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11 de septiembre de 2018

EL EVENTO (1 de 2) [Relato]



−Lo llamaron el Día D. Tiene gracia, porque no se trató de una invasión, ni nada parecido. Al menos no una invasión como las conocíamos habitualmente. Ni siquiera hubo un desembarco…
−¿Por qué el Día D?
−Decía que tiene gracia porque fue por una estupidez, una simple casualidad. Aunque, bueno, estas cosas suelen suceder por simple casualidad. A veces las cosas más tontas son las que perduran. Pues verás, cuando sucedió, los primeros que llegaron al lugar, al menos los primeros con intención de tomar el control de la situación, fueron los de la armada china. Evidentemente, ya había barcos en la zona y, por supuesto, los Estados Unidos también tenían alguno de sus portaaviones por allí. Sin embargo, los chinos fueron más hábiles que todos los demás, o más decididos… como sea; fueron los que aseguraron la zona.
−¡Pues claro que fueron los chinos! ¿Quién si no?
−Bueno, hijo, en aquella época China todavía no era la potencia incontestable del mundo. La armada estadounidense todavía era la más potente del mundo, y Estados Unidos la nación número uno. Eso fue antes de su rápida decadencia… Aunque siguen siendo fuertes, los yanquis. El caso es que los chinos, al principio, tomaron el control de la zona, aunque había países mucho más cercanos.
−¿Y por qué no fueron esos otros los que tomaron el control?
−Hay diversas razones para ello… Algunos países sencillamente no tenían la potencia suficiente como para hacer nada al respecto, o como para evitar que otros más fuertes, como China, les pasaran por encima. Otros ignoraron completamente el evento, más temerosos que otra cosa. ¿Qué iban a hacer? En fin, hay zonas del mundo que ya tienen suficiente con lo suyo. Y otros, como los países musulmanes más próximos, directamente le dieron la espalda.
−¿Por qué? ¿No tenían curiosidad?
−Se dice que pensaban en… el evento… como algo pernicioso, algo demoniaco.
−¿Qué significa pernicioso, papi?
−Pues es algo… malo. Que puede traer problemas. Algo de lo que tener miedo, ¿entiendes? En verdad, al principio todo el mundo tuvo miedo. Hasta se dice que alguno de esos países, como Pakistán, estuvo a punto, pero a punto, de lanzar una bomba nuclear sobre el objeto. Aunque finalmente la presión internacional consiguió disuadirles. Fue un momento… delicado. Pero te estaba contando el porqué del nombre que se le puso, ¿no?
−Sí.
−Pues como te decía, los chinos se hicieron los jefes del asunto. Y dio la casualidad de que ese día, según el calendario chino, era el día en que comenzaba el año del Dragón.
−¿El año del Dragón?
−Sí… para ellos cada año está dedicado a un animal: el año del Mono, el año del Conejo… Pues ese día, justo, comenzaba allí el año del Dragón. Algunos… bueno, muchos, piensan que ese dato tiene algún significado oculto, pero en realidad la mayoría cree que es una simple casualidad. Al fin y al cabo, todos los días son el día de algo en alguna parte del mundo…
−Como el día de mi cumpleaños.
−Como el día de tu cumpleaños. Creo que ese día fue el cumpleaños de mucha gente… Pues eso, que era el comienzo del año del Dragón, y no tengo ni la menor idea de cómo se dirá dragón en chino, ni mucho menos de cómo se escribirá, pero el nombre quedó marcado para todo el mundo. Y el caso es que, como los estadounidenses eran la nación predominante culturalmente, simplemente se tradujo al inglés. Como allí dragón se dice dragon, fue el Día D, por la inicial de dragón. Y se quedó para siempre como el Día D. ¿Entiendes?
−Sí, papi.
−Como ves, una tontería.
−Papá, ¿tú qué estabas haciendo en aquel entonces?
−¿Yo? Buf, hijo… yo todavía estaba en la universidad, haciendo el doctorado.
−¿Y qué estudiabas, papi?
−¿No sabes lo que es papá? Soy biólogo, hijo.
−¿Qué es un biólogo?
