CUANDO MIRAS AL ABISMO (cap. 1)

 

«Y cuando miras demasiado a un abismo, el abismo también mira dentro de ti».
Friedrich W. Nietzsche, Más allá del bien y del mal,
§146.

  

Novela | Noir & terror

CUANDO MIRAS AL ABISMO (cap. 1)

Sigue al inspector Roberto Ajenjo en su investigación por el Madrid más oscuro y sórdido


Por D. D. Puche
Publicado en 19/03/21
 




 

PRÓLOGO

 
Lo que ocurrió en aquellos días marcará para siempre las vidas de todos los que se vieron implicados. Están las familias de las víctimas, por supuesto, destrozadas sin remedio por actos de una maldad que a duras penas parece propia de este mundo si es que lo es; pero también están los que tuvieron que ver con la investigación, los cuales debieron enfrentarse a terrores de los que todavía hoy, me consta, protegen con su silencio a los familiares y allegados de los difuntos. Sólo gracias a eso puede que algún día superen su dolor, la tragedia de su pérdida, y sigan con sus vidas de la mejor forma posible. Porque si supieran muchas de las cosas que pasaron realmente, esas que no llegaron ni a los tribunales ni a la prensa porque se resolvieron de otro modo, seguramente jamás volverían a dormir sin medicación; serían carne de psiquiatra hasta el fin de sus días. Alguien tuvo que hacerlo así, sacrificando parte de su cordura por el bien de los demás, simplemente porque era lo que había que hacer, porque alguien debía hacerlo, y fue a quienes les tocó la china. Uno de ellos fui yo, que jugué un papel más o menos central en aquella historia macabra.
He visto y he hecho, por qué no decirlo muchas cosas terribles en esta vida, pero todavía hoy me despierto empapado en sudor frío, con el corazón latiéndome sin control, casi todas las noches; ni siquiera las botellas de alcohol en mi mesilla de noche logran acallar las imágenes dantescas y las voces estremecedoras de esa pesadilla, incrustada en mi memoria como agujas en el interior de mi cráneo. Por aquel caso me jugué mi carrera, perdí amigos, se rompió mi familia, y una profunda oscuridad anidó dentro de mí desde entonces. Uno no sale impune de la maldad de la que se ha rodeado; se contagia de ella como de una enfermedad. Algo crónico que se puede mitigar, pero nunca curar del todo.
Si queda alguien que puede contar los hechos inimaginables ocurridos en aquel abril lluvioso de hace ocho años, ése soy yo. Todavía lo recuerdo como si fuera ayer…

   

1

 
El abogado Juan José Martín-Moellendorf, muy reputado en los círculos del derecho empresarial de Madrid donde era conocido como «MM» o «el Bulldog», fue hallado muerto en la noche del día 4 de abril de 2013, en su despacho del bufete del que era cofundador, situado en la séptima planta de un edificio de oficinas en la calle Príncipe de Vergara de la capital. Decir que fue hallado muerto es casi un eufemismo; algo de lo que daría fe la limpiadora que lo encontró, la cual tuvo que ser atendida por sanitarios del SAMUR con un cuadro de ansiedad aguda aunque eso sólo fue después de que bajara corriendo y gritando por las escaleras hasta la recepción del edificio de al lado, desde donde el portero llamó a emergencias. La pobre mujer se pasó años viendo a psicólogos; fue la primera (bueno, sería más adecuado decir que la segunda, ¿no?) víctima de la ola de horror que se abatió sobre la ciudad durante unas semanas. Fue la primera víctima inocente, eso sí. 

