11 de abril de 2018

EL CUADERNO DE BERLÍN (cap. 1)



Aunque nuestros escritos literarios suelen centrarse en géneros como la ciencia ficción, el terror o la fantasía, no sólo nos dedicamos a ellos. A partir de hoy empezamos a publicar por entregas (cuando concluyamos las recogeremos todas en una edición impresa) una novela "seria", si bien no nos gusta la expresión, que da a entender que tal seriedad está en la forma narrativa, cuando a nuestros entender radica en el contenido.

Pero vaya, que ahí va, querido lector, un texto del cual sólo se podría decir que es "literario", al margen de todo género. Juzga tú mismo si consideras que merece tal nombre. Se trata de la refundición de una novela corta que David tenía en un cajón desde hace trece años (!), su primera novela en realidad, la cual escribió mientras estaba estudiando en Berlín.


EL CUADERNO DE BERLÍN 

Prólogo


Lo reconozco, fui yo. Fui yo quien editó estas páginas, este diario que sólo a duras penas puede ser llamado libro. Su autor era alguien muy próximo a mí, aunque nuestra relación había tocado a su fin tiempo atrás, y sobre mí recayó la obligación poco grata de darle a las páginas que había dejado una forma legible. Soy responsable del resultado, que para ser sinceros no deja de avergonzarme en cierta medida, pues no creo que esta narración, por así describirla, sea digna del público. No obstante, una vieja deuda me obligaba a hacer lo que hice, y he aquí el resultado. Sólo pido que el lector sea indulgente, si no con el autor de este texto, sí por lo menos con quien ha cargado con la penosa tarea de editarlo y presentárselo.
            El texto está recogido íntegramente en un cuaderno de pequeño tamaño, de hojas amarillentas y tapas duras de cartón forradas en tela parda, metido a su vez en una funda de cuero rojizo, de esas que se cierran anudando una tira del mismo material. Como objeto físico es francamente bonito, una obra de artesanía. Su contenido es otra cosa. Las disquisiciones de su autor, D., son cuestionables desde un principio. Aún inmaduro para escribir una obra literaria digna de tal nombre, se lanzó a garrapatear páginas aprovechando su estancia en Berlín, que ha terminado dando nombre a lo que era un diario sin título alguno. Creía estar haciendo algo relevante. No era consciente de hasta qué punto naufragaba en aquello mismo que él criticaba. Una obra juvenil con mucha fuerza y poco dominio, que ya ha fracasado en su punto de partida.
Se compara en algún momento con un Quijote, y ciertamente lo parece, pero no por lo que él cree. ¡Pobre! ¡Qué ideas acerca de la cultura! Qué trasnochado todo, qué decimonónico, cuando no dieciochesco, rancio, impostado. Defiende un concepto de la literatura y del arte que no se corresponde con el presente en absoluto, pues no ha entendido lo que éstos significan; cree que la cultura es una fuerza viva, una esencia intemporal, capaz de transformar la realidad, cuando es un producto humano, el precipitado final de relaciones sociales al margen de las cuales no significa nada, ni hoy ni en el pasado. Una idealización típica, juvenil, que lo lleva a hacer afirmaciones gruesas mientras cree estar haciendo matices sutilísimos, y en conjunto, escribiendo un libro que no habría escapado de la quema del cura y el barbero. Es una obra que pretende ser literaria, pero resulta más bien una confusa mezcla de diario y ensayo con partes narradas, en la que nada conduce a ningún sitio, aunque permite aclarar algunas ideas acerca de quien lo escribió. Yo le conocía bien, o creía hacerlo. Ya no lo tengo tan claro.
Pero démosle paso al texto, que sea él el que hable, y que se defienda si puede de estas acusaciones, y de tantas otras que arrojará sobre sí mismo. Tenga el lector constancia de que algunas partes estaban acabadas, y como tales aparecen aquí; otras, en cambio, estaban apenas esbozadas, cogidas a vuelapluma, o estaban formadas por multitud de notas metidas entre las páginas del cuaderno, para ser insertadas posteriormente, y han necesitado de algún arreglo por mi parte para darles sentido. No he querido, como editor, fingir la homogeneidad del texto donde no la había, así que dichos añadidos se diferencian del cuerpo central; me he permitido, eso sí, la licencia de completar como narrador algunos fragmentos, con lo que sabía de él o he querido deducir acerca de lo que pensaba y sentía. Espero no haberme extralimitado, aunque, bueno, qué más da.


