CUANDO MIRAS AL ABISMO (cap. 2)

 

Acompaña al inspector Roberto Ajenjo en su investigación del brutal asesinato de uno de los abogados más famosos de la capital.

  

Novela | Noir & terror

CUANDO MIRAS AL ABISMO (cap. 2)

Una novela neonoir ambientada en el Madrid más perverso


Por D. D. Puche
Publicado en 8/05/21
 


Cuando miras al abismo (D. D. Puche). Una novela neonoir ambientada en el Madrid más perverso | Onirium. Fantasía, terror y ci-fi.
 


 
2
 

Eran las once menos cinco cuando llegué al cruce de Príncipe de Vergara con Diego de León. El asistente de Prats me había mandado el número y algunos detalles por SMS, mientras conducía, pero no hizo falta que lo revisara: estaba bastante claro cuál era el portal por los coches patrulla y las ambulancias aparcados delante, y la cantidad de gente arremolinada alrededor. Era uno de los mejores edificios de una zona residencial de clases medias-altas que ya de por sí no está nada mal; bastante mejor, desde luego, que mi barrio en Vicálvaro. El inmueble entero estaba dedicado a oficinas, consultas particulares de médicos y despachos, de los cuales el bufete Martín-Moellendorf & Echegaray ocupaba la mitad de la séptima y última planta. Un edificio bonito, modernista, de los que se construyeron en las primeras décadas del siglo pasado en las zonas pudientes de la ciudad.
En torno al elegante portal, sostenido por dos columnas, había una nubecilla de curiosos esperando a ver qué pasaba. El tipo de gente que espera lo que haga falta por si hay suerte y puede ver un cadáver. No lo van a ver, por supuesto, porque todo lo que cruce ese portal irá dentro de una bolsa plástica; pero eso ya valdrá para satisfacer su morbo y les permitirá contar al día siguiente que han visto un fiambre, seguramente la anécdota más interesante de sus vidas. Lo cierto es que ni han visto a un asesinado ni querrían verlo, si superan la pinta que tiene, pero, en fin, supongo que es la fascinación que despierta la muerte: es lo que más tememos, pero contemplarla de cerca parece protegernos cuando no se trata de alguien próximo, sino de un completo desconocido. Es como un alivio, el ver muerto a otro que no nos afecta directamente y nos permite ver la muerte objetivada, como algo que no pudiera tocarnos. Una falsa sensación de distancia, porque en un suspiro estaremos ahí nosotros, uniéndonos a los que se fueron; todos vamos detrás. Cuando lo ves todos los días, puede llegar a convertirse en una idea obsesiva, y por eso es importante saber desconectar. A mí se me da bien; tengo mis distracciones.
Los agentes uniformados de la policía nacional y de la local de Madrid mantenían apartados a los mirones, al otro lado de un perímetro de cinta amarilla que habían tendido entre unos árboles de la calle y un semáforo; estaba abierto por un extremo, donde se hallaban los de la nacional, para permitir el paso a los investigadores de la escena del crimen o a cualquiera que viviera o trabajara hay quien lo hace hasta tarde en otra planta del edificio, a quien los de la local escoltarían arriba para que no se perdiera y terminara curioseando en la planta equivocada. Por lo demás, quienes estaban allí mirando y cuchicheando eran vecinos de otros inmuebles, transeúntes con suerte no se esperaban tanta emoción cuando salieron a pasear al perro, y cómo no, los periodistas que habían olido sangre y andaban tras alguna filtración que, sin lugar a dudas, les llegaría de alguno de los uniformados, por lo que éstos eran los primeros cuyo acceso a la información había que controlar.  
Me acerqué y los saludé; no los conocía, así que saqué el carnet para identificarme. Pero, aunque me dejaron pasar, no entré, sino que me quedé allí cruzando unas palabras con ellos y echando un cigarro. Quería esperar a los de la unidad antes de subir, para no tener que estar oyendo explicaciones repetidas; pero también quería aprovechar para averiguar qué sabían ya los de uniforme y trabajar a partir de ahí en el manejo del escenario. Ninguno de los cuatro había estado arriba, pero los primeros en llegar, que quedaron muy impresionados, les habían contado que había un tipo destripado y mutilado en su despacho; una especie de ritual satánico en el bufete de la séptima. Y ya conocían la identidad del difunto, claro. Yo oí lo de «satánico» y pensé «cojonudo, que piensen eso; si lo cascan, van a dar pistas falsas a la prensa y de momento irán por ahí, porque es lo más sensacionalista». Así que no les dije que ni de coña tendría nada que ver con eso. Tenía pinta de ajuste de cuentas de la mafia, más bien. Los del este de Europa, que cuando mandan un mensaje, se aseguran de que llegue. Y el finado era un mensaje. Que los uniformados siguieran en su error; era lo más conveniente.
Sólo tuve que esperar unos diez minutos hasta que llegaron Sanabria y Durán. A Sanabria, que venía de Leganés, le cogía de paso Usera, donde vivía Durán, y se acercó a recogerla, como hacían otras veces. De Sanabria ya he contado algo, creo; buen tío, buen policía. Subinspector, el segundo en la unidad, por detrás de mí, por antigüedad en el Cuerpo. Cuarenta y pocos, estatura media, delgado, empezaba a perder pelo. Mirada atenta, inquisitorial incluso, mentón afilado. Muy tranquilo, por lo general, y como decía, poco hablador, pero muy socarrón cuando le daba por ahí. Y podía llegar a tener muy mala leche, como algún panoli había descubierto cuando intentó jugársela o se mostró poco cooperativo. Casado, tan felizmente como se suele estar, con dos hijos pequeños. Aguantaba bien la bebida, lo cual es algo que valoro en la gente, y más si trabajo con ellos.
Tras dejar el coche en doble fila en la avenida, detrás del mío, él y Durán se acercaron, abriéndose paso entre la multitud e identificándose ante los uniformados, que los dejaron pasar.
¿Qué hay, Rafa? lo saludé, aplastando el cigarro con el zapato; se limitó a responder con un lacónico gesto de cabeza. ¿Bea? añadí hacia ella, que venía detrás.
Buenas noches, Roberto respondió. ¿Qué sabemos de momento?
En cuanto llegue Rodríguez os pongo en antecedentes, aunque es poco lo que sé por ahora. Ahora nos explicarán arriba; la Científica ya debe de estar a lo suyo. 
 
