Mostrando entradas con la etiqueta La abadía de la locura (Relato). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La abadía de la locura (Relato). Mostrar todas las entradas

1 de noviembre de 2017

LA ABADÍA DE LA LOCURA (Relato)



La abadía, construida tres generaciones antes según ese caprichoso estilo que venía del norte de Francia, se erguía sobre las escarpadas rocas como si quisiera alcanzar el cielo, negro como el carbón, sacudido en ese momento por la feroz tormenta. Abajo, en el retorcido sendero que conducía hasta ella, serpenteando por la ladera, el Inquisidor Bramandi se detuvo un momento a descansar. Contemplándola, pensó que ya en su hechura se advertían atisbos de soberbia, algo desmedido e intolerable que exigía que ese lugar fuera purificado y a continuación echado abajo. No entendía ni cómo se había permitido que fuera levantado, con esas agujas, esa verticalidad y esa liviandad, casi flotante, que no podía proceder del ingenio humano. Decían que los maestros constructores del norte de Francia ‒qué vendrá bueno de ese país‒ ponían en práctica conocimientos que los Templarios habían traído del este. A saber lo que los Caballeros de Cristo habían descubierto; a Bramandi nunca le parecieron muy de fiar (antes bien, eran un contrapoder en el seno de la Santa Madre Iglesia con el que había que tener cuidado, y que llegado el momento tendría que ser sometido por su Santidad, que no podía permitir algo así). Menos aún desde que, se decía, esos heterodoxos defensores de la fe habían tenido contacto con los sarracenos, a los que no siempre se enfrentaban en el campo de las armas; y quizá en el Templo de Salomón habían hallado algún secreto antiguo que no debía ver la luz del sol. Algo de eso empañaba las estructuras y los muros, las torres y amplias ventanas de la abadía de Santa María de Neracqua, famosa por las aguas oscuras del manantial de montaña sobre el que fue erigida y de las cuales, se suponía, había de ser guardiana.

En efecto, de esas aguas se contaba que podían hacer enloquecer a quien las bebiera. Procedían de un manantial subterráneo que descendía del próximo Picco della Tempesta, en el noreste de Italia, cerca de Bresanona. Esa tarde, ya caído el sol, hacía honor a su nombre, pues descargaba un tremendo aguacero, interrumpido por furiosos truenos. La ascensión a la abadía tenía algo de penitencial, de enfrentamiento, incluso, a una prueba del Señor; cuanto más se acercaba la delegación de la Santa Inquisición, más arreciaba la tormenta, como si algo, en efecto, los pusiera a prueba, o quizá, quisiera impedir su llegada. Si éste era el caso, lo que estaba claro es que la voluntad de Bramandi no sería quebrada por nada ni nadie. El servicio al Señor era para él algo que iba más allá de la vida misma. Tenía un cometido, y lo cumpliría pasara lo que pasara.

El grupo estaba formado por una veintena de hombres, entre los que estaba Bramandi, al mando; los padres Infuzza y Sincero, en calidad de asistentes personales ‒secretario y fedatario, respectivamente‒; una docena de soldados a sus órdenes, y unos cuantos porteadores y criados. Habían salido tres días antes de Milán, enviados por el cardenal Allodola, preocupado por las siniestras noticias que llegaban de la abadía, o para ser más exactos, de la vecina aldea de Villalobrega, que le pertenecía; al parecer, la abadía había cerrado sus puertas dos semanas antes, no se sabía nada de los monjes, y se temía que allí dentro estuvieran ocurriendo cosas que no eran propias de hijos de Dios. Se oían ciertos ruidos en la noche, como aullidos, que no eran de lobos ‒los aldeanos los conocían bien‒, así como risas y diríase que gemidos, y el viento traía a las casas susurros que insinuaban blasfemias indescriptibles.