1


He tenido que alejarme de Madrid para poder comenzar a escribir una novela que transcurre en dicha ciudad. Creo que sólo la distancia, en el espacio y en el tiempo, da la perspectiva precisa para algo así; lo presente me aturde, no deja de distraerme. Basta, a veces, con separarse de las cosas ‒lugares, personas‒ para verlas bajo otra luz, para poder pensar sobre ellas de otro modo. Puede que escribir una novela no sea más que elaborar esa separación, mirar con la distancia precisa esa realidad que nos aturde. La literatura sería, así entendida, un filtro de la experiencia. Un intento de ordenarla.      
De todas las cosas que me he traído a Berlín, contando mis libros y mis objetos personales, creo que la más importante es el cuaderno con funda de cuero que me regaló mi hermano hace ya tiempo, por algún cumpleaños, y en el que por fin me voy a atrever a escribir. De momento es mi mejor compañía aquí; la única, en realidad. Siempre llevo encima el cuaderno y mi diccionario de bolsillo de alemán, desde que llegué: el diccionario para comunicarme con los demás –mi alemán es pésimo–, y el cuaderno para comunicarme conmigo mismo. Porque no hay nada menos inmediato que uno mismo, y, de hecho, sólo me acerco un poco a mi propio ser cuando escribo. Únicamente al escribir tomo la necesaria distancia respecto a mi “yo”. En realidad, no hay ningún “yo” que escriba: yo soy lo escrito, hablando con propiedad. El acto mismo de escribir te convierte en obra.
Y por eso, soy más cuanto más escribo. A medida que lleno páginas, construyo mi experiencia, y el edificio es cada vez más grande y sólido. Sin embargo, padezco un grave problema: escribir me produce una pereza terrible. ¡Ésta sí que es una paradoja! ¿O no? Alguien que sólo se encuentra a sí mismo en el ejercicio de escribir, y resulta que le da pereza hacerlo... Pues sí, y no sé si tendré esto en común o no con otros escritores. Pero es que, para empezar, yo no sé si soy escritor. Sólo sé que es lo único que me imagino haciendo, lo único para lo que creo que tengo alguna aptitud natural. Y aun así, ¡cuántas vueltas he tenido que dar por la habitación, cuánto tiempo he perdido hasta decidirme a coger el bolígrafo! No quiero poner ninguna excusa mala, como la falta de inspiración y esas cosas; ciertamente, en cuanto me siento vomito una página tras otra con gran facilidad. No, es que escribir, en realidad, me aburre. Lo que pretendo es, precisamente, hacer tiempo para ver si se me ocurre algo que no sea escribir. Pero, por lo general, no me viene nada a la cabeza, y al final tengo que escribir. Al menos, cuando llevo un rato, la cosa se anima, y empiezo a sentirme más a gusto. Lo peor siempre es empezar. ¡Ojalá pudiera sentarme delante del televisor la tarde entera, y ser feliz, o al menos olvidar que no lo soy!
Por cierto, ¿lo soy o no? Quizá debería empezar por ahí. En realidad, no estoy muy seguro. Hoy me surgen demasiadas dudas acerca de mí mismo. Porque mi vida ha estado hasta ahora llena de sinsabores y carencias, pero lo cierto es que no me cambiaría por nadie en el mundo. Tengo la impresión de que el cambio sería a peor. Y no es que yo sea gran cosa, pero la mayoría de la gente a mi alrededor no satisface los mínimos que yo pondría al patrón del “ser humano”. Sus ambiciones, sus gustos, su forma de entender la vida... todo ello me parece de una terrible banalidad. Los más “listos” de entre ellos –según el decir de la gente, claro– no ven la realidad más allá de un palmo de sus narices. Están tan atados a lo pequeño y prescindible, que no reparan siquiera en que pueda haber algo más que eso. Carecen de la capacidad para captar el orden, el conjunto; lo ponen todo al mismo nivel, que es, por supuesto, el de lo más rastrero. No ser como ellos siempre me ha hecho valorar bastante mi vida. Sin embargo, no es que sea completamente distinto: hago, evidentemente, muchas de las cosas que hacen ellos, pero al menos no las hago todo el tiempo, ni son el horizonte de mi existencia. Hay tiempo para todo, y todo el mundo debería dedicar parte del suyo a cultivarse un poco. En torno a eso gira mi vida, consagrada a la filosofía. La cultura no es un mundo de abstracciones, pese a lo que suele pensar la gente; no, es sólo la capacidad de ver las cosas –las mismas que, en el fondo, nos preocupan a todos– desde distintos lados. Amplía nuestro horizonte de pensamiento, y con él, nuestras posibilidades de actuar. Quien no entiende esto está encadenado a lo trivial y mezquino. Me temo que es demasiada gente.
La cultura es, en efecto, una actividad, y no un mero acopio de conocimientos. Nadie me parece menos culto en este sentido, más impostor, que los eruditos. Son la otra cara de la moneda en cuyo canto trato de mantener el equilibrio. Ellos confunden la cultura, que ha de ser algo vivo y palpitante, con mera letra muerta. Hacen de ese patrimonio común cosa de museos, de especialistas. Lo disecan. Confunden la actitud en que debería consistir con una acumulación de datos que osifica la cultura y la convierte en un pesado fardo. Y así, creen estar en posesión del punto de vista privilegiado, único, acerca de todo. No se dan cuenta de que no hay tal cosa: la cultura auténtica es, por el contrario, la capacidad de alternar, de moverse entre puntos de vista, de comprenderlos todos. De lo contrario, su discurso se vuelve tan banal como el de aquellos otros de los que hablaba antes. Creo que los grandes personajes de antaño entendieron bien esto, y por eso no incurrieron en tales errores. Eran todo lo contrario de los especialistas y anticuarios. Platón, Leonardo o Goethe, por ejemplo, no tuvieron nada que ver con eso. De ahí la ironía que ostentan esos grandes personajes: saben que no hay una única perspectiva, que el saber que no retorna a la vida no es más que un artificio inútil.
El agua del té ya hierve. Qué bien. Ya puedo dejar de escribir.