 
 

La subinspectora Durán tendría treinta y muchos, en ese momento… Sí, por ahí andaría, me parece. Era alta, de más de uno setenta, y de complexión atlética; se mataba a hacer deporte, cuando no estaba trabajando. Tenía la cara fina, con pómulos altos, y la nariz ligeramente respingona. Sin ser guapa, resultaba atractiva. Supongo que no tendría que fijarme en estas cosas, tratándose de una compañera de trabajo, pero qué le voy a hacer, me fijaba; creo que es inevitable. Tenía el pelo cobrizo, ligeramente rizado, pero lo llevaba siempre recogido cuando estaba de servicio; habitualmente llevaba pantalones y blazer, casi siempre todo de negro. Muy profesional, seria y meticulosa, como lo tienen que ser las mujeres en un trabajo como éste, pues deben demostrar el doble de capacidad para que se las tome en serio. Igual que no niego una cosa, no niego la otra. Era buena conversadora, por lo demás; tenía un bagaje a cuestas, pues había estudiado derecho, también, y había viajado mucho, siendo más joven. Era de familia de recursos, muy de derechas, por cierto. Como ella. Era muy, muy facha, hasta para los estándares del Cuerpo, pero eso a mí me hacía gracia, aunque no compartía sus ideas; las mujeres fachas son más divertidas, tienen muchas menos inhibiciones, se diga lo que se diga. Estaba prometida con un arquitecto, un tío prometedor de un estudio pujante; hacían mucho deporte juntos los fines de semana y en vacaciones. Cosas de montaña y senderismo y piragua y todo eso.
Estuvimos esperando un poco más, comentando alguna trivialidad; aparte de hablar de quién era la víctima cosa que hicimos tapándonos la boca, no dijimos nada más sobre el caso. Al final, como Rodríguez se retrasaba, subimos.
En el amplio vestíbulo había más uniformados; dos de ellos eran los primeros que habían llegado, y vimos que estaban hablando con unos del SAMUR que llevaban el chaleco que los identificaba como psicólogos. Parecía una charla más informal que otra cosa, en plan «¿qué tal estáis, compañeros?», pero no les vendría mal; a la limpiadora la había tenido que sedar un médico, nos dijeron cuando nos acercamos a ver cómo estaban; lo de arriba era dantesco. Aparte de ellos, y del portero del inmueble de al lado, con cara de estar descompuesto como nos contó después, se limitó a subir, se asomó al despacho de la víctima y salió corriendo en cuanto vio sangre en el suelo, había gente de la Científica que subía y bajaba, trayendo y llevando instrumental. La escena de un crimen es siempre un lugar con mucho movimiento; resulta increíble lo que pone en marcha la muerte violenta de una persona. Todo un cortejo fúnebre.
Saludé a algunos a los que conocía y entonces tomamos el ascensor hasta la séptima planta. Salimos a un rellano grande, con suelos de mármol, como el vestíbulo, aunque muy gastado por los años; el edificio había sido lujoso en sus buenos tiempos, pero se veía envejecido y falto de cuidados. Aparte del ascensor y las escaleras, y unas vidrieras modernistas por las que se colaba la luz nocturna de la ciudad, había dos puertas. El 7B era una clínica cardiológica, evidentemente cerrada a esas horas; pero las consultas del día siguiente tendrían que ser pospuestas por la investigación. En cuanto al 7A, nuestro destino, eran las oficinas del bufete Martín-Moellendorf & Echegaray.
La puerta con la placa metálica en la que constaba dicho nombre estaba abierta y escuchamos ruido y voces procedentes del interior. Otro agente uniformado, que la custodiaba, nos saludó cuando nos identificamos.
