20 de marzo de 2019

EL CUADERNO DE BERLÍN (2)

Unas reflexiones (noveladas) sobre el oficio de escritor. 

Estás en THE HELLSTOWN POST, página literaria dedicada especialmente (pero no sólo, como puedes ver hoy) a la fantasía, el terror y la ci-fi. También es el nombre de la revista digital (ISSN 2659-7551) que publicamos semestralmente. Puedes colaborar en una u otra siguiendo las indicaciones que te dejamos más abajo. Texto e imágenes, © 2019 D. D. Puche (autor) & The Hellstown Post.

 
The Hellstown Post | El cuaderno de Berlín

             Literatura  |  Novela seriada 
El cuaderno de Berlín

Parte 2  |  Un estudiante se enfrenta a su opera prima literaria

en los meses que pasa en la capital alemana




Ya decíamos hace casi un año, cuando ofrecimos el comienzo de esta novela corta (¡desde entonces no hemos vuelto a ella!) que nuestros escritos literarios suelen centrarse en géneros como la ciencia ficción, el terror o la fantasía, pero no sólo nos dedicamos a ellos. Retomamos hoy la publicación por entregas de este híbrido entre novela, diario de viajes y reflexión filosófica. Un texto que tiene ya unos quince años, pero que estamos retocando ligeramente ahora, mientras pensamos en su publicación con Grimald Libros.
¿Dónde lo habíamos dejado? Ah, sí, en este punto… Recuperemos el último párrafo…


«De modo que, como todo escritor que promete narrar su propia vida, su experiencia más honda y sincera, comenzó a calcular qué estaba dispuesto a decir de sí mismo y qué no, lo que podía contar y lo que sin lugar a dudas ocultaría. Y hay que ser hábil en esto, porque es fácil irse de la lengua en cuanto se pone uno a escribir, y lo que se dice revela muchas veces, para el lector atento, lo que se intenta callar. Pero, naturalmente, la vida del autor no es asunto de nadie, y además, ninguna historia verídica es interesante. Toda narración es una recuperación y a la vez una falsificación de la experiencia. Todo ha de estar convenientemente arreglado; las vidas de la gente, por lo general, no forman historias, sino que son simples y monótonos agregados de hechos. Pura trivialidad. Por eso, los escritores que más sinceros parecen son, en realidad, los más consumados mentirosos».      


