26 de octubre de 2019

EL DÍA DE LA JUSTICIA (Relato)

¿Prefieres que nadie sufra en la sociedad, o un sistema que garantice que nadie se libre de sufrir? Ésta es la idea que está detrás de este relato.
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Relatos  |  Fantasía, humor negro

EL DÍA DE LA JUSTICIA

Puede que un sorteo no acabe con los problemas de un país, pero los hace más llevaderos



© D. D. Puche 2019, vía SafeCreative
Twitter: @HellstownPost


España estaba hecha un cisco. El trabajo era cada vez más escaso y precario, los sueldos más bajos, la gente estaba más necesitada, y la infelicidad aumentaba cada año. Pero esta situación contrastaba con la vida de algunos que no tenían problemas ni carencias, que vivían en casas de ensueño, tenían todos los lujos a su alcance y, en fin, se lo pasaban muy bien.
Les presentaré a los primeros: eran los llamados “trabajadores” (operator famelicum), que cada día que pasaba estaban más y más puteados y descontentos con todo. Los segundos un placer conocerlos eran conocidos como “empresarios” (avarum saurus), los cuales se quedaban con prácticamente todos los beneficios que producía el trabajo de los primeros, y así, vivían de maravilla gracias a ellos. Sin embargo, no se lo agradecían.
Enormes y preciosas casas, varios cochazos, relojes carísimos, joyas y arte, viajes de ensueño… los empresarios tenían y de sobra, además todo aquello a lo que los trabajadores no podían acceder. Éstos se limitaban a admirar su nivel de vida en las revistas y en programas de televisión. Era como si los empresarios viviesen en otro mundo, pero no: su mundo estaba aquí al lado. ¿Qué los separaba, entonces?
Resultaba extraño que algunos lugares, por ejemplo, un antiguo palacete construido siglos atrás, o una hermosa playa privada, fueran sólo para los ricos, y que los pobres no pudieran entrar. ¡Si se habían duchado después del curro! ¿Por qué sencillamente no rompían el cordón imaginario que separaba sus mundos y accedían a la burbuja de comodidades de las que disfrutaban los empresarios? Pero no; la propiedad privada de esas cosas era absolutamente inviolable. De hecho, los cimientos de la civilización no eran como se decía el derecho o la ética; ni las sagradas instituciones religiosas, ni la familia; no. Parecían ser, más bien, el que esas cosas estuvieran reservadas a muy pocos. Unas cosas que, de haber sido compartidas, hubieran hecho que todos estuvieran más contentos. Así habrían ido más a gusto a trabajar. Pero la propiedad es más importante que la vida. 

 
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Y… tenía que pasar. Los tumultos empezaron a sucederse, uno tras otro, cada vez peores. Los pobres, los currelas, querían tocar a más en el reparto social y, sin embargo, les daban cada vez menos. Tan sólo las migajas de la riqueza que ellos mismos producían. Mientras tanto, los empresarios se quedaban cada vez más tajada, y más, y más, para vivir mejor, y mejor, y mejor.
Las revueltas, al principio manifestaciones laborales pacíficas, se fueron convirtiendo en verdaderas batallas campales. Los innumerables grupos de trabajadores, protestando en las calles, eran imparables, y pronto la economía del país empezó a resentirse. Los trabajadores fueron los primeros en notarlo, pues como no tenían nada, al dejar de recibir su exiguo salario se vieron muy pronto acuciados por las necesidades más básicas. Los empresarios, en cambio, tenían un colchón mucho mayor para resistir, pero comprobaron que sus cuentas de beneficios, que eran lo único sagrado para ellos, iban menguando por la inactividad. Además, que las masas enardecidas de pobretones rompieran las verjas de sus mansiones, saltaran los muros y se metieran dentro, tampoco les hacía gracia.
La situación se recrudeció muchísimo, porque nadie estaba dispuesto a dar su brazo a torcer, y los políticos, cuando vieron cómo se torcía todo, se fueron de vacaciones al extranjero. Pero, en la hora más oscura, cuando todo parecía perdido, y el país iba a colapsar económicamente, unas mentes preclaras lo resolvieron todo de un día para otro.
En primer lugar, se hizo un nuevo censo de la población, dividiéndola en dos categorías a las que llamaron “amos” y “esclavos”. A los trabajadores no les hizo mucha gracia que los llamaran “esclavos”, y a los empresarios “amos”, pero bueno, sólo se hacía explícita la realidad. La proporción era de un amo por cada cien esclavos, aproximadamente. Se aseguraron de que todo el mundo estuviera en una lista u otra, sin ambigüedades. De lo contrario, el plan no funcionaría.
Y en segundo lugar, crearon el Sorteo. Lo llamaron así porque era como la lotería. Se metían en el ordenador los nombres de todos los amos, y el programa, de forma totalmente aleatoria, sacaba un nombre. Esto se haría una vez al año.
¿Y qué le pasaba al amo (empresario) cuyo nombre salía en la pantalla como el Elegido? Pues que lo ejecutaban en la plaza pública.
Al principio, como era de esperar, hubo algunas reticencias. No todos los amos parecían estar de acuerdo. Pero como los esclavos aceptaron el Sorteo a cambio de abandonar las protestas y volver a sus miserables trabajos y sus miserables vidas, todo el mundo acabó reconociendo que era la mejor solución.
 