Buenas noches. Tienen que ponerse esto, ya saben.
Gracias, agente le dije, y cogimos de sendas cajas de cartón los guantes y los cubrezapatos que nos ofreció.
Los de la Científica estaban haciendo su trabajo, desparramados por distintos lugares de las oficinas, aunque más centrados, cómo no, en el despacho de la víctima. Había polvos sobre la puerta exterior que indicaban que ya la habían procesado. Entramos, yo el primero, pasamos por la recepción, y en cuanto nos topamos con uno de ellos, Noguera que en ese momento buscaba huellas en la alfombra del pasillo, a quien ya conocía, le pregunté:
Hombre, ¿qué tal? ¿Cómo va eso?
Pues aquí estoy, recogiendo muestras para descartar. De momento, no hay nada que parezca interesante; salvo ahí dentro, claro. No veas cómo está eso.
¿Está Villena a cargo? yo sabía que Noguera era de su equipo.
Sí, allí lo tienes e hizo un gesto con la cabeza en esa dirección. Está con el forense, que ya ha llegado.
Vale, gracias. Hasta ahora.
Recorrimos el largo pasillo que se abría a varios despachos pequeños, una sala de espera y un archivo hasta el final, donde había una sala de juntas grande, tras una pared acristalada, y dos despachos de un tamaño considerable, los de los socios del bufete. Un técnico estaba analizando la puerta misma y nos saludamos al pasar. Dentro estaba el verdadero espectáculo.
Hostia puta murmuró Garrido al cruzar la puerta.
No puedo decir que conocer a Martín-Moellendorf fuera un placer; ni siquiera un hijo de puta como él esta apreciación personal sólo pude hacerla después, pero está bien fundada merece terminar así, convertido en género de casquería. En mi primer contacto con el caso que destruiría mi vida, nuestras vidas, sentí un asco atroz y hasta ganas de vomitar. Sanabria y Durán también, claro, y todos los que estaban allí, quizá con la única salvedad del forense, que cuando no se encontraba a sus pacientes así, terminaba dejándolos él mismo de un modo parecido; pero eso era parte de su trabajo, claro. Afortunadamente, ninguno de nosotros se fue por la garganta, aunque faltó poco. Al parecer, uno de los primeros uniformados que llegaron sí lo había hecho, y allí estaba el vómito, según se entraba. El difunto abogado seguía donde lo habían encontrado, destripado como un cerdo sobre su sillón de oficina, dentro de un círculo de sangre y con los intestinos colgando. Y tras él, sobre el escritorio, las partes mutiladas. Todo estaba marcado ya con los cartelitos numerados que los de la Científica ponían al lado de cada resto, huella o posible prueba; y había muchos de esos cartelitos en la habitación. Uno de los técnicos estaba haciendo fotografías, mientras otros seguían buscando pisadas y cabellos, o marcando las múltiples salpicaduras de sangre. A un lado del despacho, Villena hablaba con el forense, que era Uriarte; los dos eran bastante buenos, y me llevaba bien con ellos. Uriarte estaba terminando de rellenar los papeles con sus observaciones sobre el terreno, requisito para levantar el cadáver cuando llegara el juez de guardia y diera la autorización pertinente. Los de la Científica llevaban monos blancos con identificativos, y unos gorros sanitarios para no contaminar la escena con sus propios cabellos. El forense, como nosotros tres, llevaba únicamente guantes de látex y cubrezapatos desechables.
Con mucho cuidado de no pisar donde no debiera, me acerqué a ellos.
 
