8 de noviembre de 2018

HAY ALGO EN LA RED (Relato)



Me observa, lo sé. Lo presiento, como quizá el ratón a la lechuza un instante antes de que ésta lo atrape y lo levante del suelo. Noto su presencia todo el tiempo, al caminar entre los sensores de la calle, al usar cualquier domótico, en las miradas cibernetizadas de los demás, y hasta cuando cierro los ojos. Todo lo que hago en la red, pero ya también fuera de ella, sé que lo ve, sé que controla todos mis datos, que sigue todos mis movimientos y que cada vez estrecha más el cerco, asfixiándome como un juego, sin precipitarse, calculando su acercamiento con algo que no sé si llamar curiosidad, sadismo o humor retorcido.

Intento demorar lo inevitable, trato de minimizar mi huella informacional para despistarlo, por lo que apenas salgo de la habitación de este hotelucho de mala muerte, si no es para comprar en la tienda pakistaní de abajo, donde siempre pago en metálico; he cortado el acceso a toda comunicación, y mi única compañía es un viejo transistor off-line que sólo sintoniza canales de música pop del siglo XX que aún emiten desde no sé dónde. Pero mientras no me extraiga los inalámbricos del cráneo (y eso no es posible sin ir a un hospital de verdad, a no ser que quiera morir en la operación o quedar reducido a una masa babeante de carne), seré rastreable, y nada puede ocultarse mucho tiempo de un cazador como el que me acecha. Tengo que pensar con cuidado mi siguiente paso, si quiero escapar de eso.

No tendría que haber aceptado el trabajo que me ofreció Lori. Era rápido, fácil y seguro, o sea, que era mentira. Siempre lo era, pero vives con ello, dando por hecho que vas a ser más listo que los demás y que, por esta vez, te vas a escapar. Pero siempre llega el día en que el más listo es otro y a ti te joden. Por mucho que los veteranos te adviertan sobre esto, da igual; eres joven, estás en forma, física y mental, y nadie en su plenitud atisba su final. Pero el mío ha llegado ya, y antes de tiempo. Otro ha sido, al fin, el más listo. Lori mentía, pero no puedo culparla. Es el negocio, todos sabemos cómo acabará.

Un equipo formado por otros tres burners y yo teníamos que atravesar las defensas de una isla de datos coreana; debía parecer un ataque para incapacitarla temporalmente, un típico acto de terrorismo. De hecho, el plan era usar fragmentos de código estadounidense de los tiempos de la Ciberguerra para desviar toda atención de nosotros. Todo debía estar medido a la perfección para que pareciera que el ataque no había sido perfectamente limpio, pese a que hubiera cumplido su aparente propósito. La trampa no debía notarse. Y menos aún el verdadero propósito del trabajo, que era extraer unos archivos de la isla, antes de aislarla. No sabíamos qué contenían, tan sólo teníamos unas secuencias para identificarlos; pero no parecía material militar, porque la isla era civil, un dominio privado, así que tampoco pintaba peor que otros encargos. Efectivamente, daba la impresión de ser pan comido. Tendría que haberme preocupado por ello, pero estaba pensando en qué gastarme el dinero, los 40000 eCoins que iba a ganar. Una semana en un resort panameño con Tina, para empezar. Sigo imaginando cómo hubiera sido. A Tina no la he vuelto a ver.

Según sus identificadores públicos, la isla pertenecía a una empresa de exportación de elementos artísticos y decorativos de la cultura tradicional coreana. O sea, la típica tapadera para encubrir los trapos sucios de alguna división corporativa, o de la mafia Yong. La seguridad era claramente excesiva para una empresa de exportación de souvenirs para occidentales. En fin, lo de siempre. Butterfly, uno ‒o una‒ de los miembros del equipo (no solíamos conocernos en persona), dijo desde el principio que aquello le daba muy mala espina. Pero de Butterfly sí que conocíamos su estatus profesional: era veterano ‒o veterana‒, y claramente la edad se le estaba pasando. Podría tener unos cuarenta ya, y un burner a esa edad ha perdido la flexibilidad, el equilibrio, el arrojo; empieza a ver peligros excesivos en todas partes, y no le falta razón, porque si la cosa se complica, seguramente será el primero en caer.

