27 de septiembre de 2019

CRÓNICAS DE GALADHOR I [Parte 4] (Relato)



Crónicas de Galadhor (4) | The Hellstown Post | Fantasía, terror y ciencia ficción.


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Háblanos, Musa, del pasado mítico de la Península Ibérica…

CRÓNICAS DE GALADHOR (Ix4, final)
La aventura del pueblo fronterizo de Tierraseca


© 2019 D. D. Puche | con SafeCreative


El caballero se levantó de la silla, haciendo que el tabernero diera un respingo, y se dirigió a la puerta, con la espada envainada, tal y como le habían dicho. En la calle, aglomerado alrededor de la taberna, lo esperaba todo el pueblo. Quien presidía aquel aquelarre de villanos era el mismo gordo sudoroso que usó la habitación que luego le dieron a él. A su lado estaba el canalla con las dos manos mutiladas, y varios de los compinches de éste, que lo esperaban armados con garrotas, cuchillos e incluso azadas. Tone también estaba allí, y su madre, y las demás putas de la Casa de Roque, y todos a los que había visto desde que llegó a ese malhadado pueblo y aún seguían vivos. Galadhor los observó desde la puerta de la taberna, mientras se chupaba un dedo manchado por la comida. El regidor continuó:
−Entregad vuestras armas y dejaos prender sin resistencia, para que podamos llevaros al calabozo. Dada vuestra condición de caballero, se hará venir a un noble de la ciudad, o a un representante suyo con autoridad, para que examine vuestros crímenes y decrete vuestra pena. Si empleáis violencia contra mis hombres, quedad advertido: podéis sufrir daño o muerte.
Todo el pueblo aguardó en silencio tras aquellas palabras. Galadhor observó a los presentes, y finalmente habló.
−No voy a entregar mis armas ni a dejarme prender. Si se ha derramado sangre en vuestro pueblo ha sido contra mi voluntad y en acto de legítima defensa, al atentar esos hombres contra mí.
−¡Es cierto! ¡Yo soy testigo! −gritó Tone, aunque el cabecilla de la cuadrilla de matones lo hizo callar de un guantazo en la cara con su mano sin dedos.
−En cuanto a hacer venir a un noble de la ciudad para que imparta justicia −prosiguió Galadhor−, oídme bien: ¡llamadlo! Pues bien querrán saber en Toletum, y en todo este reino, los salvajes actos de villanía que ocurren aquí.
Un rumor se alzó entre las gentes del lugar, pues no todos sabían a lo que se refería el caballero extranjero. Él bajó los tres escalones de madera y, al pie de la muchedumbre, se puso frente al regidor y sus hombres.
−Habéis de saber, buenas gentes de Tierraseca, que si bien ha sido tan sólo el azar el que me ha traído a vuestro pueblo, no es mi camino, sin embargo, del todo errante. Cabalgaba, desde el norte, siguiendo la pista de un misterio y de un crimen. Y hallé aquí evidencias relacionadas con ese crimen, cuando ni yo mismo lo esperaba.
−No hay ningún criminal en este pueblo, salvo ahora vos mismo −replicó el regidor−. Si buscabais a quien culpar de algo, tendríais que haber pasado de largo, pues nada hay aquí que podáis reprochar.
Los hombres del regidor, incluido el bravucón medio manco, se iban moviendo lentamente alrededor de Galadhor, esperando una orden de su jefe. Mientras, el tabernero se asomó a la puerta y escuchó con interés lo que se decía.
−Os equivocáis, como voy a explicaros −prosiguió Galadhor−. Mi viaje empezó en el reino de Ábilae, la de impenetrables murallas, cuyo rey en persona me encomendó la misión de hallar la causa y el remedio del misterio que lo traía sin sueño. Hace semanas que no llegan a la ciudad muchas esperadas respuestas a sus misivas, desde el reino de Toletum, como no regresan algunos de los correos que las llevaban. Así han perdido la pista de hasta cinco de ellos, y se sabe que ha pasado lo mismo con varios procedentes del sur. Los que viajan por otras rutas han llegado sin mayores problemas, al igual que llegan las palomas; pero no es el caso de los correos que siguieron la ruta que pasa por Tierraseca. Por eso fui enviado a seguir la ruta y buscar algo sospechoso a lo largo de ella. Y fue en cuanto llegué a esta encrucijada, a este miserable pueblo, que comprendí dónde hallaron la muerte todos los correos perdidos.
−¡Eso es una infamia! −exclamó el regidor−. ¡Una afrenta! ¡Os ordeno que os calléis, u ordenaré que os corten la lengua! ¡Y no habrá magistrado, ni noble ni enviado del rey que me impida hacerlo! 
 

