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21 de enero de 2017

MARGEN DE ERROR (Relato)


La cara de la señora sonriéndole en el autobús casi le provocó arcadas. No sabía qué era, pero había algo falso, siniestro en ella. Lo mismo el saludo del conductor al subir, o las gracias del camarero al dejarle la propina tras desayunar en la cafetería de al lado del trabajo, o los saludos de los compañeros de la oficina cuando llegó esa mañana. Le resultaban antinaturales, inquietantes, como ocultando algo perverso tras aquellos modales y fórmulas. Algo en su interior lo ponía en guardia ante ellos; se sentía bastante perturbado por la gente que lo rodeaba. En el centro de una gran ciudad, rodeado de millones de personas, le parecía que todas ellas, todos los transeúntes y barrenderos y transportistas y dependientes de las tiendas eran impostores; como si el mundo entero se hubiese puesto de acuerdo para fingir delante de él que era quien no era. El sentimiento era leve, una ligera molestia al principio, algo que no sabía muy bien a qué respondía, pero fue creciendo durante la mañana, y a la hora del almuerzo sentía náuseas y sólo pensaba en irse a casa.

Pensó si no sería porque había dormido mal, algo fruto del cansancio; se había quedado hasta tarde viendo un documental sobre el comportamiento social de los primates, sobre sus jerarquías y formas de saludo y sumisión y apareamiento, sobre el modo en que comían y se ocupaban de sus excrementos. Se durmió viendo eso sin demasiado interés, sólo porque en las demás cadenas había reality shows y programas del corazón y tertulias políticas en las que todos fingían discutir pese a que estaban de acuerdo en lo esencial; así que, tapado con una manta, se despertó a las tantas y se fue a la cama tras ver que llevaba dos horas dormido y que el televisor ya sólo vomitaba publicidad de adivinos y servicios de compañía. En la cama tuvo un sueño desapacible, que de hecho le costó conciliar, acerca de un zoológico que visitaba siendo niño otra vez, con sus padres. Con algodón de azúcar en una mano y en la otra la de su padre, preguntaba a éste: «papá, ¿cómo se llama ese animal?», y su padre le contestaba: «es una hiena, hijo», y a una nueva pregunta le respondía: «es una boa, cariño», y a otra más, ante una pareja, hombre y mujer, desnudos en una jaula, cubiertos de mugre y pelo sucio e hirsuto, le decía: «son Adán y Eva, cielo. Somos nosotros, los seres humanos». En ese momento se despertó y apenas durmió más esa noche, salvo breves momentos de inconsciencia entrecortados. Cuando se levantó estaba muy cansado y ligeramente mareado, pero aun así fue a trabajar.

Cuando a media mañana decidió volver a casa, tras comunicárselo a su jefe, quien se preocupó por su estado de salud y le dijo que no había problema y que se mejorara ‒pero a él le resultó falso y hasta amenazador, como si estuviera tramando algo‒, decidió andar un trecho, por más que estaba como a cuarenta minutos, porque la experiencia del transporte público le había resultado muy desagradable horas antes y quería que le diera el aire. Así que caminó, y se topó con un espectáculo que le resultó inédito y repulsivo: le pareció ‒no, estaba seguro‒ que todo el mundo lo miraba fijamente, sabedores de que él era diferente, de que se había dado cuenta de algo que debía permanecer en silencio, sobreentendido, y cuyo conocimiento afectaba a la existencia misma de aquella sociedad artificial y pútrida. Sus ojos tenían brillos malévolos y sus caras muecas desagradables, como si estuvieran a punto de decirle cosas que en el último momento callaban. Es más: sus rostros se veían claramente como máscaras bajo las cuales se marcaba otro rostro, el auténtico. Esas máscaras eran de carne y sangre y nervios y cartílagos, pero aun así falsas, perfectamente reconocibles para él; no escondían la realidad, sino que la mostraban, por ello, y llegó un momento en que él caminó apresurado y mirando sólo al suelo, para no cruzar su mirada con aquellos autómatas que habían suplantado a toda la gente, o que quizá siempre habían sido la misma gente sin que él se percatara. Incluso se chocó con un uno, al ir sin mirar, que le dijo algo; pero él se disculpó con alguna palabra apenas articulada y siguió su camino hacia casa, a su refugio.