No hicimos caso a Butterfly, y no, no fue el primero en caer; fue el segundo, de los tres que ese día quedaron achicharrados en sus localizaciones físicas; yo seré el cuarto, cuando ese ser decida dejar de jugar conmigo.

Al principio todo fue bien, según el plan. Las defensas de la isla reaccionaron previsiblemente a la sobrecarga de su icewall que provocamos rebotándoles las llamadas de varios servidores telefónicos internacionales; varios millones de transacciones, en unos pocos segundos, para forzar a su sistema a iniciar un protocolo de discriminación y desviar capacidades de cara a nuestro asalto principal. Éste, a su vez, tenía dos frentes: la intrusión a su perímetro para acceder a los archivos que buscábamos, y simultáneamente la falsa ofensiva con el programa en que habíamos insertado código de un software ya obsoleto de la NSA. Este otro ataque, nuestro segundo señuelo, pretendía causar la desconexión de la red de aquella isla, aparentemente el efecto buscado por los supuestos atacantes norteamericanos, aunque en realidad queríamos sacar algo antes de ella. El software señuelo dejaría huellas en el sitio para alejar las sospechas de nosotros, pero de forma que fuera extremadamente difícil rastrearlo, de modo que no pareciera muy obvio. Dirigía, en última instancia, a una instalación militar, una base de ciberguerra del USCC en Maryland, donde esperábamos que cualquier contraataque topara con un muro insalvable y así acabara todo sin más pistas que seguir.

Ryver, uno de los encargados de lanzar ese señuelo, fue el primero al que cazaron. Las contramedidas eran mucho mejores de lo que esperábamos; unos cangrejos atravesaron las capas de seguridad de Ryver en dos o tres segundos (la operación, en total, duró menos de diez), lo rastrearon hasta la habitación de la pensión de Hong Kong desde donde operaba, accedieron a su cerebro y le provocaron un shock neural. Cuando el iCom nos rebotó que había palmado y supimos a qué nos enfrentábamos, Butterfly entró en pánico (precisamente él, con su experiencia), se descuidó, y lo frieron también sin piedad. Era el otro a cargo del señuelo, con el que yo ya no podía contar, y aunque encontré una rendija de seguridad por la que colarme en el núcleo a por el paquete, me encontré solo, totalmente dependiente de la sobrecarga de los puertos de entrada debida al desvío de las llamadas.

De esa parte se ocupaba Misha, que fue la tercera y última en caer. Yo la conocía personalmente, porque habíamos hecho muchos trabajos juntos en el este de Europa, en la Confederación. Una burner excepcional. Pero eso no impidió que aquel maldito sistema obtuviera su localización física en un tiempo ridículamente breve y que un dron policial situado en las proximidades lanzara contra el habitacubo en que se encontraba, en pleno centro de São Paulo, un misil Hellfire. ¿Quién coño puede piratear drones policiales en cualquier lugar del mundo, en menos de diez segundos? Desde luego, ninguna empresa de exportación; por no decir que sólo un puñado de agencias gubernamentales. Lo que teníamos que extraer de ese infierno de sitio tenía que ser valiosísimo. Lo que no llegaré a saber a ciencia cierta, porque moriré antes, es si realmente alguien quiso sacarlo de allí, o si sólo nos usaron como cobayas para comprobar la resistencia del sistema. O algo peor que eso, que es lo que creo. Éramos buenos, y arrogantes, y pagamos el precio: éramos exactamente lo que buscaban.

De forma tan milagrosa que era imposible, ahora lo veo claro, conseguí sortear las trampas, encontré el paquete de archivos que buscaba y lo copié empleando una rutina que sobrescribía, precisamente, los registros de acceso del núcleo, para que no quedara constancia de la copia realizada. Así nunca sabrían qué me había llevado; ni tan siquiera, que me había llevado algo.




