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22 de octubre de 2017

LA LEY DE LOS CAÍDOS (caps. 5-6)


Lee los capítulos 1, 2, 3 y 4


5


El lugar al que Morel se refería estaba en Moratalaz, al este, en un reducido y poco llamativo parque industrial. Colarse en éste no les costó demasiado, porque la seguridad estaba compuesta de agentes mortales, burlar a los cuales les resultó bastante sencillo; jugar con la percepción de los mortales es uno de los trucos más sencillos, que los caídos aprenden desde muy jóvenes. Les costaría más acceder al sitio específico al que se dirigían: una de las naves, aparentemente una pequeña fundición artística –la nave no podía ser más grande porque hubiera llamado mucho la atención, y normalmente tales industrias no se encuentran en las grandes ciudades–, que en realidad era un lugar sustancialmente más misterioso. Morel conocía bien su situación como Juez que era… o había sido. En realidad, ya no lo tenía claro. ¿Qué lo hacía Juez? ¿La Autoridad que lo nombró? ¿O la Ley que hacía cumplir? ¿A cuál de las dos se debía? Prefería decantarse por la segunda, sobre todo porque la primera –toda o una parte, eso es lo que había que averiguar– quería liquidarlo. Así que, sí, se consideraba todavía un Juez.

La pequeña fundición era en realidad la Forja de los caídos en Madrid, el lugar donde los Fabricantes, bajo estricta supervisión de la Autoridad, producían todo lo necesario para la comunidad sobrenatural de la ciudad y de gran parte del centro del país –aunque en Toledo y en Valladolid había otras dos muy importantes–. Aquél no era un lugar de este mundo, en cuanto uno cruzaba sus muros: se trataba de un enclave del Otro Lado, creado mediante conocimientos antiguos, del que sólo salían artefactos arcanotecnológicos; aunque para los mortales todos ellos fueran simples obras de arte u objetos de metal con propósito ornamental.

La Forja tendría una vigilancia considerable. La ventaja con la que jugaban era que nadie imaginaría que acudirían allí. ¿Por qué iban a pensar que sería el siguiente paso de Morel? No tendría mucho sentido, pues ignoraban –eso esperaba, de lo contrario estaba jodido– que él ahora estaba con Blix, y necesitaba herramientas. El caso es que allí estaban todas las que podían necesitar. Dentro, en ese espaciotiempo retorcido, los mortales no podían entrar, por lo menos no en toda la instalación. Cuando venía un inspector, le enseñaban unas salas normales, aptas para su percepción, donde todo era normal y legal. Pero cruzando muros y puertas que sólo un caído puede atravesar, se accedía a estancias bastante más interesantes, que al inspector, de haber podido verlas, le hubieran parecido mágicas. Y de hecho lo eran.

En la puerta exterior había dos agentes de seguridad mortales, de los de empresa privada. Chupado. Pero en cuanto entraran se encontrarían con entre dos y seis Guardianes, el cuerpo armado de la Autoridad, caídos bien adiestrados para el combate y equipados con armamento militar. Normalmente escopetas Remington y fusiles de asalto H&K G36. No es que a Morel le hiciera ninguna gracia acercarse a tipos con semejante artillería –normalmente él estaba sobre ellos en el escalafón y los dirigía, cuando era necesario, en operaciones de captura de prófugos peligrosos–, y Blix estaba muy nerviosa; pero jugaban con la ventaja de la sorpresa y de una mayor veteranía, que entre los caídos marca la diferencia exponencialmente. De todas formas, Morel tenía que ser muy cuidadoso, porque no pensaba hacer ni un disparo si podía evitarlo. Su objetivo era no cargarse a nadie. Una injusticia no se arreglaría cometiendo otra. Así que sería sutil.

Lo primero que hicieron, como habían hecho desde que entraron en el polígono, fue desactivar las cámaras del edificio desde cierta distancia. No era por él: sabrían quién había sido en cuanto dieran el golpe, y por otro lugar, nunca llegarían a tiempo. La cuestión era retrasar lo más posible que supieran que Blix lo acompañaba. Por la seguridad de ella –ya la había enmarronado bastante– y porque si sabían que iba con una famosa ladrona y salteadora del Otro Lado, tomarían precauciones específicas contra sus habilidades. Y ahí radicaba su ventaja táctica en ese momento. Las cámaras no fueron problema para Blix, a la que los aparatos se le daban bien: concentrándose, a una veintena de metros, sobrecalentó sus circuitos hasta que quedaron inoperativas, por lo menos durante un buen rato. Así que, libres de vigilancia electrónica, pudieron centrarse en los seguratas de fuera. Ésos eran cosa de Morel. Le dijo a Blix, doblando la esquina de la nave, en dirección a la entrada donde estaban los agentes de seguridad:
–Sígueme, e intenta parecer normal.
–¿Qué quieres decir? ¿Qué no parezco normal?
–Tú ven y calla.
–Pero, ¿qué coño haces? –le contestó ella, con algo a medio camino entre un susurro y un grito.
–Lo que menos llama la atención en una situación como ésta. Confía en mí.
–Sí, en ti voy a confiar… –y murmuró algo más, pero Morel estaba concentrado; pese a todo, ella lo siguió de cerca.

Caminando tranquilamente –aunque Blix empezaba a tener extraños tics y miraba mucho a su alrededor–, se acercaron a los agentes de seguridad. Ambos llevaban pistolas enfundadas. Al otro lado de la puerta de cristal de la entrada, había un pequeño vestíbulo, típico de oficina; en la recepción se encontraba una empleada, también mortal. Ninguno de los tres tenía ni idea de lo que era aquello en realidad; una tapadera de la Autoridad, de los ángeles caídos. Ni lo hubieran creído, por supuesto. Los agentes estaban hablando de fútbol, sobre el “gran partido” que habría el sábado. A Morel el futbol no le gustaba demasiado, aunque en ocasiones veía algún partido especialmente importante, normalmente cuando tenía compañía a la que le gustara. A ser posible en un bar. Con independencia del partido, que sólo era una excusa, el ambiente que se formaba en un bar esos días estaba muy animado, y las cañas parecía que entraran mejor. Es verdad que el fútbol es el circo de nuestro tiempo, se decía, pero joder, es que también hace falta; no sólo de pan vive el hombre. Así que, por muy banal que fuera, estaba más o menos al tanto del tema.

