17 de junio de 2018

LOS PIRATAS DE ULTRAMAR



   En las próximas semanas, vamos a ir publicando por entregas (que ya aparecerán reunidas como libro impreso de Grimald) la que será nuestra quinta novela, Sam Robinson y Los piratas de ultramar. Se trata de una novela juvenil, continuación de Sam robinson y la Noche de terror en Hellstown. Como aquélla, sigue las peripecias de Sam Robinson, su hermana y sus amigos, embarcados en un nuevo viaje por un mundo de fantasía, en este caso marina. Esperamos que disfrutéis con el comienzo, y os agradecemos todo comentario, así como que compartáis este contenido si os ha gustado.

D. D. Puche



Prólogo

Hola de nuevo. Algunos ya me conocen. Para otros ésta quizá sea la primera vez que nos encontramos. Soy Samuel Robinson, y si en este momento, aquí y ahora, estamos tú y yo hablando, es porque seguramente quieras leer alguna de las historias que viví en mi niñez. Bueno, bueno, está bien… quizá no estemos hablando, quizá sea yo el único que te habla a ti, querido lector, querida lectora, y sea yo quien quiera narrarte mis aventuras. Pero si logro que te quedes un ratito conmigo, quizá puedas pasarlo bien. Yo creo que sí.
Como iba diciendo, si es que no nos conocemos ya de alguna historia pasada, soy Sam Robinson, o sencillamente Sam, y me dedico a dar clases de literatura. También escribo, en mi tiempo libre, algunas de las fantásticas aventuras que viví cuando tenía más o menos la edad que tú debes de tener ahora… o por lo menos la edad que debes sentir, cuando leas esto. Porque si bien es cierto que la vida te enseña muchas cosas, no es menos cierto que algunas se olvidan; de modo que no parece mala idea recordarte, aquí, justo en este mismo instante, que nunca está de más evocar cuando uno era niño y tenía a su disposición un inagotable caudal de magníficas historias para vivir. Y no me refiero tanto a la época en que uno era niño, pues cada cual pertenece a una década distinta, sino al modo de pensar y de vivir las cosas cuando era niño. A la mentalidad. Al modo de leer. Y eso no cambia.
Cuando uno se hace mayor… bueno, a menudo suele pasar que ciertas cosas de la vida cotidiana te hacen olvidar quién eras. Pero si haces un pequeño esfuerzo por mantener viva en ti esa parte de tu espíritu juvenil, seguro que lograrás que no muera nunca. Yo lo he intentado, y por eso ahora puedo recordar con gran nitidez aquellas aventuras que viví cuando era poco más alto que… bueno, no era más alto que muchas cosas, pero digamos que ya tenía edad suficiente para darme cuenta de lo que ocurría a mi alrededor.
Hay algunas personas que me dicen que estas historias son demasiado fantasiosas, que es imposible que ocurrieran. Mucho antes de ponerlas negro sobre blanco, se las contaba a mis hijos, que las escuchaban con los ojos muy muy abiertos, y las orejas bien atentas, y literalmente alucinaban con lo que escuchaban. Historias de aventuras y peleas, de investigaciones y descubrimientos, de ciencias extrañas y de magias aún más extrañas, de carreras y persecuciones, de castillos y parajes salvajes, de criaturas celestiales y monstruos infernales… Ahora, que son un poco más mayores, no dan crédito a lo que les cuento, y me dicen “¡bah, papá! No nos engañes. ¡Es imposible que eso ocurriera!”. Mi esposa se limita a sonreír, y a mirarnos con infinita ternura. “¿Cómo que es imposible?”, les respondo yo. “No hay nada imposible si está escrito en las páginas de un libro”. Y, curiosamente, la historia que os voy a narrar esta vez da fe de tal afirmación. Viene al pelo.
