27 de enero de 2019

NADA PERSONAL (Relato)



Los cuatro investigadores de la Brigada de Seguridad Interior dieron por concluido el registro y abandonaron el apartamento de Miguel Arias Tello, ubicado en el distrito de Latina de la capital. Dicho ciudadano, en ese momento, se encontraba ya en dependencias de la Comisaría General de Información, en un cubículo del bloque de detención; llevaba puesto un cepo neural monitorizado constantemente por el Sistema Nacional de Salud a través de BioNet, para evitar falsas denuncias por malos tratos. Éstas eran frecuentes, porque los abogados siempre jugaban esa baza aprovechándose del excesivo garantismo del sistema judicial. Afortunadamente, el nuevo gobierno había prometido cambiar las leyes relativas a las detenciones preventivas y al habeas corpus, para hacerlas tan ágiles como las investigaciones requerían.

Los agentes pasaron bajo la cinta amarilla que precintaba el apartamento del sospechoso, se despidieron con indiferencia de los dos policías uniformados que lo custodiaban, y bajaron al portal. En el exterior había algo de público, como siempre en estos casos: geeks y curiosos atrídos por la Red, que venían a transmitir cualquier cosa que pudieran a cambio de unos pocos puntos de popularidad. A los agentes les repateaba esa gentuza, pero no podían hacer nada. Era su derecho legal. Eso sí, sus caras no saldrían en ninguna retransmisión o grabación, pues los inhibidores policiales las censuraban ante los videópticos del público, así como distorsionaban sus voces para no ser reconocibles. En las transmisiones sólo se verían siluetas negras con un código policial sobreimpreso.

Todavía dentro del portal, mientras miraban a la calle y les decían por Netcom a los uniformados de fuera que alejaran otro par de metros el cordón policial, y al coche que se acercara ya a recogerlos, el teniente al mando conectó con el juez que había ordenado el registro. El juez lo vio en su mente, sobreimpreso al portal que tenía delante estaba en ropa de casa, en su cocina, parecía que cocinando algo. No le sentó bien la conexión, se le notaba, pero la aceptó. 
¿Señoría?
Sí, dígame, teniente.
Registro completado, señoría. Las fuentes eran de fiar, hemos encontrado lo que buscábamos.
Perfecto. Mándeme ahora mismo el listado de las pruebas halladas y los escaneos de todo; luego les echaré un vistazo.
Ahora mismo, señoría. Vamos de camino al depósito a registrarlo todo.
En cuanto a las pruebas, ¿qué valoración preliminar me hace?
Parecen concluyentes. Material explícitamente ideológico. Hemos hallado revistas, libros y otras publicaciones en papel, ediciones clandestinas con bastantes años ya, de temática izquierdista. Redistribución de la riqueza, crítica al sistema sociopolítico, feminismo, y todo eso. Y también había un buen número de cuadernos con anotaciones y diarios en los que parece haber denuncias al gobierno y a la iglesia, una defensa de conductas sexuales no regladas, proclamas en contra de la nación, y diversos delitos más de odio y subversión. Habrá que digitalizar y analizar la letra. El tipo es un romántico, por lo que se ve; le gusta el papel. De todas formas, los técnicos de la Brigada están ahora mismo inspeccionando en la Red los archivos asociados a varios códigos de identificación relacionados con el sospechoso. Parece que así captaba a nuevos miembros de la célula. La empresa proveedora del servicio no ha puesto ningún problema, incluso sin una orden; ya sabe, siempre colaboran en este tipo de casos.
Perfecto, Márquez. No tengo que decirle lo cuidadosos que debemos ser con la forma en que esta información es obtenida y llevada a juicio. El público lo vigila todo, así que el procedimiento ha de ser inmaculado, no como en el caso Saidi. Transparencia, ante todo.
Lo tengo muy presente, señoría. Todo se hará con absoluto escrúpulo, no se preocupe.

*

A Arias Tello lo habían jodido bien. Pocos meses atrás, ni siquiera sabía nada de la célula que difundía esos documentos de contenido político. Ni tan siquiera le habían interesado esos temas. Estudiaba un posgrado de Reciclaje Social que compaginaba, para poder pagarlo, con un miserable trabajo del turno de noche en un puesto de sándwiches y estimulantes en una zona de copas llena de niñatos. Fue allí donde vendió, en distintas noches, unas latas de Endorcola y unas pastillas antisueño a esa chica, que siempre le ofrecía el código bancario de su retina con una sonrisa pícara y se giraba para echarle una última mirada cuando ya se alejaba. Para su sorpresa, se la encontró una mañana en el metro, camino de la facultad. Ella se subió en Metropolitano, y se reconocieron entre la multitud. Como ella lo miraba fijamente, él se armó de valor y se acercó a presentarse. A partir de ahí, todo vino solo.

