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4 de septiembre de 2017

EL INFIERNO Y LA NADA (cap. 2)


Seguimos con el adelanto de El infierno y la nada, la novela que aparecerá en otoño de este año, ambientada en el mundo de Balada de los caídos, pero esta vez situada en Madrid y protagonizada por Salvador Morel, un Juez de los caídos. Aquí puedes leer el primer capítulo si no lo hiciste ya.  


Llegaron a un estacionamiento subterráneo cerca de la plaza de Santo Domingo y descendieron por las escaleras, Morel siempre detrás, guiando a su prisionero, aunque llevaba la pistola enfundada. No parecía que Moznik fuera a hacer nada raro; sin sus escoltas no presentaba peligro alguno. Aun así, Morel no dejaba de mirar hacia atrás; tenía un presentimiento extraño, y la experiencia le había hecho desarrollar ese olfato para los presentimientos, de los que se fiaba como si estuviera viendo u oyendo claramente algo. De todas formas, para un caído eso es normal. Su percepción no está atada al espacio y el tiempo del mismo modo que la de los mortales.

Cuando llegaron abajo, a la planta en que tenía el coche aparcado –un Laguna negro–, la extraña intuición se intensificó. Al salir de las escaleras Morel llevó a Moznik tras una columna, desenfundó lentamente su Glock y se detuvo a percibir lo que había allí abajo. Cualquier sonido, cualquier sombra extraña, cualquier olor. Notaba algo, una presencia de caídos, pero muy tenue y difícil de precisar. Se giró sobre sí mismo y caminó unos metros, y la sensación estaba ahí, flotando en el aire, pero sin llegar a concretarse en nada. Si un caído había estado allí, había dejado un rastro, pero casi imperceptible.
–¿Qué pasa? ¿Qué haces? –preguntó, muy nervioso, Moznik.
–Cállate, coño.

Pero como no captó nada claro, guardó el arma, todavía receloso, y guio al detenido hasta su coche, donde lo hizo sentarse en el asiento del copiloto. «Como hagas algo raro por el camino, me enfado, ¿eh?», le dijo antes de cerrar la puerta. Tomó asiento, arrancó, encendió las luces, y salieron por la rampa a la noche del centro de Madrid, una de esas noches bulliciosas en las que uno diría que hay más gente en la calle que durmiendo. Salieron a la Gran Vía en dirección al Barrio de Salamanca, donde tenía su sede la Autoridad de los caídos de Madrid. A Morel le encantaba conducir de noche. Le parecía muy relajante recorrer las calles iluminadas sin el tráfico del día, sin tener que detenerse en cada paso de cebra, pero aun así sintiendo los latidos de la vida nocturna de la ciudad, viendo los letreros luminosos de los espectáculos y los restaurantes y los grupos de gente que salían de fiesta, aglomerándose en las aceras. Había algo en la ciudad encendida por la noche que la hacía parecer un tanto onírica, como un ensueño, frente a la vigilia y la rutina del día.

Moznik rompió ese agradable ensueño:
–No tienes por qué hacerlo, amigo, de verdad.
–Que te calles… –le contestó irritado.
–Puedo ofrecerte mucho dinero. Tú di que me he escapado.
–Si tú te escaparas de mí yo quedaría con el mayor gilipollas de la ciudad. No hay dinero que pague eso.
–Lo que sea, tío. Mira, puedo conseguirte lo que tú quieras. Eso soy yo, un conseguidor. Si no te interesa la pasta, dime lo que quieres y lo tienes. Mujeres, hombres, drogas exóticas, material prohibido… lo que a ti te guste. No sé, dime tú: ¿qué te gusta?
–Me gustaría que cerraras la puta boca o te la voy a partir contra el salpicadero. Ya te he prevenido contra eso, ¿no? Pues no empeores tu situación intentando sobornarme.
–Pero…
–Chsss.

Morel intentó volver a las sensaciones de las que estaba disfrutando, aunque un pensamiento le rondó la cabeza y lo distrajo de nuevo: ¿qué era esa presencia extraña que notó en el aparcamiento? Le incomodaba mucho el no haberla podido captar con mayor claridad, porque sin duda alguien había estado ahí; era una presencia residual, la huella de otro caído, y muy reciente. ¿Casualidad? ¿Justo antes que ellos, en ese mismo estacionamiento? Demasiada casualidad sería, pensó, que en una ciudad con unos cuatrocientos caídos uno hubiera estado en ese sitio minutos antes. No, no era coincidencia. Pero entonces, ¿qué? «Mierda», se dijo, «ahora no voy a poder dejar de comerme la cabeza».

