8 de junio de 2019

CRÓNICAS DE GALADHOR I [Parte 1] (Relato)



Crónicas de Galadhor | The Hellstown Post | Fantasía, terror y ciencia ficción.



Hoy inauguramos personaje y saga.
Háblanos, Musa, del pasado mítico de la Península Ibérica…


  CRÓNICAS DE GALADHOR (I)

LA Aventura DEL PUEBLO FRONTERIZO DE TIERRASECA

(Parte 1)

 

o

De cómo Galadhor llegó a un pueblo fronterizo,
y de cómo observó, combatió, y desfizo el entuerto
que le tenía deparado el hado
  
 
Por D. D. Puche 
@HellstownPost

 
Cuentan los más mayores que en cierta ocasión cabalgaba nuestro héroe, Galadhor, a lomos de su fiel caballo Meteoro, cuando arribó a las tierras baldías de Toledium. Bajo algunas curiosas y furtivas miradas, llegó al primer pueblo fronterizo de aquel reino, siguiendo la ruta que traía: un lugar llamado Tierraseca.
El polvo se levantaba al paso de las patas de Meteoro. Sus herraduras quedaban marcadas en la tierra de tal forma que cualquiera hubiera podido seguir el rastro de Galadhor desde leguas atrás. Tal era la sequedad del lugar y la ausencia de viento. Algunos niños contemplaban pasar al caballero castiliano como quien contemplara un prodigio, interrumpiendo sus juegos con palos y piedras. Otras miradas, menos inocentes, observaban desde rincones oscuros.
Tras cruzar varias míseras casas de adobe, con descuidados tejados de paja, se acercó por la calle principal a lo que parecía una taberna. Era su aspecto tan mísero como el de todo lo demás, pero allí había un par de caballos atados, a la espera de sus dueños, y un abrevadero, y esperaba encontrar dentro él mismo, y no sólo su caballo, algo con lo que refrescar el gaznate.
En cuanto puso pie en tierra, varios niños se le acercaron en busca de algunas monedas.
−¡Señor, señor! ¡Deje que me ocupe de su caballo! −gritaban los niños a coro, interrumpiéndose y empujándose entre sí−. ¡Agua fresca, mi señor, le traeré un odre de agua fresca recién sacada del pozo!
Galadhor entregó las riendas a uno de los muchachos, que parecía el más avispado, y le arrojó una moneda.
−Asegúrate de que beba a placer.
−¡Sí, mi señor! No se preocupe. Su caballo tendrá las mejores atenciones.
Se fijó nuestro héroe, antes de subir los peldaños de madera que separaban la calle de la entrada a la taberna, en que uno de los caballos allí amarrados llevaba en sus gualdrapas el distintivo de los correos de los reyes castilianos. Todos ellos compartían emisarios, con idénticos colores un lince pasante de oro sobre campo de sínople, para facilitar las comunicaciones entre sus distintos dominios. Esos correos eran los únicos que tenían paso franco entre los reinos, como bien sabía Galadhor. Total libertad para moverse por los caminos de los reinos castilianos y emplear su red de postas. Nadie los podía detener ni importunar. Era un delito grave.
Cruzó Galadhor la puerta de madera que daba acceso al lugar, y se encontró en un triste patio parcialmente cubierto por una techumbre de madera, en cuyos rincones, a la sombra, reposaban quien sabe si de algún trabajo, pues no había visto el caballero cultivo alguno a las afueras del pueblo algunos lugareños. Todos ellos se quedaron mirándolo al entrar, como quien viera un espectro. Se veía que era, para el humilde poblado de Tierraseca, un día lleno de emociones.
Se acercó a la barra, al fondo, donde bebían en ese momento otros dos hombres, y tras la cual se encontraba el tabernero, un hombre gordo con un gran bigote descuidado y una camisa demasiado abierta por delante, que dejaba ver una profusa mata de vello canoso. Se fijó Galadhor en que, más allá de la barra, a su derecha, en una mesa situada al margen de la otras, estaba sentado el correo castiliano, quien devoraba ávidamente un trozo de carne con las manos, acompañado de pan, queso, y una jarra de vino. Su espada se apoyaba en la silla de al lado y, sobre ella, descansaba una bolsa de cuero.
Galadhor se paró frente a la barra, con todas las miradas concentradas en él, excepto la del correo, que engullía despreocupada y sonoramente. Nadie se dirigió a él durante unos instantes. Él tampoco abrió la boca para nada. Finalmente, el tabernero le habló:
−Salud, señor −dijo, sin demasiado entusiasmo−. ¿Qué quiere tomar?
Galadhor observó, detenidamente, cómo los hombres apoyados sobre la barra no le quitaban ojo de encima. Tampoco los dispersos por las mesas, a su espalda. Reinaba un completo silencio, excepto por la ruidosa forma de mascar, tragar y beber del correo.
−Vino de miel.
El tabernero lo miró demostrando incomprensión, como si nunca hubiera oído hablar de tal bebida.
−Lo siento, señor. Aquí no tenemos de eso. Puedo ofrecerle vino de uva de la región, licor de hierbas, cerveza de higo…
−¿Cerveza de higo? −lo interrumpió Galadhor.
−Es una cerveza que elaboramos en el pueblo, hecha con higos madurados y…
−Sé lo que es −lo interrumpió de nuevo−. Pero hacía tiempo que no bebía una. Mucho tiempo. Sírvame una jarra. Y algo de comer. También rellenaré mi odre de agua, para el camino.
−Puedo ofrecerle guiso de cordero, hecho hoy mismo.
Galadhor dudó unos segundos.
−¿Es lo que está comiendo él? −preguntó.
El tabernero no entendió a quién se refería, hasta que el brazo de Galadhor se levantó, con el dedo extendido, señalando al correo, quien seguía tragando como si nada.
−Eh... oh, no… El correo está comiendo… asado de pollo, señor.
−Entonces, el cordero. Y un poco de queso, también.
−Enseguida.


