13 de febrero de 2019

EL VAMPIRO (Relato)



El vampiro yacía en el suelo de la habitación, malherido. Las profundas puñaladas en el vientre con la daga bañada en agua bendita habían dado resultado, pero se recuperaría pronto, así que Alex tenía que darse prisa. Se inclinó sobre el ser maldito, que con una voz casi inaudible pedía clemencia la que tantas veces no habría demostrado, y le colocó la estaca sobre el pecho, a la altura del corazón. El vampiro apenas pudo elevar ligeramente una mano y emitir un débil «no» antes de que golpeara la estaca con el martillo con todas sus fuerzas y se la hundiera diez centímetros en el cuerpo. A ese golpe les siguieron otros dos, hasta que estuvo dentro del todo. Tan solo un gemido apagado, con el primer martillazo, y el alma de la criatura de la noche abandonó ese cuerpo, camino del infierno. Alex lo había conseguido. Había derrotado al monstruo. Él y su gente estaban por fin a salvo.

Semanas atrás, el nosferatu se había instalado en el vecindario. Se acababa de mudar, procedente de alguna pequeña ciudad del norte Alex no recordaba cuál, y apenas traía un par de maletas; era obvio que se movía mucho y no echaba raíces en ningún lugar. Alguien sin ataduras que se desplaza constantemente. Desde el primer momento, Alex notó algo raro en el enigmático personaje, el tal Gabriel. El día en que llegó, se acercó a presentarse y tuvieron una breve charla frente a la puerta de su casa. Alex quiso mostrarse simpático, y se sintió decepcionado cuando notó que no congeniaba con el nuevo inquilino de aquella vivienda; lo despachó rápido, aparentemente con prisa por refugiarse tras aquella puerta, la del número 15 de la calle Cerro Verde.

Quizá era su mirada, profunda e intimidatoria; o su forma de hablar, parsimoniosa y con tanta seguridad. Fuera lo que fuera, a Alex le producía rechazo; de hecho, le ponía la piel de gallina. Pero los demás no parecían darse cuenta: cayó muy bien en la comunidad y fue ampliamente aceptado desde un primer momento, e incluso se celebró una cena de bienvenida. Todos se reunieron asistieron incluso las autoridades, como la alcaldesa y los policías locales, lo cual fue un singular honor en la principal cafetería de la zona, que frecuentaban los vecinos del barrio; era un lugar donde había siempre muy buen ambiente y grata conversación. Tomaron unas bebidas a su salud, le preguntaron qué tal le había ido la llegada y si se encontraba cómodo en la casa que había alquilado (había quedado recientemente vacía por la mudanza del anterior vecino, pero allí las viviendas nunca permanecían mucho tiempo sin ocupante), e incluso la alcaldesa le dedicó un breve y emotivo discurso. En cuanto a las chicas del vecindario, el nuevo parecía gustarles. La mayoría de ellas se acercó a hablar con Gabriel y se las veía más animadas y sonrientes que de costumbre.

A Alex, con su vaso en una esquina, aquella fiesta no le hizo mucha gracia, porque a él no le brindaron tantos honores cuando llegó allí unos años atrás. Lo recordaba todo mucho más discreto y anodino. Era evidente que aquel personaje ejercía una extraña atracción sobre sus nuevos vecinos. Parecía influir sobre ellos. Incluso Vega, tan escéptico y crítico siempre costaba mucho ganarse su confianza, le dio una patente aprobación. 

No llevaba ni una semana allí cuando el vampiro empezó a rondar a Gloria, por la que Alex sentía un cariño muy especial. Fue entonces cuando notó algo más claro, más específico que su inicial desconfianza hacia aquel tipo tan engreído: una tarde, estando todos reunidos en la cafetería, tomando algo y viendo el partido de fútbol que ponían en la televisión, Alex se fijó aquel cerdo ponía sutilmente su mano en la cintura de Gloria y ella parecía tranquila y sonreía y hablaba muy distendida en que Gabriel ¡tenía un extraño resplandor rojizo en los ojos! ¿Es que los demás no se daban cuenta? ¿Tan ciegos estaban a la naturaleza de aquel intruso que tan hábilmente se había infiltrado en su comunidad? Alex no dijo nada, sin embargo; se propuso observarlo detenidamente y recabar evidencias de lo que sospechaba. Sólo cuando estuviera seguro de lo que estaba empezando a comprender, se lo revelaría a los demás.

