¡DING, DONG! [2 de 2] (Relato)

La Navidad es una época maravillosa. Pero oculta cosas terribles...
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¡Ding-dong! | Un retorcido cuento navideño | The Hellstown Post


Relatos  |  Fantasía y humor 
¡Ding, dong!

Un retorcido cuento navideño (2 de 2)


Por D. D. Puche

   Los juguetes no se hacían solos, en efecto. Eso descubrieron los elfitos tras abandonar su bosque para vivir bajo las montañas. La mayor de todas ellas expulsaba, a través de un estrecho cráter en su parte superior a modo de chimenea, todo el humo que nacía en las entrañas de las cavernas. Así descubrieron lo que era el trabajo, los buenos elfitos verdes.
   Eran necesarias muchísimas horas de trabajo, y toda una legión de elfos, para fabricar los juguetes necesarios. La demanda era inmensa: allí fabricaban tooodos los juguetes para todos los niños del mundo. O al menos, para todos los niños de los países ricos, que se los podían pagar. La Navidad era una fiesta muy espiritual.
   “¡Dong, dong! ¡Dong, dong, dong!”.
   Pero había una profecía siempre la hay que anunciaba el nacimiento de un elfo Salvador. Y el joven elfo llamado Dforrnatûggorkysal, al que todos llamaban Forky, se adjudicó el título de Salvador de los elfos; un buen día, empezó a hablar de la revolución, y decía cosas y bonitas y aparentemente sabias que los elfos sin duda anhelaban, como cambios drásticos en sus condiciones laborales, o tener un seguro dental. Sobre todo, insistió en que se acabaría eso de que les cortaran las orejas, lo que atrajo inmediatamente la atención de todos los elfos. Y así, el boca a boca, de caverna en caverna, fue difundiendo las nuevas ideas revolucionarias de Forky, y una oleada de ilusión se apoderó de los elfos, que al fin pensaron que las cosas iban a cambiar. Pronto podrían regresar a la pura y blanca nieve, y a los bosques, y a comer bayas y nueces como hacían en los buenos tiempos, que sólo los mayores habían vivido en persona. Aquellos años de leche y miel (lo cual sólo es una expresión manida, pues los elfos verdes son intolerantes a la lactosa).
   “¡Ding, dong, ding!”.
   Pero era una tarea ardua, la de librarse de ese maldito Santa Claus, que siempre llevaba ese grueso cinturón de cuero que se quitaba para azotarlos cuando hacían algo mal. Había sido lo suficientemente duro como para librarse de los ogros y de los trols, los últimos de los cuales vagaban por el bosque y las montañas sin poder alguno. Y tenía que rendir cuentas ante un público extremadamente exigente: los niños de los países ricos, que ansiaban sus juguetes. Pues si Santa Claus era el amo en las cavernas, desde los Años del Dolor, no era menos cierto que él también tenía unos jefes ante los que responder, no menos duros que él.
   Así pues, era necesario urdir un buen plan.
   “¡Dang, deng, ding, dong, dung!”.