Lo que mi hija y mi hijo empiezan a olvidar, a medida que se hacen mayores, es precisamente lo que os estaba diciendo antes: que hay cosas que se deja uno por el camino cuando crece. Sin embargo, una de las ventajas que tiene esta vida, es que si bien uno mismo cambia, siempre puede reencontrarse a través de cosas que nunca lo hacen, que no cambian, que siempre están ahí esperándonos para ser descubiertas y redescubiertas. Y una de esas magníficas cosas son los libros. Pues sí, lo que os digo es completamente cierto: a través de un libro (aunque no es la única manera) una persona cualquiera puede descubrir, y redescubrir, al niño que fue y que aún aguarda ahí dentro, agazapado entre responsabilidades de adulto, debido a un cierto miedo, un miedo muy tonto, a dejar que los demás lo vean como es.
Así que, en definitiva, siempre que alguien, incluidos mis hijos, me dicen que lo que pongo en estas páginas me lo invento, que es todo mentira, yo siempre respondo lo mismo: “no hay nada verdadero ni falso en las páginas de un libro si te sumerges en ellas y vives lo que narran como la vida real”. Y mientras uno lea los infinitos libros que están ahí para servirnos, tanto ellos como el niño que llevamos dentro seguirán vivos.

Sam.


1
Los abuelos

Esta historia comenzó, si no recuerdo mal, un cálido mes de verano. Estaba de vacaciones, ya que hacía no mucho habíamos terminado el curso escolar. Era una tradición en casa, como en tantas otras casas, que pasáramos esos días en compañía de nuestros abuelos. Mis abuelos maternos vivían no muy lejos de allí, en un pueblo a las afueras de la ciudad. Una linda casa con tejado de doble vertiente, un pequeño jardincito delantero con flores que mi abuela cuidaba denodadamente, y un lindo buzón de madera.
A mi hermana Chloe y a mí nos encantaba ir allí todos los veranos, y aunque durante el curso no podíamos ir tanto como quisiéramos, debido a las obligaciones y demás, lo cierto es que pasábamos en casa de mis abuelos algún que otro fin de semana ocasional.
Se llamaban, mis abuelos, Justina y Felix. Habían venido a América desde Europa, hacía muuuchos años, emigrando desde su Polonia natal. Eran judíos, al igual que mi madre, aunque a mi hermana y a mí no es que nos inculcaran demasiado una religión u otra (la familia de mi padre era católica, así que se ve que mis padres decidieron no introducirnos en ninguna confesión concreta, más allá de lo que decidiéramos en nuestra mayoría de edad; lo que me parece una decisión muy sabia).
Mi abuela era la mujer más dulce del mundo entero, aunque también había que verla cuando se enfadaba. Pero eso no ocurría demasiado a menudo, a no ser que mi hermana o yo hiciéramos alguna trastada realmente gorda. Pero aún en esos casos, no pasaba de darnos una reprimenda más teatral que otra cosa; y nosotros veíamos, aunque avergonzados y con la cabeza gacha por el mal que hubiéramos hecho, que no estaba enfadada de verdad y que sólo nos regañaba para procurarnos una mejor educación. Era como si en su menudo cuerpo nunca hubiera entrado mal alguno, ni pudiera física o mentalmente albergar ninguna ira. Era un ser puro y bondadoso. ¡Y hacía unos pasteles de muerte! Por no hablar de sus famosas magdalenas, y sus galletas, muy apreciadas en todo el pueblo (de hecho, hacía cantidad suficiente para regalar a casi todos los vecinos que las pidieran, cosa que a mi hermana y a mí, por supuesto, nos parecía fatal… ¡las queríamos todas para nosotros!).
Mi abuelo era cosa aparte. Cuando lo hicieron, se debió romper el molde. Era el hombre más fantasioso que existía o haya existido jamás. En cuanto llegábamos a la casa siempre nos sorprendía a mi hermana y a mí con alguna historia nueva, con algún truco, con alguna invención que nos volvía locos. Siendo más pequeños nos lo creíamos todo, claro está; pero ya en esta época, aunque sabíamos que el abuelo era un cuentista nato, nos divertía muchísimo pensar con qué nos pillaría en cada ocasión.
