EL ONIRIUM (Relato)

Los sueños podrían ser puertas que abren nuestra mente a otras dimensiones de la realidad que la ciencia todavía no está preparada para explicar. Esta historia nos adentra en ese mundo.
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El Onirium (parte 1), un relato de D. D. Puche | The Hellstown Post, web de fantasía, terror y ciencia ficción.

EL ONIRIUM

Un relato de D. D. Puche




1

 ‒Entonces, ¿usted me cree, doctor?
El terapeuta la miró con gravedad y asintió lentamente. Se tomó unos segundos antes de contestar:
‒Sí, por supuesto. No es la primera paciente que viene a mi consulta y me cuenta algo parecido. Y los detalles en que coinciden son tan precisos y ricos que no puede tratarse de un fenómeno de psicosis colectiva inducida por los medios.
Su consulta era una habitación pequeña y atestada de libros, con muebles viejos y pasados de moda, entre los que destacaba un gran escritorio cubierto de papeles y libretas desordenadas. Sobre éste reposaban algunas figurillas talladas en madera y marfil, de aspecto africano, además de una especie de cajita de música muy barroca y un cáliz dorado con inscripciones en alguna lengua antigua, lleno de pequeños caramelitos de colores. Todos esos objetos eran extemporáneos y no encajaban entre sí. El suelo tenía una alfombra con motivos que recordaban los de un mandala indio; en cuanto a las paredes, había láminas enmarcadas de arte oriental y algunas muestras de una elegante caligrafía, que debía de ser China. Entre los símbolos, Beatriz reconoció el ensō, el círculo hecho a pincel grueso, de un solo trazo, que para el zen representa la unidad y el vacío. Los libros de las estanterías, que estaban apilados de forma caótica, como si se sacaran y metieran constantemente sin mucha preocupación por el orden o la estética, eran casi todos de filosofía y mitología, como pudo ver en los lomos. Había más de éstos que de psicología, y los de esa materia, en realidad, eran casi todos de psicoanálisis, como advirtió; abundaban los de Jung y Hillman. Algún conocimiento tenía de ellos, por las lecturas que había hecho en sus años de universitaria.


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El doctor, como lo llamaba, era un hombre excéntrico, eso le quedó claro desde el principio; pero en cuanto comenzó a hablar, todo lo que decía le pareció que tenía mucho sentido, y le resultó un personaje coherente y tranquilizador. Era el único que le había mostrado algún atisbo de explicación para sus alucinaciones, al contrario que los dos psicólogos colegiados y el psiquiatra que ya había visitado, los cuales la habían decepcionado mucho. Por eso acepto la recomendación ‒que le hicieron en un foro de internet‒ de acudir al doctor Gerhardt, aunque dudaba mucho de que fuera doctor, y de hecho, no tenía expuesto ningún diploma en las paredes. Sin embargo, había algo reverencial en aquel anciano de expresión parsimoniosa y terrible acento alemán, aunque hablaba un correctísimo castellano. Le inspiraba confianza, y parecía entenderla. Era el primero que lo hacía.
Cruzó las manos a la altura del vientre. Estaba tumbada en un viejo pero cómodo diván de cuero negro, con las cortinas echadas, en penumbra. Bajo la tenue luz de un flexo con pantalla de cristal verde, estilo art déco, el doctor terminaba de tomar unas notas, garrapateando rápidamente sobre una libreta. De ésas, tenía decenas sobre el caótico escritorio. El doctor Gerhardt, al fin, carraspeó y pregunto:
‒Y esos lugares que visita, ¿los reconoce? ¿Ha estado antes en ellos, o le son totalmente desconocidos?
‒Bueno… una mezcla de ambas cosas. Cuando me sumerjo en ese mundo, al principio, lo que veo son calles de mi barrio, o del centro de la ciudad; sitios que me son familiares. Pero a medida que avanza el sueño, o la visión, o lo que sea, el entorno se va volviendo cada vez más extraño. Es como si me perdiera ahí dentro, hasta perder todo contacto con lo reconocible... No sé cómo explicarlo.
‒Lo está haciendo muy bien, descuide.
Gerhardt asentía lentamente con la cabeza, mientras tomaba rápidas anotaciones.




