28 de abril de 2019

EL CUADERNO DE BERLÍN (3)


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UNA NOVELA FILOSÓFICA, UN DIARIO DE VIAJE...

 EL CUADERNO DE BERLÍN

 

Mi novela ha de ser, a la vez, una historia digna de ser leída y un manifiesto acerca de la literatura, del ejercicio mismo de la escritura. En realidad, toda gran novela lo es; constituye una narración no sólo de determinados sucesos, sino ante todo de ideas. Los personajes, en efecto, encarnan conceptos, y las tramas revelan los resultados de la combinación de los mismos. Quiero que mi novela sea una muestra de alta cultura; y en cuanto tal, la forma y el contenido habrán de estar a la altura. Es difícil –aunque no imposible, y hay sobrados ejemplos de ello– dar una gran forma a un contenido pequeño; y es muy fácil, por el contrario, arruinar un gran contenido con una forma mediocre. En las grandes producciones literarias (Homero, Dante, Shakespeare, Cervantes, Dostoievski, son sin duda los más grandes de entre los grandes) el contenido y la forma están el uno a la altura del otro; y además, la propia forma termina siendo contenido. En ese círculo se juega la grandeza de la obra. Toda gran literatura es reflexión sobre sí misma. 

Vivimos en una época anodina y vulgar, en la que las manifestaciones de auténtica cultura escasean cada vez más; a menudo lo que se hace pasar por tal no es más que una réplica artificial. Hoy la cultura es considerada algo que debe agradar a todo el mundo, que debe ser vendible, asimilable. Un producto de consumo, una mercancía más. Y la produce gente, por ello, con la mentalidad y las aspiraciones de aquellos a quienes va dirigida. Cuando la alta, la auténtica cultura se pierde, cuando nadie la defiende, y los que dicen defenderla son los primeros que la rebajan y la venden, la sociedad deviene definitivamente vulgar, porque esa alta cultura es el espejo en el que la sociedad se ve reflejada tal cual es, con independencia de que poca gente se mire en él. Hoy el espejo no refleja la naturaleza real de las cosas: pues está hecho a la medida de cada cual, para que siempre salga favorecido. Que me llamen elitista; en asuntos de esta índole, lo soy.




¿Quién defiende hoy la verdadera cultura? Nuestros filósofos, artistas y escritores, por lo general, no valen casi nada. Unos consideran la cultura un patrimonio tan digno como muerto y reseco, que hay que etiquetar y exponer en museos, para que la gente sepa lo que una vez fue. Otros consideran que hay que cagarse y mearse sobre todo lo elevado, porque nos oprime e impone modelos irreales, inalcanzables; se debería, por el contrario, nivelarlo todo a la altura de los mediocres. O sea, de ellos mismos. Enterradores pedantes y resentidos incapaces: es prácticamente todo lo que hay. Desde luego, por lo que toca a la literatura, hay que salvarla de las garras de los escritores actuales y su pueril “placer de contar historias” –frase muy utilizada hoy–; ¡como si la tarea de escribir tuviera algo que ver con el disfrute del autor! ¡Como si no hubiera que sufrir para producir algo decente! ¡Como si las grandes obras no surgieran del dolor, de un dolor que no ha sido escogido! Desde luego, la de escritor no es una profesión que uno pueda elegir así, sin más, como quien se hace contable o cartero. El pensamiento –y la literatura es una forma de pensamiento– te llama, te escoge él a ti. Y no es un viaje agradable el que se emprende. 