Pasaron la Puerta de Alcalá, el símbolo de la ciudad, y siguieron por la calle de Alcalá hasta girar a la izquierda en Velázquez. Una recta larguísima hasta que llegaran a su destino, con un último giro a la derecha al llegar a Ortega y Gasset. El entorno se tornó más residencial y lujoso, y los cines y teatros y restaurantes de comida rápida dejaron paso a locales más selectos, de esos a los que hay que ir con reserva, o incluso de los que hay que ser socio y llevar corbata. A Morel le gustaba la zona, cómo no; era bonita y elegante. Pero no le gustaban los ambientes tan selectos. No viviría allí ni en broma, y eso que podía permitírselo; un Juez cobrara un buen sueldo, y eso sin contar las mordidas –que, por otro lado, él no pedía ni aceptaba–. Pero siempre le gustaron entornos más populares. Morel era más de tasca, de vinos y anchoas, y cuando se terciaba un whisky. Por eso vivía en La Latina, en un pequeño apartamento muy humilde. No le gustaba el lujo y quería mantenerse fiel a sus orígenes.

No le gustaban las clases altas, que consideraba ajenas a la realidad, al ritmo de la calle, al corazón ubicuo que con su bombeo mantiene viva la sociedad, mientras aquéllas la parasitan. Y no le gustaban las clases altas ni de los mortales ni de los caídos. Era una situación paradójica, porque él trabajaba para ellos, para la Autoridad. Un puñado de los hombres y mujeres más ricos y poderosos de la ciudad, y hasta del país, cuya auténtica naturaleza los mortales no podían ni imaginar. Aunque tampoco eran famosos, celebridades; tan sólo gente conocida. De los de prensa económica y actos benéficos. El verdadero poder siempre huye de los focos. Si se hace ver, es que aspira a serlo pero nunca lo será. En teoría esa Autoridad era un órgano representativo de todos los caídos que vivían en el área de Madrid. Pero en realidad eran siempre los mismos; prácticamente una aristocracia en la que los cargos se heredaban o pasaban a quienes querían los que los ocupaban. Aun así, él hacía su trabajo, lo hacía concienzudamente, y se mostraba leal a ellos. Pero no porque ellos le importaran, sino porque hacía cumplir la Ley. Ésta era lo importante, con independencia de que los que mandaban fueran indignos de ella. Una Ley era mejor que ninguna, y debía ser acatada. «El mundo funciona», se decía a menudo, «porque hay gente como yo, que hace lo que tiene que hacer con independencia de quién mande. Porque si no fueran éstos serían otros, y probablemente no mejores. Pero la Ley es la Ley». Y si ésta cambiara, entonces él haría cumplir la nueva Ley. No le correspondía a él decidir qué era lo correcto, sino hacerlo cumplir.

–Estas argollas me hacen daño, hombre, ¿no puedes quitármelas? ¿Es que crees que voy a intentar escapar? ¿Después de lo que le has hecho a mi guardaespaldas?
–Tu guardaespaldas se hizo eso a sí mismo; nunca debió apuntarme con un arma.
–¿No puedes aflojármelas un poco al menos?
–Te las puedo apretar un poco más, a ver qué pasa.
–¿Por qué eres así? ¿Vas siempre en ese plan por la vida? Os dan un cargo y ya os creéis mejores que los demás, con derecho a pisotearnos sólo porque nos ganamos la vida.