 

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Martín-Moellendorf, que sin duda había descendido inmediata y merecidamente al infierno, se encontraba en el centro de su despacho, sentado en su gran sillón de oficina de piel, rodeado por un círculo sacrificial de sangre, y con los intestinos desparramados sobre su regazo y a sus pies. Le habían abierto el vientre en canal con un instrumento cortante muy afilado que no fue hallado en la escena del crimen, pero que no tendría menos de veinte centímetros de hoja. La autopsia diría después que la evisceración comenzó estando el finado todavía vivo, y que fue antes de fallecer a causa de ésta cuando le sacaron los ojos y le cortaron la lengua y las orejas, además de los diez dedos de las manos. La cabeza estaba inclinada sobre el pecho y los brazos le colgaban a ambos lados del sillón; en su cara habían pintado con tinta negra una serie de símbolos que parecían escritura cuneiforme. Todas las partes cortadas a la víctima, probablemente con la misma arma usada para abrirle el vientre, se hallaron en el escritorio que quedaba a su espalda, sobre sus papeles, entre restos de sangre.
Dado el carácter extremadamente morboso del asesinato y la resonancia pública del finado, que levantaría un gran revuelo mediático, los de arriba consideraron que el caso tendría que llevarlo la Unidad de Crímenes Especiales (la UCE), en vez de los de Homicidios de la Jefatura Superior de Policía de Madrid, a los que en principio tendría que haberles correspondido. Se pensó que así las filtraciones a la prensa estarían mejor controladas, y que, en cualquier caso, se ofrecería a la opinión pública una conveniente imagen de la diligencia y prioridad con que la Comisaría General de Policía Judicial a la que pertenece la UCE abordaba esta investigación. En suma, todo esto significa que el caso me fue asignado a mí, o mejor dicho, a mi equipo, el grupo VI; y así, una decisión más política y mediática que técnica fue la que cambio nuestro destino para siempre. Aunque quién sabe si gracias a ello se pudo hacer lo que se hizo, que, dadas las circunstancias y las adversidades que encontramos, creo que fue lo mejor. O por lo menos, el mal menor.
Roberto me dijo el inspector jefe por teléfono, la voz tensa como la piel de un tambor; eran las diez y cuarto de la noche, dirígete de inmediato al cruce de Príncipe de Vergara con Diego de León. Han encontrado el cadáver de un abogado importante. Muerte violenta. Las patrullas y los sanitarios que han llegado ya dicen que parece una película de terror. Se han cebado con él. Los de la Científica ya están en camino. Ponte con esto y aparca de momento los demás casos que llevas. Dale a este asunto prioridad absoluta e infórmame a mí y sólo a mí; a nadie más de la Comisaría que ande por ahí husmeando. Ni al mismísimo comisario, si te preguntara. Me lo mandas a mí para las explicaciones. Manéjalo con total discreción. ¿Me has entendido, Roberto?
Claro, jefe. Meridianamente claro.
Otra cosa: el juez de guardia es Garrido. Ya sabes, ten cuidado con ese hijo de puta. Échale un ojo.
Tranquilo, yo me ocupo de todo.

 

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D. D. Puche
Grimald Libros
227 páginas
Tapa blanda / ebook
ISBN (papel):  9781092946445
ISBN (digital): 9780463211199

 