−Es el que estudia a los seres vivos. Yo estudio a los seres que viven en el agua.
−¿Como Pinky?
−Sí… como Pinky. Estudio a los pececillos como Pinky. Aunque los que yo trato de comprender no viven en una pecera, como Pinky, sino en el océano. Y el océano es muuuy grande.
−¡Qué divertido!
−Sí, es muy divertido. Y yo estoy especializado en los peces más grandes de todos, las ballenas. Aunque en realidad no son peces, sino que son mamíferos, como un gato o un elefante. O nosotros mismos.
−¡Venga ya!
−Te lo juro, hijo. Son mamíferos. ¿Eso todavía no os lo han enseñado en el colegio?
−Mmm… no.
−Pues cuando llegue el día en que os lo enseñe vuestra maestra, tú ya lo sabrás.
−¿Y qué haces con las ballenas?
−Estudio su comportamiento, cosas como adónde migran, cuántas crías tienen, cómo se comunican… Ese tipo de cosas. A veces hasta he nadado con ellas en alta mar.
−¡Hala! ¿Y no te dio miedo? ¡Te pueden comer!
−Bueno, esas ballenas no eran de las que comen personas. Ninguna lo hace, de hecho. En realidad, aquellas con las que nadé sólo comen unos bichillos muy, muy pequeños que hay flotando en el agua, llamados plancton. Y las personas que nadamos con ellas les dábamos bastante igual. Sólo hay que tener cuidado con que no te den un coletazo, porque con lo grandes que son, te pueden hacer mucho daño.
−¡Qué guay!
−Pero sobre todo, lo que hago es estudiar los sonidos que hacen. Porque las ballenas hablan, ¿sabes?
−¡Qué van a hablar!
−Hablan entre sí. Y tienen un lenguaje muy complicado. Estamos tratando de descifrarlo empleando inteligencia artificial, con ordenadores, ¿sabes?, porque es muy difícil de comprender.
−¿Y qué dicen?
−Tan sólo hemos podido descifrar grupos de mensajes a un nivel muy básico. Cosas como mensajes de alerta, o para desplazarse a un determinado sitio, o de las crías hacia sus madres y viceversa. Pero no frases concretas, por así decir.
−Qué guay.
−¿Sabes qué es lo más curioso de todo? Y es en lo que mis colegas y yo, en el Seawolf, estamos trabajando desde hace algunos años. Es que, desde el evento, ha aumentado la complejidad de su lenguaje.
−¿Por qué?
−Bueno, eso es lo que tratamos de comprender. Pero empezaron a hacer más sonidos de los que teníamos registrados hasta entonces, y a combinarlos de un modo distinto. Por eso, lo que se sabía de ellas ha quedado un poco… desfasado, y ha habido que comenzar casi de cero. Eso es lo que hace mamá, también.
−¿Habla con las ballenas?
−Pues casi. Es lingüista. ¿Sabes lo que es eso? Estudia las distintas lenguas del mundo y las compara. Y ahora estudia la lengua de estas ballenas.
−¿Cuándo empezó a hacer todo eso?
−Poco después de lo que pasó. Como yo. Así nos conocimos. A bordo de un barco científico, en el Índico. ¿Sabes lo que es el Índico?
−No.
−Bueno, es un océano. Allí es donde sucedió todo aquello.
−¿El evento?
−Eso es. Verás, cuando aquella cosa… llegó, o apareció, lo hizo sobre el océano Índico, y allí se quedó todo el tiempo.
−¿Por qué?
−Nadie sabe por qué. Como te estaba contando, llegó un buen día, sin más. Los primeros indicios que se tuvieron fueron de barcos que había en la zona, como es lógico. Algunos mercantes y pesqueros de alta mar que, cuando amaneció, vieron aquella cosa suspendida en el aire. Pero se dice que algunos marineros de esas aguas, conocedores de los cielos, ya percibieron algo extraño la noche anterior. Fue una noche despejada, sin nubes, con luna llena, y se podían ver perfectamente la estrellas; y a eso de las cuatro de la madrugada, según contaron después, se dieron cuenta de que no podían ver el cielo, sino tan sólo un espesor negro. Como si al mar le hubieran puesto un techo. Como si de pronto… ¡plaf!, el cielo ya no estuviera allí. En los días siguientes se supo en todo el mundo, por observaciones hechas vía satélite, que el evento empezó exactamente a las tres de la mañana, cuarenta y un minutos y treinta y siete segundos. De esa zona horaria, claro. Por eso sólo unos cuantos cientos de marineros lo notaron al principio, y no fue hasta que amaneció que ya todos los demás barcos, y también aviones que sobrevolaban la zona, pudieron verlo claramente.
