23 de junio de 2019

UN VIAJE, CINCO TRIPULACIONES (Relato)

Cuando la humanidad se encuentra en peligro de extinción, unos valientes exploradores del espacio sacrifican sus vidas para encontrar un nuevo hogar.
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Relatos  |  Ciencia ficción

UN VIAJE, CINCO TRIPULACIONES

La conquista del espacio está sembrada de paradojas



Por D. D. Puche


La humanidad estaba en peligro. Ella, y todo lo demás. El sexto evento de extinción masiva se estaba desencadenando en la Tierra, provocado por el ser humano. La contaminación de las aguas, los gases de efecto invernadero, los microplásticos, y toda la puta mierda que se generaba diariamente, habían acabado con millones de especies. El agua estaba muy contaminada, el calor era cada vez más asfixiante, y los alimentos cada vez más escasos. Las tensiones demográficas eran atroces, y cientos de millones murieron en guerras y hambrunas. El resto aguardaba una muerte segura y más lenta.
Vamos, que estaba todo hecho un Cristo. Por eso, la humanidad decidió unirse en el mayor proyecto conjunto de la historia. Echaron el resto. La comunidad científica trabajó al límite para poner en marcha la mayor migración que nunca se había llevado a cabo: el viaje y la colonización en masa de otros planetas. La mudanza a una nueva Tierra. Así que se rompieron el culo a currar para encontrar nuevos planetas habitables, y lo que era aún más difícil: para encontrar un medio de llegar a ellos. Porque, joder, es que están la hostia de lejos. Pero lejos, lo que se dice lejos. Y por toda esa mierda de la teoría de la relatividad, podía pasar que enviaran gente allí y que al llegar al destino aquí estuviera ya todo el mundo muerto. Y no era plan.
Total, que, pensando, lograron construir unas naves que evitaban todo ese rollo del límite de la velocidad de la luz, que sólo da problemas (porque el sitio habitable más cercano está a varios años luz de distancia). Dedujeron que cuando una ley física dice que es imposible hacer algo, pues coño, lo mejor es saltarse esa ley. Y así lo hicieron. Con antimateria, o materia oscura, o gravitones, o no sé qué coño de esas cosas, que no entendía ni Dios, crearon unos impulsores que iban rápido, rápido de la leche, sin que las naves se deshicieran por el camino, y en cuestión de unos pocos añitos de viaje (nada… medio siglo, o poco más), un grupo de hombres y mujeres bien refrigerados podían llegar al destino y empezar una nueva vida, dándole de paso una nueva oportunidad a la humanidad. Se trataba de comenzar de nuevo muy lejos de casa.
Dicho y hecho. Seiscientas personas fueron alistadas en la primera nave, a la que se bautizó como Suertuda, bajo el mando del capitán Taylor. Su docena de tripulantes realmente tenía poco que hacer, pues estaba todo automatizado para el viaje; pero hacía falta que fueran controlando el cotarro por si a alguien le daba un mareo, o bien por si ocurría alguna catástrofe cósmica como que un asteroide chocara con la nave y la hiciera trizas. Aunque entonces ya daba todo un poco igual.
La despedida fue gloriosa, muy emotiva. Estaban a punto de dar un salto cojonudamente grande para la humanidad, uno a millones de años luz de distancia. Las familias se despedían entre lágrimas, sin saber si volverían a verse, aunque barruntándose que no. Pero a la vez, existía esa profunda esperanza en un nuevo futuro y en que los suertudos que viajaban en la Suertuda tendrían una mejor vida que en la Tierra (si es que la nave no reventaba a mitad de camino, lo cual era probable, o morían todos por un fallo en el frigosueño).
Subieron a órbita en el ascensor estratosférico y se embarcaron en el futuro. Los reactores de la nave rugieron (bueno, es una licencia literaria, porque ahí arriba no hay sonido), y la nave comenzó su aceleración constante hasta la velocidad de crucero en que se mantendría hasta llegar al punto estimado en que habría de comenzar la desaceleración, para después comenzar las maniobras manuales de aproximación al planeta destino. Todo estaba calculado por las mejores mentes del planeta.
Por cierto, ese planeta se llamaba Chimpa. Su nombre se sacó a concurso para que los niños propusieran sus ideas, y ése fue el más votado. Es lo que pasa cuando dejas a los niños tomar decisiones.