El gordo bigotudo cogió una jarra y la colocó bajo el grifo de un tonel, a su espalda, del que brotó, al abrir la espita, la olorosa cerveza de higo. Se la dejó sobre la barra a Galadhor y marchó a la cocina, en la parte de atrás, a ordenar la comida para el caballero.
Éste agarró la jarra por el asa y le dio un largo trago al espeso brebaje verduzco. Tenía mucha sed, debido al viaje. Un largo y caluroso viaje, por aquellas tierras, aunque nada dicen las historias acerca de dónde venía.
Los dos hombres a su derecha seguían mirándolo fijamente. Él ni se inmutó y siguió bebiendo su cerveza. Sólo el ruido del correo devorando, de fondo, se escuchaba en el salón.
Entonces uno de ellos, el más cercano, dejó su jarra casi vacía sobre la barra, con un golpecito; tragó lo que tenía en la boca, se limpió la rala barba con la manga, y se dirigió a nuestro héroe.
−¿De dónde viene, compadre? −preguntó con los escasos modales que su condición le permitían−. No es de por aquí, eso seguro.
Galadhor se giró para responderle.
−De más allá del valle, al norte de aquí.
−Eso es como no decir nada −respondió aquel tipo, en un tono impertinente.
−Nadie suele venir del norte −dijo el otro, cerveza en mano−. Al menos cruzando esa llanura reseca.
−Entonces no debo de ser nadie −respondió Galadhor, dándole otro trago a su cerveza de higo.
−¿No tiene rumbo fijo? ¿Qué es? ¿Un viajero? −volvió a preguntar el primer tipo, en un tono más inapropiado aún.
−Podría decirse así.
−Aquí no nos gustan los viajeros −replicó.
−No, no nos gustan −añadió el otro.
−No obstante, soy también castiliano, así que estoy en mi tierra −dijo, sin más, Galadhor.
−Castiliano, ¿de dónde? −siguió interrogándolo el hombre sin modales.
−De Castelia.
−¿De qué reino?
−No sabía que a los castilianos, dentro de Castelia, se les preguntara por su origen −respondió.
−Será mejor que no se demore mucho tiempo aquí, viajero. No nos gusta la gente que viene a ojear a nuestro pueblo.
−No hay nada en vuestro pueblo que pueda interesarme ojear −le explicó Galadhor, acabando la jarra de cerveza−. Estoy aquí de paso, para comer algo y que mi caballo descanse. Tras ello, seguiré mi camino.
El tabernero llegó de la cocina con un gran plato repleto de humeante carne y patatas. En la otra mano llevaba uno más pequeño, con pan y un buen pedazo de queso.
−¿Vino? ¿O más cerveza?
−Relléneme la jarra.
El tabernero lo hizo y se la puso de nuevo en la barra, junto a la comida.
−El odre tendrá que llenarlo fuera, en el pozo.
−Bien.
Aquel grosero tipo, y su compañero, apenas a unos palmos de Galadhor, lo observaban comer, mientras él les demostraba la mayor indiferencia. El tabernero se quedó al otro lado de la barra, limpiando el polvo de algunos vasos y platos con un trapo sucio. Las moscas revoloteaban por doquier. Sobre todo a su alrededor.
Así pasaron unos minutos, en los que Galadhor llenó su estómago con cordero, patata, pan y queso, y más cerveza de higo, hasta que el lugareño de la barba rala, quien lo seguía mirando sin la menor cortesía, le habló de nuevo.
−¿Le gusta el guiso?
−Se puede comer −respondió el caballero.
−Debería acabar y largarse cuanto antes, hermano. Por si se le hace de noche.
−Yo no soy su hermano −contestó Galadhor secamente.
El tipo parecía no esperar esa respuesta.
−¿Cómo ha dicho? −dijo, acercando aún más su rostro al de Galadhor, seguramente convencido de que resultaba amenazador.
El caballero le respondió sin alterarse lo más mínimo.
He dicho que el cordero está pasable, y que usted no es mi hermano −y volvió a morder la especiada carne.