En realidad, Alex estaba enamorado de Gloria. Había intentado salir con ella, y ciertamente su vecina de calle era muy simpática con él, pero sólo lo quería como amigo. Una noche se dieron un paseo juntos por los jardines del barrio; fue un momento muy especial para Alex. Charlaron largamente sobre sus sueños y esperanzas de futuro. Ella quería salir de allí algún día, aspiraba a algo más. Él le dijo, sin embargo, que aquello le gustaba. Luego se arrepintió: pensó que le habría parecido pusilánime, sin ambiciones. Un hombre tiene que tenerlas. Quizá por eso la joven había rehuido su beso, cuando la acompañó hasta la puerta de su casa. Se sintió muy avergonzado de ese momento, y aunque al día siguiente Gloria no parecía enfadada, ya no quiso quedarse sola de nuevo con él. Eso le causó una honda frustración.

Durante las semanas siguientes, Alex mantuvo un ambiguo trato con Gabriel, a veces fingiendo cordialidad para acercarse a él, y a veces demostrando brusquedad y una abierta suspicacia. No le importaba lo que pensara; él intuía su secreto y las oscuras intenciones que lo movían, y en caso de confirmarse, haría lo que tuviera que hacer. Lo vio junto a Gloria unas cuantas veces, charlando y paseando y tomando cosas en la cafetería. Eso no le gustó en absoluto. Aunque él no tuviera ninguna oportunidad con ella, aquel tipo era peligroso, Alex lo sabía, y tenía que velar por la seguridad de su amiga. Así que lo mantendría estrechamente vigilado. Entretanto, aquélla era su técnica para acercarse a él, para desconcertarlo y que no lo viera venir. Quería ganarse su amistad, pero a la vez hacer que se sintiera inseguro. A él no lo calaría como a los demás, que eran tan ingenuos. No. Gabriel sería el cazador cazado.

Observó al nuevo vecino atentamente, en busca de cualquier confirmación de lo que en su interior había tenido claro desde el primer momento, de esa certeza moral que no necesitaba pruebas si no era para convencer a los demás. Aunque poco firmes por separado, fue haciendo unas cuantas observaciones que, en conjunto, le dieron los argumentos que necesitaba. Finalmente, sus sospechas se vieron confirmadas y terminó convenciéndose de que era un condenado, un bebedor de sangre. En una comida de la gente de la calle de las que organizaban con frecuencia, se fijó en que Gabriel apartaba los dientes de ajo de su plato. Tampoco parecía muy dispuesto a entrar en la capilla del barrio, y cuando le contaron que Eva, una de las chicas, había adoptado el catolicismo y se había bautizado, puso cara de circunstancias.

Una vez que coincidió con él en los lavabos a propósito, por supuesto, se fijó en su reflejo en el espejo. De hecho, se reflejaba, pero a Alex le dio la impresión de que el reflejo era turbio, imperfecto, como si no devolviera la cara que tenía frente a sí, sino otra distinta. Era difícil de explicar, más bien una intuición que otra cosa; pero, aunque los rasgos fueran los mismos, la expresión era diferente, malévola, como si se riera del mundo y tramara algo perverso. Aquel hombre era todo un Mr. Hyde. En cuanto a la luz del sol, no le hacía daño, pero tampoco se le veía muy partidario de pasear al aire libre, y siempre ponía alguna excusa para quedarse a solas leyendo o viendo la televisión hasta caída la tarde. Entonces, sí que disfrutaba saliendo y tomando algo con los demás y charlando.

Tenía un claro influjo sobre las mujeres y Alex varias veces lo vio con alarma desaparecer acompañado por alguna de ellas. Aunque se ponía muy nervioso y trataba de avisarlas, no le hacían caso y se reían y decían entre sí «ya está Alex con sus cosas de siempre, no le hagas mucho caso». Pese a que después las buscaba con alguna excusa y parecían estar bien, sanas y salvas, él notó que al día siguiente estaban más pálidas, como si les faltara sangre, y su comportamiento hacia Gabriel cambiaba y se hacía… servil, por decirlo de algún modo. Quedaban muy predispuestas hacia él. Demasiado. Le dolió especialmente que una de ellas fuera Gloria, a la que tenía por una estrecha amiga, pero que ya no se comportaba con él como antes. Alex le contó todo lo que sabía a Vega, pero éste no quiso escucharlo, deslumbrado como había quedado por Gabriel. También había caído bajo su hechizo. Siempre entre sus libros y cuadernos, Vega era habitualmente distante con la gente y tenía un aire condescendiente, pero al menos no era un crédulo, como la mayoría. Él usaba la cabeza. Y, sin embargo, cayó rendido ante Gabriel. Otro indicio del terrible carisma sobrenatural de ese siniestro viajero. Cuando Alex le preguntó, otro día, cosas sobre su vida, Gabriel se mostró esquivo; no quería hablar mucho, decía, de su pasado. Le dijo que había vivido en una zona residencial muy similar a aquélla y que no guardaba muy buenos recuerdos. Nunca se sintió integrado. Ya. A él no se la pegaba. Estaba cada vez más cerca de desenmascararlo.

