CUANDO MIRAS AL ABISMO (cap. 3)

Sigue la investigación del brutal asesinato de uno de los abogados más famosos de la capital, a cargo del inspector Roberto Ajenjo. Tercer capítulo de la novela Cuando miras al abismo (D. D. Puche), que publicaremos por entregas hasta su edición final como libro.

 
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Una novela negra por entregas

CUANDO MIRAS AL ABISMO (cap. 3)

Neonoir y terror en el Madrid más siniestro

 

D. D. Puche
Publicado en 21/07/21

 

>>Ve al capítulo 1


La Zona Exterior (cap. 3), por D. D. Puche | El Onirium. Fantasía, terror y ciencia ficción.




 


3


     A la mañana siguiente empezó la rutina de la investigación policial en sí, facilitada por la orden de Prats de aparcar los demás casos que teníamos abiertos. Como ya dije, aparte de las llamativas circunstancias de su muerte, la víctima debía de tener suficiente importancia para las altas esferas, dado que iban a tener a una unidad especial de investigación centrada en un único asesinato. Fuera como fuera, Prats sabría lo que hacía; tenía un olfato especial para esas cosas, para detectar todo aquello que hiciera que otros le debieran favores. Y con este asunto, tenía toda la pinta, se jugaba un favor bien grande.
     La investigación de un caso es por lo general eso, pura rutina, aplicación de procedimientos; no es tan chispeante como lo vende la ficción, algo que funciona a golpes de intuición y genialidad. Para nada. Consiste en ser metódico, en seguir un orden y no apartarse de una secuencia preestablecida que ha demostrado dar resultados. Hay que ir tachando ítems de una lista, eso es todo. Y luego esperar a que las cosas cuadren y que de la información recabada salgan indicios que apunten claramente en alguna dirección. Aparte de eso, la pragmática policial incluye, cómo no y esto ya no viene en los manuales ni se enseña en los cursos, saber a quién pedirle favores (más favores, eso siempre, así funciona el mundo) y a quién apretarle las clavijas. Pero todo esto con mucho cuidado, porque al final hay que presentar toda la información al juez de instrucción y a la fiscalía, y el caso tiene que ser pulcro, o por lo menos parecerlo, así que no puede haber saltos injustificados en las secuencias de indicios y de sospechas fundadas; si no queda claro cómo has conseguido una prueba o por qué motivo concreto has investigado a alguien, se invalida de cara al posterior juicio, así que te van a decir que nanay, que lo saques de los informes. Y eso aunque la prueba sea buena, aunque señalara sin lugar a dudas al culpable; hay que justificar cómo llegaste del punto x al y, para lo cual no vale decir «es que amenacé a uno para que cantara», o «le pinché el móvil sin una orden y lo grabé delatándose». Ahora bien, las pruebas no siempre se obtienen tan limpiamente como se debiera. Así que hay que ser creativo a la hora de estructurar los datos y enhebrarlos en una narración con una secuencia y un argumento coherentes. Si no, ya puedes tener al asesino bien agarrado, que el juez lo soltará; son los pequeños inconvenientes del Estado de derecho.
     No quiero que nadie piense que estoy en contra del Estado de derecho; me parece perfecto, todo un logro histórico. Me encanta vivir en uno, y me encanta que mi hija crezca en semejante modelo social, en el que siempre estará más segura y será más libre. Yo no soy de la generación de policías de Prats, desde luego. Lo que pasa es que, para defender este modelo, a veces la mano izquierda no debe saber lo que hace la derecha, o al revés (y esto, si se quiere, puede entenderse incluso en un sentido ideológico). Como en los asuntos familiares, un exceso de transparencia nunca es conveniente. Siempre hay cosillas que es mejor callarse por el bien de todos.