 
 

Buenas noches, por decir algo. Nos han encargado la investigación a nosotros les dije; sobraban más presentaciones, ahí nos conocíamos todos.
Coño, Ajenjo dijo Villena al verme. ¿Has visto el regalito que nos han dejado aquí? El señor forense me estaba informando sobre su dictamen provisional.
Está muerto sentenció Uriarte levantando los ojos un segundo y haciendo un gesto con la barbilla hacia el cadáver, mientras seguía garrapateando algo en un impreso, apoyándose en un portapapeles con pinza. Durante un segundo, sonrió levemente. Tenía un sentido del humor negro que no le fallaba ni en escenario como ése, el cabrón. Era imposible que no te cayera bien.
Uriarte, joder… ¿Hasta en un caso así? dije, mirando al fiambre y agachándome un poco para verle la cara, inclinada sobre el torso.
No puedo dejar que las circunstancias empañen mi rigor científico, ya sabes. Y me comprometo al cien por cien con ese diagnóstico.
Desde luego, si ahora abre los ojos y traga aire de repente, nos íbamos a llevar un gran susto respondí, incorporándome. La cara del tipo era un espanto; tenía las cuencas de los ojos vacías y la boca abierta, sin lengua. También le faltaban las orejas. Las costras de sangre coagulada le caían como cascadas por todo el rostro y sobre el pecho. Cómo se han cebado con él, pobre hombre. ¿Quién coño hace algo así? ¿Habíais visto cosas parecidas antes?
Con este ensañamiento, no dijo Uriarte. Vi a uno al que le cortaron los dos antebrazos antes de ejecutarlo; un ajuste de cuentas de la Tríada. Y entre las mafias del este, las mutilaciones no son cosa rara, como advertencia a traidores o soplones. Pero esto es muy… barroco.
Ya. ¿Y qué podéis decirme de forma preliminar?
El forense siguió rellenando sus impresos, mientras Villena sacaba un bloc de notas plastificado de un bolsillo del pantalón de su mono blanco y me leía unas notas. Yo hice lo propio: saqué mi libreta del bolsillo de la chaqueta y copié los datos fundamentales.
Juan José Martín-Moellendorf, cincuenta y nueve años… llamada al 112 registrada a las nueve cuarenta y dos… se personan dos dotaciones de la policía nacional y dos del SAMUR…
Sí, bueno, eso ya lo tengo, ve al grano.
A ver… por lo visto, la víctima se encontraba sola en las oficinas; aparte de la limpiadora que lo ha encontrado, que entró pasadas las nueve y media, no había nadie más… la puerta del despacho estaba abierta cuando hemos llegado nosotros… el arma del crimen no está, aunque seguimos buscando; parece que se la han llevado… estamos con las huellas y restos orgánicos, eso tardará; hay que cotejarlo todo después… la sangre de ese círculo no parece humana, aunque eso habrá que confirmarlo en el laboratorio…
¿No es humana?
No, parece de animal… cordero o cerdo o algo así; desde luego, no es de la víctima, pero ya te diremos…
Vale.
Tanto en dicha sangre, como en la vertida por la víctima, hay huellas parciales de pisadas; unas marcas de calzado que habrá que examinar…
Bien, bien, eso ya nos pone en camino dije yo, anotando.
Sí… llevaba encima lo típico… la cartera, llaves de casa y del coche, reloj, el móvil… en los bolsillos de la chaqueta y del pantalón; no parece que le hayan quitado nada… está todo embolsado, y en cuanto lo procesemos os lo pasamos…
Muy bien.
Pero mira, también llevaba esto, que es más llamativo. Creo que tendréis algo para trabajar.
Villena se acercó a un maletín de investigación abierto en suelo y cogió una bolsa de plástico etiquetada, que me enseñó. Dentro tenía lo que parecía la tarjeta de un servicio de chicas.
La llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta, pero no estaba dentro de la cartera.
A ver… dije, mirándola a través del plástico; era como una tarjeta de crédito, negra; en un lado ponía «Heaven & Hell» en elegantes letras plateadas, y debajo constaba un número de teléfono; en el envés se veía la silueta de un rostro femenino de perfil, hecha con un único trazo, también plateado. Parecía algo elegante, nada sórdido o pornográfico; más bien un servicio de lujo para clientes muy exclusivos. Había visto cosas así antes. Probablemente no sería un buen material para empezar a investigar; no pensé que tuviera nada que ver con el trágico final de su propietario, pero al menos nos daría alguna pista sobre los ambientes que frecuentaba o el tipo de gente con quien se relacionaba. Vale, habrá que tenerlo en cuenta me limité a decir, y de momento apunté el número de teléfono.
En ese momento entró en el despacho un tipo alto, con gabardina, muy impetuoso, con pinta de tener una enorme seguridad en sí mismo y de estar acostumbrado a dar órdenes. Era relativamente joven no sería mayor que yo, llevaba el abundante pelo ligeramente alborotado, y resultaba incluso atractivo. Era Garrido, el juez que desgraciadamente estaba de guardia y llevaría la instrucción; el juez al que Prats se había referido como un «hijo de puta». Le gustaba demostrar que mandaba hasta en los más nimios detalles, que él llevaba la voz cantante; y controlaba hasta los clips que poníamos en las carpetas. Algo bastante incómodo para la forma de trabajar de la UCE. De hecho, nos tenía enfilados. Habíamos tenido algunas discrepancias en el pasado.
Señores… dijo, entrando allí como un torbellino, mientras terminaba de ajustarse los guantes de látex. Disculpen el retraso, estaba terminando de tomar una declaración. ¡Bien! ¿Qué tenemos aquí? y al decir esto, me miró a mí con absoluto desprecio.
Villena repitió de forma más o menos literal lo que me acababa de contar. Aproveché para volverme hacia Sanabria y Durán, que habían estado escuchando todo atentamente.
¿Qué os parece? les pregunté. ¿Primera impresión?
Aviso a navegantes dijo Sanabria. A saber en qué mierdas estaría metido este tío.
Pero el nivel de ensañamiento va más allá de la típica decapitación de los cárteles, o de la amputación de los dedos, o de un brazo, de las mafias del este o las asiáticas objetó Durán. Parece haber algo personal en esto, un odio muy profundo.
¿No crees que sea un trabajo profesional? le pregunté.
No lo descarto, pero quien lo haya hecho se ha tomado su trabajo muy en serio. Demasiado. Se ha tirado un tiempo desmembrando a la víctima, arriesgándose a ser cogido in fraganti. Hay en esto algo que me parece visceral, patológico.
Sí, me ha dado esa impresión en cuanto lo he visto con mis propios ojos. Joder, por las referencias que traíamos no me esperaba semejante panorama. ¿La venganza de un cliente rencoroso? ¿Alguien que lo ha perdido todo, que se ha sentido traicionado?
Puede ser contestó Durán. Quizá alguien a quien haya estafado.
Algo relacionado con la crisis aportó Sanabria. Quiebras empresariales, impagos, despidos, absorciones hostiles… Habrá que investigar los casos que llevaba. Yo me centraría en los de dos mil ocho en adelante. Cuando todo empezó a venirse abajo.
Pero, ¿y lo que le han pintado en la cara? ¿Qué tiene que ver? pregunté yo.
 