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Los colonos se echaron la hipersiesta que habría de durar ochenta años o por ahí, según estimaciones bien precisas; y cuando la nave alcanzó la velocidad de crucero, acelerando muy lentamente hasta casi la velocidad de la luz, los tripulantes, bajo el mando del capitán Taylor, se fueron también a dormir.
Aquí viene un prolongado sueño y una elipsis brutal. De décadas. No pasó nada interesante durante el trayecto. Pero es el momento de dar un dato curioso, que la mayoría de la gente desconoce: cuando un cuerpo humano permanece en hipersueño tantos años, empieza a generar gases en su interior, y los pedos son inevitables, por pura fisiología, para que el cuerpo no reviente. Normalmente, estos gases escapan de la forma más ordinaria de los vientres de los durmientes, de modo que el viaje es un festival de pedos. Por fortuna, nadie está despierto para escucharlos. Pero se conoce el caso de un individuo que comió chile picante antes de meterse en la cápsula de hipersueño, y reventó, esparciendo el contenido fermentado de su estómago, y el resto de los higadillos, sobre las cápsulas vecinas. Un asco. Desde entonces se recomienda comer una ensaladita, y no más, antes del largo sueño.
Total, que no pasó nada interesante durante el trayecto… hasta que pasó. El ordenador de la nave despertó al capitán Taylor y a su segundo, el teniente Cougar. Era el procedimiento estándar para avisar de un problema inminente.
−Ah… mierda… No veo el planeta en las pantallas. ¿Hemos llegado ya? −se preguntó el capitán, desperezándose con una taza de humeante café en la mano.
−Señor, el ordenador dice que no han pasado ni veinte años. Hemos recorrido poco más de un cuarto del recorrido.
−¡Eso es imposible! No me joda, teniente, vuelva a comprobarlo.
−Lo he comprobado dos veces, señor, y los datos son correctos.
−Entonces… ¿dónde carajo estamos?
−En mitad de la puta nada, capitán.
−Tiene que haber un motivo para que el ordenador nos haya despertado.
En cuanto el capitán Taylor pronunció estas palabras, una gigantesca nave apareció repentinamente junto a la Suertuda, procedente de la desaceleración cósmica. Era el doble de grande. Pero el temor inicial despareció en cuanto el transpondedor les indicó que era una nave de la Tierra. Ahora bien, ¿qué hacía allí? ¿Cómo era eso posible? Inmediatamente, una lanzadera llegó a la Suertuda, procedente de esa misteriosa nave, y atracó en el muelle de carga. Taylor y Cougar fueron allí para recibir a los embajadores. Cuando la pequeña lanzadera se posó, y tras emitir el típico chorro de vapor blanco, extendió una rampa, y por ella bajaron dos hombres. Eran terrícolas, como ellos, y llevaban uniformes de la federación planetaria, como ellos. Aunque los suyos molaban más.
−¡Salud! −dijo el que parecía el mandamás−. Soy el capitán Brain, y este es mi segundo, el teniente Heart.
−Esto… señor −le interrumpió Heart, susurrándole−. Son de una generación anterior a la nuestra. Quizá deberíamos tratar de hablar al estilo de aquellos años, para que se sientan más cómodos. Esto puede ser un shock para ellos.
El capitán Brain se concienció rápidamente.
−Buena observación, teniente −respondió−. ¿C ó m o - e s t á n - u s t e d e s? −dijo ahora, mirándolos a ellos y hablando muy despacito, como si fueran gilipollas.
Taylor y Cougar no daban crédito.
−¿De dónde salen? −preguntó Taylor−. ¿Qué coño está pasando?
−Mejor le respondería “de cuándo salimos” −explicó Brain−. Verá, tras su marcha, en lo que fue la mayor epopeya de la historia de la humanidad, en la Tierra nos quedamos esperanzados por su arrojo, pero algo aburridos. Había que esperar varias generaciones para ver qué pasaba. Yo era apenas un chaval cuando ustedes salieron, pero me acuerdo perfectamente de aquello. Eran los héroes de la humanidad. Pero queríamos hacer algo, no limitarnos a esperar. Y lo que pasó es que la Federación siguió investigando y mejorando la tecnología, y nuestros mejores ingenieros crearon esta nave, que va mucho más rápido que la suya. Además, la hicieron más grande, para llevar a nuestros propios colonos y dejar espacio de sobra para meter a los suyos. Así todos llegaremos más rápido. Genial, ¿eh?
−¿Me está diciendo que… nos han adelantado?
−Eso es. Por favor, organice el traslado de las cápsulas de sus viajeros y de su tripulación; no tenemos tiempo que perder.