Nadia estudiaba derecho y era una apasionada de las luchas civiles. Participaba en varios talleres de activismo y concienciación, y era de las que hablaba siempre en la asamblea de estudiantes. Hasta ahí todo era legal, e incluso estaba bien visto; era una forma socialmente tolerada de rebeldía social. No lo era tanto que estuviera metida en el tema de los libros y los pasquines. En principio, defender una causa no era problema siempre que no conllevara nada activo; mientras que sólo se participara en la retórica. Todo eso de la buena conciencia y el inconformismo. Pero el tráfico ideológico ya era otra cosa. El Acta de Noviembre (como era conocida la Orden Ejecutiva XXV/154, de 15 de noviembre de 2031) había prohibido una serie de actividades, entre las que estaba ésa, considerándolas atentados contra la seguridad ciudadana determinables por vía administrativa. Al principio todo pareció una broma, una bravuconada de un gobierno autoritario, aquel de Salas-Conde, que jamás podría poner en práctica: el Estado no tendría ni la capacidad ni el valor de hacerlo. Así que pequeños partidos sin representación electoral, sindicatos, organizaciones estudiantiles, asociaciones de barrio y todo el mundo, en general, siguió como si tal cosa, llenando la Red de mensajes y textos habituales: que si la revolución, que si la lucha contra el sistema, que si la causa de los uigures, que si el genocidio de los transexuales en Rusia, que si la extinción de la jirafa…

Al cabo de una semana había varios miles de detenidos. Militantes, activistas, estudiantes de la universidad y hasta de secundaria… La Brigada de seguridad Interior demostró que sí tenían la capacidad y el valor de hacerlo. Monitorizaban la Red con una eficacia sorprendente, como pronto demostraron las ciberguerrillas desmanteladas y enviadas sin juicio a la cárcel de San Fernando II como “prisioneros de guerra” en algunos casos por haber subido memojokes a portales públicos o de las empresas acreedoras del Estado. El aparato de vigilancia dependía de un Mando Coordinado de Interior, Justicia y Defensa, y contaba con la ayuda del CNI, la Interpol y hasta la NSUA. No se escapaba ni uno, y eso que eran muchos. En los casos menores, les llegaba la notificación vía ordinaria, por PsiCorder, comunicándoles que los habían pillado realizando la actividad ilegal “x”, y que se les imponía una multa “y”; en función de las actividades económicas que tuvieran declaradas, si éstas en teoría no satisfacían la cuantía, automáticamente se les embargaba el vehículo, la residencia, o hasta un riñón, ovario, etc. Por supuesto, se les desconectaba de la Red y pasaban a ser “usuarios sin licencia”, con los riesgos de que los cogieran conectados en el futuro: reincidencia, y al Cubo. Esto, en el más leve de los casos. En el más grave, juicio rápido si eso aplicando la XXV/154, y al campo de estasis unas cuantas vidas estándar.

Fue así como los movimientos ahora perseguidas en el Bloque Occidental (socialismo, parasexualidad, activismo animalista, profesar el islam, etc.) tuvieron que regresar a formas de organización y difusión predigitales. Imprimían y compartían libros, revistas y panfletos para eludir la estrecha monitorización de la Red. Escapar a esa vigilancia, irónicamente, había pasado a depender de una involución técnica, al contrario de los hackers de décadas atrás, que vieron en la tecnología una forma de liberación. Nadia participaba en esos movimientos; sus padres eran una socióloga conocida y un abogado penal que defendía causas perdidas, pero con gran repercusión mediática: docentes encarcelados por salirse de los temarios, negros sublevados en los guetos, y ese tipo de cosas. Ambos estaban muy orgullosos del carácter libre y rebelde de su hija, pero les hubiera dado algo si supieran que se dedicaba a una actividad tan notoriamente peligrosa. Su padre conocía de primera mano las implicaciones personales y patrimoniales de correr semejante riesgo. Por eso, tras el shock inicial de enterarse de que Nadia militaba en el PNK (una organización universitaria eco-trotskista que estaba siendo desmantelada en ese momento), y tener una riña extraordinaria con ella, fueron los que tomaron medidas para sacarla de todo eso y mandarla a terminar la carrera a Copenhague.