–Hola –dijo dirigiéndose a ellos–. ¿Esto es la fundición artística?
–Sí, es esto, pero no está permitido el paso a los que no trabajen aquí.
–Ya, claro. No, no quiero entrar. ¿Tenéis un cigarro?
Los de seguridad se miraron el uno al otro extrañados, pero uno de ellos dijo al fin: «sí, yo tengo», sacó un paquete del bolsillo y le ofreció uno. Hizo lo mismo con su compañero, que lo aceptó, cogió uno él mismo, y sacó el mechero con el que los tres se encendieron sus cigarros.
–Entonces, el partido, ¿cómo lo veis? –preguntó Morel, muy agradable.
–El Madrid está muy fuerte. Se los van a merendar.
–Yo no me fiaría. El Bilbao es muy duro defendiendo y además juega en casa –dijo el otro.
–Sí, pero en los últimos tres encuentros… –replicó el primero.
Blix miró cómo Morel manipulaba a los mortales. Le sorprendió su nivel: ni siquiera tenía que decir o hacer nada ostensible; sólo con pedir un cigarro y proponer un tema de conversación ya caían en la sugestión y terminarían haciendo lo que él les dijera, y además gustosos. Ese cabrón de Juez era bueno, eso no podía negárselo. Aunque fuera un pedazo de cabrón. Porque lo era. Ya le jodería bien en cuanto tuviera ocasión, se iba a enterar.
Entretanto, Morel se fumaba el cigarro sin atender demasiado las tonterías de experto que soltaban los seguratas, como cualquier hijo de vecino cuando habla de fútbol, con esa jerga de periodista deportivo que a él ni siquiera le parecía castellano. Aunque de vez en cuando metía baza:
–… pero el Madrid va a jugar con el tridente, y siempre que ha jugado con un cuatro-tres-tres contra los Leones les ha ganado.
–Lo que tú digas, pero los vascos son rocosos de cojones, y además se la deben por la eliminación de la Copa del año pasado, así que…
–Y el entrenador del Madrid se juega el puesto como no gane; va a echar toda la leña al fuego –añadió Morel a la sabiduría balompédica.
–A ese mamón a ver si lo echan ya, que sólo sabe jugar a la italiana, y…

La conversación siguió unos diez minutos, hasta que Morel dijo de repente:
–Bueno, señores, un placer. Y gracias por el cigarro. Pero tengo que volver adentro y seguir trabajando.
–Claro, claro. ¡Que cunda!
–Hasta luego.
–Vengo solo, por cierto. A esta chica la habéis visto en otro lugar. En el bar, tomando un café. Os llamó la atención y ahora estabais hablando de ella.
–Sí, es verdad.
–La tía de los ojos raros.
–Esa misma, sí. La visteis en el bar y os fijasteis en sus ojos raros. De ahí os suena.

Y tras decir esto, Morel le hizo a una impresionada Blix una señal y entraron sin más complicaciones. Fue entonces cuando Morel se puso tenso. Blix lo notó claramente. Su aura pareció encenderse como una llama. Se preparaba para un posible peligro. Ella se puso mucho más nerviosa. «Dónde me estás metiendo, tío», pensaba. «Nos vamos a meter en un lío muy grande. Y yo no quiero volver al maldito pozo».
A la mujer de la recepción pareció extrañarle su entrada; no debía de estar acostumbrada a que llegara allí nadie desconocido o sin aviso previo. Aun así, se mostró muy cordial:
–Buenos días. ¿Qué desean?
–¿Es esto la Forja? –preguntó Morel.
–Eh… es una fragua, sí. Para artistas. Escultores y orfebres, sobre todo.
–Ah, vale, gracias –Morel comprobó por la respuesta de la recepcionista que no tenía ni idea de nada–. ¿Hace falta una recepcionista en una fragua artística?
–¿Perdone?
–Nada, déjelo. Supongo que si viene alguna inspección es usted la que enseña la parte normal de la nave, ¿verdad?
–Oiga, ¿pero quién es usted? ¿Qué quiere?
–Soy el inspector.
–¿Qué inspector?
–Tiene el aviso de visita delante de usted. Ahí.
La recepcionista se quedó anonadada mirando un papel de los que tenía delante, sin entender nada de lo que decía. Pero apartó de él la mirada, confundida, y contestó:
–¿Qué puedo hacer por usted?
Lo había vuelto a hacer, con admirable facilidad. Blix pensó por un momento: «no habrá hecho esto conmigo, ¿no?», aunque enseguida se convenció de que no, porque esos poderes eran efectivos con los mortales, no con otros caídos, por lo general. Ventajas de ser del club de los Malditos.
–Lo primero –siguió Morel–: ¿ve a esta chica? Coincidió con ella esta mañana en el ascensor. ¿Por qué se acuerda de ella ahora?
–No lo sé.
–Efectivamente, no lo sabe. Pero no confunda momentos: eso fue esta mañana, y yo estoy aquí ahora, solo.
–Eh… sí. Solo.
–Perfecto, ¿cómo se llama?
–Carmen.
–Muy bien, Carmen, ¿cuánta gente está hoy aquí? Aparte de los dos agentes de fuera, hay otros dentro, ¿verdad? ¿Cuántos son?
–Dos.
Joder, era su día de suerte. Sólo dos Guardianes. Tendría que tener mucho cuidado, pero la situación era manejable. Si hubieran sido más tendría serias complicaciones. No podía saber cuántos eran porque no los percibía, debido a la naturaleza del lugar. Estarían dentro de la auténtica Fragua, es decir, no en la instalación destinada a los mortales, sino en el Otro Lado, cruzando algún umbral que daba paso a ese mundo distorsionado por Fabricantes como Blix. Aunque el talento de Blix no fuera crear esos lugares, sino asaltarlos.
–Estupendo. Todo está muy bien, Carmen, es muy diligente en su trabajo. Y dígame, ¿dónde están esos hombres?
–Cuando no están por aquí están en una sala de descanso que tienen. Está en la planta de arriba. ¿quiere que lo acompañe?
–No hará falta, sabré llegar solo. Muchas gracias, Carmen.
–De nada –contestó la recepcionista con una sonrisa.