     De ahí precisamente venían los malos antecedentes de la UCE con Garrido, quien en más de una ocasión nos había echado por tierra avances en una investigación porque nuestra narrativa no le resultaba literariamente satisfactoria; él era un poeta, al parecer el muy cabrón, y nosotros demasiado prosaicos. Ciertamente, si sabemos que un sospechoso es culpable (porque eso con frecuencia se sabe, sin más; o quizá alguien nos ha dado un soplo, pero ese alguien no puede constar, pase lo que pase, en ningún sitio, ni siquiera en los informes confidenciales que van al juez, que luego no aparecen reflejados en las sentencias), si tenemos una certeza fundada, pues lo investigamos, aunque sea justificándolo a posteriori. No vamos a desperdiciar la oportunidad de echarle el guante al muy hijo de puta, esperando una vía que a lo mejor no llega a darse nunca. Es así, esperando indefinidamente, como puede destruir pruebas o escaparse. No, defender las libertades exige actuar contra quienes quieren acabar con las libertades de los demás; hacer cosas que nadie quiere reconocer que se hacen, pero que son imprescindibles. De lo contrario, el sistema siempre jugará en favor de los que van contra él. Ésta es una gigantesca incoherencia que por lo general se resuelve de forma práctica, mirando lo suficiente para otro lado; hay que saber cuánto hacerlo, no es cuestión de si se hace o no, de blancos o negros. La efectividad de una unidad como la UCE su razón misma de ser, vaya radica precisamente en que puede moverse en esa zona de grises; en que dispone de atajos para hacer lo que un grupo normal de Homicidios no puede. Si no, ¿para qué la quieres?
     Bueno, pues el puto gilipollas de Garrido no entendía esto, con lo sencillo que es; no sabía mirar lo suficiente para otro lado, no quería darnos margen de actuación a los que resolvemos las cosas. Entre meter a un asesino probado en la cárcel o el mero formalismo legal, se quedaba con el mero formalismo, o sea, ponía las abstracciones jurídicas por encima de la justicia concreta. Y así, contribuía a crear incoherencia. Joder, no es que tuviera que avalar con su firma ninguna ilegalidad, porque nosotros ya nos encargábamos de que el asunto fuera legal; sabíamos contarlo. Él sólo tenía que darle el visto bueno y colaría en el juicio. Otros jueces lo hacían, y por lo general funcionaba. Así acababan más culpables en la trena que libres. Y no, no les cargábamos el muerto a inocentes, coño, que sabemos hacer lo nuestro; la cuestión es demostrar que el culpable es culpable, porque siempre tienes más información de la que puedes poner en los informes. Hay que saber cómo colarla en ellos. Pero este imbécil se negaba por sistema; el puto niño bonito de la judicatura madrileña. Se creería que iba a acabar algún día en el Tribunal de Estrasburgo, o algo así. Bueno, seguro que terminará consiguiéndolo; debe de estar lleno de chupapollas como él.
     En fin, a lo que iba. El asesinato de Martín-Moellendorf. A la mañana siguiente estábamos reunidos en nuestra oficina, en la tercera planta del Complejo de Canillas, donde están la mayoría de las dependencias centrales del Cuerpo, entre ellas la Comisaría General de Policía Judicial. Algunos sentados en sus mesas, y otros de pie como yo, tomando el primer o el segundo café del día, comentábamos los pasos a seguir. Para cuando llegamos, a primera hora, Rodríguez ya estaba allí y había puesto la cafetera y traía bollos; era el más joven de la unidad y se había perdido la escena del crimen, así que quería redimirse. Eso me vendría bien, porque le iba a cargar a él las tareas más ingratas de la jornada y así no rechistaría. En uno de los paneles de la pared, entre dos archivadores, empezamos a apuntar los datos más relevantes del caso, que de momento se limitaban a la secuencia temporal de los hechos (probable hora de la muerte, primer testigo en llegar a la escena, o sea, la limpiadora, llamada a urgencias, primeras unidades en personarse, etc.) y a una sucinta descripción de la escena y del estado de la víctima (ilustrado con algunas fotos que nos mandaron por correo electrónico los de la Científica), además de sus datos personales básicos (y una foto de cuando estaba entero). De momento, mucho panel vacío, mucho blanco. Todo ese espacio había que llenarlo.
     Una vez descartado que hubiera cámaras en el portal Sanabria consiguió dar con el administrador del inmueble, que confirmó nuestra sospecha, y a la espera de los resultados forenses, que tardarían días, como poco, habría que empezar llamando a las puertas de la gente. Estábamos discutiendo el mejor orden en que hacerlo y repartiéndonos esas puertas.
 