La mala fama de las aguas que pasaban bajo la abadía ‒las aldeas vecinas bebían de otro arroyo que descendía del deshielo de un pico próximo‒, para volver a desaparecer en las rocas e ir a parar no se sabe adónde, parecían tener algo que ver con esto. Pudiera darse el caso, ciertamente, de que los monjes hubieran bebido de ellas ‒pero, si era así, ¿por qué?‒ y se hubieran enajenado. Su misión era ser el baluarte que protegiera al mundo de esas aguas, que estaba escrito que provocaban rabia, bestialismo, comportamientos blasfemos en extremo y hasta casos de posesión demoníaca; había causas abiertas por la Inquisición donde todo esto estaba minuciosamente examinado y registrado, y había sido purgado por el fuego redentor. Había que taponar, por así decirlo, ese mal que afloraba desde las profundidades (la morada del Enemigo, donde nunca llega la luz), y el corcho era la abadía. Ahora bien, si los monjes habían cedido a la tentación y se habían dejado contaminar por esas aguas negras, la defensa había quedado abierta de par en par. No eran los altos muros de la abadía ‒esos que ahora Bramandi observaba con desaprobación y casi con un sentimiento de que, desde el principio, algo había estado corrompido allí‒ los que protegían a los habitantes del valle y al mundo, sino los hombres a su cuidado, los que con su fe debían ser muros vivientes contra la tentación. Alguno de ellos tuvo que ser el eslabón débil y los demás cayeron detrás, sin duda. Ahora el sitio entero había de ser sometido a escrutinio y limpieza. Ésa era la misión de Bramandi, y pensaba llevarla a cabo aunque tuviera que mandar de vuelta con el Creador a cualquier ser vivo que hallara ahí arriba.

Sin embargo, no hallaron ninguno. La llegada a la abadía fue escalofriante, y resultó obvio que algo demoníaco había impregnado el lugar, hasta el punto de que Bramandi tuvo que ser muy duro con sus hombres, que se negaban a entrar y querían volver a toda prisa monte abajo. Incluso los soldados dudaron, y los padres Infuzza y Sincero, que habían presenciado cosas que hacían peligrar la cordura, no dejaban de rezar y persignarse y de pasar las cuentas del rosario entre sus dedos. Las grandes y recias puertas de madera del exterior estaban atrancadas, y los forcejeos de los soldados con ellas nada pudieron hasta que, pasadas casi dos horas, hicieron mella suficiente en la madera para poder introducirse uno a uno y abrir desde dentro. Ahí empezó lo abominable, cuando la delegación entera pudo entrar y hallaron el patio central de la abadía lleno de cadáveres degollados de cabras. En los corrales también había gallos y gallinas decapitados, todo estaba lleno de sangre, y con ella se habían dibujado círculos en el suelo y se habían escrito inmundos mensajes en su interior. En los establos, los pocos burros y caballos de la abadía habían corrido una suerte similar. Aquello era un holocausto blasfemo, y Bramandi declaró ante todos que estaban ante la obra de Satán, pero que la luz del Señor los guiaría y protegería, así que nada tenían que temer si seguían sus instrucciones.

Dentro ya del edificio de la abadía, entre sus muros de piedra, todo fue a peor. Hallaron monjes muertos en el comedor, en sus celdas, y hasta en la propia capilla. El olor a descomposición, tan sólo de unos pocos días, era ya de por sí insoportable; mucho peor su contemplación. Estaban desnudos o a medio vestir, y casi todos llevaban toscas coronas de espinas ‒con las grisáceas caras cubiertas de hilos de sangre seca que les caían de frente y sienes‒ y se habían hecho heridas en muñecas y tobillos que imitaban los estigmas de nuestro Señor Jesucristo. Asimismo tenían cortes y desgarros por todo el cuerpo, y se habían escrito letras del antiguo hebreo en la carne (algo que llamó mucho la atención de Bramandi, porque la mayoría de aquellos hombres tenían que ser analfabetos). Algunos se habían cortado, o les habían cortado, dedos, orejas, lenguas, o incluso se habían sacado los ojos, quizá por el horror que habían presenciado. En algún caso, sobre todo en el comedor, también los genitales, aunque varios, en las celdas, fueron hallados muertos en parejas, en posturas claramente sodomitas, como si alguien los hubiera degollado durante el acto. Uno, en la cocina, estaba decapitado, con la cabeza sobre el pecho y una de cerdo donde habría estado la suya. En la capilla habían crucificado boca abajo a un hermano, sustituyendo el crucifijo, que estaba hecho añicos en el suelo y sobre el que habían defecado y orinado. Toda la abadía estaba llena de sangre, semen y heces; el olor era horripilante y peor aún era la atmósfera de muerte y pecado mortal que allí reinaba.

Casi toda la delegación vomitó y hasta lloró, y Bramandi tuvo que hacer repetidos esfuerzos, y amenazar con el suplicio en esta vida y en la próxima, que él tenía la autoridad de asegurar, al que cediera al miedo y huyera. Pero él mismo, aunque fingiera una firmeza imperturbable, tenía el alma helada, y le costaba disimular el temblor de sus manos y su mandíbula ante el pavor que contemplaban. El demonio se había impuesto allí como no lo había visto en lugar alguno; ni siquiera entre los dulcinianos, que Dios sabe que estaban poseídos y merecieron el fuego redentor como nadie. Particularmente turbador fue encontrar en su celda al abad, muerto sobre una cabra asimismo degollada, como él, en postura tal como si la estuviera cubriendo, con unos genitales en la boca que no eran los suyos; según determinaron después, eran los de un macho cabrío. En sus ojos abiertos, aunque blanquecinos, acuosos, había una expresión de locura y depravación que ya de por sí resultaba insoportable; qué horrible era intentar comprender lo que poseyó el alma de aquel siervo de Dios Todopoderoso para que acabara así. Aunque Bramandi sabía que ése era el origen de toda perdición, el resquicio por el que se colaba siempre el diablo: intentar comprender al pecador.