−Pero, ¿cómo es que nadie lo vio venir?
−Ésa es una de las incógnitas. Una de las muchas incógnitas. Tampoco lo sabe nadie. Al principio cundió el terror. Como te puedes imaginar, enseguida el mundo entero se despertó con la noticia, y no se volvió a hablar de otra cosa. De ninguna otra cosa. Pero claro, rápidamente corrieron toda clase de rumores y teorías. La mayoría era superchería, es decir, palabrería barata de gente irracional que quiere hacerse notar. Pero también, desde toda clase de instituciones serias, se plantearon mil y una explicaciones posibles. La primera de ellas, como tú mismo habrás pensado, es que se tratara de algo que vino del espacio, como un cometa o un asteroide.
−¡Una nave espacial!
−Eso es, como una nave espacial. El caso es que, de ser una nave espacial, ningún telescopio ni satélite la detectó, ninguno la vio venir. Y es extremadamente improbable que algo tan… grande, no fuera visto aproximándose a la Tierra. Además, hay tanta basura espacial alrededor del planeta que tendría que haber chocado contra algo, haber interferido de algún modo. Pero no se detectó nada. Nada. Y aunque aún hay gente que sostiene que esa cosa vino del espacio, bueno… la postura oficial es que no es así.
−¿Y tú qué crees, papi?
−Pues yo… no lo sé.
−Yo creo que salió del agua. Tuvo que venir del fondo del mar.
−Ah, ésa es otra de las teorías más famosas. Sí, mucha gente también defiende eso. Pero sucede lo mismo: había muchos barcos en la zona, y si una cosa tan grande hubiera emergido desde las profundidades, hubiera embestido a esos mismos barcos desde abajo. Los hubiera levantado, e incluso de no toparse con ninguno, al menos, hubiera agitado de forma tan notable las aguas que se hubiera notado a muchísima distancia. Algunos físicos hicieron este cálculo: si algo de ese tamaño hubiera emergido del océano, en el espacio de tiempo en que en teoría el objeto lo hizo, hasta estar suspendido en el cielo (es decir, muy despacio, en unas horas), habría desplazado tanta agua que produciría un maremoto con olas de decenas de metros de altura, que hubieran asolado las costas de la India, el sureste asiático, África oriental, el noroeste de Australia, y todas las islas del Índico. Hubiera sido devastador. ¿Y sabes qué? No hubo nada de eso. La gente se despertó tranquilamente en sus casas. Al menos hasta que pusieron las noticias, claro.
−Pudo salir de canto… y luego ponerse horizontal.
−Sí… hay teorías para todos los gustos. El caso es que llegara de fuera del planeta, o del fondo del mar, alguien lo habría visto moverse hasta su posición final, la que todos vimos. Hay infinidad de instrumentos de medición y de observación por todo el mundo, y ninguno registró movimiento o alteración alguna. Simplemente apareció allí.
−Como un fantasma.
−Como un fantasma. Tienes que pensar que no es como si cayera una pequeña piedrecita del cielo, que prácticamente se desintegra antes de llegar al suelo. Aquella cosa era realmente grande.
−¿Cómo de grande era, papi?
−Bueno, ya lo has visto en holos y vídeos, ¿no?
−Sí… pero, ¿cómo de grande era?
−Utilizaron láseres para medirlo. El objeto media exactamente cuarenta y cuatro kilómetros, ochocientos setenta y tres metros, veintiún centímetros con dos milímetros. Me lo sé de memoria. Creo que hasta sacaron décimas o centésimas de milímetro, pero ya no lo recuerdo. Eso de diámetro, porque de alto eran, si no me equivoco, dos kilómetros, seiscientos cuarenta y nueve metros, tres centímetros y algunos milímetros. Cuesta acordarse del número exacto. Para que te hagas una idea, era más largo que la distancia que hay desde aquí a casa de los abuelos.