 
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Indicaría ritualidad contestó Sanabria. Tendremos que averiguar si significa algo. Pero podría ser para despistar, o quizá parte de la psicosis que condujo al crimen en sí. A alguien parece habérsele ido la cabeza por completo. En cualquier caso, esto no encaja en absoluto con un asesinato cometido por un culto satánico o una secta; ni la victimología, ni el escenario ni la ocasión. Yo seguiría con la otra posibilidad: alguien arruinado a quien se le va la cabeza.
Es buen enfoque respondí. De todas formas, tenemos que ver lo de las chicas; vamos, creo que es eso… Quizá le encontremos conexiones con entornos turbios. Prostitución, trata de blancas, o algo así.
Pero si estuviera relacionado con su muerte, lo habrían registrado y se habrían llevado esa tarjeta. Sería demasiado obvio dijo Durán.
Ya, ya, está claro que no hay relación directa… Pero a ver si descubrimos una cara oculta de la víctima y nos ilumina un poco otras facetas de su vida.
De acuerdo.
Y, por cierto, ¿sabéis algo de Rodríguez? ¿Dónde coño se ha metido?
Ni idea. Le llamo, si quieres dijo Sanabria.
Sí, despiértalo, anda.
Me volví hacia la otra conversación para encontrarme con una pregunta que me dirigió el juez de guardia:
Entonces, ¿se va a encargar de este caso la UCE?
Sí, nos lo han encargado a nosotros. Estamos a su disposición, señoría.
Ya veo… Espero que nos entendamos bien esta vez, inspector.
Estoy seguro, señoría.
No estamos en la sala, Ajenjo… y, esta vez hacia el forense, preguntó: ¿Qué puedes ir diciéndome, Ángel?
Uriarte había terminado de rellenar sus impresos para el levantamiento, los firmó, y leyó en voz alta sus observaciones preliminares:
Presumible causa de la muerte: exanguinación y choque hipovolémico debido a una evisceración con arma cortante de hoja larga, probablemente un cuchillo de carnicero o de monte. Por el algor mortis, la muerte debió de producirse hace dos horas y media, quizá tres horas; hacia las nueve de la noche, sin que ahora pueda precisarlo con mayor exactitud. Además de las heridas mortales, hay extracción de órbitas oculares, con sección del nervio óptico, amputación de la lengua y de sendos pabellones auriculares, así como de los diez dedos de las manos, a partir de las falanges proximales. Todo ello, hasta donde puedo ver, realizado con el filo o la punta de un arma cortante, que habrá que determinar si es la misma que causó la evisceración. Asimismo, habrá que determinar cuántas de estas lesiones son pre mortem, dada la cantidad de sangre vertida. Por lo demás, no se advierten en un primer examen visual heridas defensivas ni otro tipo de laceraciones…
¿Nada? Pero no está atado… interrumpió el juez. ¿No se defendió mientras le hacían eso?
No hay ningún indicio. No lo parece.
¿Puede que estuviera drogado?
Habrá que determinarlo con las pruebas de laboratorio.
De acuerdo… ¿Y lo de la cara?
Parece tinta. Comprobaremos de qué tipo es.
¿Algo ritual? preguntó Garrido, volviéndose hacia mí.
En principio, no nos convence mucho esa línea respondí, haciendo un gesto hacia mi equipo. Tampoco nos parece el modus operandi del crimen organizado. Podría ser una forma de encubrir otro móvil, o estar causado por un trastorno psíquico. Habrá que investigar qué significa esa escritura, si es que significa algo, y ver qué pasa con la sangre del círculo en el suelo; pero por ahora nos decantamos por la acción de un individuo enajenado que tenía relación profesional con la víctima. Podría ser la venganza de alguien que lo ha perdido todo y a quien se le han cruzado los cables.
