer consiste sólo en escribir. Aunque me tire los tres meses encerrado en este piso y no vea el puto Berlín, yo salgo de aquí con algo bueno escrito.

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 ¿Dónde están esas notas? Al final voy a llenar un cuaderno con ocurrencias, y de la novela, nada. Sí, aquí están. El caso es que estoy muy satisfecho con la idea, pero ninguno de sus desarrollos me satisface de momento. Creo que no están a la altura de la propia idea; son parciales, recogen sólo alguno de sus matices, y ello además muy limitadamente. El conjunto va quedando muy pobre. Llegué a escribir casi ochenta páginas, y ahí me quedé. El error de otros intentos, ahora lo veo, fue intentar retomar la novela siempre a partir del punto en que la había dejado. Pero probablemente ese punto sea ya un callejón sin salida; está viciado por desviaciones anteriores de la propia trama. Hay que remontarse más atrás, y sólo a partir del lugar preciso, intentar continuar. Lo que me ha perdido siempre es el intento de salvar páginas escritas. Supongo que se debe a que hay algo de mí en ellas, por malas que sean. Después de todo, son el modo en que he empleado mi fuerza de trabajo, ¿no? ¡Cuánto tiempo si pierde escribiendo! Y pensar que hay gente que disfruta con esto...

El protagonista –que al cabo de ochenta páginas todavía no tenía nombre, y tal vez sea mejor dejarlo así, como si fuera deliberado, para que parezca una figura más enigmática– es una especie de Sócrates que deambula por Madrid charlando con la gente, planteando al resto de personajes preguntas inesperadas que les hacen replantearse lo inconsciente de sus vidas. Creo que esto, por sí solo, es un buen hilo conductor para ir introduciendo las cuestiones de fondo que me interesan. Como trasfondo, quiero hacer un retrato del típico madrileño, del urbanita castizo posmoderno, pero elevado a arquetipo universal; una instantánea de la Humana Comedia, representada a través de éste.

Pero el principal problema con el que me he encontrado siempre es que los encuentros y conversaciones de este personaje son demasiado azarosos y rapsódicos; parecen episodios de una serie de televisión repetitiva, de esas que siguen siempre el mismo esquema en cada episodio. Tal vez tendría que introducir, dentro de la idea general, una o más tramas secundarias, más concretas. Ése era, precisamente, el tipo de compromiso que trataba de evitar para que la novela tuviera un perfil más “inmortal”; pero es que, sin eso, se queda sin sustancia narrativa. El exceso de abstracción termina por disolverlo todo en la nada. Por ello es preciso, como decía, escenificar lo universal, darle un decorado. ¿Acaso el Quijote, que en su mayor parte también es una colección de encuentros y desencuentros, no encierra una gran trama, un largo arco dramático por el que desfilan los pequeños episodios? (Aunque esa gran trama, en sí, es ya considerablemente amplia: nada menos que nacimiento, maduración y –cuando ésta ha culminado– muerte.) Sin la aplicación de esa regla, la novela sería monolítica, insoportable; parecería el vasto monólogo de una conciencia construido a partir de las imágenes que va obteniendo de sí misma al reflejarse en cada cosa particular que la rodea. Al final resultaría, más que un retrato de la condición humana encarnada en un tipo determinado de ser humano, la absolutización de una visión unilateral del mundo. No, no funcionaría: algo debe involucrar al protagonista en su mundo; no puede ser un simple espectador ajeno a éste. Lo que no sé es si a estas alturas podré aprovechar los episodios ya escritos, insertándolos con alguna modificación en la nueva trama. No es probable; tendré que retroceder hasta encontrar el punto adecuado. Y habrá que replantear el comienzo también. Todo comienzo, en el fondo, está preñado del final que le corresponde. Qué gran verdad es ésta. Deberé mencionarla.