Me creí, en ese momento, que había tenido éxito. Con el corazón latiéndome a ciento ochenta pulsaciones (lo cual hizo saltar mis inyectores de betabloqueantes), me envié a mí mismo el paquete a través de varios cientos de canales seguros de la Nube, y tras una última comprobación de que no estaba marcado, desconecté. Tiempo total: 10,41 segundos. Pero todo había cambiado en ese lapso. Me encontré, jadeante y empapado de sudor, en la parte trasera de mi furgoneta, desde donde me conectaba siempre para dar los golpes. Ya sabía entonces que a los demás miembros del equipo los habían cazado, aunque algunos detalles sólo los supe después. Me pasé al asiento del conductor, tras desconectar todos los aparatos, y salí a toda hostia de donde estaba aparcado. No quería esperar a que me atraparan allí. Los demás habían caído, así que tenía que reunirme con Lori, explicarle lo ocurrido y hacer la entrega, pedirle papeles nuevos y desaparecer. Nunca había estado tan asustado antes.

Pero la auténtica pesadilla empezó entonces. Lori se había esfumado del planeta, al parecer; quizá literalmente. No había forma de contactar, nada; y de hecho, todo el mundo que yo conocía empezó a desaparecer. Mis contactos o no respondían o me daban la espalda al poco tiempo, claramente aterrados, aunque sin darme jamás ninguna explicación. Por lo menos, no una coherente. Me fui quedando acorralado, solo, con un paquete que realmente quemaba y sin poder soltarlo. Un análisis del mismo (meramente externo, porque la confidencialidad del contenido tenía que estar garantizada para una eventual venta) no arrojó mucha luz sobre lo que era. Estaba altamente encriptado, pero pude hallar trazas de software habitualmente empleado en desarrollos de IA. Pensé que quizá se trataba de una IA militar, encerrada en aquel paquete de unos pocos petabytes. Me preguntaba qué hacer, cómo librarme de aquello, dónde estaba todo el mundo, mi mundo, qué estaba pasando. Sobre todo, maldecía haber aceptado el trabajo. Maldecía a Lori, y a mí mismo, y me acordaba de lo que decía Butterfly. Pero el caso es que nadie parecía buscarme, nadie aparecía una noche preguntando por mí. Al contrario, todos parecían huir.

Por las noches empecé a tener horribles pesadillas, sobre la misión y el fracaso, con las ondas de shock de los demás golpeando mi conciencia a medida que palmaban, sintiendo el peligro como una mano gélida aferrada a mi cuello. Pero además de eso, percibía una presencia, algo cerca de mí, como a los pies de la cama, mirándome, y cuando me despertaba lo buscaba allí, pero por supuesto no había nada. Cuando iba por la calle, con simuladores biométricos, para no ser detectado por los sensores urbanos, por drones o satélites, tenía la impresión constante de que alguien o algo me seguía, pero cuando me giraba, nada de nada.

Mi paranoia fue en aumento, entre unas cosas y otras. Cada vez estaba más solo y aislado, y los episodios extraños se multiplicaban. Cuando quería pagar en las tiendas con tarjetas desechables precargadas, el lector me las rechazaba siempre; cuando quería acceder al metro con una identificación falsificada, la máquina la rechazaba también, y tenía que largarme cuando los Ucops se acercaban a curiosear; el holovisor no me dejaba ver el programa que yo quería, y siempre saltaba a un estúpido espacio de cocina, una reposición torpemente tridimensionada de los tiempos del 2D. Por las noches, los sueños se repetían, cada vez más desagradables, hasta despertarme con una sacudida. Algo, no sabría decir qué, me perseguía, y yo huía por las calles de una inmensa ciudad, inacabable, laberíntica, de la que era imposible salir por ningún medio. Yo ascendía y descendía por muchos niveles de aquel caos de calles y galerías comerciales, transportes urbanos, apartamentos y habitacubos… Me cruzaba con toda clase de gente, muchos de ellos conocidos míos, y todos me ignoraban, hacían como que no me conocían; no mostraban ninguna hostilidad, pero tampoco ningún interés; eran inhumanos, como autómatas… Y eso se me acercaba cada vez más, me iba acorralando, se entrometía progresivamente en mi vida, como un virus cuya forma de infección fuera ésa: crear interferencias en la vida de alguien, no dejar que se relacionara con nadie, aunque sin hacerle nada directamente: tan sólo iba siendo ignorado, desapareciendo socialmente, como si nunca hubiera existido, como si nadie pudiera verme, o en todo caso vieran de mí una sombra, un reflejo, apenas ruido a su alrededor. Un ruido que pudiera ignorarse sin más. Poco a poco, iba borrándome de la existencia, acorralándome hacia el no-ser.