Morel calló, pero Moznik no era muy partidario de viajar en silencio:
–Oye, mira, he intentado apelar a tu egoísmo, y lo sé, me he equivocado, pareces un tipo íntegro; no debería haber empezado por ahí. Pero es lo habitual, ¿sabes? Tienes que entenderme. Así que ahora apelo a tu integridad. No puedes llevarme ante tus jefes.
–Creo que todos los detenidos piensan algo parecido. Es como si, no sé, prefirierais que no os hubieran pillado.
–No, en serio, esto no es lo que parece, porque…
–Nunca lo es –musitó Morel, sonriendo y negando con la cabeza.
–… hay intereses en que yo no hable. No soy un cualquiera, ¿sabes?
–Pues es más o menos lo que me habías parecido. Un traficante de nivel medio con una orden de detención y extradición, tras ser interrogado aquí, solicitada por los mandamases de Zagreb. Menudo viajecito en un avión privado vas a hacer, amigo. Casi te envidio. Hasta que llegues allí, claro. Entonces no.
–Escúchame, tío. ¡Escúchame! ¿Vale? –Moznik se ponía más nervioso cuanto más se acercaban a su destino–. Ya sé que tú estás haciendo tu trabajo, que obedeces órdenes, pero lo que te han mandado hacer no es lo que tú crees. Me estás llevando al patíbulo.
–Eres demasiado dramático.
–¡No! No pueden permitir que hable. Es por lo que iba a vender, ¿no lo entiendes? No era una mierda cualquiera, era algo de mucho valor.
–Bueno, mira, no me importa…
Pero Moznik ya no estaba nervioso, sino más bien frenético:
–El material que he importado, ese por el que te mandan a por mí, no sabes lo que es, ¿verdad? Nadie lo ha visto, todavía está en mi poder y sólo el comprador sabe lo que es, pero aun así te han mandado a por mí. Eso quiere decir…
Morel frunció el ceño.
–Espera, ve más despacio. ¿Cómo que todavía está en tu poder? La orden dice que han interceptado un camión con artefactos de Forja importados sin licencia del este de Europa, potencialmente peligrosos. ¿Es que hay más? Todo lo que confieses ahora podría ayudarte.
–¡Lo que han interceptado es el típico contrabando con el que trabajo siempre! Y por eso no me habrían hecho detener; hay coleccionistas muy importantes entre la gente poderosa de la ciudad. Es por otra cosa que me encargaron… me ha costado muchísimo conseguirla… algunos no quieren que otros la consigan… lo del camión sólo es la excusa para detenerme y hacerme desaparecer…
A Morel le pareció que Moznik, simplemente, desvariaba. Pero sintió mucha curiosidad por lo que estaba diciendo, así que siguió preguntando:
–¿De qué mercancía se trata? ¿Quién te la encargó, y dónde la tienes?
–Tenía que haberme visto con un tal Oliveira anoche, en la Cueva –se refería al sitio donde lo había detenido, que era conocido por ese sobrenombre por algunos–, pero no apareció. Por eso volví hoy, pero me olía mal la cosa, y no estaba equivocado, porque has aparecido tú y…
–A ver, céntrate, sigue con eso que me estabas contando. ¿Qué pasó con el tal Oliveira? ¿No lo conocías? ¿Y qué era la puta mercancía?
–Yo nunca he visto en persona a Oliveira, no sé quién es; sólo hemos hablado por teléfono. Me dijo que me conocía por otro cliente satisfecho del Club Empresarial… Me preguntó si podía conseguirle la mercancía, le dije que lo intentaría, y él me hizo un anticipo por transferencia bancaria… cuando le dije que la tenía quedamos allí, pero él nunca se presentó a recogerla… esto es una trampa, me han tendido una trampa, porque…
–¿Pero de qué se trata? ¿Por qué iba alguien a querer matarte por esa cosa? ¿Dónde la guardas?
–Ah, no, no pienso decir dónde está, ése es mi seguro de vida, porque tienen que recuperarla, y…

Un estampido al que sigue un silbido. Morel lo escucha, hiriente y cada vez más próximo, un instante antes de que la bala atraviese la cabeza de Moznik, que se sacude hacia atrás y luego hacia adelante como un muñeco al que le hubieran cortado los hilos. A ese silbido le siguen otros, con un traqueteo de fondo de armas automáticas. Morel contempla la escena como a cámara lenta, viendo estallar la luna de su coche cuando la ráfaga le impacta y las balas llueven a su alrededor, alcanzando al ya cadáver de Moznik y también a él. Recibe impactos en el lado derecho del torso y en ese brazo; también una bala atraviesa su mejilla. Afortunadamente ninguna bala la acierta en el corazón o en la cabeza. Ni un ángel caído puede vivir sin ella, aunque sí con unos cuantos agujeros en el pecho; está muy bien tener un alma inmortal, pero necesita un cerebro en el que alojarse.