* * *


Llevo aquí ya varios días, y todavía no he visto a ninguno de mis vecinos. Empieza a darme miedo esa sensación de estar solo en el edificio. A veces oigo pasos en las escaleras, que hacen crujir con fuerza la vieja madera; pero me acerco rápidamente a la mirilla de la puerta, y no veo a nadie: ya han pasado. Los oigo a mi alrededor (los pasos en el rellano, los ladridos del perro de abajo, los gritos de arriba...), pero nunca consigo verlos. Es algo parecido a lo que siento en esta ciudad: veo y escucho a la gente, pero no la entiendo. Ni una palabra. Nos separa una distancia que me parece abismal.
Pero eso me ha pasado siempre, en cierto modo. También en casa, en Madrid. Casi siempre me siento solo, aunque esté con gente. De hecho, me siento aún más sólo si estoy con conocidos, con gente que sabe de mi soledad. No sólo no la alivian, sino que la hacen más patente. Supongo, claro, que el problema está en mí. No es que me sienta tan solo por estar en esta ciudad desconocida, sino que me doy cuenta de ello con más intensidad, por no tener mis pequeños asideros cotidianos, que me hacen llevadera la soledad. Ésta, en realidad, la he traído conmigo. Incluso creo que debe de ser algo visible, palpable, dibujado en mi cara y mis gestos. Probablemente, en cuanto alguien me ve por vez primera, piensa: «mira, un solitario», y me ignora. Porque piensa también: «por algo lo será».
Únicamente al escribir no me siento solo. Percibo otra conciencia a mi lado, como si, en cierto modo, me sobrevolara. Me vigila atentamente, me dice si lo que escribo es bueno o no. Y yo se lo agradezco mucho. Es como el daimon de Sócrates: sabe la verdad de las cosas, pero no me la dice; sin embargo, me hace saber cuándo me alejo de ella, y me va mostrando así el camino indirectamente.
No me siento solo al escribir, no, ni tampoco al caminar. En mis largos paseos también aparto la soledad, perdido entre gente que no sabe quién soy. Es que, en el fondo, caminar es lo mismo que escribir: una huida hacia un lugar al que, al final, nunca se llega. Esto del caminar se refleja, además, en un hábito muy mío: puedo tirarme horas no es una exageración dando vueltas por la habitación, pensando en trivialidades y fantaseando. Soy una pura imaginación que no se plasma, casi nunca, en hechos. Supongo que por eso tengo que escribir; es una forma de llevarlos a cabo. Una forma sustitutiva y algo cobarde. Hoy mismo me he pasado la tarde entera gastando la moqueta de la habitación, con la radio puesta, escuchando voces alemanas ininteligibles para mí. Creo que estas “caminatas” de salón tienen un significado: que, en cierto modo, pretendo alejarme de mí mismo. No es que me odie, ni nada por el estilo –me parece que esto ya ha quedado claro–; pero es que, a veces, me gustaría estar realmente solo. Así sí que se tiene que estar a gusto. Porque, en realidad, en mitad de la más profunda soledad, nunca se está realmente solo. Estamos con nosotros mismos. Nos desdoblamos en una voz que habla y otra que escucha. Y la voz que escucha nos juzga y se entromete en todo lo que pensamos y hacemos. Es realmente molesta. No es como mi demonio socrático, el que aparece cuando escribo; ése es una buena compañía, gratificante. No me juzga, sino que me ayuda. O, al menos, se sienta por ahí y me deja escribir, dándome alguna indicación sólo de vez en cuando. La otra voz, la que incordia, está por el contrario siempre presente. Y la tenemos todos. Ésta nunca nos cura de la soledad; antes bien, nos la echa en cara.
Lo único que he hecho digno de mención, estos días atrás, ha sido tomar un primer contacto con la ciudad. No sé si será por mi estado de ánimo actual, pero me ha parecido una ciudad desangelada. He cogido un plano que había en el piso, he mirado cómo llegar al centro, y me he echado a la calle. Sigo Turmstrasse y un poco más adelante me paso a Alt-Moabit, que conduce directamente a la zona del Reichstag, la sede del parlamento alemán. Creo que ya las he mencionado. Son dos calles hermanas: corren paralelas un buen trecho, y se parecen bastante; están llenas de supermercados y tiendecitas, por no hablar de los puestos de salchichas, que despiden ese olor peculiar a aceites y grasas –o lo que quiera que usen aquí– reutilizados durante quién sabe cuánto tiempo. Hay mucha gente por la zona, y todos, me da la impresión, están tristes. La gente sentada en las numerosas terracitas, tomando algo a media tarde, parece pensar que no habrá un mañana. Es curioso. Estos mismos alemanes, cuando vienen a España, tienen otro aspecto; se les pone otra cara. Tal vez sea por el tiempo que hace aquí. Aunque hace algo de calor y el día es luminoso, está nublado a la vez. Como si hubiera niebla, pero una niebla extraña y brillante. Hay luz, pero tamizada, triste. No parece que provenga del sol. Resulta bastante melancólico, a decir verdad. No creo haber visto ese efecto antes; y me temo que aquí debe de ser normal. Es más, seguro que a esto es a lo que llaman aquí “buen tiempo”.
Llevo encima el diccionario, el trozo de papel en el que he copiado un pequeño plano del camino, la guía de la ciudad, y una libreta de notas, por si en el camino se me ocurre algo. Andando me vienen siempre las mejores ideas. Andando, y cuando estoy en el servicio. Y si no las apunto rápido, se me olvidan. Una cosa que me llama enseguida la atención es que las calles están tomadas por las bicicletas. En todas las aceras, y en los cruces de calles, hay carriles para ellas. Los berlineses –y no sé si todos los alemanes, en general; tendré que preguntarlo– van a todas partes con la bici. Incluso veo a marujas que van por ahí pedaleando con la compra en el cesto de la bicicleta. Como no estoy acostumbrado a ello, he estado a punto de ser atropellado por los ciclistas varias veces, porque me cruzo todo el rato por su carril. Pero claro, para mí la acera es de los peatones. Aunque así se llega más rápido a todas partes, tengo que reconocerlo; ahora entiendo la insistencia de Julia en que me quedara su bici estos tres meses. Quizá hubiera sido una buena idea. Pero no; no me imagino sobre semejante cabalgadura.