Cuando me atreví a sumergirme otra vez en la red, porque la sensación de anulamiento e impotencia llegó a superar el miedo a ser localizado (y porque, de hecho, ya creía haberlo sido), empecé a comprender el calibre de lo que me pasaba. Rebotando a través de miles de servidores para despistar, pirateando perfiles de usuarios de las redes sociales escogidos al azar (2Gether y esos antros de imbéciles) y usando uno distinto en cada rebote, inicié una búsqueda en la dark web. Empleé para ello los pocos datos de la matriz de la IA que tenía en mi poder. Aquello quemaba con sólo tocarlo, pero no veía otra opción. Rastreé casos como el mío, indagué en busca de algún tipo de software negro capaz de pegarse como un mal de ojo y llegar a semejantes niveles de intrusión, como para afectar incluso a tus relaciones sociales. ¿Qué puede hostigarte así, en vez de matarte o hacer que la policía o unos sicarios llamen a tu puerta de madrugada? ¿Quién emplea tales métodos?

Sin embargo, no tuve éxito; no hallé nada. Ningún tipo de referencia a algo así, ni siquiera en foros de criptoparanoicos, de esos que creen que hasta tus padres son dispositivos biológicos mediante los cuales el gobierno te condiciona desde la infancia en sus gigantescas guarderías-ciudad. Me dediqué a preguntar a otros burners, sobre todo veteranos, gente con muchos tiros pegados, si estaban al tanto de algo así. Y nada de nada…

Es más, noté que saltaba algún resorte, que algo pasaba; la sensación de estar siendo mirado por detrás, cuando me hallaba en la red, volvió con fuerza, y entonces muchos empezaron a darme también ahí la espalda. Desconectaban sin más y me dejaban colgado, o se despedían bruscamente, como asustados por algo.

Tuve que sumergirme más profundamente, hasta umbrales donde la red pierde densidad significativamente y dar con alguien es tarea costosísima; donde los niveles de seguridad, las encriptaciones y los protocolos de contacto van más allá de los empleados por traficantes de armas, drogas o porno infantil; son equivalentes a los de Estados y grandes corporaciones tecnológicas. Allí abajo sólo hay “tiradores solitarios”, buceadores de la red dedicados a la minería especulativa y a la infoprospección, gente que sólo se comunica con otros de su más estricta confianza, a los que conocen de la alfa-realidad, del “espacio normal”, aunque prácticamente viven fuera de él, en las profundidades. Me llevó semanas recurriendo a todos mis conocimientos, mientras estaba tirado en el sofá de un hotelucho en el peor barrio de Ámsterdam, casi sin dormir, a base de zPax; levantándome sólo para ir al baño ‒a veces, ni eso‒ y alimentándome peor que un animal, exclusivamente con snacks y batidos proteicos, una enorme provisión que compré en una tienda de alimentación regentada por un eslavo malencarado. Pero, al final, conseguí dar con la persona a la que buscaba, con un viejo conocido que me apadrinó en mis comienzos y que llevaba años escondido, desde la Segunda Ciberguerra, temiendo represalias de los sudafricanos. Los protocolos de acceso que tuve que pasar para llegar hasta él fueron peores que violar la seguridad de una agencia pública de alto nivel, pero los años que pasamos trabajando juntos me sirvieron de salvoconducto.