La literatura es pensamiento, sí. No una simple forma de ocio. Ni para el que lee ni para el que escribe. Una novela de verdad no es algo que uno lee cuando se aburre; con la auténtica literatura se aprende. Se conoce mejor al ser humano. Toda auténtica novela, por pequeña y modesta que sea, por poco ambiciosa que parezca su trama, retrata todo un mundo, arrastra hacia sus personajes todos los sueños, los temores, los cánones estéticos y morales, las frustraciones, etc., de una época. Todo ello y mucho más. La auténtica psicología y sociología están en la literatura; se aprende mucho más leyendo una buena biblioteca de clásicos –cien, o tal vez doscientos libros– que haciendo muchas de las carreras actuales. Ésa es la esencia de la literatura. Porque la literatura es sabiduría; pero claro, esto es hoy ya historia, porque ha devenido producto para el ocio, para el entretenimiento. El editor le dice al autor qué escribir, y cómo hacerlo. Y el autor obedece sin rechistar, en vez de cargarse al editor, que es un criminal de la cultura. Ya se cuidará mucho el corporativismo de escritores y críticos literarios de que alguien alce la voz y diga: «¡todo esto que hacemos no es más que basura!». Aunque, por otro lado, una cierta dosis de sinceridad, de reconocimiento de la situación, se observa en esa distinción que editoriales y librerías hacen entre “literatura” y “narrativa” –que, con pocas excepciones, suelen coincidir, respectivamente, con lo escrito hasta la primera mitad del siglo pasado, y todo lo que ha venido después, lo cual dice mucho. 
La literatura es pensamiento, insisto en ello, porque no es una simple narración de acontecimientos, sino que busca decir la verdad. Es la heredera del mito, que explicaba el mundo a los hombres de antaño –aunque hoy en día quedan todavía muchos mitos, por supuesto–; es su heredera en una época en que los hombres han perdido su mundo, en que no hay un orden invariable de las cosas, en que ningún relato de alcance universal puede convencer a todos por igual y arrastrarlos a un proyecto común. Cuando ya no puede haber grandes mitos, surge la literatura; por eso la literatura, tal y como hoy la entendemos, es hija de la modernidad. Sólo con ésta aparece la novela. En un sentido lato se puede decir que Homero o Hesíodo, Horacio o Cicerón, Dante o el autor del Cantar de mío Cid, fueron literatos. Pero, estrictamente hablando, no lo fueron. Ellos retrataron el mundo que los rodeaba, incuestionable, sólido como una roca. Un mundo compartido por todos: sus contemporáneos podían verse reflejados en esos escritos o narraciones orales y comprender perfectamente su sentido, que les era inmediato. El poeta era quien sabía decir las cosas; pero las cosas, en cierto modo, estaban ya presentes. Por eso la originalidad no era un valor esencial de la “literatura” de aquel mundo: porque lo dicho, en cierto modo, pertenecía a todos, era un patrimonio común. Eso cambia con la modernidad, con el cuestionamiento de la tradición y de la autoridad; con la secularización; con el giro solipsista hacia la individualidad, hacia la conciencia. El arte, en general, ya no retrata un mundo dado sin más; ese mundo se quiebra, se esfuma, y el arte empieza a tomar conciencia de sí mismo en cuanto tal, como algo creativo y no sólo reproductivo. Buena prueba de ello es el Quijote, considerado por muchos la primera novela: las aventuras de un loco, esto es, un hombre sin mundo (o lo que es igual, en su propio mundo, un mundo que no es compartido), el cual no se da cuenta de que los antiguos cánones y valores ya no rigen; y todo ello acompañado de las reflexiones de Cervantes acerca de la escritura –ese metarrelato, tan cargado de ironía en sí mismo, que se superpone al propio relato sobre el hidalgo–, y cómo no, del prurito de originalidad que lo lleva a escribir la segunda parte contra Avellaneda. Las obras, así pues, dejan de ser partes inseparables de un mundo y se convierten en instancias independientes; la belleza por la belleza y la originalidad, el sello personal del autor, comienzan a ser consideradas lo fundamental. Este proceso, paulatinamente, claro está, terminará convirtiendo el arte en pieza de museo o en objeto de mera contemplación estética, cosas que nunca hubiera sido en otro tiempo, cuando su función era sostener una determinada visión del mundo, y no meramente embellecerlo. 