¿Cómo eran esas líneas del comienzo? A ver… «Solemos hablar poco de lo que realmente importa, y perdemos demasiado tiempo con nimiedades. Así se nos va la vida y, sólo al final, nos damos cuenta de todo lo que hemos dejado por decir. Nuestra existencia se explica mejor por lo que no hemos hecho que por lo que sí hicimos; nadie escapa a esto. Incluso aquellos que han hecho muchas y grandes cosas, siempre se verán a sí mismos en función de lo que no fueron capaces de hacer». Así comenzaba la novela, sí. En la primera escena, el protagonista entraba en un bar, buscando caras familiares con las que charlar y a las que gorronear unos vinos. Allí se encontraba, de hecho, con un grupo de conocidos; en ese momento sostenían una profunda discusión a la que él, por supuesto, se sumaba –siguiendo el espíritu de esas primeras líneas–, acerca de la naturaleza del amor... Todo ello muy platónico. Tal vez demasiado, ahora que lo veo. Demasiado evidente. No para el lector medio, claro, pero sí para el instruido; y ése es el que más me importa, a fin de cuentas. El protagonista desviaba la conversación hasta llegar a la conclusión de que la felicidad consiste en tres cosas, y que las tres tienen que darse a la vez, para ser realmente feliz: vivir de lo que a uno le gusta, vivir en un lugar bonito, y por supuesto, vivir con la persona amada; pero la amada de verdad, no esa que se conoce en torno a los treinta y con la que se acaban compartiendo piso, hijos y matrimonio, a falta de alguien mejor, sólo por miedo a acabar solo. Sus interlocutores, a los que les ha sacado unas rondas a cambio de su sabiduría, y ya bien bebidos única ocasión en la que uno dice casi toda la verdad, terminaban por reconocer que ninguno de ellos vivía donde quería, ni de lo que quería –a pesar de ser profesionales bien colocados–, ni, lo que cuesta mucho más reconocer (al menos antes de los cincuenta), con la persona que hubieran querido. Y a continuación se hacían penosas confesiones que se habían hecho mil veces ya, pero que el alcohol permite repetir otras mil más, cada una de ellas con el mismo efecto catártico que la primera. El párrafo inicial conectaba con toda esta escena a través de la descripción de unas callejuelas que el protagonista atravesaba, reflexivo, de camino al bar; y el capítulo terminaba con él mirando a través de las ventanas del bar, golpeadas por la lluvia que se había desatado mientras hablaban. Todo ello era una suerte de introducción al conjunto del libro.

A partir de ahí comenzaba la serie de encuentros del protagonista con toda clase de personajes, representantes eminentes de diferentes tipos humanos; una serie que debería componer el retrato, el panóptico más bien, del modo en que se vive hoy en una ciudad como Madrid, o en cualquier otra. Y todo ello puesto en relación con lo que no cambia, con lo universal, aquello en lo que todo ser humano, de cualquier lugar, tiempo y condición, puede verse reflejado.


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Sin embargo, ahí mismo comenzaban los problemas. Tal vez incluso deba cambiar todo el enfoque de la novela, para que funcione. ¿No sería mejor plantearla como una historia coral, en la que los distintos personajes, encarnando diversas casuísticas, se van encontrando e hilvanan la trama? Quizá el que hasta ahora era el protagonista deba verse reducido a un personaje más, entre otros... Pero estaríamos en las mismas: ¿cómo estructurar la historia, a pesar de todo? ¿Cómo darle un hilo conductor, una trabazón? Un personaje central me parece irrenunciable. Siempre me atasco en este dichoso problema, y nunca terminaré la novela porque no lo resuelvo. Por más que siga escribiendo, no hago sino demorar la cuestión. La novela no avanza porque le falta un motor. Necesita un desarrollo y un desenlace, para que la serie de acontecimientos tenga sentido retrospectivamente. Había pensado en huir de esta estructura tan tópica, pero vuelvo a ella una y otra vez. Hay que tomar decisiones, cuando se escribe. Y las decisiones conllevan renuncias. No se puede tener todo lo que se quiere.

Estoy llegando otra vez a ese punto en el que me veo incapaz de seguir. Quizá sea, precisamente, cuando hay que insistir más, para vencer las últimas resistencias y poder continuar. Lo importante es el trabajo, la determinación. No dejar nada a las Musas; ésas nunca han ayudado a los vagos. Aunque lo malo de forzarse a escribir es que la calidad baja: el estilo pierde frescura y se aplana; las buenas ideas aparecen cada vez con menos frecuencia. Se nota mucho cuando un escritor escribe cansado. El escritor… persiguiendo siempre su novela, de día y de noche, con la cabeza lúcida o derrotado. En realidad, el escritor no es más, en el fondo, que un lector descontento; el lector que no encuentra la novela que le hubiera gustado leer, la que ansía; que reconoce un lugar vacío en la Gran Biblioteca Universal y se cree llamado a llenarlo. ¿Se habrá preguntado antes a sí mismo si tiene derecho a intentarlo? ¿Si su vocación no lo engaña? Aunque, ¿cómo saber esto, hasta que uno haya escrito su primera novela, o la segunda, o la décima? ¿Cómo saber que no se pisan arenas movedizas, que no se es un impostor, aunque se esté seguro de no serlo? De vez en cuando me hago estas preguntas. Ni siquiera sé si tienen respuesta. Una que no sea seguir escribiendo. 


Continuará...


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