No fue eso lo que encontró, sin embargo. Tras tener que saludar a una vecina en el portal, quien le pareció la misma de siempre pero a la vez otra persona, alguien de quien en realidad no sabía nada, llegó a su piso y echó las dos llaves y apoyó la espalda contra la puerta. Tiró el maletín y la chaqueta al suelo y se fue al baño a echarse agua en la cara. Y cuando se topó con su reflejo en el espejo, se quedó sin respiración y el corazón dejó de latirle durante varios segundos, antes de empezar a hacerlo de nuevo de forma irregular y entrecortada. Frente a sí, en el espejo, estaba un perfecto desconocido, alguien que era como él pero que, sin duda, no era él. Sus facciones encajaban, pero estaba animadas por un alma distinta, por alguien que parecía, aun sin sonreír ‒su expresión era la suya misma, y era de terror‒, estar riéndose de él, mofándose de su estado alterado e incrédulo. La cara era la misma, era como él, pero no era él. No se reconocía en esa imagen, con aquella mueca que encontraba tan desagradable como la de todos los otros con los que se había cruzado durante el día.

No pudo soportarlo. No en su propio caso. Pensaba que perdía la cabeza por momentos. Sentía rabia y miedo y muchas ganas de llorar, aunque estúpidamente se mordió los labios y las aguantó. Se tomó un par de valiums y dos dedos de ginebra y se tiró sobre la cama, vestido como estaba, cubierto sólo con una manta, esperando dormirse y que se le pasara. Si al despertar no estaba mejor, iría al hospital. Pero eso no ocurriría: su angustia fue en aumento, como la taquicardia que tenía. Podía huir del mundo, pero no de sí mismo, del asco y repulsa que sentía hacia aquel que había visto en el espejo. Así que, siguiendo un impulso irrefrenable, que ya no parecía proceder de sí mismo, sino de una fuerza mayor que lo hubiera cogido con una enorme mano invisible, fue a la cocina, cogió el cuchillo más afilado que tenía, entró con él en el baño, y allí, mirando con pánico y odio al que se reía de él desde el espejo, empezó a mutilar esa cara, a cortar pedazos de mejilla, párpados, labios, nariz y orejas con el cuchillo. El dolor no lo detuvo hasta que, debilitado y totalmente mareado, con el corazón saliéndosele del pecho, se desplomó inerte.

Semanas después, en un elegante salón de una mansión a las afueras de Zúrich, un grupo de hombres y mujeres muy bien vestidos, cómodamente sentados en sillones de piel y bebiendo buenos brandis y whiskies, comentaban las incidencias en la implantación del nuevo programa de condicionamiento social al que estaban sometiendo a sus respectivas ciudadanías. Era la nueva fase experimental de un plan estratégico a largo plazo al que denominaban Nepenthe; cosa de algún oscuro burócrata de alguna de sus agencias, con veleidades literarias. La actual fase del plan consistía en combinar medios digitales ‒en los que se habían introducido ciertos patrones de estímulo audiovisuales‒ con diversos productos químicos en el agua potable y en una serie de alimentos y productos higiénicos y cosméticos, de forma que se inducían reacciones emocionales selectivas que sedaban a la población y la hacían extremadamente tolerante a las medidas políticas y económicas impopulares a las que en otro tiempo se hubieran enfrentado virulentamente. Esta fase beta había sido un éxito, aunque se habían detectado algunas anomalías, probablemente asociadas a ella ‒al constituir, en conjunto, un pico inexplicable de alteraciones psiquiátricas extremas‒, que entraban en los márgenes de error previstos. En torno a un 0,00013 por ciento de los sujetos expuestos enloquecía y mostraba conductas autodestructivas. Era algo a corregir, desde luego. Pero no alteró el orden del día de aquella reunión.




Margen de error, © D. D. Puche 2017. Contenido protegido por SafeCreative.

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