El camino por Alt-Moabit se alarga más allá de lo que puede ser llamado un paseo agradable. En coche, la noche que llegué, fueron poco más de cinco minutos. Pero andando lleva más de media hora. Los edificios a mi alrededor se hacen cada vez más bajos y de aspecto más pobre. Incluso paso al lado de una prisión. Sólo un poco más adelante la calidad del vecindario mejora; hay algunos restaurantes medio caros, y cada vez más jardincillos delante de los portales. Es la zona oriental de Moabit, donde, según explica la guía, viven muchos funcionarios. Finalmente llego al puente que salva el Spree y, cruzándolo, a una zona completamente distinta. Sobre una enorme extensión se levantan, distantes entre sí, varios edificios descomunales. A primera mano, tras el puente, está la Cancillería. Un gran cubo de acero y vidrio desde el que se dirigen los destinos de Alemania –o sea, de Europa–. Tengo entendido que por aquí la llaman, por su forma, la “lavadora”. A la izquierda, en una situación privilegiada (en Madrid ocupa una planta o dos en un edificio de oficinas), queda la embajada de Suiza, y más allá el Paul-Löbe-Haus, que alberga oficinas gubernamentales. Y, dominando la zona, cómo no, el impresionante y majestuoso Reichstag, con su gran cúpula transparente. Es uno de esos ejemplos de arquitectura cuya contemplación exalta; parece esculpido en roca viva, capaz de aguantar allí toda la eternidad, aun cuando el hombre se haya extinguido. Un poco más allá, cruzando un jardincito, se alza la Puerta de Brandemburgo, convertida en símbolo de la reunificación alemana, que a su vez da paso a la elegante y concurrida Pariser Platz. Y, partiendo de ella, hacia el este, Unter den Linden, el mayor bulevar de Berlín. Que, como no podía ser de otro modo... está en obras. Están construyendo una nueva estación de metro, al parecer, y el tramo siguiente a Pariser Platz está vallado de forma que sólo quedan dos estrechos pasos a ambos lados. Grandes máquinas perforan el suelo con estruendo, destrozando mi primera impresión –la que cuenta para siempre, se supone– del centro de la ciudad. Además, no percibo el olor de los tilos que le dan nombre a la avenida, y del que tanto me habían hablado. Pero claro: es otoño. Una época triste, en la que los colores y olores languidecen.
Más adelante los vallados terminan y el paseo recupera su amplitud normal. Es una zona lujosa, con multitud de buenos hoteles y restaurantes. La gente toma la merienda –o la cena, no lo sé, porque aquí todo lleva otro horario– en elegantes terrazas. Tampoco faltan las tiendas de souvenirs. Tendré que comprar algo antes de mi regreso, para la familia. Al poco llego al cruce con Friedrichstrasse, en la que están algunas de las mejores tiendas de Berlín. Sigo recto –girando a mano izquierda en este cruce queda Dussmann, la mayor librería de la ciudad, según la guía; en otro momento tendré que pasarme por ella– y llego a la Biblioteca Estatal de Berlín, donde, al contrario que en la de Madrid, dejan entrar a cualquiera con ganas de cultivarse. En esta parte de la ciudad, ciertamente, la gente parece menos apática que en Moabit; también más apresurada. Un grupito de turistas españoles, por lo demás, llama la atención: vociferan y se ríen con sonoras carcajadas, como diciendo ¡aquí estoy! Paso de largo, por supuesto, y sigo mi camino. Los españoles siempre nos hacemos los suecos cuando nos encontramos en el extranjero.
Dos pasos más allá me encuentro delante de la Universidad Humboldt, destino de mi estancia en Berlín. Contemplo un momento la fachada, así como las estatuas y el jardincito de delante; pero esta primera vez no entro en ella: siguiendo mi costumbre, debo antes reconocer la zona. Así que cruzo la calle y llego a Bebelplatz, hermosa plaza justo enfrente del edificio principal de la Humboldt, donde están, además de la facultad de derecho de aquélla –magnífico edificio también–, la ópera y la catedral católica de Sankt Hedwig, con su enorme cúpula verdosa. Toda la zona de Unter den Linden (salvo el tramo en obras por el que he llegado) es preciosa; la arquitectura de la época del esplendor de Prusia es sencilla y grandiosa a la vez, muy armónica. Me agrada mucho más que la exagerada y pomposa arquitectura y escultura de la época del Reich –exceptuando el propio Reichstag, por supuesto–, de la que vi también una buena muestra la noche que llegué; en ella empieza a visualizarse algo de la mentalidad que llevaría a Alemania al nazismo. Pero nada de eso se ve aún aquí.
Después cruzo de nuevo el Spree, que hace un meandro, y me encuentro en la Isla de los Museos, un pequeño islote, en realidad, que alberga algunos sitios muy interesantes. Sólo me detengo un momento frente a la tremenda catedral de Berlín (la protestante), que tiene al pie el Lustgarten –el Jardín de las delicias–, y salgo del islote por el otro lado, atravesando en diagonal el Marx-Engels Forum, otro bonito y apacible jardín, para llegar al característico edificio rojo del ayuntamiento. Cuando llego aquí está comenzando a anochecer, y me siento cansado. El camino de regreso al piso dura casi hora y media, y para entonces estoy ya agotado; los cuatro pisos sin ascensor están a punto de matarme. Ha sido un señor paseo, para ser el primero. Pero nada me evita la sensación de frialdad que flota en el aire de esta ciudad. Eso, y el hecho de que tiene algo de ruinosa: al oeste de la Puerta de Brandemburgo he pasado por zonas aún a medio edificar. La verdad es que me encuentro bastante más a gusto, según lo que he visto hasta ahora, en el lado oriental.
Por lo demás, estos días atrás he intentado escribir algo. Pensé que el cambio de aires me vendría bien para ello, que me proporcionaría materiales. Pero no consigo escribir nada. ¿Será que existe esa supuesta inspiración, y que me ha dejado? No lo sé... estoy cansado. Será mejor que lo deje por hoy y me acueste. [Sigue leyendo]



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