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 En su segundo caso juntos, la Dra. Jenkins y el Dr. Sinclair se ven envueltos en una investigación sobre seres del Antiguo Egipto. La exposición del tesoro de un período desconocido, en el Museo Arqueológico de la ciudad, se convierte en una peligrosa aventura cuando las momias resucitan y siembran de terror y muerte las calles. Los doctores tendrán que detenerlas antes de que acaben con todo el equipo de arqueólogos que las sacaron de su eterno sueño, a los cuales están cazando. Para ello deberán poner en riesgo su propia vida y entrar en contacto con un desconocido horror milenario. El universo de Jenkins y Sinclair crece con renovadas dosis de misterio y terror, además de sus característicos toques de humor y elementos steampunk. Segunda entrega de la serie Jenkins & Sinclair. Investigadores de lo sobrenatural.
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Para que todo funcionara con las debidas garantías, se formaron comités y auditorías en los que participaban amos y esclavos encargados de supervisar la transparencia del proceso, sobre todo para vigilar que ningún nombre fuera eliminado del del censo y pudiera escapar del azar justiciero. Algunos amos, muy cucos, propusieron medidas como que el día de celebración del Sorteo fuera cada 29 de febrero… Pero no colaron.
¿Y funcionó este sistema? Vaya que si funcionó. La paz social se reinstauró de inmediato. Los esclavos seguían siendo esclavos, y los amos, amos, pero todos asumieron su papel en el cruel engranaje social; de hecho, en torno a este evento se levantó una tremenda expectación. La gente vivía para él.
Se decidió que el Sorteo se celebraría cada 24 de diciembre, para comenzar bien las fiestas, y la ejecución se llevaría a cabo al día siguiente, en Navidad. Ya desde el primer año, esta fecha empezó a ser rebautizada por el pueblo como el Día de la Justicia.
Los primeros años, las ejecuciones se hicieron en la Puerta del Sol de Madrid con una amplia cobertura mediática; pero, tras cinco ediciones, en las demás regiones empezaron a reclamar su parte de la diversión. Y así, el Día de la Justicia fue rotando de provincia en provincia, para mayor gloria del país y su nueva estabilidad.
Otra cosa curiosa fueron los métodos de ejecución empleados. El primer año se dejó decidir al Elegido pues el procedimiento aún estaba en pañales, y eligió la soga. Pero en los años siguientes esta cuestión se sometió a un referéndum nacional, que se repetiría cada año, siempre dos meses antes de la ejecución. De este modo, se pasó de la horca a la guillotina, y de ésta a la silla eléctrica, y después al garrote, y al año siguiente a la inyección letal, y al otro, de vuelta a la horca… Pero el método que lleva más años practicándose, el favorito de la ciudadanía, es la guillotina, el mayor instrumento de justicia de la historia de la humanidad. Ver separarse la cabeza del cuerpo siempre es un éxito de público y crítica.
No obstante, según aumentaba la miseria de los esclavos, y aumentaba la riqueza de los amos porque eso no cambió, el Día de la Justicia fue resultando insuficiente, hasta el punto de no poder mantener la paz social. Por eso se pasó, tras casi dos décadas, del Sorteo anual a otro mensual. Y así, se empezó a ejecutar a un empresario cada fin de mes, hasta un total de doce al año aunque el de diciembre siguió siendo el más popular y celebrado. Hubo movimientos cívicos que pedían que fueran cincuenta y dos al año, a razón de uno por semana; pero se estimó que eso podía afectar a la salud económica de la nación, y se rechazó.
De esta forma, los pobres trabajadores siguieron soportando año tras año penalidades y sufrimientos, sabiendo al menos que de vez en cuando a un rico le tocaría pagar. Las ejecuciones son muy efectivas para calmar los ánimos. En cuanto a los empresarios, con tal de mantener sus privilegios, asumieron que un buen día podría tocarles. Era poco probable, pensaban, tanto como que te toque la lotería, así que todos consintieron. Si ésa era la forma de apaciguar el país y mantener sus ganancias, bien estaba. El riesgo era mínimo. Y, en todo caso, la propiedad es más importante que la vida




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