Se inclina hacia adelante, cubriéndose con el salpicadero, y pisa el freno. El coche se arrastra aún una decena de metros, chirriando sobre el asfalto hasta detenerse. Todavía agachado, mete la marcha atrás y pisa el acelerador mientras las balas atraviesan el frontal y el lateral derecho del coche, impactando muchas de ellas en el cuerpo inerte de Moznik, cuya alma ya ha sido liberada y esperará el momento de su siguiente encarnación. Pero Morel no tiene planes para reencarnarse pronto, así que retrocede una veintena de metros y da un volantazo hacia la derecha. Su coche destrozado choca con su parte trasera derecha contra un coche aparcado, y él aprovecha el momento para abrir la puerta y tirarse fuera. Se arrastra hacia la protección que le ofrece la parte delantera, cuyo motor puede detener las balas de un fusil, y saca su arma. Percibe a varios caídos aproximarse, por ambas aceras. Son tres. Uno debe de llevar un rifle de caza, con el que ha volado la cabeza a Moznik. Querían asegurarse de que no estuviera en condiciones de contar nada. El impacto vino del frente, no de arriba. Descartado el francotirador, así pues, aunque tampoco puede fiarse. Los otros dos llevan fusiles de asalto. Por el traqueteo característico deben de ser Kalashnikov.

Morel se concentra en la dirección en que percibe a uno de ellos, acercándose por su propia acera entre los coches aparcados, y dispara tres tiros muy juntos a través de las lunas. No está seguro de haberlo alcanzado; cree que no. Dispara otra serie hacia la acera contraria, para cubrirse. No puede permitirse que el del rifle le apunte a la cabeza; ésa es ahora mismo la peor amenaza. Los tipos de la otra acera parecen dejar de avanzar, pero eso es señal de que una mira telescópica podría estar buscando su frente. Tiene que moverse. Echa un último vistazo a Moznik, hecho un colador en el asiento del copiloto, con la cabeza inclinada sobre el pecho, empapado de sangre que mana de los muchos agujeros que le han hecho. Él también está sangrando mucho, y le duele, pero aún puede hacer un esfuerzo; sin embargo, el balazo que ha recibido en el brazo derecho no le permite apuntar bien. Sabe que tiene que largarse de ahí y buscar ayuda, a alguien que le cure sus heridas. A lo lejos suena una sirena de policía; debían de estar cerca, han oído el fuego y ya llegan. Eso le da una oportunidad; si huye ahora, los atacantes no podrán entretenerse yendo a por él, y su objetivo al fin y al cabo era el traficante. Aunque quizá no puedan dejar testigos. Sea como sea, tiene que huir. Le quedan cuatro balas en el cargador, nunca pierde la cuenta. Recarga ahí mismo, en cuclillas, y retrocede hacia la parte trasera del coche, empotrada contra otro. Se asoma tras éste y, sin mirar siquiera a su objetivo, hace cuatro disparos a su centro de masas, guiándose por su intuición. Una de las balas le da al sicario, al que ahora ve por primera vez –todo de negro, con un chaleco de combate y un verdugo, un AK-47 en las manos apuntándole–, en el centro del pecho, dejándolo fuera de combate. No llevaba chaleco antibalas. Perfecto; los otros tendrán que recogerlo y no podrán seguirle a él.

Justo en ese momento escucha el disparo y el silbido subsiguiente, y una bala del rifle pasa a escasos centímetros de su cabeza. Se inclina sobre la capota del coche y hace siete disparos seguidos, obligando a sus atacantes a agacharse, y entonces sale corriendo tras los coches aparcados, con la cabeza gacha, en dirección contraria, hacia la primera calle que corta a su izquierda, la calle de Ayala. Cuando cruza la esquina se siente a salvo. Las sirenas de policía, dos coches, están ya encima, y aunque quisieran ir a por él, tienen que recoger a su compañero abatido. Costaría mucho explicar por qué ese tío con una bala en el pecho no está muerto, sino paralizado, y ésa es la primera norma que rige sobre los caídos: no darse jamás a conocer entre los mortales. Sus propios empleadores los harían matar si eso pasara.

Y aun así, herido como está, habiendo perdido mucha sangre y con un dolor atroz –sobre todo en la cara, que tiene abierta–, corre todo lo que puede alejándose del tiroteo, y cambia de calle varias veces, por si acaso, buscando un lugar poco concurrido donde poder detenerse y pensar cuál será su siguiente paso, a quién acudir.