* * *

D. fue a quitar el agua del fuego. Preparó el té y se lo tomó, sin prisas, mientras miraba por la ventana de la cocina el patio del edificio. Una extraña disposición arquitectónica, le pareció, pues a través de este patio interior, que albergaba también los contenedores de basura y las bicicletas de los vecinos, se accedía al muelle de carga del supermercado que daba a la calle. Allí abajo, en ese momento, los empleados del súper estaban descargando mercancías directamente desde una camioneta aparcada en la entrada comunitaria.
El piso se lo había alquilado Julia, una chica alemana bastante simpática, que hacía prácticas de derecho, o algo así –nunca llegó a entender muy bien las explicaciones que le dio–. Había tenido el generoso detalle de ir a recogerlo al aeropuerto, la tarde anterior, y de haberle dado una vuelta en coche por la ciudad, para que fuera conociéndola. Pero ahora él ya estaba solo, y empezaba a darse cuenta, mientras bebía su té, de lo que significa estar solo por vez primera en un país extranjero, y sin apenas conocer la lengua. Comenzó a replantearse seriamente los motivos que le habían llevado a solicitar aquella estancia de tres meses en la Universidad Humboldt. Hubiera sido mejor quedarse en casa. Le inundó una sensación sombría, como de frío.
Era media mañana ya. Se había levantado poco antes. Tarde, para su costumbre. Pero es que al despertarse y verse allí el desánimo le había podido, así que se quedó un par de horas más en la cama. Cuando por fin se levantó, inspeccionó el piso. Lo había hecho la tarde anterior, naturalmente, cuando Julia se lo enseñó y le entregó las llaves; pero al día siguiente todo le parecía nuevo, desconocido. De hecho, lo rodeaba una nube de irrealidad. Pero el piso, en cualquier caso, le había sorprendido: era mejor de lo que él había esperado. El pasillo al que daba la puerta de la calle se abría dos veces a la izquierda, mostrando la cocina y el cuarto de baño, y al fondo desembocaba en el dormitorio. Al lado derecho de la entrada quedaba, completando el piso, un pequeño trastero. La cocina era más grande de lo que hubiera sido en un piso español de tamaño equivalente –algo más de cincuenta metros en total–. A un lado, según se entraba en ella, estaban el frigorífico y el horno con la placa vitrocerámica, además de la estrecha encimera, una estantería donde estaban los platos y demás cacharros, la lavadora y el fregadero. Al otro, una mesa para comer y un armario. Un reloj y unos pequeños estantes con especieros eran todo el adorno de las paredes. Una planta de casi metro y medio de altura alegraba un poco el espacio, ahora envuelto en la luz metálica de las mañanas de Berlín.
El cuarto de baño era largo y estrecho, con la ducha empotrada en un lado. En cuanto al dormitorio, fue lo que más le gustó al entrar por primera vez en el piso. Era, en realidad, un pequeño estudio, un rectángulo de unos cinco por cuatro metros de lado –sólo éste ocupaba casi la mitad de la extensión del piso–, que hacía las veces de dormitorio y sala de estar. En el lado de las ventanas estaban la cama y un amplio escritorio de vidrio y metal; sobre él montó D. su “laboratorio”. En el extremo contrario quedaban un sofá, con una mesita delante, y más allá de ella el televisor y la cadena musical. Al fondo, entre el escritorio y el sofá, una estantería en la que Julia tenía, aparte de otras cosillas, una buena colección de novelas en alemán, francés e inglés. Al verlas, D. casi se arrepintió de haber traído un par consigo –Viaje al fin de la noche y Trópico de cáncer–, que habían supuesto un peso adicional en un equipaje ya de por sí lleno de libros. Abrió la bolsa de viaje y la gran maleta y se puso a colocar su ropa y demás utensilios en la habitación y en el cuarto de baño. Finalmente, a un estante vacío de la estantería del dormitorio fueron a parar los libros de filosofía que había traído: casi todo de Nietzsche, pero también algo de Descartes y Kant.