De nuevo, gesto mudo a Blix. Subieron las escaleras metálicas que llevaban a esa planta. Lo hicieron con tensión, la que Morel le contagiaba a Blix; subieron con mucho sigilo. Una vez arriba, Morel siguió caminando despacio. No podía confiarse; no con estos tipos. De todas formas, si la cosa no se torcía, le estaba saliendo de maravilla: sólo dos, y encima tan confiados que echaban el rato en una sala de descanso. Morel intentaba aquietar su aura lo más posible para dificultar que lo percibieran, pues aunque él no pudiera captarlos, ellos a él sí –dado que estaba en el mundo normal, y éste sí es percibible desde el Otro Lado–. Únicamente jugaba en su favor el elemento sorpresa. Le dijo a Blix que esperara donde estaba, a varios metros de la puerta, hasta que hubiera «resuelto la situación». A partir de ahí se acababa el sigilo, había que actuar deprisa. Morel sacó su Glock, caminó deprisa hasta la puerta, y a pesar de que era blindada la abrió de una fuerte patada.

Cogió totalmente desprevenidos a los dos Guardianes, sentados a ambos lados de una mesa metálica y jugando a las cartas. Tenían las armas sobre la mesa –en efecto, escopeta y fusil automático–, y uno de ellos tuvo la intención de echar mano de ella, pero Morel le sugirió que no lo hiciera:
–Preferiría no tener que dispararte, colega. La situación ya es bastante incómoda para todos, ¿no?
–Hostia puta, Morel, no me creo lo que estás haciendo.
–¿De verdad vas a asaltar la Fragua? ¿Qué cojones se te ha perdido aquí?
Lo conocían, y a él sus rostros también le sonaban, aunque no recordaba sus nombres.
–Si te lo dijera lo que vendrá después perdería la gracia; tendréis que esperar para verlo.
–¿Sabes hasta qué punto va a complicar esto tus problemas?
–Sí, hasta ahora hay orden de informar si se te ve, pero después de esto le van a poner precio a tu cabeza.
–Me temo que ya lo tiene, colega –contestó–. Problemas complejos, soluciones complejas. Qué le vamos a hacer.
–¿Por qué no te entregas? Hablaríamos en tu favor ante los jefes.
–Sí, hombre, sí. Ahora mismo te entrego la pipa y te convierto en el héroe del día. En eso estaba yo pensando. Las manos bien altas. ¡Venga!

Sin dejar de apuntarles, Morel dio la vuelta a la mesa, cogió las armas y las tiró a un rincón de la pequeña habitación. Allí, aparte de la mesa, sólo había una estantería metálica llena de cajas, un pequeño archivador, un tablón de corcho en la pared lleno de papeles y una papelera. Y otra puerta, con cerradura electrónica. Morel sacó la argolla que le quedaba y la abrió.
–Hala, levantaos. Y no hagáis un movimiento en falso. Recordad quién es aquí el mayor. Es mal día para querer tener protagonismo. Si no me tocáis las pelotas os aseguro que no os haré nada; no he venido aquí para eso.
–No me lo puedo creer.

Aun refunfuñando, ambos Guardianes se levantaron. Siguiendo las instrucciones de Morel, se acercaron a una tubería que pasaba por la pared y el techo de la habitación y salía por una esquina. Morel abrió la argolla de metal fluido, esta vez, en tres aros, y cerró dos sobre sus muñecas y el tercero sobre la tubería, de modo que quedaron en una posición que les impedía moverse o intentar escapar. De todas formas, no aguantaría mucho; arrancarían la tubería de la pared en unos minutos. Pero era el tiempo que necesitaba para entrar y salir de la Fragua antes de que dieran la voz de alarma.

–Te vas a cagar por esto, Morel. Los jefes te van a desollar.
–Sí, ya te he oído antes. No te preocupes: si tú puedes decirlo, yo puedo entenderlo.
–Oye, yo preferiría que me dispararas –dijo el otro Guardián–. Esto es demasiado humillante, prefiero dar explicaciones con un tiro que sin él.
–¿Qué coño dices? –contestó el otro.
–Piensa que nos ha cogido desprevenidos en mitad de la guardia. Nos van a joder vivos a nosotros. La hemos cagado.
–Hostia puta.
–Entonces, ¿queréis un balazo? ¿En las rodillas, quizá? –replicó Morel, totalmente en serio–. No quiero que os puteen por mi culpa.
–¡Pues no haber venido, cabronazo! ¡Ya estamos enmarronados por tu culpa!
–¿Os disparo, sí o no?
–Yo creo que sí.
–¡No! ¡Dispárale a tu puta madre!
–¿Pero cómo vamos a explicar esto?
–Ya veremos; pero no quiero que encima me metan un tiro.
–Bueno, chicos, os lo pensáis, que veo que no os ponéis de acuerdo, y si queréis cuando salga os disparo. ¿Por dónde se entra a la Fragua, por cierto?
–Es esa puerta –dijo el que parecía más preocupado, señalando la que tenía la cerradura electrónica, enfrente de ellos. Era una puerta muy sólida. Ésa no la abría de una patada.
–¿Y el código? –preguntó Morel.
–No te lo vamos a dar.
Morel apuntó con la pistola a la cabeza del que dijo eso.
–No quiero haceros daño, ya os lo he dicho. Pero si me hacéis perder un segundo, le vuelo la cabeza a uno de los dos, al azar. Si el otro no me da el puto número, le volaré los huevos, y luego las rodillas, una bala en el hígado, y así sucesivamente. ¿Me entendéis?
El más cooperativo le dio el número sin pensárselo, aunque añadió: «yo sí quiero que me pegues un tiro en el pecho. Si no, estoy muerto igualmente».
–Vale, cuando salga. Por cierto, una cosa más.
Morel cogió la americana de uno de los dos, que estaba sobre el respaldo de la silla que ocupaba cuando él entró, y la puso sobre la cabeza de ambos, de forma que no vieran a Blix al entrar. Percibirían su aura y sabrían que iba con otra caída, pero no podrían identificarla de momento. Un contratiempo, que hubiera que entrar por donde estaban los Guardianes. Pero no era justo cargárselos por eso. Morel sólo había matado a criminales, y en defensa propia o de terceros. No pensaba liquidar a ningún inocente, aunque fueran hombres de la Autoridad. Él lo era sólo un día antes.

Se asomó y le dijo a Blix que entrara. Ésta, al ver a los dos Guardianes maniatados y con la cabeza tapada, se mostró muy insegura.
–¿No son peligrosos así?
–No durante unos minutos.
–No me gusta nada estar aquí.
–Recuerda dónde acabaremos si no conseguimos lo que necesitamos para empezar a actuar. No podemos huir ni escondernos; tenemos que atacar.
Blix no pareció muy convencida, pero tampoco dijo nada.
–¿Quién está contigo, Morel? –preguntó uno de los Guardianes.
–¿Estómago o pelotas? ¿Dónde lo quieres? –fue su única contestación, y el otro se calló.

