1 de diciembre de 2019

¡DING, DONG! [1 de 2] (Relato)

La Navidad es una época maravillosa. Pero oculta cosas terribles...
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¡Ding-dong! | The Hellstown Post | Un retorcido cuento navideño


Relatos  |  Fantasía & humor

¡Ding, dong!

Un retorcido cuento navideño (1 de 2)


Por D. D. Puche
 
   “¡Ding, dong!”, sonaban las campanillas.
   “¡Ding, dong! ¡Ding, dong, ding!”.
   Ése era el maravilloso sonido de la Navidad; el sonido de la alegría, de la paz, de la fraternidad. De la felicidad.
   “¡Dong, ding, dong!”.
   Cuando llegan estas entrañables fiestas, todos piensan en la familia, a veces a muchos kilómetros de distancia; y piensan en el viejo pueblo, con su iglesia, su farmacia, su ayuntamiento, y sobre todo, con su belén, montado por los vecinos con todo el amor del mundo. Un pueblo nevado en cuyas calles juegan los chiquillos, con abrigos y bufandas, gorros y guantes; se lanzan bolas de nieve y ríen, inocentes y despreocupados. Y la chocolatería siempre abierta, donde venden los dulces que elaboran especialmente para esta época del año, y los roscones, y los bastones de caramelo; un lugar en el que se puede tomar un chocolate con churros bien caliente. Los niños y sus padres van a hacer sus compras de última hora, van a la misa, pasan por el belén, bellamente adornado, cantan villancicos, pasean por las heladas pero cálidas calles, hasta que llega la hora de volver a casa, al hogar.
   “¡Ding, dong, dung!”.
   Esos hogares donde se enciende una dorada luz que puede verse, como las siluetas de sus felices habitantes, desde la calle. Y se oyen sus risas y canciones, y sus comentarios alegres, rebosantes de amor. Hileras de casas que parecen de juguete, a la hora de la cena, con sus familias felices y sus chimeneas humeantes, mientras afuera caen suavemente infinidad de copos de nieve, que se posan sobre el enorme abeto de la plaza mayor del pueblo hasta volverlo completamente blanco.
   “¡Ding, ding, ding!”.
 

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   En esos hogares la tibieza del interior contrasta con la temperatura de las calles. Abrigos y bufandas y gorros y guantes sobran ya, y dejan paso a los cálidos pijamas y los gruesos calcetines con motivos navideños, o a jerséis con renos bordados; al calor de la chimenea, cuyo fuego crepita y tiñe de un color anaranjado todo el salón; al árbol de Navidad, repleto de adornos de mil colores, con los regalos aguardando al pie; a la tupida alfombra y al sofá y los sillones sobre los que la familia juega y se regocija, en amor mutuo, junto a los abuelos. Una cálida sopa, y después un asado de carne, y luego los postres, conforman la cena más feliz del año, a la que seguirán a la mañana siguiente los regalos. Villancicos, cánticos, un tren de juguete dando vueltas por el suelo, alrededor del árbol; el perro adormilado en su cesto, y todos juntos, en los sofás o sobre la alfombra, tapados con mantas, viendo una bonita película de Frank Capra que trata sobre la Navidad, precisamente, mientras el calor de la chimenea y el paso de las horas hacen que caiga un dulce sueño sobre los niños. Y al final, duermen todos juntos, con la chimenea ya apagada, tan sólo con las luces de colores brillando en la noche.