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Así, todos los hombres y mujeres a bordo de la Suertuda, la mayoría sin ser conscientes de ello, fueron trasladados a la Potruda, para retomar en ella el viaje, mucho más rápido, hacia el planeta Chimpa. Todos, incluidos los capitanes y los tenientes, se fueron de nuevo a dormir el hipersueño. La Suertuda fue dejada a la deriva, ya obsoleta.
Todo iba bien, mientras cruzaban las infinitas distancias espaciales a velocidad de vértigo, cuando el ordenador central de la nave despertó a ambos capitanes y a sus segundos, como dictaba el protocolo.
−Ah, mierda… ¿Hemos llegado ya? −preguntó el capitán Taylor, con una taza de humeante café en la mano.
−Esto es muy extraño… −contestó Brain−. El ordenador dice que llevamos poco más de la mitad del recorrido.
−De puta madre −respondió Taylor con un matiz poco entusiasta.
De pronto, apareció junto a ellos una gigantesca nave desde la desaceleración cósmica. Era la hostia de grande. Más del doble que la Potruda. Una lanzadera partió de sus hangares, dirigiéndose hacia ellos. Ambos capitanes, y sus respectivos tenientes, fueron a recibirla. Cuando se posó y abrió su compuerta, lanzó un chorro bastante tópico de vapor blanco, y extendió una rampa. Por ella bajaron dos hombres, con el uniforme de la Federación. Pero más guay.
−¡Saludos! Soy el capitán Bigg, de la nave Macanuda, y éste es mi segundo, el teniente Small.
−Señor −lo interrumpió Small, hablando bajito−, son de generaciones del pasado, y esto puede provocarles un fuerte shock para ellos. Sería mejor hablarles en su jerga antigua y casposa. La que hemos estudiado en la holovisión.
−Tiene razón, Small −le contestó. Y dirigiéndose a los comandantes de la Potruda y la Suertuda, dijo: ¿Qué pasa, troncos?
Éstos se miraron entre sí, desconcertados.
−¿Qué carajo está pasando aquí? ¿Por qué el ordenador de la nave nos ha detenido para que ustedes nos aborden? −preguntó Brain.
−Verá, cuando ustedes salieron de la Tierra, nuestras mejores mentes siguieron estudiando, probando cosas. Y lograron mejorar sustancialmente los motores de nuestras naves. Ahora van mucho más rápido. Por eso diseñaron una nave de gran capacidad para llevar también a los colonos de la Potruda y de la Suertuda, y a sus respectivas tripulaciones, claro está. Y aún sobra espacio. Tenemos hasta canchas de tenis.
−Me está tomando el pelo −contestó Brain.
−Me cago en todo… −masculló Taylor.
−Será mejor que vayan organizando el traslado de las cápsulas a la Macanuda, la nave más rápida que existirá jamás. No tenemos tiempo que perder.
Así, todos embarcaron en la nueva y gigantesca nave, y se dispusieron a retomar el largo frigosueño hasta llegar finalmente a su destino: el planeta Chimpa.
El viaje iba bien, libre de incidentes, hasta que el ordenador despertó a los tres capitanes, y a sus respectivos tenientes, debido a alguna contingencia importante, tal y como dictaba el protocolo que debía hacerse.
−La puta que me parió… ¿Hemos llegado ya? −preguntó Taylor, con una humeante taza de café en la mano.
−Qué extraño… −dijo Bigg−. No hemos llegado aún. Hemos recorrido poco más de tres cuartas partes de la distancia.
−Estamos en mitad de la puta nada −dijo Brain.
−Ya… −añadió Taylor.
Nada más pronunciar estas palabras, emergió de la desaceleración cósmica una nave descomunal, que se detuvo junto a ellos. De ella partió una pequeña lanzadera, y los tres capitanes y sus tres tenientes se dirigieron a recibirla en los hangares de la Macanuda.
La lanzadera se posó, lanzó la consabida nubecilla de vapor blanco, abrió su compuerta, extendió una rampa, y por ella descendieron dos hombres, ataviados con los uniformes de la federación más flipantes que hubieran visto.
−¿Qué tal andamos? Soy el capitán Black, y éste es mi segundo, el teniente Brown. Nuestra nave es la Cojonuda.
−Señor… −lo interrumpió Brown, hablando muy bajito−. Tenga en cuenta que esta gente es de generaciones pasadas. Taylor, en particular, es un carcamal. Deberíamos hablarles al estilo de su época, porque al vernos aparecer así, de repente, deben de estar en shock.
−Tiene razón, teniente −le contestó−. ¡Holaaa! ¿Qué passsa con vosotrosss?