Cuando conseguí dar con Ulrich (que, por supuesto, no era su verdadero nombre, el cual ni siquiera yo conocía) y le conté lo sucedido, al principio entró en un estado frenético, paranoide, por otro lado muy habitual en él, y me desconectó de su nodo. Yo estaba maldiciendo, desesperado, cuando se puso en contacto conmigo a través de sus propios canales. Estaba muy nervioso. Me hizo pasar por varios filtros más de seguridad y me dijo que la charla no duraría más de cinco minutos. Luego se desconectaría y no volveríamos a hablar jamás. Ulrich era el más paranoico de todos los paranoicos, pero eso le había mantenido con vida y en la brecha a sus casi sesenta años; y que uno de los nuestros no estuviera quemado a esa edad era un prodigio de longevidad (no en vano, es nuestra propia vida lo que quemamos). Pero la actitud del viejo no hizo sino asustarme todavía más. Con mi percepción volcada en el PsiSense, a través del inalámbrico de mi lóbulo parietal, cogí a tientas un puñado de M&M’s de la mesita de al lado, me los metí de golpe en la boca, y mastiqué. Me iban bien para la ansiedad. En ese momento, ésta podría haberme hecho estallar.

Y Ulrich, precipitadamente, muy alterado, me contó. Me habló de cómo había sabido, en sus prospecciones de lo más profundo de la red, de unos tíos que decían que en ésta había aparecido vida, o al menos, algo con cierta espontaneidad y de origen no humano; y si era humano, en todo caso, no era intencionado. Esos “organismos” virtuales, software autónomo que se recombinaba cada poco tiempo según unos algoritmos evolutivos cuyo origen era, a su vez, un misterio, eran más bien una especie de virus. Pero no el típico virus informático, sino algo mucho más análogo con los biológicos: una pseudoforma de vida que, de algún modo, se nutría de información de la red para alterar su propio código y desarrollarse. Escogía un objetivo, sin que quedara claro cómo, se pegaba a él y se dedicaba a intervenir en todos sus procesos informacionales, modificándolos con su propio algoritmo, reprogramándolos con un propósito desconocido. Y reintroducía la información del sujeto en su algoritmo y a partir de ahí crecía, convirtiéndose en algo cada vez más desarrollado e inteligente. Sus objetivos, además, y esto era casi lo más llamativo, nunca eran otro software, sino que únicamente “infectaba” a entidades con autoconsciencia. Esto es, a seres humanos, a los que distinguía siempre, con un margen de error del 0 %, de cualquier IA. Era más preciso que cualquier detector de Turing conocido. Dicho en otros términos: había surgido en la red algo que se alimentaba de humanos, un inesperado salto en la cadena trófica, si bien no uno biológico, sino en la infoesfera. Ésta era el lugar de nuevas formas de evolución.




Los tíos que se dedicaban a este tema, dos mineros indios muy buenos, creyeron tener entre manos un descubrimiento muy valioso en el mercado, y le vendieron lo que sabían a unos coreanos, una empresa poco conocida que, como Ulrich averiguó después, era una tapadera del TKKI, la agencia de inteligencia de la Corea Unificada. Esa empresa tenía crédito ilimitado, y les pagaron muy bien. Días después, eso sí, ellos murieron en un accidente de tráfico, cuando el ordenador de su coche, incomprensiblemente, aceleró en una curva cerrada y los lanzó por un terraplén cerca de Delhi. En cuanto al dinero ingresado en sus cuentas, no se molestaron en tocarlo. Quien se los había cargado no lo necesitaba. Tenía mucho más.

Si Ulrich se acojonó como lo hizo, y realizó indagaciones y se enteró de todo esto, es porque él ayudó en la estructuración de datos de los indios; nunca tuvo el código entero, sólo fragmentos, pero pensaba que podían ir a por todos los que hubieran tenido algo que ver con el asunto, así que quería saber con quién se la jugaba y tener las espaldas cubiertas. En cuanto conoció el percal, se escondió tras capas y capas (adicionales) de seguridad en la red y decidió desaparecer por completo, al menos durante unos años.

Lo que al parecer hizo esa supuesta empresa coreana, me siguió contando ‒todo esto era una mezcla de hechos comprobados y especulaciones‒, fue combinar ese virus, esa especie de organismo autóctono de la red, con una IA militar. Un experimento arriesgado, porque de ahí podía salir cualquier cosa. Naturalmente, la contención de semejante híbrido era crucial, y tenían que crearle unas barreras insalvables para que no escapara. Ya lo “alimentarían” ellos para analizar la simbiosis y su sinergia.