   “¡Ding, dung! ¡Dong, ding!”.
   “¡Ding, dong! ¡Ding, dung, dong!”.
   Pero tanta felicidad no la gozaba todo el mundo. Meses antes, los pobres elfos del bosque, allá arriba, muy, muy al norte, trabajaban duramente preparando la Navidad para todos los niños. Y los dos o tres meses previos a las fiestas eran especialmente crueles. Ellos no conocían el belén, ni la chocolatería, ni la calidez de un hogar, ni los regalos, ni las películas de Frank Capra.
   “¡Ding, dong!”.
   “¡Ding, dong!”.
   Así sonaba el repiquetear de los martillos sobre el metal, que nunca dejaban de escuchar, pues eran ellos los que empuñaban esos martillos. Y tenazas, y tuercas, y sopletes, y toda clase de herramientas con las que se dejaban la piel en los fuegos de la industria.
¡Pobres elfos verdes de orejas puntiagudas!
   “¡Dong! ¡Dong! ¡Dong! ¡Dong!”.
   −¡Amo, no me pegue más, por favor! −gritaba uno de los elfitos, ante los crueles latigazos de su maestro. Aunque, de hecho, le estaba golpeando con el cinturón, que se había quitado un momento antes.
   −¡Malditos golfillos desagradecidos! ¡Ingratos! −les gritaba éste, escupiendo salivajos−. Yo os saqué de los boques, os rescaté de la nieve, os di un trabajo, ¡y así me lo pagáis! ¡No remolonees más, diablo verde, o te atizaré hasta que tu piel se vuelva roja de sangre! ¡A trabajar, cojones!
   −¡Maestro, llevo días enfermo y con terribles dolores! ¡No me pegue, se lo ruego!
   −¡Vas a saber lo que es estar enfermo, cuando haya acabado contigo! ¡No me repliques, o te meteré en la caldera para que ardas como el carbón!
   “¡Ding, dong! ¡Ding, dong, ding!”, siguió golpeando el elfito con su martillo.


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   Pero no eran sólo dolores articulares y de espalda, lo que sufrían los elfitos verdes. También tenían dolor en el corazón. Muchos años atrás, tantos que sólo los elfos más viejos podían recordarlos, llegaron los que ellos llamaban los Años del Dolor. Antes de eso, generaciones y generaciones atrás, los elfitos verdes del bosque vivían en el septentrión, al norte del más lejano norte, en las tierras cubiertas de nieve todo el año; y vivían junto a los zorros, y los osos, y las ardillas, y los pájaros de todo tipo. Los elfos se llevaban bien con todas las criaturas del bosque, y eran felices, siempre cantando y danzando, fundiéndose con la naturaleza. Sus mejores amigos eran los conejitos blancos, a los que contaban historias cerca de sus madrigueras, y los gazapitos más pequeños pasaban mucho miedo con los cuentos de terror acerca de hurones, pero sus padres les decían que sólo eran historias para asustarlos y que no eran de verdad aunque, de hecho, sí lo eran.
   Los elfos, que se distinguían muy bien en la nieve porque eran verdes, y solían llevar prendas también verdes (combinadas con el rojo), vivían de lo que da la naturaleza, recolectando bayas y moras, y sobre todo frutos secos, como almendras y avellanas, y sus favoritas, las nueces. Recogían cestas y cestas de estos frutos, para pasar los meses más fríos del invierno, y las guardaban en sus casas, en los troncos de los árboles. Normalmente se los comían crudos que así ya están muy ricos, pero también los tostaban, o los freían en sirope de arce, o se los tomaban con miel; y hacían multitud de recetas riquísimas, como bizcochos, tartas, galletas, hojaldres… Y hacían festejos anuales en los que celebraban lo hermosa que es la vida.
   Era una vida dedicada a la recolección, y los cantos, y los juegos. Sólo había un inconveniente: los ogros y los trols. En el mismo bosque, aunque más al sur, vivían los ogros, grandotes y fuertes; y cerca de las montañas, estaban los trols, que también eran muy grandotes y fuertes, aunque no demasiado listos. Se decía, en el pueblo de los elfos, que antaño, mucho antes de lo que ningún elfo vivo pudiera recordar, elfos y ogros y trols habían estado en guerra, tanto por el territorio como por la comida. Pero en tiempos no menos inmemoriales, llegaron a un pacto: los elfos caminarían y brincarían y jugarían con todos los animalillos del bosque libremente, siempre y cuando les dieran en pago a ogros y trols una parte de lo que recolectaran. Así, los ogros no pasarían hambre en lo más crudo del invierno, y los trols protegerían los puentes y los pasos de montaña. Lo llamaban “los diezmos”, ya que consistía en dar a cada raza la décima parte de los frutos del bosque y los frutos secos que recogieran (también les daban algo de sirope de arce y de miel, pero eso los elfos lo entregaban libremente, como un “plus”, ya que no estaba en el acuerdo inicial). Así, todos vivían felices, en el mismo bosque, y éste daba cosas ricas para todos.


