31 de mayo de 2018

INTERCONECTADOS (Relato)



Karla cerró los ojos y se relajó antes de subir la información a la nube. La noche había sido increíble y la gente tenía que experimentarlo. Clasificó el contenido para su círculo de seguidores de Let’sB1 y envió una onda que decía «nOcH3 lOcA 3n 3l LuXuRy!¡!». A los pocos segundos empezó a recibir ecos: suaves hormigueos en su nuca y frases que aparecían en su mente (las oía en su cabeza) diciendo cosas como «qué pasada de noche!! [sensación de palmada en la espalda]», «gracias por estos momentos, lady [sensación de sonrisa cálida]», o «siempre te quedan de puta madre, Karla!!! [sensación de beso en la mejilla]». Con los días, llegó a alcanzar 150000 aprobaciones y tuvo más de siete mil reproducciones completas. En total, facturó 6240 euros. No estaba mal, para una noche de compras, fiesta, euforizantes y sexo en grupo; tenía para pagar el alquiler de su habitación ese mes y darse algún capricho, y su índice de popularidad subió un 2%.

«En la década de los veinte, la posibilidad de digitalizar contenidos mnémicos y compartirlos a través de redes sociales permitió que la gente empezara a experimentar las vivencias de otros y a tener los correspondientes recuerdos tras ello, como si uno las hubiera vivido en persona. Esa memoria nunca era idéntica a la real, pues le faltaban detalles y estaba editada, resultaba un poco “artificial”; pero, al fin y al cabo, no era tan distinta de los recuerdos tras una noche de borrachera (aunque los más jóvenes no saben lo que es eso gracias a los neuroprotectores), y resultaba relativamente satisfactoria. El antiguo concepto del influencer, surgido a comienzos del siglo, evolucionó para convertirse en el de proveedor de material experiencial, los conocidos como loaders».

Martin Huijbers-Mukhtar, Historia del Nosotros
(la socialización de la conciencia desde 2025),
trabajo de investigación (licencia abierta b2),
Universidad Independiente de Madrid, 2052,
>>uim.ac.554022.bc.2367682241.mrn.ZZ202.


A la mañana siguiente, en la pet-luquería, le hizo mucha gracia enterarse de que la señora Rico, la dueña del fox terrier, era una de sus repros, y que estaba entusiasmada; hacía años que no se lo pasaba tan bien, le dijo. Ella se alegró mucho de hacer feliz a una señora tan mayor. ¿Cuántos años tendría? ¿Noventa? Bueno, la juventud no acaba mientras uno tiene ilusiones… Consultó el daypad con un parpadeo y vio en un rincón de su memoria que esa tarde tenía servicio en el taller de teatro de Latina.35.4a. Con lo de anoche había cubierto el alojamiento, y con estos servicios ya se acercaba al crédito comunitario necesario para el fin de semana en Portugal. La vida le sonreía. Aunque no todo le resultaba tan cómodo en ese momento.

«[…] por eso, muy pronto se desarrolló una alternativa, o mejor dicho, un complemento indispensable, al modelo exclusivamente dependiente de la renta incondicional, y fue la prestación de diversos servicios comunitarios que se retribuían o intercambiaban mediante un “crédito comunitario”. Es decir, que un determinado trabajo cualificado x era intercambiado (en un sistema de valoración socialmente establecido, normalmente a nivel de barrio) por n horas de trabajo cualificado y. Esto tuvo su perfecto contrapunto en las tecnologías que permitieron compartir experiencias propias y generar así ingresos (vía eCloud), dado que la desaparición del 80% de la carga de trabajo en el primer cuarto de siglo no era compatible con las formas de trabajo remunerado tradicionales. […] En una transformación social sin precedentes (ni siquiera la primera Revolución Industrial fue comparable), la renta incondicionada, el trabajo social no remunerado y la generación de experiencias para otros (los denominados “reproductores”, o simplemente “repros”) desvincularon por vez primera en la historia trabajo y renta de la masa social».

Sylvia Rivas, Economía colaborativa y tecnología
you4me. Balance del paradigma posindividualista,
Servicios Editoriales Ars Magna, 2031,
>>arsmagna.es.989723.zs.0034052871.hqe.PU450.


Uno de sus ex, Richie, estaba muy enganchado a sus ondas, y constantemente las votaba ‒siempre positivamente, todo hay que decirlo‒ y comentaba, y le mandaba sensics de besos y abrazos, y toda clase de halagos. Esto no le importaba mucho, incluso podría haber sido agradable (una estupenda relación con uno de sus examantes, ¿por qué no?), pero Richie llegaba a incomodarla por su persistencia, por cierto tono ‒que indicaba relación activa‒ en sus comentarios y por sus sutiles aunque obvias ganas de tener línea directa con ella, a pesar de que le había plantado un off-line después de la última vez. Era uno de esos pesados que se creen con derecho a negociar una post-relación, y eso la agobiaba mucho. Una vez incluso coincidieron en una boda de amigos comunes y él la saludó a lo lejos con un gesto sonriente y le mandó un eco de «hola» a su tarjeta de entrada; parecía mentira que todavía quedaran tipos así, de los que no aprenden. No le gustaba la idea de que él experimentara el sexo que ella compartía en Lets’B1. Sentía que le estaba quitando libertad.