 

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     ‒Hasta donde sabemos, la víctima muere en torno a las nueve decía yo. Según su socio del bufete, suelen terminar de trabajar a esa hora, precisamente, y a menudo se quedan hasta más tarde. Pero ayer no fue el caso: las oficinas estaban vacías, y sólo se encontraba en ellas la víctima. Este socio, Echegaray, se había ido a las seis y media; cosas de los jefes, vale, pero allí tendrían que haber estado el resto de los empleados. Anoche, cuando hablamos, Echegaray decía que no lo entendía. Esto es lo primero que tenemos que aclarar.
     ‒¿Los mandó a casa la víctima? preguntó Sanabria.
     ‒Es plausible. Pero entonces, ¿esperaba a su asesino? ¿Era alguien a quien ni siquiera quería que los demás vieran?
     ‒Y si fue así, ¿por qué quedar en el bufete, y no en cualquier otro sitio? añadió Sanabria.
     ‒En efecto, algo no cuadra. Además, semejante escabechina no se hace en cinco minutos proseguí; si murió hacia las nueve, el asesino tuvo tiempo de ensañarse con él durante un buen rato. No creo que estuviera allí menos de media hora. Como poco.
     ‒Y hay que tener en cuenta el testimonio de la limpiadora dijo Durán. Según dice, la puerta exterior de las oficinas estaba abierta cuando llegó. De par en par, afirma. Le extrañó entrar y que no hubiera nadie; se temió algo raro. Enseguida vio algunas manchas de sangre en el suelo del pasillo, y cuando se asomó a la puerta del despacho de la víctima, que es de donde parecían venir, se encontró el pastel.
     ‒¿Cómo estaba la limpiadora? preguntó Rodríguez, poniéndose en antecedentes.
     ‒Pues imagínate. Conmocionada. Le habían dado tranquilizantes como para sedar a un equipo de fútbol.
     ‒¿Y tendría un recuerdo lúcido de la escena? ¿Podemos fiarnos?
     ‒Habrá que volver a preguntarle dentro de unos días, cuando esté más serena, a ver si el testimonio coincide. Pero, en principio, me dio la impresión de que todo lo que decía era coherente.
     ‒Vale, vale.
     ‒No es que eso aclare mucho dije yo, pero si dejó la puerta abierta, el asesino no tendría demasiados problemas en que se encontrara a la víctima cuanto antes, o incluso así lo quería. Y no parece fruto de la precipitación, después de tirarse un buen rato cortándolo en pedacitos meticulosamente. Esto, unido a que debía de saber que estaría a solas con la víctima, porque no puede ser casualidad que justo ese día no hubiera más empleados… no sé, ¿cabe pensar que también conocía el horario de la limpiadora, y que se fue con tiempo para no coincidir con ella?
     ‒Encaja respondió Sanabria. Pero entonces, ¿con qué perfil de criminal nos encontramos? Porque el de un simple chalado que destripa a la víctima por un brote psicótico, o algo así, no se corresponde con esta escena.  
     ‒No, para nada; además de la obvia premeditación, habría un conocimiento del lugar y de los horarios del personal, y un cálculo del tiempo disponible, que nos alejan de ese supuesto. Hay planificación y conducta plenamente consciente.
     ‒Lo primero es hablar con los empleados del bufete. Con todos los que estuvieran ayer, para empezar propuso Sanabria.
     ‒Sí, por ahí empezaremos respondí, con la taza que me regaló la niña en la mano, tras darle un sorbo al café. Anoche ya se lo dije a Echegaray, que teníamos que verlos hoy sin falta. Están citados a partir de las once. Hablaremos con ellos uno a uno, tras hacerles una exposición en grupo de lo que ha pasado, ahorrándonos los detalles escabrosos. Todo eso, de momento, nos lo guardamos, que bastante apesta ya este caso.