Morel introdujo el número en el teclado de la puerta y ésta se abrió en silencio. Al hacerlo, salió una corriente del interior. Ambos caídos sintieron algo poderoso tras esa puerta; los lugares también tienen un aura, en función de las energías acumuladas en ellos, y allí había mucha. Blix sintió inmediatamente el flujo del Otro Lado, de la compleja estructura que había sido construida allí. Y ciertamente el lugar era maravilloso, como comprobaron en cuanto cruzaron el umbral.

Según los planos de la nave, aquella puerta era un armario en la sala de descanso de empleados. Ningún mortal descubriría jamás que al otro lado de la misma estaba el auténtico propósito de esa construcción, un espacio mucho más grande que el que se veía por fuera. La puerta acorazada daba acceso a un tremendo lugar, con escaleras que subían y bajaban en todas direcciones, conectando de un modo que se diría laberíntico diversas plataformas de trabajo flotantes, todo ello rodeado de tinieblas; no se veían paredes que lo delimitaran, simplemente el espacio elaborado se acababa y empezaban las sombras. Ellos estaban en una pasarela de metal desde la que podían subir o bajar por unas rampas a varias de las terrazas flotantes. En cada una de esas plataformas de trabajo, en ese momento vacías –todo salía a pedir de boca, quizá demasiado, pensó Morel; «¿cómo es que no hay nadie?»; pero ya daba igual, porque estaban allí y tenían que coger lo que buscaban–, había una gran cantidad de extrañísimos utensilios, herramientas y aparatos, todo lo cual parecía salido del laboratorio de un científico loco de una película antigua. Resultaría increíble, si ellos no hubieran estado acostumbrados ya a estas cosas, que dentro de aquella nave hubiera otra aún más grande, llena de toda esa tecnología arcana que los Fabricantes emplean para crear lo que necesitan los caídos. Hornos, calderos, matraces, extraños telescopios que no se sabía adónde apuntaban, máquinas de aspecto primitivo con engranajes girando constantemente, como relojes al desnudo, y expulsando chorros de vapor a intervalos regulares, rampas automáticas sin mecanismo aparente que conectaban las plataformas entre sí para transportar cargas pesadas… Allí dentro había todo un mundo de aspecto steampunk. El paraíso de un Fabricante, desde luego, y ello se reflejaba en el rostro de Blix, quien por primera vez parecía contenta desde que Morel la sacó del estudio de tatuaje. Estaba extasiada contemplando todo aquello, moviendo los ojos de una plataforma a otra, fascinada por todo lo que veía, las herramientas de trabajo de las que llevaba años separada, como si le hubieran cortado sus propias manos. Morel le dijo que buscara todo lo rápido que pudiera lo que necesitaría para hacer el trabajo; no podían demorarse demasiado allí. Ella asintió en silencio y cruzó por una pasarela a una de las plataformas flotantes, echó un vistazo al material que contenía, y desde ésta pasó por una escalera a otra, tocando todas las cosas que había sobre las mesas.
–¡Date prisa! –le gritó Morel, que se quedó al lado de la puerta, controlando a los Guardianes, al otro lado del umbral. Cogió sus armas del suelo y las lanzó a la vasta extensión de la Fragua, para ponerlas fuera de su alcance incluso si se soltaban.

Blix estuvo unos minutos rebuscando mientras Morel se impacientaba y le decía que se apresurara, a lo cual ella no respondía. Buscaba con una aparente tranquilidad que lo exasperaba. Al fin, decidió acercarse a la plataforma en la que se encontraba ella –para lo que tenía que pasar por un par de intermedias– y meterle prisa con más eficacia, ya que no hacía caso de sus palabras. Pero justo en ese momento, cuando él se acercaba por una escalera entre dos terrazas, Blix dio con la última cosa que buscaba –había ido metiendo diversos objetos en el bolso– y se la tiró a Morel, que atrapó el objeto en el aire. Era una pequeña caja de cartón, muy pesada. Tenía una inscripción con tipografía antigua –muy del gusto de los Fabricantes, quienes al igual que los Sabios, parecían sentir una gran nostalgia de tiempos pretéritos– que decía: «Munición adaptable para armas ligeras. Uso restringido».
–Me cago en la puta –exclamó Morel–. Balas de Forja. Nunca las he empleado.
Las balas de Forja eran extremadamente codiciadas por los caídos cuyo modo de vida tenía que ver con pegar tiros de vez en cuando, aunque la mayoría no llegaban a verlas jamás. Estaban extremadamente controladas por su peligrosidad. Parecían balas normales, aunque cambiaban de tamaño para adaptarse al arma empleada, y estaban hechas de una aleación especial y secreta. Llevaban grabadas unas inscripciones arcanas que les conferían gran poder, de modo que podían matar incluso a caídos muy viejos y poderosos, los cuales normalmente eran capaces de resistir impactos en el corazón e incluso en cabeza. Esas balas podían venirle muy bien llegado el momento. Se las guardó en el bolsillo de la chaqueta.
–Vaya, gracias, Blix. Un detalle. No se me había pasado por la cabeza buscar algo así.
–Los agentes del sistema nunca tenéis mucha imaginación. Pero no es un favor; te las doy por si pueden salvar mi propio culo.
–Como quieras.

Y en ese momento, al girar para volver, cuando Blix ya había cogido todos sus materiales, lo sintió. Estaba llegando por el pasillo que daba a la sala de descanso; se encontraba más cerca de la puerta de la Fragua que él mismo, al haberse acercado a Blix, así que no podía cerrarla –lo que, por otro lado, sólo hubiera servido para dejarlos allí encerrados–. Se volvió gritando a Blix que se ocultara detrás de algo, y él mismo corrió por la escalera. Pero era muy tarde, porque el otro era tan rápido como él: en una fracción de segundo varias balas silbaron alrededor de Morel, que las escuchó acercarse con un sonido como de botella de champán al descorcharse; señal inequívoca de que la bala va en tu dirección. Dos de ellas lo alcanzaron en la espalda. Se giró para devolver el fuego a su atacante, y en ese mismo instante otra bala le acertó en el pecho, a la altura del corazón. Cayó hacia atrás inerte, justo donde comenzaba la plataforma. Al otro lado de la gran mesa de trabajo, llena de extravagante maquinaria y papeles llenos de fórmulas y diagramas, estaba Blix, encogida de miedo, con los ojos como platos y el corazón saliéndosele del pecho.