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El bravucón del pueblo se le acercó, con aire retador, más de lo que Galadhor estaba dispuesto a aguantar.
−Escúcheme bien, viajero castiliano procedente de ninguna parte. Debería tener más cuidado con su forma de hablar, y pensar mejor a quién le habla, no vaya a tener un mal día, quizá incluso el último de su vida. ¿Me ha entendido?
Galadhor mascó cuidadosamente y tragó el trozo de carne con patata que tenía en la boca. Acto seguido, echó un trago a la cerveza, y depositó suavemente la jarra sobre la barra.
−Estoy teniendo mucho cuidado. Tanto, que estoy seguro de que hoy no será mi último día entre los vivos.
−¿Es que no me entiende? −le gritó el apestoso desconocido.
Galadhor se puso en pie, y todos los presentes se pusieron en alerta al ver que allí iba a haber pelea. La tensión se mascaba en el aire, pues Galadhor iba a dar respuesta a aquel hombre, cuando la puerta de la taberna se abrió de golpe y entró corriendo el niño al que había encomendado su caballo.
−¡Señor, señor! ¿Quiere que haga algo más? ¿Cepillo su caballo? ¿Necesita alguna herradura nueva? −preguntó, como un torbellino, hasta pararse junto a Galadhor.
Todos los presentes se callaron unos instantes. Mientras los lugareños miraban a Galadhor, y éste al chico, el correo terminó su comida, se levantó, dejó unas monedas sobre la barra y se fue sin decir palabra, como si lo que ocurría a su alrededor le fuera completamente indiferente. Afuera, desató su caballo, montó sobre él y se marchó en dirección al norte, por donde había venido Galadhor.
Así pasó un minuto entero, o más, en completo silencio, hasta que nuestro héroe relajó un tanto la tensión al sentarse de nuevo a la barra.
−Toma esta bota −dijo, descolgándosela del cinto− y llénala de agua fresca. También el odre que lleva el caballo. Y si cuando salga falta algo de mis alforjas, te cortaré las manos.
−¡Sí, señor! −dijo el chico, muy alegre, y salió corriendo por la puerta con la bota, feliz de tener un cometido.
Galadhor volvió a su plato, y a su jarra de cerveza, para terminarlos. Ya no le quedaba mucho. Aunque los dos tipos de la barra seguían allí, mirándolo, como los que estaban sentados en las mesas a su espalda, había algo distinto en el aire. El tabernero se acercó a la mesa donde había estado comiendo el correo y la recogió, llevando los platos, los cubiertos y la jarra de vino vacía a la cocina. Durante los dos minutos o tres que duró la escena, hubo un completo silencio. Galadhor terminó su plato, abrió una bolsita de cuero, y dejó tres monedas de cobre sobre la barra, de sobra para pagar la comida y la bebida.
−Y ahora, lárguese de una vez −le espetó el tipo de antes, que al parecer no se cansaba de hablar, y parecía muy enojado.
−¿Sabe? Creo que nunca había escuchado a un plebeyo dirigirse de forma tan poco respetuosa a un caballero −respondió Galadhor.