El Inquisidor dio orden de no tocarlo, de no mover ningún cadáver, no alterar nada, ni siquiera para devolver a aquellos cadáveres un resto de dignidad cristiana; su solo contacto podía contaminar a los miembros de la delegación ‒ver todo aquello, de por sí, era harto peligroso para el alma‒, y únicamente el fuego purificador podía arrancar esos cuerpos de las garras del diablo. Sus almas ya eran otra cosa, y sólo del Señor dependía, aunque Bramandi apostó para sí a que el Enemigo era ahora su dueño y estarían ya en el infierno, juzgadas y declaradas culpables.

Según el recuento de hermanos que hicieron, les faltaban aún dos. Tenían que asegurarse de que ninguno hubiera escapado: todos los cadáveres debían estar allí, y si encontraban alguno con vida, su cometido era juzgarlo y, tras haberlo hallado ineludiblemente culpable, ejecutarlo en el sitio y entregarlo también a las llamas. El mal debía quedar confinado en la abadía.

En la biblioteca hallaron uno de los dos cadáveres restantes, sentado en el scriptorium, sobre un gran charco de sangre, una costra seca ya, con un cuchillo clavado en el vientre y evidentes indicios de habérselo clavado él. Debía de ser el hermano Mateo, el bibliotecario, único monje de Santa María que sabía leer y escribir. Bajo su cabeza, apoyada en la mesa, había varios libros abiertos, tomos antiguos de demonología con horribles dibujos del Anticristo y los demás Caídos, corrompiendo a quien era tan estúpido como para prestarles oídos. Además, había varios pergaminos que al parecer estaban escritos con la propia sangre del monje, que había mojado la pluma en la hemorragia de su vientre, la que terminaría por matarlo; había escrito en mitad de esa agonía, pese al dolor, y había dejado el último testimonio de aquellos torturados hombres. En sus confusas letras había someras descripciones de la presencia física del demonio allí, quien con visiones paradisíacas los había hecho salirse del camino de la luz y entregarse a salvajes placeres y actos de una abyección indescriptible. Tras días, o quién sabe si semanas, de esa aberración, de semejante Sodoma y Gomorra, en que los goces del cuerpo sólo fueron parejos a los terrores del alma, empezaron a matarse unos a otros; algunos se quitaron su propia vida, fuera por miedo o por vergüenza de lo que habían hecho. Una de las últimas anotaciones, particularmente repugnante, señalaba que «la carne del hermano Pietro era dulce como la de un lechón». Así que, concluyó Bramandi, el monje que les faltaba probablemente había sido devorado por los demás, en una macabra celebración dionisíaca, puede que entregado voluntariamente a aquella burla obscena de la comunión.

Constatadas todas las muertes, y en espera de que el fuego consumiera aquel mal y derruyera el edificio, maldito para siempre, quedaba todavía una tarea imprescindible por hacer. Habían muerto todos los pecadores, pero la fuente del pecado seguía intacta, así que el Inquisidor dio orden de encaminarse a ella. En un ala de la abadía estaba la capilla cuyo altar, consagrado a Santa María de Neracqua, había de ser el sello que protegiera al mundo de mal de aquellas profundidades. Curiosamente, la imagen de la madre de Nuestro Señor no había sido profanada, y en esa capilla reinaba el orden y la pulcritud. Al encontrar por fin algo no profanado, los hombres se postraron ante la talla y le rezaron varias avemarías.

En un lateral de la capilla, flanqueada por las tumbas de los hermanos fundadores de la abadía, se hallaba la escalera que descendía al inframundo, a las fuentes de la maldad. Escoltado por los padres Infuzza y Sincero y los soldados, que portaban las antorchas, descendieron al pozo por la larguísima y estrecha escalera de piedra, dando vueltas durante tanto tiempo que les pareció una eternidad. La humedad y el frío eran terribles allí ‒las piedras estaban cubiertas de extraños líquenes‒, tanto más cuanto más bajaban, y ocasionales corrientes de aire los hacían estremecerse de algo que no era solamente frío. Un olor fétido fue haciéndose mayor a medida que se acercaban a su destino, y supieron que estaban cerca. Todos los hombres rezaban y se santiguaban, temerosos de lo que pudieran encontrar allí abajo; quizá al propio demonio en persona.

