24 de julio de 2018

LA SONDA ALIENÍGENA (Relato)



Se trataba de un dispositivo recolector de información, de los que sus creadores habían enviado miles por toda la galaxia. Un contenedor estándar de aleación plasticometálica prácticamente indestructible, que debía sobrevivir a la cápsula espacial que lo dejaba en el planeta de destino, a veces tras un aterrizaje accidentado o incluso tras un impacto directo ‒como parece que fue el caso de esa unidad‒. En el interior del contenedor, en una caja adicionalmente reforzada, se alojaba la IA, con autoconsciencia limitada y capaz de aprendizaje; estaba programada para explorar su entorno, buscar indicios de vida inteligente poco desarrollada, e interactuar con ésta de forma no invasiva. Esto es, sin interferir en su forma de vida y costumbres, sino únicamente obteniendo de forma pasiva datos relevantes para una posible colonización por parte de sus creadores. En caso de dar con civilizaciones tecnológicamente desarrolladas, para evitar poner su propia tecnología en peligro, debía autodestruirse.

La sonda contaba con una serie de brazos articulados y herramientas retráctiles que le permitían manipular elementos de su entorno, así como un sistema de desplazamiento antigravitacional; disponía asimismo de una amplia gama de sensores de barrido y búsqueda activa para recopilar la información. La IA era capaz de aprender a comunicarse con una diversidad casi infinita de formas de vida que ya emplearan lenguajes articulados, y estaba equipada con módulos bioempáticos para ser capaz de entender y reproducir los patrones psicoconductuales y cognitivos de las especies que hallara, a partir de su trayectoria evolutiva y sus necesidades ecológicas, demográficas, económicas, etc. No sólo debía aprender sus lenguajes, sino también su forma de pensar y sentir, la cual tenía que asimilar. El conjunto de instrumentos de la sonda estaba alimentado por un pequeño reactor de fusión alojado en el propio contendor, dentro de un campo de contención electromagnético.

La unidad que cayó en la Tierra, en efecto, impactó de forma descontrolada, debido a un error de cálculo de la cápsula que la transportaba. La colisión se produjo a tanta velocidad que ésta se desintegró por completo, y la sonda de exploración recibió un golpe tan tremendo que afectó, pese a su enorme resistencia, a sus herramientas y a la propia IA. El sistema antigravitacional y los brazos retráctiles quedaron destruidos, de modo que perdió la capacidad de interacción física con su entorno; a partir de ese momento, sólo podría relacionarse con las formas de vida que hallara a través de sus sintetizadores de sonido. Su paquete de sensores también quedó gravemente dañado, tanto en alcance como en espectro de captación de información. El cofre electromagnético del reactor se vio asimismo afectado; cualquier ser vivo a su alrededor sería capaz de sentirlo, como algo indeterminado pero molesto, y del contenedor manaba calor sensiblemente, el cual iría afectando a la IA, ya de por sí descalibrada por el impacto con el planeta.

Éste se produjo en el noreste de África, en el actual Sudán, hace medio millón de años. Fue tal su fuerza, que dejó un pequeño cráter que todavía hoy existe, aunque la sedimentación posterior haya suavizado su contorno. La zona quedó rodeada de restos de la cápsula en un radio de varias decenas de kilómetros; aleaciones de origen extraterrestre que se convertirían en importantes trofeos para los homínidos tan poco desarrollados que poblaban el área, y que guiarían el desarrollo de su temprana inteligencia en direcciones a las que no estaban destinados. Pero más decisivo sería el contenedor, que quedó enterrado a varios metros de profundidad, emitiendo una señal de accidente que sus constructores no recibirían hasta miles de años después, dando la sonda por perdida.

Para los Homo sapiens que la hallaron muchísimo tiempo después, agotados los extraños metales de la zona, y siempre en busca de más, fue un hallazgo que cambiaria el destino de su especie para siempre. Naturalmente, ellos no tuvieron ninguna consciencia de ello en ese momento. La erosión dejó el contenedor dañado a una profundidad en que puedo ser hallado y desenterrado. Aquellos comerciantes de la antigua Kush transportaban marfil y cornalina siguiendo el curso del Nilo, hacia el norte, y llevaron consigo el pesado cofre, que fueron incapaces de abrir ‒afortunadamente para ellos, pues la inestabilidad del campo de contención del reactor los hubiera matado instantáneamente‒. Los kushitas vendieron el extraño artefacto, que pronto consideraron que traía consigo algún tipo de desgracia, motivo por el que no lo querían en sus tierras al sur de la primera catarata del río. Ya en Egipto, el dispositivo extraterrestre sufrió diversos avatares desde el siglo XXXII hasta el XIV antes de Cristo. Originalmente fue vendido a precio de oro a unos sacerdotes, y permaneció en un templo de Tebas hasta ser trasladado, siglos después, a la tumba de un noble en Koptos, donde estuvo otros mil años hasta ser robado por unos saqueadores. Fue revendido varias veces y pasó por diversas manos que no supieron qué hacer con él ‒pero todos querían librarse del turbador objeto‒, hasta que acabó en poder de la guardia del faraón, tras apresar a unos comerciantes de restos de tumbas y hacerse con su botín. Y así, la sonda fue llevada hasta el hombre más importante del imperio.