Las voces se alzaron hasta el estruendo, pues quien más, quien menos, todos debían de saber en el pueblo de qué hablaba Galadhor.
−Ayer coincidí en esta misma taberna con un correo real proveniente de Toletum. Noté un ambiente extraño que achaqué a mi presencia, pero más tarde comprendí que sólo indirectamente tenía que ver conmigo: al llegar yo interrumpí algo que estaba a punto de suceder. El correo iba a ser asesinado, como lo fueron los que lo precedieron; el contenido de su saca hubiera sido robado, y su caballo habría servido de festín a muchos de aquí, como lo estaba siendo para él mismo, pues no estaba comiendo sino carne de caballo cuando paró en esta taberna, preparada por ese mismo tabernero −dijo, volviéndose y señalando al gordo bigotudo que lo escuchaba desde la puerta, el cual rompió a sudar y se puso blanco.
−¡No tenéis pruebas de tal cosa! −gritó el regidor.
−La prueba sois vos mismo, estúpido, pues pende de vuestro cuello un colgante que fue enviado por el duque de la Salvarroca a su sobrina, doña Isabel de Aguazur, en Toletum.
El regidor se echó la mano al cuello, agarrando el colgante para ocultarlo de las miradas del pueblo.
−¡Haced que se calle! ¡Prendedlo! ¡Matadlo! −exclamó, furioso.
Ése fue el último error que se cometió en Tierraseca antes de la partida de Galadhor. Los hombres del regidor se abalanzaron sobre el caballero, que tenía la diestra sobre el pomo de su espada. La desenvainó en un abrir y cerrar de ojos y su hoja, sedienta aún de sangre, de un solo tajo cercenó un brazo. A continuación detuvo en seco un gran machete, que se quebró en dos contra ella, para, de una estocada, atravesar la cabeza de su dueño. A otro asaltante le rebanó un muslo por la mitad, derribando a un bellaco armado con una azada; otros dos hombres soltaron sus armas y salieron corriendo entre la multitud.
Todo el mundo se quedó estupefacto al ver a Galadhor deshacerse de tres hombres en pocos segundos, dejándolos muertos o malheridos. El regidor cayó de rodillas, muerto de miedo. Pero no así el bravucón sin una mano y sin varios dedos en la otra, que llevaba en esta última un afilado cuchillo.
−¡Acabaré contigo, hijo de perra! ‒gritó.
Galadhor paró su ataque hábilmente y le dio un puñetazo en la mandíbula, que lo dejó aturdido un instante. Todo el pueblo clamaba a su alrededor. El asesino de correos se lanzó de nuevo al ataque, sin tener realmente ninguna opción de éxito; un instante después, su estómago quedó atravesado de parte a parte por la espada del caballero. Se desplomó de espaldas, todavía vivo, pero presto para abrazar la muerte.
−Y por lo que respecta a vos −le dijo Galadhor al regidor−, pronto recibiréis el castigo que merecéis. ¡Que me escuche bien todo el pueblo! En unos días, un magistrado de Toletum, escoltado por guardias reales, vendrá aquí a imponer el orden. No puedo saber cuántos de los presentes participaron en los crímenes cometidos, ni puedo acusar a todo el pueblo. Pero sabed una cosa: se investigará lo sucedido, y no se perdonará a ningún culpable.
Galadhor limpió su espada en uno de los cadáveres, la envainó y se dirigió hacia su caballo. Entonces se dio cuenta de que Tone estaba arrodillado sobre el cuerpo del jefe de aquella cuadrilla de criminales, al que en ese mismo momento abandonaba la vida.
−¿Por qué lo lloras, muchacho? −le preguntó.
Tone tardó unos segundos en responder, ahogado su aliento por los sollozos.
−Era mi padre.
Galadhor se subió a lomos de Meteoro y se dispuso a abandonar aquel miserable pueblo para no volver jamás. Antes de espolear a su montura, arrojó una moneda de plata a la tierra, junto al chico.
Abriéndose paso entre la multitud, salió al trote en dirección al camino del sur, desapareciendo de la vista de los habitantes de Tierraseca, quienes nunca olvidarían el nombre de Galadhor.
Así recuerdan los rumores de muchas voces aquella aventura, y así yo, el cronista de las hazañas de Galadhor, caballero de Castelia, os la he narrado. ¡Ésta es la verdad, habitantes de Iberia!

FIN DEL RELATO

 

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