Vio cómo se acercaba el tipo que había derribado a Morel, despacio, caminando por la pasarela con la aparente satisfacción del trabajo acabado. Era un tipo de aspecto joven, como treintañero, aunque evidentemente tendría más edad –probablemente parecida a la suya–. Vestía muy bien, y su aura estaba bastante limpia; Blix no vio nada especialmente turbio en ella, al menos para ser un caído. Podría haber pasado por un buen tipo en otro contexto. Llevaba el arma apuntando al suelo, con el brazo relajado. No parecía temer ningún otro peligro.

Morel lo conocía perfectamente; lo había formado él. Era Carlos Santamaría, un Juez joven y prometedor, parecido a él mismo unas décadas atrás en su entusiasmo y dedicación. Poseía un ímpetu excesivo y su grado de cumplimiento de las normas era demasiado puntilloso, algo acerca de lo cual Morel le había dicho muchas veces que debía tomárselo con calma, por aquello de que summum ius, summa iniuria. Era un excelente rastreador, como acababa de demostrar, aunque a veces demasiado precipitado. Típico de los jóvenes.

Subió la escalera, llegó hasta Morel y se quedó en pie, frente a él, todavía con el arma en la mano. Con la otra, sacó de su abrigo una argolla y con un suave movimiento de muñeca la abrió.
–Nunca pensé que tuviera que emplear esto contigo, Salvador. Qué decepción. Lo que has sido y en qué te has convertido.
Miró en dirección a Blix. No la podía ver, pero sabía que estaba ahí.
–En cuanto a ti, ya puedes salir. De nada te sirve esconderte.
Santamaría se inclinó sobre Morel para esposarlo.
–Ahora tendré que llevarte ante la Autoridad como a un vulgar criminal. ¿En qué mierda andas metido? En fin… Ellos determinarán tu culpabilidad, no yo.

De repente, una detonación. La cara de Santamaría se contrae con un violento espasmo, y se desploma a un lado. Blix se asoma y ve el antebrazo de Morel doblado hacia arriba, con la pistola apuntando adonde hace un segundo estaba el corazón del otro Juez, ahora abatido junto a él, totalmente paralizado. Morel se abre la americana y la camisa y revela el chaleco antibalas que lleva puesto –cortesía del Belga–, con la bala de 9 milímetros aplastada contra su pecho. Con un resoplido, se levanta. Blix sale de su escondite y se le acerca con las piernas temblándole.
–¿Llevas chaleco?
–Sí –contestó con voz dolorida–. Y tú deberías haber llevado uno, Carlos –le dijo al tipo fuera de combate–. Eres demasiado arrogante, te lo he dicho mil veces.
–¿Y no debería llevar yo uno también? –preguntó Blix.
–No tengo más, y normalmente soy yo el que se pone delante de las balas. Así que seguiremos así, si no te importa.

Y cogiéndola del brazo salieron de la Forja, cerraron la puerta de seguridad, Morel disparó contra la cerradura electrónica dejando dentro a Santamaría, y –tras decirle «adiós, chicos» a los Guardianes, que exigían su tiro– bajaron a la salida, donde, fingiendo normalidad, pasaron frente a la recepcionista. Ésta los miró de nuevo con extrañeza.
–Un señor acaba de preguntar por ustedes. ¿No se han cruzado?
–Sí, lo hemos visto –contestó Morel–. Está arriba. Todo bien. Que tenga un buen día, Carmen.
Una vez afuera saludó de pasada a los de seguridad, que también los miraron extrañados y rápidamente se metieron dentro.
–Anda deprisa –le dijo a Blix–. Ya han dado la voz de alarma. No sé cómo me ha encontrado Santamaría, pero saben que hemos venido. Nos persigue todo el mundo.
–¿Cómo nos han encontrado tan rápido? No vamos a poder escapar de ellos.
–Santamaría es muy bueno. Pero no te preocupes, ya pensaré algo para despistarlos. Al menos tengo un pequeño consuelo.
–¿Cuál?
–Bueno, nos vamos con lo que vinimos a buscar. No han podido impedírnoslo, aunque a partir de ahora nos lo van a poder más difícil.
–¿Y eso es un consuelo?
–No. El consuelo es saber que Carlos no está con los que quieren liquidarnos. Venía a detenerme y no parecía saber nada del asunto. Si no, hubiera tirado a la cabeza, seguramente. Y tú también estarías muerta.
–No es gran cosa. Hay muchos otros aparte de él.
–Sí, lo sé. Y con ésos tendremos que tener más cuidado. Lo que no sé es si ya saben que eras tú la que venía conmigo. 



6


Ya había anochecido, y se ocultaron en un hotel barato de la zona norte, en Chamartín, muy cerca de las Cuatro Torres, las cuales podían ver desde la ventana de la habitación. Morel, una vez más, tuvo que nublar el juicio de la recepcionista para que apuntara identidades falsas. Blix quería coger dos habitaciones, pero Morel dijo que de ninguna manera, que no la iba a dejar sola y que era muy arriesgado, por si alguien los encontraba. Los Centinelas podrían percibirlos, así que tenían que estar atentos por si alguien se acercaba. Permanecerían juntos, en una habitación doble, y se turnarían para dormir. Pese a todo, ninguno de los dos durmió apenas esa noche. Blix estaba muy nerviosa, a la vez que furiosa, y se lamentaba continuamente, no sin razón, del lío en que se había visto metida. Hablaba sola gran parte del tiempo, estaba como loca. Bueno, estaba loca. Morel se sentía mal por ello, pero no le contó la verdad, por supuesto. No le iba a decir que la había metido en sus problemas porque necesitaba su talento. Él tampoco podía dormir, y permaneció en guardia hasta que, ya de madrugada, concilió el sueño durante un par de horas. No paraba de darle vueltas en su cabeza a la situación, intentando hacerse una composición de lugar. Y aún sentía la adrenalina –por no hablar del dolor en el pecho– del asalto a la Fragua y el tiroteo intercambiado con Santamaría. Se preguntó qué pensaría éste de él ahora.