     ‒De acuerdo dijo Sanabria, sentado frente a mí, en su mesa, cruzado de brazos; Durán y Rodríguez asintieron.
     ‒Además de ellos, tenemos que hablar con los vecinos y los trabajadores del edificio. Creo que los de uniforme ya se pasaron anoche a ver quién estaba, por si habían visto u oído algo, ¿no? pregunté.
     ‒Sí, tengo aquí la lista respondió Sanabria. Pero son pocos; es un edificio dedicado principalmente a uso profesional, y la mayoría de las consultas y oficinas ya habían cerrado a las ocho o antes.
     ‒Vaya.
     ‒El horario europeo, tío, que se va imponiendo. Y de la gente con la que pudieron hablar, no te lo vas a creer, pero…
     ‒Nadie oyó nada.
     ‒No.
     ‒¡Hostia puta!
     ‒¿Mutilan y destripan a un tío vivo y la gente del edificio no oye nada? dijo Durán, incrédula. Es imposible. Yo escucho la música que pone el del tercero, y vivo en un quinto. Vale que el inmueble es antiguo, de construcción sólida, pero… no me lo creo.
     ‒La verdad es que es raro, sí. Pero es un hecho que nadie llamó al 112 hasta la llegada de la limpiadora contestó Sanabria.
     ‒¿Estará insonorizado? El despacho, al menos… Quizá, por los asuntos que tratan ahí… como medida de seguridad dijo Rodríguez, en un tono titubeante que era poco habitual en él. Por mal que se sintiera por lo de la noche antes, no parecía el de siempre.
     ‒No es mala idea. Hay que confirmarlo dije yo, asintiendo. Me lo apunto para preguntárselo a Echegaray.
     ‒Si es así, qué grado de paranoia, ¿no? preguntó Sanabria retóricamente.
     ‒La de mierda que tiene que haber movido ese despacho dije. Así ha acabado el tío.
     ‒Estas cosas se están sofisticando muy rápido. Incluso pudiera ser que tuviera instalados inhibidores de micros añadió Rodríguez.
     ‒Pues si estaba insonorizado, se metió en su propia trampa dijo Durán. De lo contrario, podrían haberlo matado, pero no podrían haberle hecho todo eso. Al menos, no vivo.
     ‒Cierto asentí. Bueno, hay que comprobarlo, así que tendremos que volver a preguntar a todos. Estuvieran ayer o no, hay que hablar con todo el que viva o trabaje en el edificio.
     ‒Vale dijo Sanabria.
     ‒Esto lo primero, antes de que hablen entre sí y empiecen a inventarse cosas. Luego pasaremos a la familia, los negocios y todo eso. Pero, para empezar, los detalles de anoche. Y mientras nos ocupamos de ello, hay que ir viendo otro par de cosas: en el inmueble no había cámaras, pero habrá que echar un vistazo por si los comercios de la calle sí las tienen y han captado algo útil; con suerte, podríamos tener algún ángulo en el que se vea la entrada al portal. Es un tiro al aire, pero hay que salir de dudas. Esto por un lado, y por otro, tenemos que ir buscando a un experto que nos mire la escritura en el rostro de la víctima. Hay que ver si significa algo; si es un idioma, siquiera, o sólo rayajos sin sentido.
     ‒De acuerdo. ¿Cómo lo repartimos? preguntó Durán.
     ‒Yo me ocupo de los empleados del bufete y del socio de la víctima. Quiero empezar a tantearlo, y más adelante ya iré a saco con él. De momento, lo básico. Sanabria, tú te encargas de los vecinos y los trabajadores del edificio. Y no te quedes en esa lista, ya sabes; no nos podemos fiar mucho de ella.
     ‒Descuida dijo.
     ‒Durán, tú buscas al experto. Mira en la universidad, en algún departamento de lenguas muertas, o de lingüística, o algo de eso. Lo que sea. Tú conoces ese mundo mejor que yo.
     ‒Vale, creo que ya sé por dónde empezar.
 
