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28 de diciembre de 2018

LA MÁQUINA DE ATWOOD



17 de diciembre de 1896

Estimada Dra. Jenkins,

Le escribo esta carta con motivo de una cuestión de máxima urgencia e importancia capital para todos nosotros. Como Ud. ya sabe, los últimos años trabajé incansablemente en un proyecto científico relacionado con la generación y transmisión de energía. Mi objetivo, en colaboración con el profesor Bauer, del Departamento de Ingeniería Aplicada de la Universidad Central de Port Heaven, era proveer a la ciudadanía de un caudal de electricidad abundante y barato, siempre en aras del progreso y el avance de la sociedad. Ud. sabe que ése y no otro fue siempre mi propósito. Que Dios me perdone. Embebido en una soberbia que nació de mi débil naturaleza humana, fui más allá de todo lo razonable en mi búsqueda de tal prodigio científico. Y así, ayudado por la actual capacidad de la ciencia, alcancé cotas de saber que pueblos pretéritos sólo vislumbraron puntualmente, exceptuando quizá a los antiguos egipcios.

Me imagino que, como todo el mundo en esta universidad, sabrá que el profesor Bauer abandonó el proyecto tras dos años de trabajo juntos. Si ha oído rumores al respecto, sólo puedo confesarle que todos ellos son ciertos: mi colega y amigo se retiró de nuestra común empresa debido a mi obsesión cada vez más voraz y enfermiza, llegando a perder tantas horas de sueño, de trabajo, y lo que más lamento de todo, de pasar tiempo con nuestras familias, que el Dr. Bauer decidió no proseguir en el mismo camino a la autodestrucción. No puedo culparle; antes bien, él logró darse cuenta tempranamente de lo que yo no pude, o no quise ver. Y así, salvó su vida de lo que ahora estimo una locura, una infame blasfemia contra la humanidad. Mi arrogancia me llevó a la perdición.

Debo explicarle que, tras la marcha de Bauer, no hice sino caer en una fiebre aún más intensa y enfermiza, ayudado tan sólo por becarios del Departamento y algún otro personal contratado por mí, que apenas duraban un par de meses a mis órdenes al no poder aguantar lo que les exigía; y también viendo lo que era, seguramente para toda mirada clara y cuerda, una inmensa calamidad anticientífica. Me veía obligado a reponerlos continuamente, hasta que ya no encontré a nadie más que colaborara conmigo. Mis problemas con la universidad fueron en aumento, debido a mis constantes ausencias a las clases, hasta que finalmente fui despojado de la financiación, de un lugar destinado a mi investigación, y por último, de mi puesto como profesor.

Fue entonces cuando, de manera propicia, y ahora sé que calculada, apareció en mi camino quien habría de ser mi mecenas el último año y medio. Supongo que no la llevará a sorpresa saber que tal hombre era el acaudalado barón Hoffmann, uno de los hombres más ricos de Port Heaven gracias a sus negocios financieros y en la industria del acero y el carbón, así como en la naviera, con su propio astillero en el puerto de la ciudad. Viéndome protegido por su inagotable caudal de inversión, y provisto de todo cuanto necesitaba, pasé el siguiente año sumergido en mis experimentos sin mayor intervención ni preguntas del barón, salvo puntuales reuniones de cortesía para comentarle mis avances.

No fue hasta hace aproximadamente seis meses cuando comenzó a interesarse más y más por mi investigación, haciéndome partícipe de ciertos deseos suyos y exigiendo plazos para determinados logros del asunto que tratábamos. Sólo puedo decirle que, si entonces no me percaté de la sutil desviación del terreno que yo investigaba hacia otros de mayor interés para Hoffmann, fue hace unas semanas cuando adquirí plena consciencia de que su protección económica había estado desde un principio encaminada a lograr un objetivo perfectamente planificado por él.

Y lo peor de todo que debo confesarle, es que alcancé ese objetivo. Que Dios me perdone. Sumido los últimos meses en la más atroz enajenación, la sinrazón me poseyó en una especie de sueño cientifista y contra natura del que no podía despertar; apenas comiendo, perdiendo peso, salud y hasta mi propia identidad, sólo estaba centrado en terminar el proyecto que ahora, despertado de esa perversa pesadilla, con plena conciencia, puedo reconocer como un grotesco e infame atentado contra la humanidad. Sólo puedo describir como una abominación lo que, llevado por mi voluntad de conocer más, de lograr lo que nadie había logrado antes, creé para el barón, y de lo que me arrepiento de todo corazón. Ojalá haya clemencia para mí.

Siento no poder darle más explicaciones, querida Amanda. Siempre fue mi más aventajada alumna, mi estudiante de doctorado más capaz, aun siendo la única mujer en un terreno colmado de hombres. Pero nunca conocí un ingenio como el suyo, que ahora necesito desesperadamente. Pues llevo desde hace días siendo vigilado constantemente, perseguido por miradas inquisitivas allá donde voy, y debido a ello vivo semiencerrado en un pequeño apartamento del centro, donde me he ocultado últimamente. Temo que pueda pasarme lo peor, y no confío en nadie más que Ud. Si hace años fue mi mejor alumna, creo que ahora podrá desentrañar la cuestión que me ocupa, y que me ha llevado al peor de los destinos, traicionando a la humanidad entera.

Por favor, busque al profesor Sinclair, del Northeastern College. Vive en Yorickshire, a pocas millas de aquí. Es un viejo amigo con quien estudié en mi juventud, experto en ciencias naturales y parapsicología, y creo que estará en disposición de ayudarla. No confíe en nadie de nuestra universidad, no hable con nadie de esta ciudad. Siento ponerla en esta situación, pero la ocasión es de una prioridad absoluta. Nuestro destino depende de ello.

Sé que estoy siendo vigilado. Ya vienen a por mí. Trataré de despistarles como pueda, para poder echar esta carta al correo, pero no sé si tendré mucho tiempo. Vienen en mi busca, lo sé. Aguardan la ocasión de terminar conmigo, para no dejar cabos sueltos. Él los ha enviado, son sus esbirros. Reconocí a uno de ellos tras una esquina, cerca de mi apartamento: un bruto con una cicatriz en la cara. Cuídese de tales elementos. Sospecho que mi fin está próximo. Si algo me pasara, haga lo que le he dicho, busque al profesor Sinclair. Busque la infernal máquina que construí para Hoffmann. Acabe con ella, por lo que más quiera. Que Dios me perdone.

Mucha suerte.

Robert Atwood. 


Así empieza nuestro último lanzamiento, la primera entrega (totalmente autoconclusiva) de la serie Jenkins & Sinclair. Investigadores de lo sobrenatural. El título de esta primera novela es La máquina de Atwood, y este texto, la carta que Atwood le envía a la doctora Jenkins, te meterá en su atmósfera. 

Si te gustan el horror cósmico (al estilo de Lovecraft) y el steampunk, y todo ello aderezado con unas gotas de humor cáustico, no te puedes perder esta novela protagonizada por un par de científicos que emplean medios poco ortodoxos para enfrentarse a una amenaza terrible que se cierne sobre el mundo... durante las fiestas navideñas.

Acaba de salir a la venta (publicada, como nuestras obras anteriores, por Grimald Libros), y está disponible en Amazon, Iberlibro, FNAC, etc., tanto en versión impresa como digital (todos los formatos: Kindle, epub, Kobo, Nook, etc.). Te dejamos más abajo los enlaces a las principales tiendas donde está a la venta, por si quieres conseguirla ahora mismo con sólo un par de clics.




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