Nos decía, por ejemplo: “venid, venid, que debajo de la casa, entre las vigas, he atrapado un duende. Salió de un agujero que había en la tierra y sin pensármelo dos veces lo agarré y lo metí en una bolsa”. Entonces nos conducía al sótano y allí veíamos un cubo de metal boca abajo. Nos decía “está dentro, le da mucho miedo la luz. No lo asustéis”. Entonces yo, claro, ingenuo de mí, me acercaba al cubo, y justo cuando iba a mirar lo que había dentro, éste se movía dándome un susto de muerte. Seguramente lo tenía atado a un hilo de pescar o algo parecido, o quizá había dejado dentro un ratón para que lo moviera. Después nos explicaba que no lo podíamos ver, y llevábamos el cubo, siempre con algo para taparlo, al agujero del jardín, donde fingía liberarlo ante nuestras narices. El duende se escabullía a toda prisa por el agujero hacia su mundo subterráneo, o eso creían nuestras inocentes mentes.
Recuerdo otra ocasión en que nos dijo que había comprado unos rabanitos mágicos. “Serán unas judías, abuelo”, le decía mi hermana. Pero no; él explicaba que eran rabanitos, y que tenían el poder mágico de volver invisible a quien los ingería. Rápidamente mi hermana y yo nos comíamos uno, esperando obtener esos mágicos poderes, y entonces él fingía no vernos, y extendía los brazos hacia delante como intentando atraparnos: “¿dónde estáis?, ¿dónde os habéis metido?”.
Le echaba tanto morro, mi abuelo, que una vez nos dijo que había encontrado un dragón abandonado en la calle. No era más que un perro con un abrigo verde y una especie de cornamenta que le había colocado él. Nos explicaba que era “un dragón-perro, de los que se ven ya muy pocos, y tienen el poder de hacer ver que son perros cuando en realidad son dragones”. El galgo del vecino nos miraba con incomprensión, como pensando “¿por qué diablos me han puesto este estúpido disfraz?”.
Pero a mi hermana y a mí nos encantaba aquello; y aunque al crecer ya no creyéramos las tonterías de mi abuelo, lo cierto es que fingíamos hacerlo, y el fingía que todo era verdad, y todos hacíamos creer que aquella magia era real. Era una especie de juego nuestro, y lo recuerdo con mucho cariño.
Pues era mi abuelo, como os contaba, un tipo extraordinario que había sido marinero, zapatero, pescador, tonelero, apicultor, catador de vino, mecánico y no sé cuántas cosas más que ya ni recuerdo. ¿Qué si era todo verdad? ¡Pues claro! Él no se inventaría todas esas cosas… Era muy, muy bueno, como mi abuela. Habían nacido el uno para el otro. Dicen que las personas, con el tiempo, se acaban pareciendo (también dicen que la gente a menudo se parece a su mascota, pero eso no lo he comprobado). Pues si es así, mis abuelos eran claro ejemplo de ello. Se conocían a la perfección, y tenían tal comprensión mutua que parecía que se leyeran el pensamiento. A veces mi abuelo, estando conmigo, decía que mi abuela, que estaba en otra habitación, nos iba a llamar, o iba a decir tal cosa, o iba a sacar tal otra del horno, y acto seguido ocurría. Yo pensaba al principio que veía el futuro. Pero no era eso lo que pasaba, claro está… ¡Lo que en verdad ocurría es que tenían telepatía!
Jamás los vi discutir por nada, si exceptuamos las (numerosas) veces en que mi abuelo fingía enfado por una cosa o por otra. Era un cascarrabias muy teatral, que de pronto levantaba la voz y se quejaba de esto y aquello, y mi abuela lo miraba con ternura y se reía de él, pues sabía que todo era una actuación muy mala de su marido. Era como un juego entre ellos, pues los dos, después de tantos años juntos, también tenían sus propios juegos, y su manera de entenderse. Siempre se llamaban mutuamente “esposo” y “esposa”. Me parecía delicioso verlos hablarse así, como si todo fuera a la vez medio en serio, medio en broma, medio respetuosamente, medio burlesco. “Esposa, ¿sabes dónde está mi pala del jardín?”, “esposo, ¿has cogido mis tijeras de la costura?”, y así todo el tiempo. Creo que se lo pasaban muy bien juntos.