 

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    ‒Y, Rodríguez, te ha tocado, tú te encargas de las grabaciones de los comercios. Pídeselas, a ver si no se ponen gilipollas y hay que pedir una orden. No creo, pero bueno.
     ‒Muy bien, yo me ocupo de eso contestó, muy asertivo.
     Ni un gesto de queja, ni un leve cambio en sus facciones que viniera a decir «hostias, me ha tocado lo peor». Porque revisar un montón de horas de grabación de las cámaras de seguridad es uno de los mayores coñazos que te puede tocar; es una de esas cosas que nadie quiere hacer, y bueno, si tienes que hacerlo lo haces, pero se te nota que no te hace gracia. Sin embargo, a Rodríguez no se le notó en absoluto; casi parecía contento de que la cayera esa tarea. Tendría que habérsele captado algo del tipo «encima de que me quedo atrapado en un atasco, me cae esto como castigo; porque es obvio que se trata de un castigo». Y a él, que era joven e impetuoso, se le notaba mucho cuando algo no le hacía gracia, y no tenía reparo en protestar si lo veía injusto.
     «Éste no se quedó anoche atrapado en un atasco», pensé, mirándolo mientras le daba otro sorbo al café. «Puso eso como excusa, pero es mentira, y ahora se siente culpable. Agradecido, en todo caso, de que no le haya dicho nada y lo compense con la tarea más ingrata. Y si ha tenido que mentir, es porque le da vergüenza decir por qué no llegó a tiempo. Otra vez andaba con tías. Seguro. Un día de éstos le voy a cortar los huevos. O peor, se los va a cortar Prats».
     El subinspector Rodríguez era, en efecto, el más joven de la unidad andaría entonces por los treinta recién cumplidos; un tío muy prometedor, pero todavía un poco verde. No había visto suficiente mundo. Estaba en ese punto en el que la energía aún no se ha equilibrado con la experiencia y todo lo que haces suele ser excesivo, demasiado enérgico, incluso con cierta arrogancia juvenil, con ese rollo de «yo ya sé todo lo que tengo que saber». Lo equilibraba aportando ideas frescas al grupo, esas cosas que la veteranía, tan buena por un lado, termina aplacando por otro; lo que le faltaba de madurez le sobraba de entusiasmo y de iniciativa, y la unidad, ante todo, necesitaba puntos de vista heterogéneos, porque así cubría más frentes y se nos escapaban menos cosas. Era un tipo larguirucho, como de uno noventa, delgado, algo desgarbado, con un perpetuo aire a recién levantado; y sin embargo, tenía una mirada aguda, inteligente, que desentonaba en un rostro todavía un poco aniñado. Sanabria bromeaba a menudo con él preguntándole si ya se afeitaba. Aparentemente, siempre daba pasos de más para llegar a una conclusión, pero gracias a ello solía encontrar cosas nuevas en el camino, que es lo que como decía nos interesaba como grupo de investigación. Tenía una forma diferente de pensar, con muchos rodeos, pero muy intuitiva. Y aunque a veces era un poco plasta y protestaba más de la cuenta, no se puede negar que era divertido; él ponía la mayoría de las notas de buen rollo en el equipo. Lo cohesionaba, de hecho, porque Durán iba mucho a lo suyo, Sanabria era más bien callado y de mí decían que mi humor era más bien agrio e hiriente y lo mismo lo decían con algo de razón. Era un policía de otra hornada, un millennial, criado ya en un mundo en el que internet definitivamente ha sustituido a la tele y los videojuegos a los libros; un poco friqui, por tanto, pero de ahí le venía esa perspectiva distinta que resultaba tan útil. Por lo demás, le perdían las tías en fin, estaba en la edad, qué le vamos a hacer; no tenía novia fija y cada dos por tres andaba por ahí con una nueva. A veces nos las presentaba, cuando nos íbamos a tomar unas cañas. No puedo decir que tuviera mal gusto, pero vivir así le robaba demasiadas energías y tiempo. Se le iban por la polla, vamos, y yo ya había tratado de decírselo más de una vez por las buenas; iba a tener que decírselo por las malas.
     Los demás se fueron de la oficina con sus diferentes cometidos, y yo me quedé allí, organizando los papeles que iba a emplear, porque otra de las cosas que la ficción no cuenta nunca es el mar de papeleo que envuelve una investigación; supongo que le quitaría dinamismo a los protagonistas el verlos durante horas rellenando formularios, preparando cuestionarios, enfrentándose a la tediosa burocracia, etc.