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Te dediques a lo que te dediques, es fundamental crearte un buen nombre. Los demás tienen que saber que eres de fiar. Yo me había esforzado mucho en crearme ese buen nombre, desde que me pasé a la Judicial, procedente de la Brigada de Seguridad Ciudadana de la Jefatura de Madrid, tras acabar los cursos. Por lo menos, un buen nombre entre los que mandan, no necesariamente entre los compañeros; éstos no son los que importan a la hora de la verdad, porque entre compañeros siempre habrá rivalidades y envidias, pero de la reputación entre los superiores depende tu futuro. Son los de arriba los que tienen que saber con quién pueden contar incondicionalmente. Y yo ya había dejado las cosas claras en ese sentido; tanto unos como otros sabían a qué atenerse conmigo.
Tres años antes yo ya estaba en la UCE me habían encargado la investigación de un asunto escabroso, de esos que queman. Una chica había muerto en circunstancias que había que aclarar, en una fiesta de niños pijos con drogas; estaba de por medio el hijo de un alto cargo, una Subsecretaria de Estado. Un niño mimado aficionado a jugar con putas caras y drogas de diseño. Le habían pasado algo muy nuevo y lo había probado con la prostituta de alto standing que él y cuatro amigos más se habían llevado a una casa de la familia en la sierra. La chica una estudiante de Relaciones Internacionales de veintitrés años sufrió un choque anafiláctico debido a alguno de los componentes de esa mierda y, como consecuencia, una parada cardiorrespiratoria casi inmediata. Murió en cuestión de minutos; la ambulancia que llegó al cuarto de hora sólo pudo certificar el fallecimiento. El caso se lio más aún porque había algunas señales de violencia en la habitación donde murió la chica; ciertos indicios apuntaban a que el hijo de la Subsecretaria podría haberla forzado a tomar la droga, quizá como parte de una práctica sexual de dominación. Sea como sea, la muchacha estaba muerta, eso no iba a cambiar; y el chico tenía un gran futuro por delante, con un expediente impresionante en la facultad ya se sabe, de los de Derecho y ADE con un máster carísimo en la Escuela de Negocios de Harvard y el porvenir profesional resuelto por los contactos de la familia. Era un buen chaval, que nunca se había metido en líos; tenía una novia estupenda con la que estaba prometido, era un buen deportista, y toda la lista de cosas que hacen que nos cuestionemos dos veces la inmoralidad de los actos de los ricos, porque, al fin y al cabo, si echan su vida a perder el desperdicio es bastante mayor que cuando lo hace el hijo de un obrero.
De modo que me enviaron allí con una premisa clara: ya se había perdido una vida, tristemente; pero mucho más triste hubiera sido que se perdieran dos, así que había que mirar el escenario muy por encima, dejar claro que había sido un accidente y nada más que eso, y desde luego, había que impedir que el apellido del chico llegara a la prensa. Y así lo hice. De forma rápida, eficiente y discreta. Y por eso los de arriba sabían con quién podían contar. Los poderosos tienen que saber cuáles va a ser tus reacciones cuando estás bajo presión. Es muy importante que los que están por encima de ti sepan que eres alguien de confianza. Y que los que están a tu nivel sepan que muerdes.
Ana no me cogió el teléfono; seguramente estaba regresando de hacer spinning o alguna cosa de ésas. Le mandé un mensaje diciéndole que tenía un caso urgente y que se pasara por casa de los vecinos a recoger a la niña, que la dejaba con ellos. Antes de bajar al garaje, llamé a Sanabria y le dije que avisara a los demás; le di las señas y quedamos allí. Me gustaba trabajar con Sanabria, en la práctica el segundo de mi equipo. Era eficiente, pragmático y poco hablador aunque bastante mordaz, cuando hablaba. Lo mejor en un trabajo como éste. Hay gente a la que le gusta hablar del trabajo, siempre, a todas horas. Incluso tomando una copa en el bar. No saben desconectar, se obsesionan, y por eso tienden a irse de la lengua con quien no deben, lo cual no es nada conveniente en la Comisaria General si es que lo es en algún sitio, porque el trabajo que se hace ahí, por su propia naturaleza, tiene que ser manejado con grandes reservas. La UCE no existe para aligerar el trabajo de las Brigadas locales cuando están hasta arriba (nunca lo están debido a homicidios, en España); y tampoco es que sea, honestamente, una unidad de élite. Hay mucha fantasía al respecto, demasiado Sherlock Holmes y teleserie policial americana. El trabajo policial real no tiene nada que ver con eso, no es cuestión de genialidad; es cuestión de procedimientos y rutina, de tenacidad y método, y sobre todo de mucha, mucha paciencia. De echar muchísimo tiempo hasta que una pista, a menudo casual, conduce a algo; una de entre las decenas o cientos que hay que seguir hasta que las pesquisas fructifican. Todo eso de un inmenso poder de raciocinio, capaz de deducir quién es el asesino a partir de unos pocos datos dados desde el principio, es una chorrada. No, nada de eso. En la unidad no trabajábamos un grupo de cerebritos, resolviendo casos como en las series de la tele, uno por episodio y a por el siguiente. La razón de ser de la UCE era poder quedarse con los casos delicados, los que había que llevar por otros cauces. Apartar miradas molestas de ellos y manejarlo todo con guante de seda; para eso existía. Para eso estaba yo ahí. 