Su hija tenía que encontrar un pringado al que cargarle el muerto; y ese pringado fue uno de los chicos con los que salía, el menos importante para ella y al que más dispuesta estuvo a vender. El chico del puesto de energéticas. Llevaban unos pocos meses viéndose y acostándose, y lo había metido en los círculos del PNK. A él no parecía interesarle mucho, y le ponían muy nervioso semejantes relaciones, pero por ella hubiera hecho cualquier cosa. No sabía hasta qué punto, de hecho. Mala suerte; si hubiera estado más involucrado en la causa, su vida hubiera valido más; pero al no mostrar gran compromiso, lo mejor para la causa era sacrificarlo a él. Así que le pasó el material que ella tenía que hacer llegar a unos tíos del Frente Arco Iris, y su madre hizo la llamada a unos contactos que tenía en Justicia. A partir de ese momento, que el chico diera su versión; sería la palabra de un don nadie contra la de una familia respetable de profesionales. Nunca tendrían la conciencia tranquila después de aquello, pero era la llamada con la que pagaban su tranquilidad y el futuro de su hija. No tenían nada contra ese muchacho, pero ella merecía una oportunidad. Era muy buena chica, muy noble; no podía acabar en un campo de estasis por tonterías de juventud.

*

El teniente Márquez llegó a casa tras once horas de trabajo. Su unidad había llevado a cabo una redada y después él tuvo que ocuparse de varios interrogatorios y cumplimentar todos los impresos correspondientes. Estaba muerto, así que en cuanto pisó el apartamento, en la planta setenta y dos de la Torre Real Madrid, se duchó en el ionizador y se metió un lingotazo de ginebra con unas cuantas pastillas de Theradona. Se hizo un bocadillo con fiambres de fécula que encontró en la nevera y metió en el hidratador, aunque sin encenderlo aún, una pastilla de vacuno con guarnición. A Elisa le encantaba la carne para cenar, aunque a él le caía muy pesada. La acompañaría mientras cenaba cuando volviera del trabajo, y verían algo conectados juntos en alguna plataforma de cine.

Había sido un día duro. Pero más o menos como todos, desde que el Ministerio dio orden de intensificar los arrestos. La proximidad de las elecciones, ya se sabe; y la visita del presidente del Protocolo del Pacífico: la ciudad tenía que estar limpia y había que mostrar unos excelentes datos policiales a los medios. El ministro tenía que salir con su mejor sonrisa y quedar como Dios ante los medios. Bueno, él también tenía un jefe, como él. Como todos. La vida consiste en tener un montón de obligaciones que cumplir, con independencia de que estés de acuerdo con ellas o no; de algún modo hay que pagar las facturas.

En el caso concreto de Márquez, no creía mucho en sus obligaciones, aunque las cumplía con gran diligencia. Tanto como para ser oficial de la Brigada, que observaba con lupa a todos sus miembros, especialmente a la hora de los ascensos. Márquez había pasado limpiamente todos los test y escáneres neurales, por no hablar de las investigaciones de Asuntos Internos (lo que llamaban “revisarte el currículum”). No tenía nada que ocultar, ciertamente, porque nunca había participado en nada sospechoso. Había hecho lo típico, por supuesto: algo de drogas blandas en la adolescencia, ideas vagamente izquierdistas en la universidad, y la asistencia a algunos mítines políticos. Incluso votó a Izquierda Violeta antes de su ilegalización. Pero nada que dejara huellas digitales ni que tuviera efectos fiscales; como sabía bien por su trabajo, todo movimiento económico enviaba pings a Hacienda que te dejaban marcado de por vida. Siempre tuvo cuidado de saber adónde iba o con quién. Y cuando se empezó a registrar la asistencia a eventos políticos, mediante el reconocimiento facial de multitudes, se apartó de todo eso. En fin… No sentía ninguna animadversión personal hacia las causas por las que investigaba y detenía diariamente a gente, como ese chico de los libros y pasquines, el estudiante de Reciclaje Social. De hecho, le parecía normal y previsible que alguien defendiera esas ideas, por trasnochadas que estuvieran. Pero le pagaban por cogerlos con las manos en la masa y llevarlos ante el juez, y es lo que hacía; bastante bien, por cierto. Igual que otros curaban a enfermos en los hospitales o eran asistentes sociales.

En realidad, algún resquemor le quedaba por el trabajo que realizaba, pero lo acallaba con disciplina y rutinas, concentrándose en el trabajo. Y cómo no, disfrutando de los momentos con Elisa, su mujer. Su ángel. Le encantaba mimarla: le preparaba la cena, la sorprendía de vez en cuando con alguna pequeña salida de un día cuando coincidía que ambos libraban a París o Roma, le hacía pequeños regalos… Ella le daba sentido a su vida, aunque últimamente estuvieran discutiendo tanto por lo de tener niños. Elisa quería, él no; típica historia de parejas. No se le había despertado el instinto paternal. Y sobre todo, el mundo le parecía demasiado sórdido y horrible para traer un niño a él. Criarlo en esta sociedad no le parecía sano. Lo sabía porque veía todos los días lo mal que estaba todo. Y a los que querían cambiar las cosas, él los encerraba. Se sirvió otra ginebra con la que acallar las voces que despertaban en su cabeza. No era el momento de escucharlas. Elisa estaba a punto de llegar y tenía que hidratar su cena.  

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