Y, sin embargo, ni siquiera hoy se reduce a eso; el auténtico arte aspira a ser más que objeto de coleccionista o de conversación en la cena de culturetas insufribles. Una cosa es lo que se haya hecho del arte, y otra lo que el arte deba ser. Y, aunque ya no haya un mundo dado, que limitarse a retratar, lo que el arte –y especialmente la literatura, cuya materia es la palabra, con lo que se aproxima al lógos bíblico– debe hacer es reconstruir un mundo para los hombres, volverlo a contar de nuevas formas, a partir del estado de crisis en que ya siempre está, pues ésta se ha convertido en su estado normal. La literatura es el mito particular, surgido de la experiencia del escritor; es su explicación de la realidad, que aspira a convencer a otros e involucraros en su visión del mundo. Y aunque cada escritor construya, así, su propio mito, lo cierto es que esos mitos siempre serán comunicables; siempre habrá puentes y pasadizos que lleven de unos a otros. La experiencia colectiva resulta así ampliable, y puede formar una red cada vez mayor: la antaño llamada “república de las letras”, ese patrimonio universal del hombre, que hoy exige nuevas formas.
Escribir es, como el filosofar, una forma de organizar la experiencia en su totalidad. Toma como objeto no sólo un determinado campo de fenómenos, como las ciencias empíricas o la historia, sino todo aquello que atañe al ser humano. De hecho, tanto la filosofía como la literatura buscan una respuesta a la pregunta “¿qué es el hombre?”. Sólo que la filosofía recurre a conceptos, y la literatura a imágenes, a ejemplos concretos. La literatura y la filosofía pueden hermanarse, sí, siempre que sea la literatura la que se acerque a la filosofía, y no al revés –según una tendencia muy acusada en nuestro tiempo–. Pues aquélla tiene mucho que ganar; de hecho, toda gran literatura ha estado siempre empapada de la filosofía de su tiempo. Pero la filosofía, haciendo el camino inverso, convirtiéndose en literatura, sólo tiene qué perder. La buena literatura narratiza conceptos, ideas. No es, ni puede ser, el mero placer de contar historias. Es un deber a realizar por quien tiene la capacidad para ello.

Pero por esto mismo hay que tener en cuenta la gran diferencia entre la literatura y la filosofía. No hacerlo lleva, con tanta frecuencia, a una confusión perjudicial. Esa diferencia radica en cómo tratan cada una lo particular y lo general, los datos concretos y los hechos universales. Es decir, que la diferencia está en cómo llega cada una a la verdad. Y ello a pesar de que, como ya he dicho, la literatura puede –y tal vez debe– aproximarse a la filosofía, tomando de ella conceptos y dándoles cuerpo en forma de personajes y situaciones. El caso es que la literatura miente, fabula, imagina, deforma, adorna, etc., siempre en torno a lo concreto. Lo concreto es elaborado por la literatura como ficción; pues, de lo contrario, como cuando pretende ser crónica fiel de acontecimientos reales, la literatura corre el riesgo de dejar de serlo, tornándose superflua o, peor aún, aburrida. Y, sin embargo, a través de semejantes ficciones, dice grandes verdades –las encuentra, las rescata, nos las devuelve desde su olvido– acerca de lo universal. Partiendo de su mentira acerca de lo particular, en efecto, y sólo gracias a ella, puede la literatura hablarnos de lo universal; por eso sus personajes y sus historias son esquemas de lo universal en el hombre, de la condición humana. En ello difiere esencialmente de la filosofía, que necesita conocer lo concreto y mostrarlo tal cual es; que, de hecho, se aleja hacia lo universal y abstracto para poder comprender desde allí lo particular. La literatura no; la literatura crea imágenes particulares para poder saltar desde ellas a lo universal, a lo intemporal. Necesita crear el decorado en que lo pueda mostrar, en que el ser humano pueda reconocerlo. Son los incapaces de dar una forma reconocible a lo universal –que está entre nosotros, pero no se muestra sin más– los que se contentan con relatar sus pequeños relatos insignificantes.
Así pues, sólo gracias a la ficción, a su fuerza figuradora, creadora de imágenes, puede la literatura mostrar la verdad. Necesita dar un rodeo por lo irreal. Por eso es una forma de mito; cada obra es un pequeño mito acerca de aquello por lo que el ser humano no puede dejar de preguntarse. De modo que hay mitos (libros) para todas las edades y condiciones. Y hay algunos que valen para todas ellas a la vez; éstos son los mejores, pero son muy pocos. La literatura pretende –cada obra a su manera– decir la verdad acerca de algo para lo que no hay una solución última, es decir, una ecuación o fórmula que solvente el problema. Por eso no se deja de escribir acerca de las mismas cuestiones, una y otra vez. Especialmente sobre las dos que las resumen todas: el amor y la muerte.           


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