Durante horas, Morel contempló las torres que dominaban el norte de Madrid, símbolos de la modernidad, del desarrollo económico de la ciudad. Símbolos también del pelotazo económico, del capitalismo voraz y de la crisis que éste había traído. Representaban el éxito y a la vez el fracaso. Eran como gigantescos recordatorios, antorchas que alumbraban la noche de la ciudad, recordando el final de una era y la decrepitud de una sociedad. Signos también de la pérdida de identidad de la capital, de su amnesia. Ocurría algo parecido en su mundo, el de los ángeles caídos. Un reflejo de la sociedad mortal, que parasitaban como meros agentes económicos y políticos, al contrario que en otros tiempos; se habían visto esclavizados por aquello que querían dominar. Ya no eran lo que deberían ser, lo que siempre fueron. Ahora eran amasadores de dinero e influencias sin un fin claro para esos medios. Antes tuvieron un sentido, y una guía. La Ley siempre orientó su existencia y su relación con los mortales. Pero ahora su pequeña sociedad invisible era tan decadente como la mortal.

Tras ocupar la habitación, Blix dejó muy claro que la cama de la ventana sería para ella, y dejó encima su bolso y su chaqueta. Luego se dedicó durante un buen rato a examinar las cosas que había robado de la Fragua. Sólo durante ese tiempo le pareció a Morel advertir cierto entusiasmo en ella, el mismo que vio en su rostro cuando estuvieron allí. Supuso que sería como un músico que ha estado privado durante años de su instrumento y un buen día lo recupera. Le preguntó:
–¿Con eso será suficiente?
Tardó bastante en responder, y lo hizo con un «sí» que parecía proceder de otro mundo, como si ella no estuviera allí. Los artefactos eran un martillo, un cincel, una escuadra, un compás, plomada y nivel, y un prisma. Parecían perfectamente normales a simple vista, pero Morel sabía que eran herramientas arcanas poderosas, creadas por Fabricantes experimentados y cargadas de capacidades que, en las manos adecuadas –como las de Blix, o eso esperaba–, podían moldear la estructura material de la realidad. Las piezas tenían, de hecho, cierto fulgor, un resplandor plateado, propio de los Fabricantes, que sólo un caído podría percibir. Morel no sabía cómo había que usar todo aquello, pero había visto en ocasiones trabajar a los Fabricantes, y era increíble lo que podían hacer con instrumentos tan humildes. Sonrió pensando en las creencias que éstos habían inspirado en los mortales conocedores de ciertos misterios, que habían hecho de ellas el centro simbólico de la masonería. Pero lo que para los masones eran objetos de un ritual esotérico, de evolución interior, para los caídos eran instrumentos reales de transformación exterior. Tanto como para él, un Juez, lo era su Glock. Herramientas de trabajo.

Necesitaba pensar. Mientras Blix daba vueltas por la habitación hablando con quién sabe qué cosa salida de su cabeza –el tiempo en el pozo oscuro ciertamente la había dejado tocada, cada vez lo veía más claramente–, evaluó quiénes, de los que formaban parte de la Autoridad, podrían estar detrás de todo. La Autoridad era el órgano de gobierno de los caídos de Madrid y, de hecho, de gran parte del área central de la Península. La institución más poderosa del país, seguida por las Autoridades de Barcelona, Santander y Sevilla, cada una con sus respectivas áreas de influencia. Madrid tenía la mayor concentración de caídos del sur de Europa. No es que fueran tantos: unos cuatrocientos. Pero era un buen número, pese a todo. Suele haber un caído por cada diez mil mortales, como promedio, aunque tienden a concentrarse en las ciudades grandes. Los caídos se organizan en clanes, que a su vez se dividen en las distintas comunidades que hay en cada ciudad, guardando siempre fidelidad y respetando las tradiciones de la Casa madre, que convoca Concilios cada cierto tiempo. En Madrid los dos clanes predominantes eran los Herederos de la Raza Celestial y los Portadores de la Luz; esos rimbombantes nombres venían de antiguo, y nadie los empleaba, por lo general, sino que los sustituían por formas cortas o apodos. Los Herederos eran el clan más importante, muy conservador y oscurantista. Consideraban que los mortales estaban ahí para servir a los caídos, algo muy acorde con sus ínfulas rancias y aristocráticas. Solían llamarlos los Marqueses, aunque ellos preferían llamarse a sí mismos la Raza. Los Portadores eran más modernos, y en tiempos habían sido de corte ilustrado –de hecho, estuvieron muy ligados a la intelectualidad del siglo XIX y principios del XX–; pero ahora estaban volcados en los negocios y en la influencia política que ejercían a través de los medios de comunicación y la cultura. Solían llamarlos los Antorchas, aunque ellos preferían denominarse los Hermanos, por motivos históricos que no vienen al caso.

La Autoridad de Madrid reflejaba el equilibrio de poder entre ambas comunidades, que reunían al ochenta por ciento de los caídos de la ciudad. Era su órgano ejecutivo, y también legislativo para todo aquello que no viniera dado por la Ley, el código antiguo de los caídos que los Jueces hacían cumplir. Pero la independencia de este poder judicial era relativa, porque –al menos en Madrid– a los Jueces los designaba la Autoridad; así pues, la división de poderes nunca fue demasiado estricta, y en realidad era una organización más bien autocrática. Pese a ello, algunos Jueces se mostraban escrupulosos en el cumplimiento de la Ley, como Morel, al que las presiones políticas no le agradaban nada. En la Autoridad de Madrid había, proporcionalmente a su número, seis representantes de los Marqueses, cinco de los Antorchas, y uno que pertenecía a un tercer clan, los Guardianes de la Fe, fanáticos religiosos que ansiaban la redención de los caídos mediante la sumisión absoluta a la fe cristiana –y más concretamente, a la Iglesia de Roma–. Los llamaban los Predicadores, aunque en Madrid, por aquello del casticismo, se usaba más los Torquemada. Resultaba así un total de doce miembros de la Autoridad, que no eran elegidos democráticamente: cada comunidad nombraba a sus representantes. En caso de empate en las votaciones, el Presidente –actualmente era Aguirre, de los Marqueses– tenía el voto de calidad. Dicha presidencia era rotatoria, pasando cada cuatro años entre los tres grupos. Así pues, normalmente el poder lo tenían los Marqueses, mientras que los Antorchas sólo podían tomar decisiones en contra de éstos si presidían y tenían el apoyo de los Torquemada, cosa poco frecuente, pues preferían pactar con aquéllos. Salvo breves lapsos de tiempo, los Marqueses habían acaparado siempre la hegemonía; el sistema jugaba a su favor, y sólo se podía cambiar si ellos estaban de acuerdo.