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   Pero llegaron los Años del Dolor. Los ogros empezaron a desaparecer, y eran ellos los que protegían la frontera sur. Y los trols pronto también escasearon, y eran quienes protegían las montañas que bordeaban el bosque de los elfos. Y empezó a llegar un calor muy extraño desde tierras meridionales, y con el calor el deshielo, y éste produjo la huida de los animalillos, y lo más grave de todo: la escasez de frutos.
   Año tras año, ogros y trols acudían cada vez en menor número a la entrega anual de los diezmos, por parte de los elfos. Se oían extraños rumores sobre un ser que había venido de lejos, con otra tradición y otras costumbres, que estaba echando a ogros y trols, y que traía nuevos alimentos para todos. Y finalmente comprobaron que era verdad. Cuando se presentó ante ellos por vez primera, los elfos lo vieron como un salvador, pues la escasez de frutos rojos y frutos secos era ya patente; y ese nuevo habitante del bosque les ofreció liberarlos de los diezmos que daban a ogros y trols, y además recibirían carne en salazón y bebidas espirituosas. Y ese pago, prometió aquel ser, sería totalmente para ellos. No tendrían que compartirlo con nadie. Lo llamó “sueldo”.
   “¡Ding, dang! ¡Ding, dang, dung!”.
   Aquel ser, alto y robusto, vestido de rojo y blanco, se hacía llamar Santa Claus, o también Papá Noel. Los elfos que nunca se enteraron de quién era padre llegaron a un nuevo pacto con él, después del pacto al que habían llegado con ogros y trols hacía tanto, tanto tiempo. Recibirían el sueldo de Santa Claus, a cambio de algo. Y para cumplir con ese algo, debían cambiar sus costumbres acerca de los cantos y los juegos y la recolección en el bosque. Y tuvieron que dejar de contarles cuentos a los gazapillos de conejo.
   Santa Claus los condujo a unas grutas que había excavado bajo las montañas, unas cuevas adonde no llegaba la luz del sol; pero había luz artificial. Decía haber invertido mucho en ello. Los elfos se encontraron en unas cavernas sin fin, que se ramificaban en innumerables túneles. Muchos de ellos comenzaron a trabajar allí, con la maquinaria y las herramientas que les fueron asignadas. Tan largos y profundos eran los túneles, que muchos no volvieron a ver jamás a los amigos y familiares que habían sido llevados a otros túneles. Y así, con el nuevo pacto, los elfos trabajaron doce, catorce, dieciséis horas diarias, fabricando juguetes para Santa Claus.
   “¡Dong, dong! ¡Ding, dong, dung!”.
   −¡Atornilla, ajusta, martillea! −gritaba Santa Claus−. ¡Corta, pega, clava!
   −¡Maestro, debo ir al baño! −dijo un elfito.
   −¡No os pago para que vayáis al baño, sabandijas verdes! ¡Ponte a trabajar o te corto las orejas, desgraciado!
   Santa Claus tenía un tarro enorme lleno de las orejas que había cortado a los elfos que no obedecían, o que no trabajaban suficientes horas, o al ritmo que les exigía. Las guardaba en formol, y de vez en cuando se las enseñaba a sus trabajadores para que vieran lo que les esperaba si seguían el mismo camino.
   −¡Amo, no sabía que trabajar diez horas fuera tan duro!
   −¡Trabajarás más horas mañana, para que sepas lo que es duro de verdad! ¡O te cortaré esos inútiles deditos verdes!
   Santa Claus también cortaba los dedos a los elfos, concretamente los meñiques. Los elfitos pensaban que se los comía mojados en leche, como si fuera un tazón de cereales; pero en realidad, los guardaba en otro tarro con formol. Era su colección personal.
   “¡Dung, dung, dung, dung!”.
   −¿Creéis que los juguetes se harán solos? ¡Trabajad, malditos canijos verdes! ¡¡¡Trabajaaad!!!


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