−¡Hala!
−Cuando se hicieron públicos esos datos, una vez más, se elaboraron toda clase de teorías numerológicas sobre el significado de las medidas. Que si esas cifras encerraban algún sentido, que si aludían a alguna fecha concreta, que si señalaban el fin del mundo… Muchos se pusieron a contar letras en la Biblia, haciendo que coincidieran con cada número, y sacaron los mensajes que les dio la gana. Otros pensaban que algún producto o cociente de ese número sería la cantidad de gente que se salvaría el día del Juicio Final… En fin, como ves, nunca falta gente que intenta engañar a otros.
−¿Por qué lo hacen, si en realidad no saben por qué media eso y no otra cosa?
−Porque quieren sacar provecho de los demás, de su ignorancia o de su miedo. La verdad, a fecha de hoy, es que nadie sabe a ciencia cierta qué significan esos números, si es que significan algo. Los más prestigiosos científicos del planeta, físicos, matemáticos… hasta teólogos han hablado al respecto, y nadie sabe qué representan. Nadie se pone de acuerdo, y no hay una teoría convincente al respecto. Pero, ¿sabes qué es lo más curioso de todo?
−¿El qué?
−Que también se midió la base y la cubierta del objeto. Al principio se pensaba que el disco era más grueso hacia el centro que en la circunferencia exterior. Como una lentilla, ¿entiendes? Pero al efectuar las medidas con láser se dieron cuenta de que realmente era un efecto óptico, debido al tamaño del objeto. Como era tan largo, cualquiera que lo mirara, ya fuera desde un barco, o desde el aire, parecía ver que los extremos se curvaban, de modo que tenía más grosor por el centro que por los bordes. Pero no. No sólo no era convexo, sino que su grosor no se desviaba ni una milésima de milímetro desde el exterior hasta el centro. Sus dos lados eran perfectamente rectos y paralelos. Perfectamente.
−¿Y por qué tenía forma de disco?
−Eso tampoco lo sabe nadie. Se suele decir “disco”, aunque lo más correcto sería decir “cilindro”. Porque geométricamente, eso es lo que era: un cilindro. Como los que tienes en tu juego de construcción, esas columnas con las que levantas los edificios, y que cuando has acabado, al quitar sólo una, se desploma todo.
−¡Pero ésas son mucho más altas!
−Bueno, es cierto que cuando pensamos en un cilindro ésa es la imagen que nos viene a la cabeza. Pero no por eso el objeto deja de ser un cilindro. Un cilindro muy achatado. De hecho, era un cilindro perfecto.
−¿Por qué perfecto?
−Porque además de no tener una sola desviación en sus medidas, tanto en sus lados planos como en el lado circular, la superficie era totalmente perfecta. Quiero decir, que en todas las aproximaciones que se hicieron, no se vio ni hendidura ni rugosidad alguna. Cuando el objeto comenzó a estudiarse de cerca, a las pocas semanas de su llegada, se trató de ver de qué estaba hecho, o cómo era su superficie. Si era de metal o de algún otro material, si tenía inscripciones, protuberancias, mecanismos visibles, puede que ventanas o compuertas… Pero la superficie no sólo no presentaba ninguna apertura o pieza separada: es que no presentaba ni el menor defecto. Era una superficie perfectamente pulida, sin mácula, sin orificios, por pequeños que fueran. Sin una textura definida, más que la pura y simple perfección geométrica. Ni en las esquinas, es decir, en los vértices donde el lado circular se une con los planos, había defecto alguno, ningún daño, rozadura o grieta… nada. Sólo el objeto cilíndrico con el que hubiera soñado un matemático.
−¿Cómo puede ser?
−Para eso tampoco hay respuesta. Lo que a mí me resulta más extraño es que la superficie del objeto no dejaba escapar radiación de ningún tipo.
−No lo entiendo.

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