Alex vio cómo su pequeño mundo cambiaba lenta, pero perceptiblemente, y temió que en breve, en cuanto sólo unos pocos más fueran seducidos por Gabriel, éste empezara a matar y desapareciera para empezar de nuevo en otro sitio. Así que Alex se decidió a hacer lo que tenía que hacer, dado que únicamente él parecía darse cuenta del peligro; los demás no le hacían caso cuando les insinuaba, llevándolos aparte, que se trataba de un vampiro. Hasta se reían de él. Y un hombre ha de actuar guiado por sus certezas, no puede esperar el beneplácito de los demás cuando todos están subyugados por las apariencias. Así que se preparó. Durante varios días, sutilmente, sin llamar la atención de nadie, fue consiguiendo los pertrechos que necesitaría.

Aquella noche fue a ver a Gabriel con el pretexto de hablar con él de un tema importante. El vampiro ya tenía que saber que iba a por él; no se le podía haber escapado que tenía a un conocedor de su secreto justo encima, pero Alex fue más inteligente, o quizá simplemente más rápido. Antes de que tuviera tiempo de usar sus poderes, le clavó en el vientre varias veces la daga ritual con la que se había hecho días antes, tras informarse sobre cómo acabar con los chupasangres; la había bañado en agua bendita en un momento en que se quedó solo en la capilla. Hacer eso le pareció una acción de gran audacia, aunque estaba muy nervioso y tenía algunos temblores. Pero su valor salvaría vidas. Iniciativa, ante todo. Tenía que ir un paso por delante de Gabriel.

Éste no pudo ni gritar, cuando lo apuñaló. Ya estaba en el suelo, empapado en la sangre que no era suya, sino de sus víctimas, para cuando Alex le hundió la estaca en el corazón y acabó con él. Un chorro de sangre del vampiro salpicó su rostro cuando golpeó con el martillo, y en ese momento sintió una especie de éxtasis. Supo que era la sensación que alcanzan todos los que consuman la Justicia de Dios. Sería reconocido por su hazaña. Había librado al mundo de otro no muerto. Esta vez Gloria no podría fingir indiferencia hacia él.

Ahora Alex descansa, con su camisa de fuerza, en una habitación del Hospital de Salud Mental Cerro Verde, pero ya no en su habitación de antes, en el pabellón de mínima seguridad (sala común, cafetería, libros y revistas a su disposición, televisión, juegos de mesa, paseos por el jardín en compañía de los demás…). Ahora está en el ala de los peligrosos, y es vecino de asesinos, violadores y perturbados graves que se autolesionan. La prensa se ha hecho amplio eco de la noticia, carnaza de primera para la crónica de sucesos y los programas de televisión sensacionalistas. Los hechos están en boca de todo el mundo, pocos días después del luctuoso suceso: cómo un paciente del psiquiátrico asesinó de forma excepcionalmente violenta a otro del mismo pabellón, que había sido ingresado semanas antes voluntariamente para una cura de reposo. Al parecer estaba celoso de éste. Algún lío de faldas.

El homicida, que padecía psicosis paranoica y delirios los cuales se suponían ya bajo control, se hizo con unas tijeras de la cocina, aprovechando un descuido de los celadores y del personal de la misma. Luego, siguiendo un macabro ritual propio, las sumergió en el agua bendita de la capilla y le pidió una bendición al párroco, el cual, ignorante de lo que se avecinaba, se la dio. También consiguió en la caseta de mantenimiento del jardín, cuyo acceso estaba descuidado un martillo y el palo roto de una escoba, que empleó como arma mortal contra el finado.

La noche de los hechos, aprovechando el régimen de mínima seguridad de su pabellón en el Cerro Verde, salió al pasillo y se coló en la habitación de la víctima, la tristemente famosa habitación 15. La indignación de la opinión pública, sin embargo, se ha centrado ante todo en el doctor Vega el psiquiatra a cargo del ala donde estaban ingresados el homicida y la víctima, así como en la directora del hospital. El primero no vio venir lo que ocurrió a pesar de que, según han contado el resto de pacientes y las enfermeras, el agresor había mostrado claros síntomas de un brote desde hacía días. Y la directora no tomó todas las medidas para impedir que un paciente se hiciera con herramientas potencialmente mortales. Según se ha dicho, regía el centro con demasiada liberalidad. En cuanto a por qué el homicida pensó que su víctima era un vampiro, sólo Dios lo sabe. Extrañas asociaciones de la mente humana.





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