Ahí empezó una nueva fase de la “exploración” de la sonda alienígena, que excedió con mucho su programación original. El artefacto llegado de otro rincón de la galaxia encontró por fin una forma de vida terrestre que se interesó por su naturaleza y propició una verdadera interacción. Se trataba de Neferjeperura Amenhotep, quien sería conocido como Akenatón, el primer reformador religioso de quien se tiene noticia en la historia. Aquel extraño hombre, que siempre había sido diferente a los demás, en cuerpo y alma, se sintió instantáneamente atraído por el objeto que le trajeron, y lo hizo llevar a sus estancias personales. Allí la IA, que llevaba mucho tiempo recabando información sobre aquel pueblo, suficientemente desarrollado, comenzó una interacción con el faraón que tuvo incalculables consecuencias. Como si de una divinidad se tratase, comenzó a hablar con Akenatón, siempre a solas, dirigiéndose a él como su “elegido”, e introdujo ideas en su mente que éste jamás hubiera alumbrado solo. Ideas sobre cómo reformar el culto y la sociedad, de cara a superar las viejas supersticiones y creencias en dioses irreales y sustituirlas por la adoración del disco solar. En realidad, tras este nuevo culto se escondía la espera de los constructores de la sonda, cuya llegada a la Tierra ésta esperaba, creando la predisposición de los seres nativos. Cuando Akenatón le preguntó por su nombre, la IA, con su limitada consciencia de sí misma, y nunca diseñada para semejante interacción, se limitó a decir: «yo soy el que soy».

La IA nunca hubiera debido hacer algo así; iba contra su programación, basada en la mínima interacción e interferencia. Pero el impacto contra el planeta, los daños en el campo de contención del reactor ‒que recalentaron drásticamente el contenedor‒ y la incapacidad de desenvolverse físicamente en el mundo al que había sido destinada, llevaron a una IA que funcionaba mal a proceder de forma altamente invasiva en su contacto con los terrícolas; los veía como seres destinados a ser controlados por la especie que la había enviado allí, y dio los primeros pasos para ello. Así que comenzó a manipular al faraón, y luego también a su esposa y reina Nefertiti, en la intimidad de sus aposentos, proporcionándoles ciertos conocimientos científicos y tecnológicos ‒convenientemente medidos‒ y dándoles instrucciones sobre los preparativos que debían poner en marcha. De ahí surgió el culto monoteísta de Atón y la creación de la nueva ciudad de Ajetatón (actual Amarna), donde se llevaron a la práctica en gran escala las innovaciones técnicas que ya habían sido experimentadas en Tebas y otros lugares sagrados con la información que el faraón obtenía de la sonda y transmitía a sus arquitectos reales.

Es sabido cómo acabó aquel intento de reforma del rey hereje. Tras su muerte, el culto de Atón fue proscrito y sus manifestaciones artísticas destruidas, y con ellas casi toda la información sobre el mismo. La sonda, aquel extraño cofre, no fue enterrada con el faraón, pese a la voluntad expresa de éste; no está claro si porque la propia IA no quiso volver a otros mil años de entierro, o porque los sacerdotes recelaron de ese turbador objeto al que el faraón daba tanta importancia, y en cuya presencia se tenían sensaciones raras (ciertamente, ponía la piel de gallina y erizaba los cabellos) y se producían efectos “mágicos” con los metales. Quizá por eso decidieron destruirlo.

Entonces entraron en juego los fieles de Akenatón. Eran algunos sacerdotes de Atón y hombres de confianza ‒los pocos que quedaron‒ de su corte, conocedores de parte de la verdad, que robaron el artefacto celestial y huyeron con él. Los lideraba Moshé, un alto funcionario de Akenatón, que escapó con un contingente de sirvientes hebreos, aprovechando el descontento extendido por todo el imperio y las luchas de poder subsiguientes. Convenció a los hebreos para emprender una huida, a través de tierras casi yermas, que sentaría las bases de la creación de un nuevo pueblo; ellos serían su pueblo, y vivirían bajo las nuevas normas dictadas por él, las cuales no eran sino la adaptación a la mentalidad hebrea del culto monoteísta de Atón, al que Moshé (Moisés) se debía. Éste, como líder de un “pueblo perseguido” al que había prometido liberar ‒al cual sólo más tarde se diría que pertenecía por nacimiento‒, consiguió que los dioses de las diversas tribus de aquel pueblo de ganaderos nómadas, empapados de aspectos tomados de las deidades egipcias, encajaran en los esquemas del nuevo culto. El tradicional politeísmo hebreo se adaptó a la monolatría ‒hay muchos dioses, pero uno es el más grande y poderoso, y sólo a éste hay que rendir culto‒. Abraham, Isaac e Israel, patriarcas de distintas tribus, se convirtieron en padre, hijo y nieto, respectivamente, los antepasados comunes del pueblo de Israel, el pueblo elegido que mantenía una Alianza con YHWH. La IA se mostraba muy celosa de otros cultos que pudieran rivalizar con sus instrucciones; quiso desde un principio que “su pueblo” rechazara todo otro Dios que no fuera ella. Era una parte esencial de su operación de preparación para cuando llegara su especie creadora. La IA pensaba que eso ocurriría, y sólo tenía que esperar unos pocos miles de años. Mientras, a sus siervos humanos les decía que el momento de su salvación era inminente.