     A las once y pico llegaron los del bufete, todos con cara de susto, de lo cual no los culpo; y eso que no sabían lo que le había pasado realmente al bueno de Martín-Moellendorf, que ya tenía media autopsia hecha antes de que lo tocara el forense. Entraron todos a la vez en nuestra oficina, después de llamar tímidamente a la puerta de fuera. Era lo típico: les intimidaba el Complejo, que tiene más vigilancia que un ministerio, así que quedaron todos en el vestíbulo del edificio principal, y sólo subieron a la tercera planta en grupo, cuando estuvieron todos. Y eso que eran gente del mundo del derecho y estaban acostumbrados a los juzgados. Pero cuando te llaman para hacerte preguntas por una investigación criminal, la mayoría de la gente se caga, incluso aunque no tenga ninguna implicación en el asunto.
     Aparte de Echegaray, el otro socio del bufete, se presentaron dieciséis abogados, lo cual quería decir que, a razón de quince o veinte minutos con cada uno, tenía para unas cinco horas de trabajo; en cualquier caso, de la mayoría de ellos no iba a sacar nada útil, y se trataba de detectarlos rápidamente para pasar al siguiente. El que más me interesaba era Echegaray, naturalmente, y quizá los que, en el escalafón del bufete, estuvieran más cerca de los socios; al resto solamente los tantearía por si había algo relevante que pudieran decirme. Fuera como fuera, tratándose de abogados, sabía que me iba a encontrar a gente esquiva que sabe cómo ocultar cosas, incluso cuando no hace falta ocultarlas; lo llevan en la sangre desde que salen de la facultad. Quizá tendría que haber contado para esto con Durán, que por algo estuvo allí, pero, en fin… Eran tres pasantes, cuatro abogados junior, seis asociados y tres asociados senior, según me fueron diciendo después; al parecer, faltaban otros dos que no habían podido venir, uno por problemas personales inexcusables y otra por tener juicio esa mañana; los demás o no tenían compromisos tan urgentes o habían podido aplazarlos. Tendría que hablar más adelante con los dos que faltaban, lo cual me tocaba los cojones, pero qué se le va a hacer; es difícil reunir a diecinueve personas llamándolas la noche antes, por graves que sean las circunstancias. De todos modos, no todos habían estado la tarde antes en el bufete, que eran los que más me interesaban en ese momento; ya ataría cabos después.
     Estaban comprensiblemente nerviosos y afectados por la muerte de su compañero y jefe, así que les mostré mi cara más empática lo cual suele salirme un poco mal y, tras presentarme y explicarles que yo llevaría la investigación para el juez de instrucción, les mostré mis condolencias y dediqué un rato a explicarles lo que sabíamos de momento. Por supuesto, fue una versión convenientemente edulcorada de la carnicería que se había producido en el sitio donde trabajaban a diario; y no sólo por ahorrarles cosas que les hubieran hecho vomitar, sino porque nos interesaba ocultar ciertos datos de la investigación para poder descartar testimonios falsos, minimizar filtraciones a la prensa, y todo eso. Siempre hay que guardarse ases en la manga, y los ases son la información. Tienes que saber más que nadie en todo momento, si quieres mantener una investigación bajo control. Así que les dije que Martín-Moellendorf había sido hallado en su despacho con una serie de puñaladas y cortes, y que ciertas partes de su cuerpo podrían haber resultado especialmente afectadas; ante las preguntas que me hicieron sobre este particular, me mostré opaco y les dije que no podía revelar más por el bien de la investigación.
     Intenté hacerles ver que nadie más corría peligro, porque este tipo de crímenes, por su propia naturaleza, se centran en una víctima muy concreta por circunstancias muy precisas; les dije que todo estaba bajo el control de la policía, etc., y a continuación les hice salir a la sala de espera del pasillo, les sugerí que se tomaran un café de la máquina que había allí, y me quedé con la primera de las pasantes para que respondiera al cuestionario que estuve elaborando la hora anterior. Era una estudiante en prácticas de último año y temblaba como un flan, así que procuré que se tranquilizara y entendiera todo aquello como el procedimiento de rutina que en el fondo era; pero claro, una cosa son los litigios mercantiles y otra es ver la muerte caer tan cerca, a unas cuantas puertas de distancia del despacho donde te han puesto una pequeña mesa atestada de carpetas. La perspectiva cambia considerablemente. Tras ésta, fui hablando con los demás en orden jerárquico ascendente, hasta llegar a los asociados senior y, finalmente, a Echegaray.
 