En el rellano al que al fin llegaron había una puerta de madera podrida, con cerraduras grandes y sólidas, que se encontraban abiertas. Llevaba tiempo así, como evidenciaba el hecho de que entre la puerta y la pared de roca había densas telarañas. Precedido por dos asustados soldados, Bramandi entró en el recinto tras esa puerta. Las antorchas iluminaron tenuemente una cueva excavada en la roca viva, el lugar del pozo original sobre el que se levantó la abadía como muralla. El manantial afloraba en ese punto, en una suerte de cisterna natural, para volver a hundirse bajo la roca quién sabe hacia dónde.

Bramandi se adelantó, y con suma cautela y algunas oraciones murmuradas entre dientes, se asomó a las oscuras aguas. Eran como un espejo negro en el que pudo ver su rostro, un lado vagamente iluminado por las antorchas y el otro totalmente en penumbra, apenas silueteado. Algo que vio lo sobrecogió, algo tras su propio reflejo, otra figura que lo miraba no desde las aguas ‒pues allí no había nada‒, sino desde sus propios ojos en ellas reflejados. Ese algo le heló la sangre y de repente comprendió su error. Dando un paso atrás, con el corazón encogido, previno a los demás contra tocar o mirar siquiera el agua; insistió en que no se acercaran. Allí no había nada más que hacer, tenían completar su tarea cuanto antes e irse.

Ascendieron de nuevo y el Inquisidor dio instrucciones muy precisas. Ningún cuerpo, ni humano ni animal, debía ser tocado. Todo debía ser quemado, tal cual estaba, y había que prender fuego a la propia abadía. Sus oraciones, la lectura de pasajes de la Biblia y el agua bendita con que rociarían sus muros, serían su último adiós mientras ardía y las llamas purificaban el lugar del mal que lo había infestado. Lo mejor que podía ocurrir es que los escombros bloquearan la entrada a la escalera de piedra y nunca nadie más pudiera volver a bajar. Ese pozo a otro mundo debía quedar cegado para siempre. Y así fue. La abadía ardió, y horas después un muro cedió a las llamas y se vino abajo, colapsando parte de la estructura. Un derrumbe parcial impediría que en aquel tétrico cementerio de almas entregadas al diablo nadie volviera a entrar jamás. El lugar sería anatema desde aquel día y pesaría pena de excomunión sobre cualquiera que osara adentrarse en sus ruinas.

Pero el mal no se acabaría con eso, y Bramandi lo sabía. Lo vio en el reflejo del agua. Había visto tras su propia imagen, o más bien compenetrado con ella, en el lado oscuro de su rostro ‒como si en el momento mismo de mirar el espejo líquido hubiera penetrado en su alma a través de sus ojos‒, la efigie de una mujer. Una mujer de una raza extraña, una hembra poderosa, ancestral, tan antigua como el mundo, alguna vieja diosa de nombre olvidado hacía siglos, que otrora fue adorada y festejada en quién sabe qué horribles lenguas y ceremonias, y de la que la cristiandad había borrado hasta el recuerdo. Pero su poder permanecía en aquellas aguas negras, su puente con este mundo, y había regresado a éste a través de aquellos insensatos que, debiendo impedirlo, la habían liberado al ceder al impulso de contemplar las aguas negras. Esas aguas negras que habían quedado en el nombre de la antigua aldea que hubo allí antes de la abadía, de la que ésta heredó el nombre, Neracqua, y no sólo el nombre. Los nombres portan espíritus, son posibilidades de recuerdo, de evocación. Algo había subsistido en la extraña forma en que los hermanos de aquella abadía rendían culto a Santa María de Neracqua, de una forma licenciosamente familiar y próxima, casi más como una hermana que como una madre. Siempre se había dicho. Aquellos hermanos que habían terminado bajando al pozo, Bramandi lo sabía con certeza, y se habían deleitado en ver su rostro en el agua, con una vaga figura femenina sobrevolándolo, y seguramente habían besado ese otro rostro, y habían bebido el agua, y quizá hasta se hubieran bañado en ella y cosas peores. Por eso habían respetado, arriba, en la capilla, la efigie, que no era la de María, sino la de la Diosa Sin Nombre, al menos para ellos. Habían profanado las imágenes del Padre y del Hijo y se habían entregado al impío culto a la Madre, cometiendo toda clase de atrocidades y gozando con los pecados capitales de la gula y la lujuria, combinándolas además de formas más aberrantes de lo que ya son por separado.