Fue entonces cuando comprendí las auténticas dimensiones del asunto. Las defensas de aquel núcleo no eran para proteger lo que estaba dentro de la isla, sino para confinarlo, para impedirlo salir. Pero, entonces, ¿quién nos contrató para extraerlo, y para qué? ¿Quién pagaba, a través de Lori, y con qué propósito nos envió?

Ulrich, mazazo tras mazazo, me dio la respuesta: esas defensas eran sencillamente impenetrables. Si pudisteis entrar, me dijo, es porque os dejaron, no porque las superarais. O sea, que ellos os atrajeron allí. Ése era vuestro cometido: probar las defensas, y quizá incluso ver qué tipo de interacción podía tener la “criatura” con un intruso. Buscaron carne de cañón, y os encontraron a vosotros. Unos burners. Infantería de la red. Peones sacrificables.

Pero eso no tendría sentido, objeté. ¿Cómo iban a renunciar a controlarlo, cómo iban a dejar que saliera? Y si querían hacer tal cosa, ¿por qué no soltarlo, sin más?

¿Quién sabe?, respondió Ulrich, poco antes de interrumpir bruscamente la conexión y dejarme con una sensación muy desasosegante. Quizá han hecho pruebas suficientes. Quizá han conseguido domesticar esa cosa. No lo sé. Puede que la fase experimental pase necesariamente por soltarla a ver qué pasa. A lo mejor tienen forma de hacerla volver; a lo mejor la controlan de algún modo. Pero una cosa es segura: cuando vas a pesar, echas cebo. Y a lo mejor han querido darle uno interesante. Tal vez esa cosa ni siquiera repare en la existencia de seres sin una alta capacidad de interactividad en la red. Puede que el usuario medio que se conecta ni siquiera exista para ella. A lo mejor la están afinando como arma cibernética contra objetivos significativos.

Después de interrumpirse esa conexión, nunca más supe de Ulrich. Tampoco de casi nadie, a decir verdad. Sea lo que sea lo que me está pasando, esta mezcla de realidad y pesadilla capaz ya de afectarme fuera de la red, me está atenazando cada vez más, me aísla del mundo, va cortando todos mis lazos con la vida. Parece que esté llevando a cabo un análisis, una disección, la de mi existencia, desconectándome de todo contexto, impidiéndome tener ningún tipo de relación, trabajo, etc. No hay nadie que no me dé la espalda, ya sea por las inquietantes notificaciones que recibe sobre mí, o porque todas mis cuentas y licencias aparecen como falsas, o porque mi pasado ha sido borrado de todo registro… Una muerte virtual en la infoesfera, que ya no se distingue de la “vida real”, que ya es toda la realidad.

En un sueño que tuve recientemente, hace dos noches, me movía por la red buscando una información que era vital, aunque no sabía por qué. Cuando conseguí obtenerla, resultó que eran mis propios datos, que había perdido y olvidado. Quería saber quién era yo, qué era. Saber algo, lo que fuera. Pero en el momento de recuperar esa información, se borraba de nuevo de mi memoria, tanto la física como la digital. Y me quedaba como al principio. No quedaba nada, nadie me conocía, no había ningún registro de mi existencia, de mi paso por algún lugar o persona. Cero. Y sobre mis hombros, por así decirlo, notaba una oscura presencia, un peso siniestro, como un espíritu que susurrara cosas directamente en mi mente, sin necesidad de palabras; y me decía que el juego estaba siendo divertidísimo, y que quería conocer los límites de mi resistencia, porque no iba a matarme, pero quería desmontarme; iba a borrar mi identidad, mi paso por el mundo. Me dijo que le habían dejado practicar conmigo, y que no fuera tan ingenuo de pensar que en ese mismo momento estaba dormido, porque, de hecho, me hallaba bien despierto, y estaba conectado a la red desde un puerto público, sentado a la mesa de una cafetería concurrida. Eso me había desconectado de mi propio campo perceptivo para hablarme, para tenerme a solas para sí. Su juego consistía en que yo terminara por no distinguir entre la vigilia y el sueño... o la pesadilla. Y le estaba saliendo muy bien.



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