 

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El inspector jefe Prats, al mando de la UCE o sea, el que me había llamado, era un tipo bien relacionado. O mal, dependiendo de cómo se quiera entender. Era un tipo alto, corpulento y calvo. En ese orden. Había echado una barriga enorme, pero en sus buenos tiempos tuvo que ser un tipo bastante impresionante. Era de la vieja escuela, es decir, de los de pegar palizas en los interrogatorios y limpiar las calles enterrando a algún que otro camello o pederasta ocasionalmente, aunque el cambio de los tiempos le había obligado a refinar mucho sus métodos. En todo caso, él ya no se ocupaba de esas cosas en persona, que para algo era jefe de unidad y nos tenía a los demás. Había hecho carrera en la Transición y era uno de esos híbridos entre el franquismo y la democracia que abundan en el cuerpo, en la Guardia Civil y en el ejército; esos que ni ellos mismos saben dónde termina una cosa y empieza la otra, o a qué causa deben su lealtad. Lo cual no suele ser un problema, porque han llegado adonde han llegado precisamente por ser leales sólo a sí mismos. Prats tenía buenos contactos en la política, y como todo superviviente, los tenía tanto en la derecha como en la izquierda. Hacía favores a todos, los apuntaba con mucho cuidado, y luego se los cobraba con intereses. Era un buen jefe; yo nunca tuve ninguna queja de él, por lo menos no relevante. Pero es que no soy un llorón. Era autoritario, pero competente; colérico y excesivo en las formas, pero también sabía recompensar el trabajo bien hecho; y llegado el momento, defendía a sus subordinados cuando alguien quería tocarles los cojones. La unidad era suya, eso lo tenía muy claro, y en su feudo nadie iba a meter las narices. Cuando un caso en el que hubiera violencia de por medio tenía vinculaciones políticas, solía caerle a él y si no, se movía ágilmente para conseguirlo, y lo despachaba rápida y discretamente. Sabía cuánto hay que apretar las tuercas a la gente para obtener resultados, y podía llegar a ser muy cabrón, pero con él tenías esa sensación de pertenecer a algo que saben crear los que tienen dotes de mando. El jefe era muy de tomarse un whisky con sus hombres y felicitarte por el trabajo bien hecho como si te estuviera haciendo un favor.
Cuando se habían dado tanta prisa en asignarnos el caso era porque éste quemaba; me lo olí desde el principio: no iba a ser como otros. Pintaba a asunto donde hay mucho que barrer bajo las alfombras. Joder, no es que la unidad no resolviera casos; la mayor parte del tiempo sí, y con bastante efectividad. Los homicidios y los robos con extrema violencia no le gustan a nadie, y nosotros tenemos familias; queremos ver las calles limpias de basura, y si podemos contribuir a ello, mejor que mejor. Hay un sentido del deber que está por encima de otras consideraciones. Pero a veces, como decía, toca mojarse. La sociedad no funciona como un mecanismo de relojería; no es perfecta, y no podría serlo. Seguramente resultaría inhumana si lo fuera, porque el ser humano tiene debilidades y vicios. Todos los tenemos. Así que, de vez en cuando, muy de vez en cuando, hay que hacer algún favor; hay que hacer algo que no es exactamente legal, pero sí conveniente, porque ayuda a mantener un equilibrio, un orden, una fachada. Una fachada que a nadie le conviene que se resquebraje, ni siquiera a los que más se lamentan por ello, porque lo que oculta siempre es más terrible que el precio de mantenerla. Y el bienestar de la mayoría pasa porque unos pocos, en ocasiones muy concretas, nos echemos algún pecado venial sobre nuestras conciencias. Porque la vida tiene que seguir, y eso requiere despachar problemas, no acumularlos.
Algo así pensaba que me iba a encontrar esa noche de abril, hace ocho años, cuando encendí el motor de mi Passat y salí del garaje en dirección a Príncipe de Vergara. Un trabajo de limpieza; control de daños, porque ese abogado debía de tener información importante. Llevaría asuntos de grandes empresarios o de políticos a los que nada debía salpicar; de esos que han traspasado el umbral que te sitúa por encima del bien y del mal. Mientras circulaba entre el tráfico de Madrid a esas horas, con la gente que aún volvía del trabajo bajo la lluvia, no podía ni imaginarme dónde me estaba metiendo.  

 

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