Era mi abuelo, como os decía, un charlatán de primera. El típico truhan que dice que un día, de pesca (por supuesto estando totalmente solo y sin que nadie pudiera verificar su historia), sacó del agua un pez tal que así, separando sus manos a dos palmos de distancia. La siguiente vez que lo contaba el pez había crecido considerablemente, la siguiente vez más aún, y la siguiente tenía que estirar los brazos para dar cuenta de lo grande que era el pez. No es que quisiera engañar, presumir, ni nada parecido. Lo hacía con la misma gracia e ingenuidad con que lo hacía todo, pues nosotros sabíamos que era mentira, y él sabía que no nos engañaba. Pero ese era nuestro juego, y nos encantaba jugar a él. Nos reíamos un montón. Ojalá yo algún día sea un abuelo tan genial como ellos.
Estábamos, pues, en una de nuestras visitas veraniegas, y yo me había llevado un libro que estaba leyendo en aquellos momentos. No sé si os lo había contado ya, pero yo era, y soy, un lector empedernido. Devoraba libros a un ritmo vertiginoso; nada más acabar uno, comenzaba el siguiente. A veces cenaba rápido y mal, por querer seguir leyendo cuanto antes, o perdía horas de sueño de noche, queriendo ver cómo acababa una historia. Sencillamente no podía esperar al día siguiente: la tensión era demasiado grande.
Pues era, el libro con el que estaba en esos momentos, una historia de piratas. Me encantaban los libros (y películas) de piratas. Los adoraba. Se amontonaban en mi habitación tanto como la ropa en el armario de mi hermana. Para mí, mis libros eran sagrados, pero los de piratas ocupaban un lugar muy especial en mi corazón. Sacaba muchos de la biblioteca, y aunque mis padres tenían una buena colección de libros que habían ido adquiriendo entre los dos, lo cierto es que en casa no había demasiados de ese tema. A lo sumo dos o tres, que yo recuerde, y había dado cuenta de ellos hacía tiempo. Sin embargo, en casa de mis abuelos la cosa era distinta. La colección de libros de mi abuelo era tan variopinta, desorganizada y absurda, que podría haber sido resultado de coger todos los libros del mundo, lanzarlos al aire, y coger un buen puñado de ellos al azar. Y cómo no, había muchos libros de piratas allí, y de Julio Verne, y de cosas más mágicas aún, por no hablar de alienígenas, de espías, y de mil cosas más que se podrían englobar en lo que se suele llamar “literatura de género”. Para mí no hay nada mejor que esa literatura de género.
Él decía que su colección había pertenecido a un viejo capitán pirata, al pirata Barbanegra nada menos, que los guardaba en su cabina y los leía en las largas noches estrelladas, entre aventura y aventura. ¿Que cómo habían llegado hasta él? “Muy fácil”, explicaba. “Me los regaló, en agradecimiento, en una ocasión en que lo ayudé en una difícil cuestión… una cuestión que era de vida o muerte”. Creo que alguna vez, siendo muy pequeño, le pregunté qué había sido eso tan decisivo que había hecho él por el capitán Barbanegra, pero él callaba y me decía que a mi madre no le gustaría saber que me lo había contado. ¿Que si me creía todo aquello? Por supuesto.