Desde luego, muy cuerdo no debe de estar… dijo el juez, mirando fijamente el cadáver. ¿Cuánto tiempo lleváis registrando la escena? preguntó a Villena.
Cosa de una hora; desde poco después de las diez y media.
¿Cuánto os queda para terminar? Para saber si ir ordenando el levantamiento.
Aquí todavía tenemos para un par de horas, al menos. Pero el cadáver y el espacio circundante están ya revisados al completo. Por nosotros, ya está. Seguiremos con el resto de las oficinas a ver qué encontramos.
De acuerdo. ¿Y los primeros personados en la escena? ¿Los agentes de policía y los sanitarios?
Están todos abajo contesté. Algunos no están muy serenos, después de lo que han visto.
Ya, comprensible. Tengo que hablar con ellos antes de firmar los papeles. Ahora miro eso le dijo al forense, señalando los impresos que había rellenado.
Claro respondió éste.
¿Se ha notificado ya a la familia?
Sí, enviaron un par de agentes desde la Jefatura, cuando lo identificamos. Pero tal y como está, hará falta una confirmación adicional. La cara está irreconocible, y estamos asumiendo que esos dedos son suyos, claro dijo Villena.
Pues no está para un reconocimiento por parte de la familia objetó el juez. Habrá que hacerlo con prueba de ADN.
Supongo.
A partir de ahí, los de la Científica siguieron recogiendo muestras y buscando huellas con lámparas ultravioletas y haciendo fotos de todo; el juez de instrucción y el forense se pusieron a hablar sobre aspectos técnicos, de cara a ordenar el levantamiento y a iniciar todo el procedimiento legal de la investigación. Y nosotros tres, tras pedir el beneplácito a su señoría, el cabrón de Garrido, nos pusimos a dar nuestros primeros pasos en aquel macabro escenario, que sólo fue el preludio de los horrores que veríamos. Sanabria dio al fin con Rodríguez, que estaba atrapado en un atasco por San Bernardo debido a una colisión en la que se había visto implicado un autobús, de modo que empezamos sin él. Tras tomar notas de todo lo que pudimos en la escena del crimen, y a la espera de los resultados del laboratorio y de la autopsia, hicimos lo de rigor, sin demasiadas esperanzas de obtener datos interesantes: bajamos al portal e hicimos algunas preguntas al portero de al lado el que llamó a la policía y a los primeros agentes y sanitarios en llegar, que aún estaban allí esperando.
Pero no aportaron nada que no hubiéramos visto ya en la escena. El portero nos dijo que este edificio no tenía bedel; el anterior se había jubilado dos años antes y no lo habían sustituido. En su lugar, habían contratado a una limpiadora por horas, y de vez en cuando venía uno de mantenimiento. Muchos abogados y médicos caros, y luego eran unos roñosos que no querían pagar entre todos a un empleado fijo. Al portero no le constaba que hubiera cámaras de seguridad suelen enterarse de esas cosas, pero tampoco podía saberlo con seguridad. Durán se fue al hospital para hablar con la limpiadora, que seguía allí en urgencias con una crisis aguda de ansiedad, pero eso tampoco prometía mucho. Y mientras Sanabria intentaba averiguar si había cámaras de seguridad ocultas (que tenía pinta de que no), yo llamé al señor Echegaray, de Martín-Moellendorf & Echegaray, para comunicarle que el nombre del bufete se había quedado obsoleto. Se quedó trastornado al enterarse, evidentemente. Le dije que tendríamos una conversación en profundidad, pero en ese momento quería preguntarle únicamente si tenían cámaras o algún otro sistema de seguridad en las oficinas. Por supuesto, la respuesta fue que no. Así pues, teníamos muy poco por dónde empezar. 
 




 
 
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Cap. 3 de Cuando miras al abismo
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