Había pocos muebles en el piso, aparte de los ya citados: otra estantería llena de diccionarios y libros de leyes, una mesita, y el guardarropa, los tres en el pasillo. Y con la excepción del escritorio, todos los muebles eran de madera. Lo cual, unido al suelo de parqué (salvo en el dormitorio, que estaba enmoquetado, y en el cuarto de baño, con baldosas), daba al piso un aire confortable y acogedor. Además, los techos eran bastante altos, y las ventanas de la cocina y el dormitorio muy amplias, con lo que entraba mucha luz –al menos, toda la que puede entrar en Berlín–. Decididamente, en aquel piso se respiraba bien. Lo que venía estupendamente, después de subir a pie al cuarto piso en que estaba. La única cosa objetable era que no tuviera ventanas a la calle; el patio interior era amplio, pero a D. le hubiera gustado poder ver su rinconcito de la ciudad, en todo momento, desde su atalaya. El portal era común a cuatro escaleras, que daban a cada uno de los cuatro lados del patio. La escalera de D. era la que subía directamente desde portal mismo, esto es, la de la fachada que daba a la calle principal, el Vorderhaus. Su piso estaba, sin embargo, en uno de los dos lados que daban pared con pared con la escalera de al lado; de ahí que sólo tuviera ventanas al patio interior. Para llegar a las otras tres escaleras había que atravesar dicho patio, donde, como decía, se dejaban las bicicletas ‒imprescindibles en Alemania‒ y estaban los contenedores de basura.
Por lo que al barrio respecta, el edificio se hallaba en la zona de Moabit, distrito de Tiergarten. Turmstrasse y Alt-Moabit, dos calles muy concurridas y con mucho comercio, quedaban al pie. A pesar de ser unas calles amplias, y de que poco más adelante había un jardín (el que llaman “pequeño Tiergarten”, en oposición al grande, que da nombre al distrito y es el mayor parque del área urbana de Berlín), todo estaba impregnado del olor grasiento de los puestos callejeros de salchichas y de kebab. Eso, sumado a la fealdad de los edificios de la zona, con sus fachadas ennegrecidas, y a los puestos de fruta en plena calle, hacía que a D. el barrio no terminara de agradarle. Por si fuera poco, llegar a pie al centro llevaba casi una hora desde allí –las distancias son inmensas en Berlín, incluso dentro de un mismo distrito, aunque no lo perezcan en los mapas–; había metro en Turmstrasse, pero tenía que hacer varios transbordos y ya estaba bastante harto del metro de Madrid, así que optó por caminar. De esta forma, se decía, podría ver la ciudad y aprendería a orientarse antes.