Y él, Bramandi, había cometido un terrible error. Fue un necio y miró las aguas, cuando tendría que haber sabido que querer saber es ya el gran pecado, la condenación de Adán, y de Lucifer antes de él, quien por eso quiere hacer caer a todos en la misma trampa de la soberbia. Él había mirado las aguas y ahora sentía la voz de la Diosa en su alma, carcomiéndola lentamente. Era de carácter y fe firmes como el acero, y sus conocimientos de teólogo e Inquisidor lo protegían en gran medida, pero sabía que algo crecería dentro de él hasta derrotarlo, y no sería fácilmente perceptible, ni por otros ni por él mismo; una vez que lo hiciera, perdería todo control de sí y se entregaría a secretos placeres, deliciosos y terribles a la vez, y sería un enemigo de la Madre Iglesia y del Padre escondido en su propia casa. El más peligroso enemigo. Siervo leal incluso más allá de la muerte, como era, sabía que sólo tenía una opción. Pero todo se agravaba, porque sus hombres con toda probabilidad estaban también infectados por lo que habían visto, y porque se habían postrado ante la talla que parecía la Madre de Dios, pero era la Madre del Vicio, una Lilith pagana, y le habían rezado, le habían encomendado su alma. No podían estar limpios. Su mancha se extendería lenta e imperceptiblemente, pero de forma imparable.

Esa madrugada, abajo, en Villalobrega, tras haber comido algo en la posada y subir a la habitación que le cedieron, tomó una decisión. Los padres Infuzza y Sincero estaban ya en su habitación, compartida. Los demás hombres, más mundanos, seguían en la posada, bebiendo para olvidar el horror que habían presenciado; eso sí, amenazados con el castigo más terrible si contaban a los lugareños algo de lo sucedido. Sólo podían decir que ninguno de la abadía había quedado vivo, que un gran mal había sido erradicado a tiempo, y que nadie preguntara más ni se acercara a las ruinas, que aún continuaban ardiendo. El Inquisidor hizo llamar a uno de los soldados y le dijo que cogiera un caballo y corriera a Milán para entregar una carta lacrada al cardenal Allodola. Así lo hizo y partió inmediatamente. Lo que no sabía es que esa carta explicaba brevemente lo ocurrido y advertía al cardenal de que ejecutara sin demora al portador de la misma. Así debía proceder igualmente con el resto de la delegación, a su regreso a Milán. Los padres Infuzza y Sincero y todos los demás debían ser ajusticiados sumarísimamente para atajar el gran mal que amenazaba con escapar de las ruinas de la abadía. En cuanto a él, estaría muerto cuando la nota fuera leída. Sus hombres, poseídos por Satán, iban a asesinarlo esa misma noche en su habitación; les había oído decirlo, todos conspiraban contra él. Y efectivamente, a la mañana siguiente, para consternación de todos, lo encontraron ahorcado en su habitación, colgado de una viga de madera. Todo lo que pudieron hacer, sin entender nada, salvo que el horror lo había vencido, fue llevar su cadáver a Milán, ante el cardenal. Allí les esperaba la muerte.

El cardenal, pensó Bramandi mientras escribía la carta, no necesitaba conocer la verdadera historia, ni la entendería; demasiado larga y compleja para explicarla en tan breves líneas. Y tampoco podía presentarse vivo ante él para hacérsela comprender ‒intentar comprender al pecador es lo que contagia el pecado‒, porque lo hubiera considerado poseído, como de hecho él se consideraba, y lo torturaría y ejecutaría; pero con toda probabilidad exoneraría a los padres y a los demás hombres, a los que las pesquisas de otros inquisidores hallarían limpios de algo que no estaban preparados para entender porque no habían visto su reflejo en las aguas, ni a la Diosa a su lado. Todos los que estuvieron en la abadía tenían que morir, y su propia muerte debía ser la primera y propiciatoria de las demás. Como la muerte de Nuestro Señor, la suya limpiaría el pecado; no el de toda la humanidad, pero sí la del puñado de hombres que habían estado en el infierno e inadvertidamente traían la más contagiosa de las enfermedades de vuelta consigo.




La abadía de la locura, © 2017 D. D. Puche. Contenido protegido por SafeCreative.

Si te ha gustado este relato, quizá te interese leer mis novelas, publicadas por Grimald Libros. En mi página de autor de Amazon las encontrarás todas. También están en Iberlibro, Barnes & Noble y otras librerías, tanto en papel como en todos los formatos digitales.

También puedes seguirme en Twitter y Facebook. ¡Nos vemos!


alt="abadia de la locura, d d puche"