−¿Sí? Pues ya lo ha oído su merced −le dijo aquel hombre, que debía de ser demasiado ignorante para saber a quién tenía delante−. ¡Váyase de mi pueblo, o lo sacaré yo a rastras!
En ese momento, cometió un error. Debió de malinterpretar el gesto de Galadhor al llevarse la bolsa al cinto, para guardarla tras pagar, porque se lanzó a coger el cuchillo que había sobre la barra, con el que aquél había estado comiendo. Pero el caballero, rápidamente, sacó el suyo de su funda y atravesó la mano de aquel desdichado, dejándola clavada en la madera. Lo hizo sin levantarse siquiera, y sin que al canalla le diera tiempo de reaccionar.
−¡¡¡Aaaahhh!!! −gritó, loco de dolor, mirando estupefacto su propia mano ensartada.
Todos en la taberna dieron un brinco. El amigo del que ahora tenía la mano como una brocheta de pollo cayó de espaldas, y el tabernero, que en ese momento salía de la cocina, dejó caer al suelo una botella de vino que llevaba, la cual estalló en mil pedazos.
Galadhor se puso de pie.
−En respuesta a su pregunta de antes: sí que lo entiendo. Desde que he entrado aquí esos cuatro de las mesas llevan todo el tiempo fingiendo que beben de las mismas jarras, que ya están vacías, y no apartan las manos del cinto. Usted y su amigo hacen lo propio, y el tabernero está tan preocupado por atenderme bien y que me vaya cuanto antes, que no sé si estará metido en el ajo o no.
Con un fuerte tirón, sacó su cuchillo de la barra y liberó la mano del desgraciado, que cayó de rodillas, sujetándosela con la otra mientras gemía. Galadhor limpió la ensangrentada hoja del cuchillo con el paño del tabernero, tras cogérselo del hombro con un rápido movimiento, para a continuación tirarlo sobre la barra, y envainó de nuevo su hoja.
−Os recomiendo −le dijo al bravucón, mirándolo desde arriba− que en lo sucesivo os dirijáis a los caballeros que os encontréis como “vos”, y desde luego con mejores modos. De lo contrario, podéis tener un mal día. Puede que el último de vuestra vida.
Y se dirigió a la puerta, dejando a todos los presentes asombrados, incapaces de articular palabra o de mover un músculo.
A la salida, la calle parecía tan mísera y desangelada como antes, pero, en efecto, había algo casi imperceptible en el aire, que Galadhor no supo identificar. El muchacho esperaba junto al abrevadero, con Meteoro, y con la bota y el odre llenos de agua.
−¡Su agua, señor! ¡Agua fresca del pozo del pueblo!
−Gracias −contestó, colgando el odre con las alforjas, mientras comprobaba que no faltara nada de ellas, y colgándose asimismo la bota del cinto.
−Señor… una moneda de cobre estaría bien.
−¿Cómo? Ya te di una al llegar.
−Eso fue para dar de beber a su caballo, señor. Pero este trabajo… este trabajo es otro.
Galadhor sonrió levemente por la audacia del chico. Un auténtico chico de la calle, avispado como un zorro. Una vez él fue así.
−Toma, truhan −dijo, lanzándole una moneda al aire, que el chico atrapó hábilmente−. Y ahora, largo.




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