Tendría que haber llevado al exangüe Moznik a la sede de la Autoridad, pero no puede volver allí. Está muy cerca, pero pueden emboscarle por el camino otra vez, como ya lo han hecho. Se pregunta cómo demonios sabían que iba a pasar por allí, con quién y a qué hora, y recuerda además la sensación que ya tuvo en el aparcamiento subterráneo. En todo momento se ha sentido vigilado, y la paranoia de Moznik ya no le parece tal. Si sus sesos, desparramados por todo el habitáculo de su Laguna, pudieran hablar, dirían algo así como: «¿lo ves? Tenía razón, tío listo. Me querían muerto y tú me has llevado hasta ellos». Pero, ¿cómo cojones se iba a imaginar que el típico cuento de un detenido iba a ser tan cierto? Decía que alguien de la Autoridad lo quería matar para que no hablase acerca de lo que quiera que le iba a vender a un tal Oliveira, del que Morel no había oído hablar en la vida. Tampoco sabía de qué mercancía se trataba, porque Moznik no había llegado a decirlo, ni dónde se encontraba ahora ese poco efectivo “seguro de vida”. Fuera lo que fuera, preferían que no lo tuviera nadie a que cayera en las manos equivocadas. Desde luego, no se trataba de un caso corriente de contrabando. Por unos cochinos pergaminos viejos o unas armas espirituales no enviaban a un equipo de mercenarios a liquidar a un tío y al Juez que lo custodia.

Y no sólo es que pudieran esperarlo de camino al palacete de la Autoridad; es que, si las cosas que decía Moznik eran mínimamente verosímiles –y joder si lo parecían–, y teniendo en cuenta que nadie más sabía que pasaría por allí esa noche, podría ser cierto que alguien de dentro hubiera ordenado el ataque. Así pues, ¿cómo iba a plantarse allí, delante de quien probablemente había ordenado matarlos, sin saber quién era? No podía volver. Pero a algún sitio seguro tenía que dirigirse, lo cual excluía su apartamento, porque estarían esperándolo allí también. Fuera adonde fuera, tenía que darse prisa, porque se estaba desangrando y no podía ir por ahí, aunque fuera de noche, lleno de agujeros y sangre y sin media cara, que además le dolía horrorosamente. Necesitaba atención médica. Y en un caso así sabía a quién acudir.

Sacó la tarjeta SIM del móvil, se la guardó, y tiró el aparato en una papelera, tras partirlo; podían localizarlo a través del GPS. Dudó si llamar por teléfono a sus jefes. Por un lado, quien quiera que les hubiera mandado emboscar sabía que había escapado, así que fingir que estaba muerto para ganar tiempo no sería muy útil. Por otro lado, no dar señales de vida podría hacerlo sospechoso ante otros de haber tenido parte en el asunto. Así que decidió llamar, pero no estaba dispuesto a dejarse caer por allí para que lo remataran. Tuvo que recorrer varias manzanas hasta dar con uno de los pocos teléfonos públicos que aún quedan en Madrid, y tuvo suerte de encontrarse en el barrio en el que se hallaba. Echó las monedas, marcó el número y cuando contestó una voz que reconoció inmediatamente –la de Balaguer, el Secretario de la Autoridad–, se limitó a decir:
–Soy Morel. Me han atacado cuando llevaba a mi prisionero hacia allí. Él está muerto, lo han acribillado. Yo estoy malherido. Ha sido un equipo profesional con armamento militar. Me pondré en contacto en cuanto pueda, ahora tengo que colgar.

Y así lo hizo. A continuación, echó a andar, todo lo deprisa que le permitían sus debilitadas piernas, hacia el sur. Sabía adónde dirigirse. Un sitio que la Autoridad no conoce, o que por lo menos no relacionaría con él, y donde podría estar a salvo aunque fuera una noche. Entonces pensaría con más claridad qué hacer, porque desde luego tenía que hacer algunas averiguaciones en relación a lo que Moznik le había contado. Su vida quizá dependiera de ello, dado que era testigo de lo ocurrido y seguramente barajaran la posibilidad de que le hubiera hablado de la mercancía y del complot. Si era así, tendría un punto de mira sobre su cabeza. 




El infierno y la nada, © D. D. Puche, 2017. Todos los derechos reservados. Contenido protegido por SafeCreative. 

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