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−¡Esto es imposible! −exclamó el capitán Bigg.
−Ya van dos −se lamentó el capitán Brain.
−No. Ya van tres −dijo amargamente el capitán Taylor−. Me cago en la puta vida.
El teniente Brown miró a su capitán, y le habló entre susurros:
−Es la respuesta esperable en personas que están en shock, capitán. Es por el hipersueño.
−Díganos −le dijo Bigg−, ¿qué demonios está pasando aquí?
−Verá, capitán −comenzó Black−. Perdón, capitanes. Cuando ustedes partieron, la humanidad siguió investigando. Encontraron una forma de incrementar la velocidad de nuestros impulsores. Un rollo de antimateria, o materia oscura, o gravitones… Yo no entiendo un carajo de eso. El caso es que los hemos adelantado. Traemos a otras seiscientas personas, y espacio de sobra para meter a todas las restantes que ustedes llevan. Hala, vayan metiendo a los colonos y a sus tripulaciones para dentro, que se nos va el día.
Una vez más, trasladaron todas las cápsulas (algunas se abrieron, y se escapó más de un pedo) hacia la nave Cojonuda. Quedaba menos de un cuarto del viaje hacia Chimpa, el nuevo hogar de la humanidad unida. Todo fue sobre ruedas hasta que se inició la desaceleración en el tramo final. Los tripulantes fueron todos despertados para empezar las maniobras de aproximación manuales. Poco después, también los colonos fueron despertados, y pudieron ver en las pantallas, y por los grandes miradores de la Cojonuda, el que sería su nuevo hogar. Era maravilloso: un planeta la mar de redondito, azul, con nubes blancas. Todo muy prometedor. El nuevo comienzo de la humanidad estaba muy cerca. Al alcance de la mano. Era realmente emocionante.
−Señor… −dijo el teniente Brown, frente al ordenador, en el puente de mando−. Detecto algo raro.
−¿De qué se trata? −preguntó el capitán Black.
−Es extraño, señor, pero las lecturas de los sensores son inequívocas. Detectamos tecnología en la superficie. Hay formas de vida altamente civilizadas.
−¡Eso es imposible! ¡Éste es un planeta completamente deshabitado!
−Ya verás, cabrón… −musitó Taylor.
La descomunal nave echó el ancla espacial en órbita, y de ella partieron decenas de lanzaderas para atravesar la atmósfera hacia la superficie del planeta. El ordenador los guio hasta el núcleo civilizado más cercano. Tomaron tierra, lanzaron chorros de vapor blanco, abrieron sus compuertas, extendieron sus rampas, y todos los capitanes, con sus respectivas tripulaciones, y todos los colonos, fueron apeándose.
Lo que se encontraron fue un asentamiento bastante extenso, lleno de edificios modulares, vehículos a motor, y todo tipo de maquinaria dedicada a la construcción y al traslado de cachivaches de un lado para otro.
Un tipo de allí, con aspecto de mandamás, y con un extraño uniforme, que no obstante se podía seguir reconociendo como perteneciente a la Federación, se acercó a ellos, sonriente.
−¡Ey! ¿Cómo va eso, colegas? ¿Queréis una birra fresquita?
Los cuatro capitanes se quedaron boquiabiertos. Fue Black quien tomó la palabra:
−¿Quiere explicarme, en nombre de la Virgen Santísima, qué puto carajo está pasando aquí?
−¡Ey! Tranqui, tío… Menda te lo explica.
−¿Quién es Menda?
−Menda es el nombre de Menda… Pues eso, que cuando los últimos de vosotros os pirasteis de la Tierra, pues como que no quedaba mucho que hacer allí, y quedarse esperando, pues no era plan… Y eso, que nuestros mejores sesudos siguieron dándole al coco, con eso de la antimateria, o la materia oscura, o los gravitones… ¡Buf! ¡La verdad es que yo no entiendo una mierda! Pues nada, que dijeron: «Pa’qué tanto puto viaje cerca de la velocidad de la luz, y tanta puta nave, con lo caras que están, si es más rápido el teletransporte... Vamos a inventarlo». Y eso… Que llevamos aquí diez años esperándoos. ¿A que nos lo hemos montao de puta madre? ¿Seguro que no queréis una birra? Joder, en este planeta crece una hierba que flipas… añadió, con los ojos rojos.
−¿Y la Tierra? −preguntó el capitán Black.
−Olvídala, tío; no te aferres al pasado… Todo el mundo se vino aquí. Hay miles de bases como ésta. La Tierra está vacía. ¡Pum! ¡Ya está! ¡Acabada! Aquello es un puto yermo… ¡Pero la buena noticia es que tenemos un planeta nuevecito para joderlo!
Los capitanes, y sus tenientes, y sus tripulaciones, y todos los putos colonos se quedaron más bien jodidos. Especialmente el capitán Taylor:
−Me cago en mi puta vida.


De la imagen y el texto, © 2019 D. D. Puche



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