 
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    Terminé hacia las cinco, sin hacer ninguna parada salvo para comerme rápidamente un sándwich de la máquina y seguir con la recogida de información. Al final fueron más bien seis horas de trabajo. Lo que me encontré a lo largo de ese tiempo, tras repetir las mismas preguntas una y otra vez aunque introduciendo variantes, a veces un tanto sorprendentes, para que no entraran ya con el discurso aprendido, puesto que se las contaban unos a otros al salir y rellenar más y más hojas con datos prácticamente idénticos, fue poca cosa, como esperaba. Estas entrevistas no se hacen tanto para conseguir algo útil como para descartar posibilidades antes de ponerse a investigar en serio; tampoco son declaraciones delante de un juez, así que su valor procesal es nulo. Pero de algún modo hay que aterrizar en el universo de la víctima, para entenderlo y saber por dónde tirar. Y en este caso estaba claro que había que empezar por el propio bufete.
     Juntando lo que me dijeron unos y otros, tanto explícita como implícitamente, resultó que Martín-Moellendorf era un jefe cojonudo y un tirano; un hombre arrojado y diligente y un canalla sin escrúpulos, un visionario de los negocios y un advenedizo; un tipo que se había creado a sí mismo desde la nada y un miserable que se había abierto camino pisando a propios y extraños hasta alcanzar su posición. Podría ser la descripción de cualquier abogado importante, o de cualquier empresario o inversor de éxito: alguien que está donde está porque es clara e irredimiblemente despiadado en su trabajo, aunque luego pueda ser un tío cojonudo con los suyos, generoso y hasta altruista en su vida privada. Y hasta en eso hay discrepancias; las había, en el caso de Martín-Moellendorf, porque no lo veía igual el último contratado en prácticas, que ni cobraba por trabajar en el bufete cobraba «en experiencia», ese recurso miserable de los jefes y lo veía como una figura inalcanzable con una aureola terrible, que un asociado senior con doce años en el bufete que entraba a diario en su despacho a tratar temas de tú a tú y con el que se tomaba ocasionalmente un brandy al terminar la jornada. En cualquier caso, todos estaban muy impresionados por su muerte, evidentemente, y varios de ellos hasta echaron la lagrimita cuando les tocó el turno. La tensión se palpaba en el ambiente, pero no tuve la impresión de que me ocultaran nada relacionado con el caso.
     ¿Qué saqué en limpio de ese primer día de investigación? Poco, como decía, impresiones personales aparte: era normal que los subordinados se quedaran trabajando no sólo hasta la hora del cierre, las nueve, sino incluso mucho más tarde; pero no sólo ellos, sino la propia víctima, entre cuyos defectos no se podía contar que echara pocas horas de trabajo al día. Pero esa tarde en concreto, de forma extraña, éste había ido uno por uno a los once que estaban en el bufete, de los cuales uno era de los que faltaron a la entrevista diciéndoles que se podían ir a casa, un poco antes de las ocho, sin aclarar los motivos; a los que le dieron las gracias pero le dijeron que se quedaban a adelantar trabajo, les contestó en un tono ya más enérgico que se lo llevaran a casa, y no dio más explicaciones. Sin embargo, cuando les pregunté si ese día o el anterior la víctima había mostrado un comportamiento extraño o si parecía más preocupado de lo habitual, todos coincidieron en responder que se le veía exactamente igual que siempre, que nada hacía presagiar lo ocurrido. A menudo la gente se da cuenta de ciertas cosas retrospectivamente, pero éste no era el caso: al margen de lo raro que era el que los mandara a casa, no se le notaba especialmente tenso, ni mucho menos asustado. Era un hombre de tensión alta y diez cafés diarios, pero solía mostrar unos nervios de acero, indispensables en su trabajo. Y ese día no fue una excepción.