‒Incluso al principio, todo resulta raro, distinto… Reconozco los lugares, pero no se ven como habitualmente. Aparte de que siempre es de noche, como le decía, todo está cubierto de esa extraña bruma azulada; está por todas partes. Le da a todo una sensación de irrealidad. Y la arquitectura, los edificios… tienen un aspecto abigarrado, como orgánico, y muy antiguo, como si tuvieran siglos, o milenios; y sus paredes da la impresión de que tiemblan levemente, como si tuvieran vida y respiraran… Todo es lóbrego, un poco siniestro, a decir verdad. No sé explicar bien esa sensación. Hay cosas que no están en su sitio; pequeñas torres almenadas, puertas y ventanas que se abren en lugares insólitos, a cualquier altura; escaleras que surgen de cualquier lugar y parecen no llevar a ninguna parte… Aunque cuando subo o bajo alguna de ellas, a menudo sí que conduce a subsuelos que desconocía, como si la ciudad tuviera niveles subterráneos, galerías antiquísimas, en las que se encuentran calles desconocidas con viviendas, y tiendas, y tabernas… O ascienden hasta plataformas con jardines, o iglesias cubiertas de verdín y enredaderas… En cuanto a los coches, a veces los hay, aunque no a menudo… Y son todos viejos, aunque de distintas épocas: algunos parecen de principios del siglo XX, otros de los años treinta o cuarenta… ninguno es actual. También he visto carruajes, y gente a caballo, en ocasiones.
‒¿Y esa gente? ¿Cómo es la gente de ese mundo? ¿Se limita usted a caminar por las calles, o interactúa con alguien en ocasiones?
‒A veces, sí. Pero son raros, indiferentes. Parecen ignorarme, a no ser que haga un esfuerzo para que me atiendan. Entonces responden, de algún modo… Todos son grises, por así decirlo, se comportan de un modo muy mecánico. Es como si fueran figurantes en ese escenario. Aunque…
‒¿Sí?
‒De vez en cuando aparece un personaje principal, llamémoslo así; alguien que habla conmigo de forma espontánea, que se dirige a mí. Lo que dicen suele ser intrascendente, pero dentro de ese mundo parece tener una importancia que a mí se me escapa.
 ‒¿Como por ejemplo?
‒A lo mejor me dicen que si quiero conseguir manzanas tengo que ir a tal sitio, y me indican cómo llegar; o me dicen que en tal museo habrá una exposición de pintura flamenca muy interesante, próximamente… O que no debería salir de noche sin paraguas, por si llueve… Tonterías así. Las conversaciones suelen ser breves, y luego me dejan sola.
‒Ya veo. Parece tener una importancia simbólica. Como lo que me cuenta del urbanismo y la arquitectura. Todo tiene importancia. Ningún detalle es casual. Por eso es importante que me dé toda la información que pueda.


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‒Claro. Pero ahora mismo no recuerdo mucho más. Únicamente doy vueltas por allí, por esa ciudad fantástica, laberíntica, y me voy metiendo lugares cada vez más extraños. Van apareciendo templos antiguos, jardines colgantes espectaculares, con fuentes y esculturas imponentes… o cementerios tétricos, o rascacielos de aspecto gótico, con gárgolas, cuyas cimas se traga la bruma azulada. Estilos muy distintos, entremezclados, de todas las épocas, en un inmenso pastiche. Supongo que una mezcla de todo lo que he visitado, visto o leído.
Gerhardt buscaba unas libretas mientras Beatriz decía esto. Ella terminó su frase:
‒Pero siempre me despierto con la misma intranquilidad, con esa sensación de que va a pasar algo muy importante, algo malo, seguramente. Y cada vez tengo el sueño, bueno… este trance, más a menudo. Me ocurre en el metro, en el trabajo, en el cine, y por supuesto en casa. A cualquier hora. Tengo lapsus, ausencias. Ya me lo han comentado familiares y compañeros y amigos, varias veces. Cada vez me meto más en esa visión, me adentro más y más en ese mundo, y me va resultando más oscuro e inquietante; cada vez me topo con personajes más raros y siniestros. Sin embargo, a pesar de mis sensaciones turbadoras, lo cierto es que no ocurre nada. Nada de nada.
Gerhardt esperó a que terminara, mientras hojeaba unas libretas; tras encontrar ciertos pasajes en ellas, se las mostró, abiertas por esas páginas. Vio dibujos hechos a mano, algunos muy elaborados y otros casi infantiles.
‒Dígame, ¿ha visto alguna vez lugares parecidos a éstos?
Los dibujos reproducían construcciones, monumentos y esculturas que iban vagamente de lo grecolatino a lo gótico o barroco. Beatriz los miró bien y sintió un estremecimiento. Conocía esos lugares fantásticos. Los había visto en su recorrido por el mundo brumoso, por ese Madrid fantástico de su visión. Ella también había estado allí.
Se quedó helada. Al cabo de unos segundos, pudo murmurar:
‒Pe… pero… ¿cómo es posible? Esto sale en mis visiones…
Gerhardt señaló los dibujos con un grueso dedo. Estaban hechos por otros pacientes; eran las libretas donde llevaba sus registros. Acompañando a los dibujos, había muchas anotaciones de puño y letra del doctor, escritas con letra menuda. Significados, relaciones, y demás.
‒Al contrario de lo que cree, lo que ha experimentado no es una mezcla azarosa de los lugares que ha visitado, o sobre los que ha leído. No está en su mente, no es producto de su imaginación o de su memoria. Hay más gente teniendo las mismas experiencias que usted, y despertándose con sensaciones parecidas de desasosiego.
‒Pero… No puede ser.
‒Ya lo creo que sí ‒respondió Gerhardt, asintiendo con la cabeza lentamente‒. Ahí tiene los testimonios. Ese lugar que usted visita es lo que yo llamo el Onirium. 





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