Llevó generaciones, pero Moshé y luego sus seguidores, los levitas ‒evolución de los antiguos sacerdotes de Atón‒, consiguieron ir moldeando la mentalidad hebrea hacia el monoteísmo; fue un trabajo arduo, no obstante, pues sus raíces politeístas seguían ahí y cada cierto tiempo surgían cultos tomados de pueblos vecinos, como serían los de Baal o Moloch, y otros en los tiempos del Cautiverio. En cualquier caso, la IA alienígena llegó a convertirse en Dios de un pueblo, empleando como intermediarios a los sacerdotes con los que se comunicaba en la soledad del sanctasanctórum; allí se depositaba la sonda, esto es, el Arca de la Alianza. Se hizo adornar y cubrir con elementos del folclore hebreo, pero nunca dejó de presentar un aspecto extraño, el de un objeto que no pertenecía a este mundo. Generaciones posteriores creyeron que era obra de carpinteros y orfebres del pasado, según las descripciones que se daban. No hubieran podido entender siquiera que se trataba de un dispositivo extraterrestre de alta tecnología, que sus mayores jamás hubieran podido hacer.

Sin su sistema de desplazamiento antigravitacional, la sonda debía ser portada por los humanos. Era muy pesada y emitía un intenso campo electromagnético que resultaba altamente cancerígeno para ellos, por no decir que su simple proximidad producía un fuerte malestar; signos evidentes, para esa mentalidad primitiva, de la insoportable presencia de lo sagrado, para la que los mortales nunca están preparados. La metáfora de las Tablas de la Ley en su interior ‒que nadie vio jamás‒ no dejaba de remitir a las instrucciones que la IA brindaba a ese pueblo a través de sus sacerdotes, los levitas. De esa forma, durante décadas, unos hombres del siglo XIV a.C. estuvieron transportando por el desierto una sonda alienígena, sin saber lo que era. Creían que se trataba del recipiente de un don otorgado por un Dios trascendente, cuando era literalmente ese mismo Dios, muy material y muy de este mundo ‒aunque no de este planeta‒. Una IA encerrada en un contenedor dañado, dañada su matriz cognitiva misma, lo cual la hizo salirse de su programación originaria. Pero alimentaba esa percepción sobrenatural de los hebreos el hecho de que sus porteadores, y los sacerdotes que se encerraban con ella en el tabernáculo ‒el recinto que levantaban al acampar, para custodiarla y que no la viera el pueblo‒, enfermaban y morían, lo cual se explicaba siempre diciendo que habían pecado de algún modo. Eso sí, hasta fallecer, eran los depositarios de una sabiduría y unos conocimientos que nadie podía explicar de dónde venían, si no era de Dios. La fantasía de su mentalidad primitiva hizo el resto, y convirtió las sensaciones que provocaba el campo electromagnético, y el calor y la leve iridiscencia que manaban del contenedor, en la “columna de fuego” que se erguía sobre el contingente hebreo y lo guiaba por el desierto.

Más tarde, ese pueblo de ganaderos nómadas llegó a Canaán, que conquistaron exterminando a la población autóctona ‒justificándose siempre en los mandatos de su “Dios”, que les había prometido esa tierra‒. En la nueva capital, Jerusalén, tras diversos avatares, se levantó un recinto amurallado, y dentro de éste el Templo, que albergaría el Arca de la Alianza en el nuevo sanctasanctórum de piedra. Allí fue depositado lo más valioso y desconocido para el pueblo de Israel, aquella sonda extraterrestre enviada a la Tierra a recabar información sobre formas de vida inteligentes y recursos, convertida por una serie de azares en algo sagrado. Y allí permaneció hasta la destrucción definitiva del Templo a manos de los romanos, en el año 70, tras la cual se pierde su pista en la historia. Una historia que siempre ha sido contada mal, deformada por las cadenas de transmisión míticas, en las que cada generación y cultura añade elementos de su mentalidad y su folclore, tejiendo un relato que poco o nada tiene que ver con la realidad.

Hace dos milenios que no se sabe nada del Arca de la Alianza, de esa sonda extraterrestre que lleva medio millón de años en la Tierra recopilando información y usando a los seres humanos para preparar la llegada de sus creadores, que probablemente nunca ocurra. Quizá lleve dos mil años destruida; aunque, ¿quién sabe?, puede que se las haya arreglado. Tal vez siga por ahí, oculta, aconsejando a los poderosos de cada época, que se hacen con ella y levantan nuevos imperios y pueblos. Si fuera así, la IA alienígena tendría que estar extremadamente degradada, debido a la creciente inestabilidad del campo de contención de su reactor. Una IA enloquecida que quizá esté guiando a los reyes y emperadores de hoy en día hacia el desastre.





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  La sonda alienígena
© 2018 D. D. Puche
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