Llegaba la hora de la cena cuando me acerqué a la biblioteca de los abuelos. Mi hermana estaba haciendo no sé qué con la abuela en ese momento, y yo pude quedarme unos instantes a solas con los libros. Es un momento inspirador, sabéis, estar solo ante ese enorme caudal de historias, conocimientos y leyendas que se narran en los libros. Los libros de mi abuelo estaban todos tan ricamente encuadernados, con tapas duras y ornamentadas, que era una delicia ver sus lomos. Cada uno era diferente, una obra de artesanía. Cuando abría sus tapas, éstas crujían un poco, como desperezándose después de un largo sueño. El papel estaba amarillento, y junto con la tinta, o con la historia y la vida del libro, no sabría decirlo, olía de maravilla. Nada de tapas de cartón y papel blanqueado: éstos eran libros de verdad.
Entonces, mientras hojeaba con admiración aquellos cientos de volúmenes, no pude sino fijarme en uno que creo que no había visto nunca. Aunque nuevo no era. Estaba adornado con ribetes dorados, como los demás, pero con su peculiar diseño propio, y las tapas eran de un color rojo oscuro, casi marrón. Pude ver que los cantos de las hojas eran dorados. Me extrañó no haberme fijado previamente en él, porque por el título se trataba claramente de una historia de piratas, aunque el autor era anónimo. Rezaba así: Los piratas de ultramar. Fue un instante extraño, porque de pronto fue como si todo alrededor se oscureciera y un pequeño foco iluminara sólo ese libro en particular. Mi atención se centró en él, como si me llamara en susurros desde un lejano mar oriental, o quizá caribeño, o puede que al sur del Índico, y pudiera oír las olas del océano batiendo contra el casco de un navío pirata, y oler la espuma de unos mares por los que el hombre todavía no había navegado. Mi mano se extendió hacia él para tomarlo. Quería sopesarlo, como otros, abrirlo, y leer al menos las primeras páginas, o ver si tenía ilustraciones o grabados. Justo cuando iba a tocarlo oí la voz de mi abuela:
−¡Sam, ya está la cena!
Me sobresalté un poco, como saliendo de un ensueño, y acudí a la cocina para poner la mesa y demás, no sin antes lavarme las manos. Aquella noche cenamos opíparamente, mis abuelos, mi hermana y yo, ya que mi abuela había hecho una lasaña de espinacas irresistiblemente buena (¡una cantidad enorme de lasaña!), y comimos tanto, Chloe y yo, que acabamos con dolor de tripa. Después vimos algo en la tele, un viejo televisor que tenía mi abuelo desde hacía treinta años, y finalmente nos fuimos a la cama.
Pese a que la deliciosa cena de mi abuela me había hecho olvidar la lectura, rápidamente volví yo, ya en la cama, a sacar el libro que traía conmigo. Era La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, que probablemente sea el libro de piratas más famoso, y que en realidad yo estaba releyendo. De todos los libros del mundo, sin duda éste estaba en los primeros puestos de mi lista de favoritos. Pero curiosamente, no llegó a ser mi libro de piratas predilecto. Hubo uno que se le adelantó, como os contaré.
Estaba sentado con las piernas cruzadas sobre la cama, leyendo con la lámpara de mesa que había al lado, cuando unos toquecitos sonaron en la puerta. Era mi abuelo.
−¿Qué tal, chico? ¿Leyendo un poco antes de dormir?
−Sí, siempre leo un rato justo antes de meterme en la cama.
−Ésa es una costumbre buenísima, que todo el mundo debería tener.
−Estoy con un libro de piratas genial.
−Déjame ver… oh, sí, lo conozco.
−¿Tú también lo has leído, abuelo?
−¡Pues claro! En mi época no había televisión, y los chicos leíamos mucho más que ahora, para entretenernos. Con doce o trece años lo normal era haber leído libros como éste, Los tres mosqueteros, Moby Dick, Drácula… Los chicos de ahora no leen nada.
−A mí sí me gusta leer, abuelo.
−Ya lo veo. Por eso te he traído algo especial.
−¿De qué se trata?
Entonces mi abuelo sacó lo que llevaba a la espalda, y sentándose en la cama a mi lado me enseñó lo que era. Se trataba del libro que yo había estado observando un par de horas antes, en su biblioteca. Ya me había olvidado de él. Pero al verlo de nuevo, me dio un vuelco el corazón. Era como si el destino llamara a mi puerta. Ahora estoy seguro de que mi abuelo se dio perfecta cuenta de ello.