   Y así se hizo.
   Un día, que parecía cualquier otro pero no lo era, los buenos elfitos estuvieron al fin preparados. Santa Claus volvió a las cavernas tras su siesta, que se solía echar tras tomarse un copazo de brandy y fumarse un puro. Enseguida notó que los elfos trabajaban poco, menos de lo habitual, según su criterio; y eso que se esforzaba mucho en condicionarlos con el cinturón.
   −¿Qué hacéis ahí parados, parásitos? −les gritó, iracundo−. ¿Es necesario que os recuerde que sólo faltan cuarenta días para la Navidad? ¡Por mi gorro rojo, que como no esté la producción en marcha en cinco minutos os voy a correr a todos a latigazos! ¡O peor aún: os echaré a todos al bosque, donde os moriréis de hambre!
   −Amo, no llega la energía necesaria a los túneles. Hay un problema en las calderas.
   −¿Quéee? ¡Esos idiotas se han olvidado otra vez de echar carbón! ¡Como tenga que bajar ahí de nuevo los voy a desollar!
   Y, en efecto, Santa Claus tuvo que bajar, cosa que no hacía desde muchos años atrás, a la sala de calderas. Si el trabajo de los elfitos que fabricaban juguetes era duro, más aún lo era el de los que estaban en esa caverna, en un nivel inferior. Tenían que echar constantemente paletadas de carbón a un gigantesco horno, y alrededor de éste sólo había un calor espantoso y un aire lleno de negro hollín; era lo menos parecido del mundo a la fresca y blanca nieve para la que su naturaleza estaba predispuesta.
   Santa Claus descendió por las escaleras de piedra que llevaban al túnel de la sala de calderas, pero allí la emboscada estaba tendida; Forky había aleccionado bien a los elfitos. De pronto, una multitud de ellos cayó sobre Santa Claus y lo amenazaron con sus herramientas de trabajo: martillos, tijeras, limas, alicates, destornilladores… Cientos, miles de elfitos verdes acorralando a Santa Claus para hacer justicia: ¡era la revolución!
   −¡Malditos! ¡Os voy a azotar hasta que no podáis ni respirar! −exclamó Santa Claus quitándose el cinturón.
   Pero varios elfos, especialmente entrenados para ello por Forky, se lo quitaron de las manos en un santiamén y huyeron con él para que no pudiera atizar a nadie. 

 
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    −¡Desagradecidos! ¡Es de mi propiedad!
   −¡Puedes quedarte con tus herramientas y tus fuegos, avaro cruel! −le dijo Forky−. Los túneles serán nuestros de ahora en adelante, y los emplearemos para guardar la cosecha de bayas y frutos secos; y serán también el hogar de ogros y trols, a los que echaste del bosque y la montaña!
   −¡No podéis quedaros con mis túneles y mis máquinas! ¡Es mi inversión! ¡He metido aquí todo mi capital!
   −¡Ahora es nuestro, gordo cortaorejas! −le espetó Forky.
   Santa Claus se vio en inferioridad numérica, rodeado de una miríada de elfitos verdes vengativos. ¡Encima de que les había dado un trabajo!, pensaba él.
   “¡Dung, dung, dung!”.
   Encima de que los había liberado de la necesidad de ser libres.
   “¡Ding, dang! ¡Ding, dang, dong!”.
   Santa Claus hizo lo que Forky había planeado: correr hacia lo más profundo de la caverna. Todo iba a terminar allí. Lo fueron dirigiendo cerrándole el paso por otros túneles hasta la sala de las calderas, donde se vio finalmente sin salida.
   Con su espalda contra el enorme horno, dentro del cual ardía un fuego infernal, y rodeado por los elfos a los que él mismo había recluido allí, Santa Claus se vio obligado a negociar.
   −Escuchad −suplicó−. Os daré una parte de los beneficios, y os concederé el seguro dental. Y podréis ir al baño cuando os haga falta. Y dejaré de cortaros los dedos y las orejas… si me dejáis ir.
   Pero los buenos elfitos verdes ya no estaban dispuestos a escuchar ni a negociar.
   “¡Dong, ding! ¡Dong, ding, dong!”. 