De todas formas, cada clan –cuando no cada caído– se dedicaba a sus asuntos, y sólo ciertas políticas, normalmente relacionadas con el control de los mortales, eran dictadas por la Autoridad. Morel, de hecho, no pertenecía a ninguno de esos clanes. Era de los Almas Errantes, un clan pequeño y poco relevante con ramas mayores en Italia y el sur de Francia; en España había muy pocos, y la mayoría en Levante. Eran estetas, sobre todo, partidarios de una filosofía hedonista. Pero Morel se había desentendido casi por completo de ellos, y no sólo porque, como Juez, así se le exigiera, sino porque realmente no le interesaba mucho su clan. Era bastante individualista, y además de gustos demasiado sencillos –así se había visto siempre– para tanta exquisitez estética como cultivaban los suyos.

Morel especuló sobre quién estaría interesado en cargarse a Moznik, y cuál sería esa mercancía tan valiosa como para montar aquel circo de tres pistas. Todo daba a entender que era una facción de la Autoridad enfrentada a otra, actuando a sus espaldas. No sería la primera vez… Eso le daba una oportunidad, si sabía a quién dirigirse para contarle todo. ¿Pero a qué facción? Los Predicadores no tenían tanto peso; la cosa estaba entre los otros, así que… al cincuenta por ciento. ¿La gente de Aguirre y Balaguer, el Secretario? ¿O los de Vallejo, el más influyente de los Portadores de la Luz? No tenía forma de saberlo, y no lo iba a echar a suertes. Necesitaba averiguar primero qué era la mercancía. Pero el único nombre que tenía era el de ese Oliveira. Necesitaba saber quién era y para quién trabajaba ese tío, y por qué no apareció para comprar la mercancía a Moznik. Ahí había empezado todo.
–¿Tú no sabrás quién es un tal Oliveira, verdad? ¿Te suena ese nombre?
Blix interrumpió su soliloquio como si Morel la hubiera importunado en mitad de algo trascendental, y con cierta irritación, tras pensar unos segundos, se limitó a contestar: «no», tan lacónica como antes.

Oliveira era la clave para averiguar quién estaba detrás de todo y estar en condiciones de pactar un regreso seguro. De lo contrario, tendría que irse para siempre o lo liquidarían. Y ahora, seguramente, también a Blix… Que hubieran mandado a Santamaría para detenerlo no lo tranquilizaba demasiado: sabía que no todos los de la Autoridad estaban pringados, pero nada impedía a los que sí lo estaban liquidarlo en cuanto estuviera en custodia. De todas formas, iba a ser complicado dar con Oliveira, porque podría estar ya muerto, como Moznik, o fuertemente protegido. Para eso le vendría bien Blix, que podía colarlo en sitios. Si no se lo habían cargado y conseguía dar con él, averiguaría qué era la mercancía y quién la quería. O quién no quería que otro la tuviera, que venía a ser lo mismo. Así tendría con qué negociar. Otra cosa muy distinta sería hacerse con la mercancía… su ubicación sólo Moznik la conocía. La llave que le requisó seguramente tenía algo que ver, parecía importante. Pero ponte a buscar una cerradura que encaje en Madrid. Quizá sus guardaespaldas, los Súcubos que iban con él, sabían la localización; pero a éstos los tendría la Autoridad, y cualquier información útil ya se la habrían sacado a hostias o por medios aún peores. Mientras Morel se comía la cabeza, sacó del mueble bar de la habitación una botellita de whisky, y se puso a bebérsela a pequeños tragos. Le ayudaba a concentrarse, y era bueno para el dolor.