En cuanto a la escritura, lo cierto es que se le hacía cansada, sí; pero también obtenía de ella muy buenos momentos. Había en sus palabras, como siempre, demasiado dramatismo, demasiada afectación. La suya era una sensibilidad excesiva, que saltaba con mucha facilidad de un extremo a otro, de la euforia al patetismo, de la placidez a la obsesión. Tenía ese defecto, que en ocasiones puede tornarse virtud, de encontrar extraordinariamente problemático lo más sencillo –hasta el punto de que la vida cotidiana, tener que hacer cosas y tratar con la gente, era para él una penosa empresa–, mientras que podía contemplar indiferente cómo el mundo a su alrededor se hacía pedazos. Tal vez fuera este extraño rasero con el que medía la vida lo que encaminó sus pasos hacia la filosofía, siempre dispuesta a buscar problemas allí donde no parece haberlos.
Al día siguiente de llegar a Berlín garrapateó las primeras páginas de su cuaderno enfundado en cuero. Tenía la intención, en efecto, de retomar el proyecto, abandonado por enésima vez unos meses atrás, de escribir una novela. ¡Como si no hubiera ya suficientes novelas en el mundo! ¿Para qué escribir otra? En aquel momento, como siempre que se sentía triste o desvalido, se sintió inspirado para escribir un poco. Pero a las páginas que escribió con este impulso inicial no les siguieron otras hasta pasados varios días. Su desconcierto al llegar a la ciudad fue tal que no tenía ninguna gana de escribir, cada vez que regresaba al piso. Sólo veía la tele y daba vueltas por la habitación, pensativo.
La novela esperaría. De momento, tenía que tomar notas, soltarse un poco en su nuevo ambiente, y pensar en cómo retomar aquella novela frustrada, ambientada en Madrid. La novela, que tendría algo de autobiográfica, describiría su experiencia de la capital, de las callejuelas, de los bares, de los rincones agradables y, por qué no, también de algunos más oscuros. Pretendía captar la esencia, el espíritu de esa ciudad que amaba –mientras es tan denostada y maltratada por mucha gente, si bien es cierto que tiene sus defectos–, y destilarlo en palabras. El hilo conductor serían las andanzas de un personaje quijotesco que recorre sus calles, teniendo toda suerte de encuentros y desencuentros, armado de una forma de pensar y entender la vida extravagante, muy alejada de la del común de los mortales; de hecho, serviría para retratar esta última. Un homenaje a Madrid y, a la vez, a la literatura, a través de su personaje más insigne. Como Cervantes inmortalizó el alma castellana, pintaría él el retrato perfecto de su ciudad; un fresco tan vivo que no sería sólo una novela, sino a la vez todo un ensayo. D. intentaba, con aquellas primeras notas, dar con el tono preciso, con la clave en la que compondría la historia.
De modo que, como todo escritor que promete narrar sin disfraces su propia vida, su experiencia más honda y sincera, comenzó a sopesar qué estaba dispuesto a contar de sí mismo y qué no, lo que podía revelar y lo que sin lugar a dudas ocultaría. Y hay que ser hábil en esto, porque es fácil irse de la lengua en cuanto se pone uno a escribir, ya que lo dicho muestra a menudo, para el lector atento, lo que se intenta callar. Pero, naturalmente, la vida del autor no es asunto de nadie, y además, ninguna historia verídica es interesante. Toda narración es una recuperación y a la vez una falsificación de la experiencia. Cada elemento ha de estar convenientemente arreglado; las vidas de la gente, por lo general, no forman historias, sino que son simples y monótonos agregados de hechos. Pura trivialidad. Por eso, los escritores que más sinceros parecen son, en realidad, los más consumados mentirosos.




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El cuaderno de Berlín © D. D. Puche 2018 

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