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   Forky se adelantó a la masa. Se acercó a Santa Claus y le habló así, en la tenebrosa y ardiente caverna.
   −Ha llegado el Día del Elfo. El día en que rompemos las cadenas y somos libres de nuevo. ¡Sólo el elfo puede liberar al elfo!
   Tras decir esto, empujó a Santa Claus al interior de la caldera, a las enormes llamas, y cerró la portezuela metálica, entre el clamor de sus compañeros, que coreaban «¡sólo el elfo puede liberar al elfo!».
   −¡Ay, ay! ¡El dolor es insoportable! gritaba Santa Claus, desde dentro. ¡Dejadme salir, por favor, elfitos buenos! ¡Os lo ruego!
   Pero a los elfos les agradó escuchar los gritos de agonía y terror de Santa Claus, más que el sonido de los martillos repiqueteando sobre el metal al que tan habituados estaban.
   −¡Arde, demonio, arde! −le contestó Forky−. ¡Vuelve al infierno al que perteneces!
   −¡¡¡Ay¡¡¡ ¡¡¡Cómo duele!!! ¡¡¡Ay!!! ¡¡¡No sabía que ochocientos cincuenta grados dolieran tanto!!!
   Santa Claus ardió hasta los huesos, aunque su grasa tardó bastante en consumirse. Los beneficios obtenidos de la explotación de los lo habían hecho engordar considerablemente.
   “¡Ding, dang! ¡Ding, dang, ding!”.
   Los elfos atravesaron las puertas de hierro que cerraban las cavernas, las mismas que sus bisabuelos y tatarabuelos, algunos de los cuales aún seguían con vida, habían cruzado en sentido inverso. Pudieron al fin ver la luz del sol. Forky los había conducido con éxito a la libertad.
   Los menos viejos habían escuchado mil historias sobre los bosques, y la blanca y pura nieve, y la abundancia de frutos salvajes, y los animalillos del bosque, y sobre los ogros y los trols, que en el fondo eran buenos compañeros. Mejores que Santa Claus, al menos.
   Pero, cuando salieron de las cuevas al pie de las montañas, no fue eso lo que encontraron.
   “¡Dang, dong! ¡Dang, dong, dung!”.
   Ya no había nieve, sino únicamente un páramo gris y desolado. El bosque había desaparecido, talado casi por completo. Los buenos elfitos se dieron cuenta de dónde salía toda la madera con la que hacían los juguetes. Y ya no quedaban animales, no se escuchaba la música de los pájaros; y los ogros y los trols habían desaparecido también. Como las canciones y los bailes y la alegría y la felicidad, que nunca volverían.
   Entonces lo comprendieron: ya no podrían regresar al bosque, tal y como lo habían conocido los ancianos, pues eso era ya algo del pasado; un bello recuerdo, el tema de las historias de los abuelos. Los más jóvenes nunca lo conocerían.
   Hubo una fuerte conmoción en la comunidad élfica, pues el destino al que aspiraban, sus ilusiones, la razón de hacer la revolución, había desaparecido. Todos miraban a Forky, el Salvador, el líder. ¡Pobre señor Forky, que no supo a tiempo que se puede acabar con la industria, pero no se puede regresar al mundo anterior a su aparición!
Forky hizo lo único que podía hacer para salvar a los elfos, y los condujo de nuevo al último sitio que les quedaba, lo más parecido que tenían a un hogar: las cavernas. Allí al menos tenían un cometido, un trabajo, mientras que en el exterior ya no había frutos que recolectar ni animales a los que acariciar; y necesitaban el pago por los juguetes manufacturados para poder comprar rica carne en salazón y bebidas espirituosas.
   Así que Forky comenzó a dirigir todo aquello, como antes hiciera Santa Claus. Encendieron de nuevo los hornos, y los fuegos de la industria se reavivaron, y con ellos la producción. Sólo eso traería algún beneficio a su comunidad. Sólo así podrían sobrevivir.
   Y con el paso del tiempo, el bueno de Forky fue engordando, y engordando, y se hizo un traje acorde a su posición, con un gran cinturón de cuero, y fue cosechando los frutos del trabajo de todos los elfitos, y distribuyéndolos según sus propios criterios e intereses, y todo funcionó de nuevo como solía hacerlo, y ya no era un elfito tan bien considerado como antes. Ahora él se identificaba más con Santa Claus, y había llegado a comprender sus motivaciones. Quien quiere el progreso, tiene que estar dispuesto a pagar un alto precio. Y él lo estaba, ahora tenía la necesaria visión de conjunto. Después de todo, para continuar con la producción y hacerse rico, sólo necesitaba una cosa:
   ¡Un maldito ejército de elfos verdes!
“¡Ding, dong!”.
“¡Dong, dung!”.
“¡Ding, dong, dung!”.


FIN
 

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