Esta vez fue Blix la que lo sacó a él de sus pensamientos. Había terminado su conversación con amigos imaginarios y estaba más apaciguada, aunque no del todo serena.
–¿Por qué tienes la cara cosida?
Aunque le dolía y le tiraba mucho, con tanto ajetreo y reflexión Morel se había olvidado de las feas costuras que tenía en la cara como consecuencia de la emboscada. Claro, por eso la gente se quedaba mirándolo con cierto asco. Pero, para no haber ido a un hospital, Acosta le había hecho un buen apaño.
–Un mal encuentro con la gente de la que huimos. De cuando se cargaron al tío al que yo custodiaba.
Blix puso, de nuevo, cara de honda preocupación.
–¿El que vendía la mercancía que querían cargarme a mí?
–Sí.
–Lo gracioso es que para escapar de esos cabrones al final sí hemos robado el material.
–Sí, bueno… de todas formas, no era exactamente el mismo tipo de material.
–¿Y de qué se trataba, entonces? Me dijiste que era el tipo de instrumental con el que yo trabajaba.
–El tipo de instrumental que cabe pensar que use una Fabricante… con tus talentos. Ya me entiendes –Morel se esforzó para ser persuasivo, incluso controlando su aura, que podía revelar una mentira. Si Blix descubría el engaño, era el fin.
–No, no te entiendo. ¿Qué es? No me vengas con que no puedo saberlo, porque no creo que en estas circunstancias importe. Si me van a matar por ello tengo derecho a saberlo.
–En realidad yo mismo no estoy seguro de qué es. Únicamente tenía orden de arrestar a Moznik. Pero sé que es algo extremadamente valioso, como para matar por ello. Quien lo quiere es alguien de la Autoridad, porque son los únicos que sabían de la detención. Pero si no estamos muertos ya es porque no son todos ellos; las partes se están ocultando información.
–Y si huiste de ese tiroteo y estás escondido desde anoche, ¿cómo sabes que me habían implicado a mí en el asunto?
«Me cago en la puta», pensó Morel.
–Un soplo de dentro. Un amigo me llamó para ponerme sobre aviso y me dijo que había salido tu nombre a relucir. A alguien había que endosárselo, y te tocó.
–¡Hijos de puta! ¿Y ese amigo no te puede ayudar? ¿No te puede decir nada más?
–No he podido contactar más con él. De todas formas, ya no es seguro. Era un aviso de “escapa lo antes posible”.
–¿Por qué viniste a por mí?
–Te lo he dicho. No voy a huir, tengo que arreglar esto. Y te voy a necesitar. Como ya estabas pringada, no tenías nada que perder, pero yo sí que ganar. Lo hago por mí.
Una leve vacilación en el aura de Morel.
–Ya. ¿Y qué vamos a hacer ahora? ¿Qué se supone que debo hacer yo? Lo que hemos robado será para algo. Quieres entrar en algún sitio.
–Sí, claro. Mi plan era que me colaras en la sede de la Autoridad…
–¿Estás loco? Ni de coña me voy a meter yo ahí. ¿No tendríamos que ir en dirección contraria?
–Tú no tendrías que entrar. Tan sólo colarme a mí. Es verdad que acercarse es arriesgado. Por otro lado, no se lo esperarían.
–Pero, ¿para qué? ¿Estás loco?
–Para nada, al fin y al cabo. Fue mi primera idea, pero ya no sirve. Quería plantarme allí directamente, saltando sobre la Guardia y los Jueces, y dar con el responsable de la conspiración. Pero es mucho más complicado. Algunos están metidos en el ajo y otros no, pero no sé quién es quién. Incluso puede que alguien esté actuando de espaldas a su facción. Tenemos que aclarar eso antes de mover ficha. Saber quiénes pueden ser nuestros aliados contra los demás.
–¿Es que tenemos algún aliado?
–Depende de cómo lo quieras ver. Hay una facción que probablemente no nos quiere ver muertos.
–Probablemente.
–Si Santamaría, el Juez que casi nos coge, hubiera querido, estaríamos muertos. Pero venía a detenerme –pequeña pausa–. Detenernos.
–Claro, para torturarnos y sacarnos información, antes de meternos una bala en la cabeza.
–No, créeme. Conozco a ese tío, he trabajado con él. Además, somos nosotros los que no sabemos lo que pasa aquí. Quien quiera que nos quiere hacer desaparecer sabe todo lo que tiene que saber.
Blix empezaba a angustiarse de nuevo.
–¿Por qué no nos largamos? Toda la ciudad andará detrás de nosotros…
–Ya te lo he dicho. No serviría de nada, nos encontrarían tarde o temprano. Hay que arreglarlo.
–¿Y si no se puede?
–Podremos. Confía en mí.
Ella negaba con la cabeza, escéptica.
–Nos van a matar. Lo sé. De ésta no salimos.
–Espero que no. Pongámoselo difícil. Y si no, haz como yo: piensa en la siguiente vida.
–No quiero pensar en la siguiente vida. Allí no tendré a mis amigos.
Morel se preguntó si se refería a alguien real o a las voces con las que hablaba, pero no dijo nada. Blix se dirigió al mueble bar y sacó de él otra botellita, ésta de ginebra, y se la bebió casi de un trago. Morel se sentía culpable por haberla metido en este asunto. Antes o después sabrían que estaba con él, si no lo sabían ya, así que su vida corría el mismo peligro. Le diría la verdad, pero de momento aún no; seguía necesitándola, y tenía que colaborar de buen grado. Si le contaba todo, lo degollaría mientras dormía. La miró en silencio y pensó, de paso, que con lo que tenía en la cabeza no le vendría muy bien meterse un lingotazo, pero tampoco dijo nada. Era su vida.
–Y entonces, ¿qué? ¿Cuál es tu plan B?
–Hay un tipo al que tenemos que localizar. Ese Oliveira por el que te he preguntado antes. Era el comprador. Me imagino que un mero intermediario. Él nos podrá decir qué era la mercancía, y así quizá podremos encontrarla. O al menos sabremos ante quién responde, y así sabremos de qué va esto. Necesitamos el amparo de la facción que no nos persigue. Tendré que patear la calle y dar con ese tío, o con alguien que sepa de él.
–¿Vas a encontrar a un tío en Madrid sabiendo únicamente su nombre?
–No somos tantos. Hazme caso, patear la calle es mi especialidad. Sé cómo conseguir que la gente me diga lo que necesito.
–Ya –y lo miró con asco.
–Oye, una cosa, ya que me lo has recordado: ¿podrías quitarme los hilos? Debería llevarlos un día más, pero creo que la herida va cicatrizando bien, y es mejor si no voy por ahí llamando la atención con esta jeta de Frankenstein. Ya me han visto, así que habrán dado la descripción de un tío con la cara cosida. Es mejor que me los quites.
–Vale. ¿Qué uso?
–Joder, no sé, unas tijeras.
–¿Crees que en una habitación de hotel hay unas tijeras?
–Me cago en la puta, toma –y sacó de un bolsillo una navaja–. Pero ten cuidado, ¿eh?

Se sentó sobre la cama y Blix, poco a poco, fue cortando la sutura y sacando los trozos de hilo, tirando lentamente.
–Joder, tío, esto da mucha dentera –se quejaba.
–Sí, bueno, a mí sólo me duele una barbaridad, lo siento.
Ciertamente, fue muy doloroso para Morel, que daba algún que otro respingo, pero no se quejó. 
–Nunca te he preguntado: ¿qué significa eso de Blix? Si es que significa algo, vaya.
–¿No has visto Legend?
–Creo que no. No, no me suena.
–Una peli de fantasía de los años ochenta. Un cuento de hadas muy retorcido. Blix es el servidor del malo. Es un duende perverso. Siempre me ha encantado ese personaje. Quería matar a los unicornios y acabar con la magia del mundo.
–¿Y eso te gusta?
Se encogió de hombros.
–El mundo no tiene magia. Al menos para mí no. Así que… que se jodan los demás. Los putos caballeros y princesas que sí tienen unicornios e historias felices.
–¿Y cómo acaba la peli?
–Triunfa el bien. Te lo he dicho, es una peli de fantasía.
–Claro.

Mientras Blix le contaba esas cosas raras que delataban lo loca que estaba –Morel, además, creyó recordar la película, y si era la que él pensaba, era una auténtica mierda–, y terminaba de quitarle las suturas, él tuvo una idea. Debió de ser por el whisky, claro. Se acordó de la pequeña llave de Moznik, y se fijó en que no llevaba llaves de coche. El guardaespaldas eslavo al que se cargó debía de ser también su conductor, porque de seguro no llegó andando a la Cueva. Tampoco se imaginaba a Moznik y su troupe cogiendo el metro. El aparcamiento más cercano era el de Santo Domingo, donde él mismo había aparcado su desventurado Laguna. Y aunque la Autoridad tuviera a los Súcubos, del cadáver del eslavo se habrían desecho según el procedimiento habitual: un crematorio en el cementerio de Fuencarral, donde los caídos incineran a los suyos cuando palman, para ahorrarse preguntas de los mortales. Con suerte no habrían cogido sus cosas, y quizá aún siguieran allí. Si conseguía las llaves y daba con el coche –cuestión de probar en el aparcamiento–, podría mirar el navegador y comprobar adónde habían ido antes. Eso le daría una pista interesante. Era difícil, pero por echar un vistazo no perdía nada. Por otro lado, podrían estar esperándolo, aunque era poco probable. Dejaría a Blix en la habitación y se acercaría él solo. 




La ley de los caídos © D. D. Puche, 2017. Todos los derechos reservados.

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