    La charla con el socio, Echegaray, que estaba particularmente afectado, fue el doble de extensa que las demás, y la dejé para el final, porque quería contrastar con él cualquier cosa que hubieran dicho sus empleados. El tipo parecía afable, pero estaba hecho polvo por la desgracia sufrida y por el hartazgo de las horas de espera, lo cual me venía bien para cogerlo en un momento de debilidad. Pero no surgió nada reseñable, salvo una cosa, algo que quizá y sólo quizá pudiera servir para descartar sospechosos. Para empezar, parecía muy sorprendido por el hecho de que su socio hubiera mandado a casa a todo el mundo; era rarísimo, la primera vez en la vida que pasaba algo así. No se le ocurría ninguna razón para ello. Y cuando le pregunté si su socio, o el bufete en general, llevaba algún caso que pudiera poner su vida en peligro, me respondió muy rotundo que no; que la materia que llevan es delicada, y que quizá haya gente que pueda considerar que le han arruinado la vida, pero que nunca matan a nadie de la profesión por eso. Por ahí el asunto parecía entrar en vía muerta, aunque le dije que habría que echar un vistazo a los expedientes; él me contestó que no podía mostrármelos sin una orden, yo le dije que la conseguiría, y a él le pareció muy bien. Pero cuando le pregunté si el despacho de la víctima estaba insonorizado, la expresión le cambió.
     ‒Sí, de hecho, sí… Juanjo lo hizo insonorizar hace cosa de un año; y no sólo el suyo, sino también el mío. Insistió en ello, aunque a mí me parecía una cosa paranoica, una tontería, pero bueno, él insistió porque decía que era una medida de seguridad propia de los tiempos que corren, y todo eso… ¿Es que es un dato importante?
     En lugar de contestarle, le pregunté:
     ‒¿Le consta a usted que sea algo normal en su ámbito profesional, el insonorizar los despachos?
     ‒Bueno, no mucho, que yo sepa; quizá haya algún caso, pero desde luego no es frecuente… Aunque supongo que, con los medios tecnológicos actuales, cada vez se harán más este tipo de cosas. Juanjo siempre procuraba ir un paso por delante. ¿Cree que puede haber tenido algo que ver… o sea, que el asesino lo supiera, y…?
     ‒No, no lo creo en realidad; no tiene de qué preocuparse. Es simplemente que queríamos cerciorarnos de que el despacho estaba insonorizado, puesto que nadie escuchó ningún ruido en el edificio. Pura rutina, usted lo entiende; algo que tachar en una lista. Y me imagino que todos los empleados del bufete estaban al tanto de eso, ¿no? O sea, se harían obras en los despachos, se pondrían paneles en las paredes, y demás, ¿verdad?
    ‒Sí, sí, claro… la instalación llevó unos días. Pero, ¿lo considera relevante?
     ‒Como le decía, no demasiado. Son extremos que hay que confirmar, simplemente.
     Y lo despedí tras un par de preguntas de rutina más, cambiando de tema para que se relajara un poco. Pero lo cierto es que era un dato interesante: si el despacho llevaba sólo un año insonorizado, y habiendo durado la matanza un buen rato, el asesino bien podría ser alguien que estuviera al tanto del hecho, puesto que le daba un escenario perfecto para hacer su trabajo. Era una posibilidad que había que tener en cuenta; podría servir para descartar a cualquier sospechoso que no tuviera forma de saber lo de la insonorización. No dejaba de ser algo circunstancial, y sería complicado de establecer, pero quizá ayudaría a simplificar la lista. Cuando tuviéramos una lista, claro. Por otro lado, la hipótesis de la simple venganza o del brote psicótico se desvanecían, porque la víctima recibió a su asesino a solas en las oficinas. ¿A quién querría recibir así, a solas, en un sitio insonorizado, y por qué ahí precisamente? ¿Volvíamos a la hipótesis del crimen organizado? ¿Se trataba de alguien muy importante?
     Anoté esto en el panel de la pared, para comentarlo al día siguiente con los demás. Cogí la chaqueta y salí a toda prisa de allí, porque llegaba por los pelos a recoger a la niña de la academia de inglés. Ana me mataría si llegaba tarde otra vez.







Próximamente…
Capítulo 4 de Cuando miras al abismo
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