−Antes te vi mirándolo embobado, abajo, justo antes de cenar. Por eso te lo traigo.
Dejé mi libro sobre la mesilla, y rápidamente eché mano al grueso tomo que mi abuelo sostenía. Sin embargo, él lo alejó de mí antes de que pudiera tocarlo. Yo no entendía nada, pero había una razón para aquello.
−Debo advertirte, Sam, que éste no es un libro para niños.
−No pasa nada, abuelo, ya he leído libros en los que salen batallas, y gente que muere, y cosas más horribles aún. No me asusta.
−Ya… Bueno, yo… no me refiero a eso.
Si después de traerme el libro mi abuelo estaba intentando que me olvidara de leerlo, sólo estaba consiguiendo lo contrario. ¡Ahora sí que quería echarle el guante!
−Lo que quiero decir es que este libro es muy especial. Verás, los libros buenos, los que son realmente buenos, no los lees y ya está. Son libros que te cambian por dentro. Sales de ellos distinto de como entraste; a veces más literalmente de lo que crees.
Qué solemne se había puesto mi abuelo… Con lo bromista que era siempre.
−Lo que quiero que entiendas, Sam, es que si te dejo leer este libro, nada será igual para ti.
La espera me estaba matando.
−Pero si de verdad quieres leerlo, ha de ser bajo tu propia responsabilidad.
−Pues claro abuelo; lo entiendo.
−¿Qué vas a entender, si eres un niño? Lo que intento decirte es que las personas, a lo largo de su vida, se topan con muchos libros. Por lo menos las personas que leen, que cada vez son menos… El caso es que al final de tu vida cuentas con una buena colección de libros, que has ido comprando; pero tuyos, los que son tuyos-tuyos, ésos son realmente pocos. Me refiero a esos libros que te han cambiado por dentro, que te han impactado de una forma especial, que se han convertido en parte esencial de ti. Esos libros que lees, y relees, y vuelves a releer con los años.
−Sí, abuelo.
−Esos libros, son una docena, o puede que una veintena… No te creas que son muchos más.
−No, abuelo.
−Bueno, puede que algunas personas tengan unos límites más amplios que otras y tengan cuarenta o cincuenta libros especiales, pero por lo general, son menos.
−Sí, abuelo.
−Uno tiene esos libros. Los hace suyos. Pero este libro… Este libro es distinto −y aquí la voz de mi abuelo de pronto sonó algo siniestra, como en una película de terror−: este libro te hace suyo a ti.
Mis desorbitados ojos, mis orejas, mi boca abierta, y hasta el vello de mi piel, no daban crédito a lo que estaba oyendo: tenía que leer ese libro.
−Así que ahora que ya te lo he explicado, Sam, ¿estás seguro de que estás preparado para leerlo?
Creo que pronuncié el sí más grande que haya dado nunca a alguien (exceptuando quizá el “sí” a mi esposa en el día de nuestra boda).
−Está bien, aquí tienes.
Y depositó el pesado tomo sobre mis temblorosas manos. Creo que en ese momento casi casi pude oír el sonido de los doblones de oro cayendo dentro de un enorme cofre, o el entrechocar de las espadas de dos contendientes sobre la cubierta de un velero, o el sonido de las ballenas saliendo a respirar en alta mar.
−¿Estás seguro de verdad de que lo quieres abrir y leer? Todavía puedo llevármelo y hacemos como que no ha pasado nada, ¿eh?
−¡No, no, no, abuelo! Lo quiero leer. Estoy seguro.
−Buen chico.
Me pasó la mano por la cabeza despeinándome todo lo que pudo, salió por la puerta y se alejó por el pasillo.





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  Sam Robinson y Los piratas de ultramar
© D. D. Puche & Grimald Libros, 2018

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