«El paradigma posindividualista, que promulga la experiencia colectiva como una especie de nuevo comunismo desmaterializado ‒aunque, irónicamente, se aspira a vivir de ella, incluso a vivir holgadamente‒, ha llevado a los individuos de menor éxito social, por lo general aquellos con características sexuales menos atractivas (pues, en este mundo de una supuestamente infinita diversidad del gusto, tales diferencias no han desaparecido), a “engancharse” a las experiencias colectivas generadas por otros, hasta el punto de convertirse en verdaderos dependientes, en yonquis de la vida de terceros, la cual llegan a confundir con la propia en lo que ha sido ya diagnosticado como un nuevo y grave trastorno de disociación (el T.D.E.A.). La sociedad cada vez más se polariza en dos tipos humanos muy definidos: los productores de experiencias (loaders), que alcanzan altos niveles de popularidad, de los cuales pueden llegar a vivir con grandes comodidades, y los reproductores de dichos contenidos (repros), que se ven obligados a hacer un mayor servicio comunitario para conseguir, con suerte, los mismos estándares de vida que aquéllos ‒y que, invariablemente, son ellos mismos loaders de escasa popularidad».

Stephan Laroche, El signo de los tiempos,
Nuevas formas de desigualdad en la era de
la igualdad absoluta, Gallimard, 2037,
>>gallimard.com.662302.df.9284364214.RT731.


Encuentra en Let’sB1 lo último de…
>>KARLA MAYORAL, 4/7/2054, 03:11 (sólo círculo de amigos)
[avatar digital de Karla echando un interminable vómito]
(Bloqueado para acceso, contenido compartido por amigos, capturas audiovisuales y visionado, en cualquier soporte, de… >>RICHARD VÁZQUEZ)

El sucker de Richie me ha fastidiado la noche, friends. No quiero que lo comentéis, porque tengo corazón, vale?, pero vamos, que si alguien se lo quiere decir, que se lo diga, que yo no oculto nada. No lo elimino de mis seguidores porque no soy tan bitchy, ahora, que quiero dejar constancia de que amigo mío no es, y por eso os comento esto a los que sí lo sois; pero quien quiera que se lo cuente, que yo siempre voy por delante. Bueno, pues va el tío y se me acerca en la fiesta que ha dado esta noche Faty4 en el RawZone, sin pedirlo antes por red o comentárselo a alguien siquiera. Así, como si nada, va y ME HABLA. Y mira que yo ya le saqué el OFF muy clarito hace tres semanas, pero algunos ni haciéndoles el ninja se enteran, joder. Bueno, pues he tenido que hablar con él durante diez minutos VIOLENTÍSIMOS, hasta que ha tenido la decencia de volverse con su nueva comple. Os lo podéis creer? Ya ni en una fiesta entre amigos puede una estar segura!! El día estaba siendo perfecto y no quiero que esto lo estropee, que luego afecta a los loads y no quiero bajar calidad por este memo. Así que voy a borrarlo y listo. De hecho, todo lo que tenga que ver con él. Fuera. No has existido, tío.

«Las nuevas tecnologías permiten hacer cosas que trascienden los límites de la carne, del cuerpo, de lo biológico, en suma, y nos elevan a alturas suprahumanas (o transhumanas, si se prefiere), a un híbrido de organismo y máquina cuyas posibilidades aún están por descubrir. Un procesador implantado en el lóbulo occipital, a la altura de la nuca (a partir del cual se interconectan varios miles de nanofilamentos con varias áreas cerebrales, formando una nueva red neural biomodificada), permite una transducción input/output de contenidos mentales. Éstos, en cuanto información cuantificable y codificable, pueden ser compartidos con otros o descargados desde la red, o simplemente eliminados a voluntad cuando se desee (imaginemos un trauma, localizable como tal en el cerebro, cuyos fragmentos puedan ser todos ellos hallados y expurgados; o eliminar inhibiciones, o hacer espacio para más información de acceso rápido, que es la que encuentra mayores limitaciones). Uno se convierte así en un terminal de la red, interconectado en todo momento. Un nodo computacional y de producción/almacenaje de información. Naturalmente, esta capacidad tecnológica, que hoy es aún muy limitada ‒y cuyos usos sólo el futuro aclarará‒, tiene sus pros y sus contras. Entre estos últimos están trastornos de personalidad leves, episodios de amnesia a corto plazo (que afectan especialmente a la memoria semántica), temblores, etc. Un equipo de científicos de la universidad de Oslo (dirigido por el Dr. Frank M. Grüber) sugiere, a partir de una extensa base empírica ‒aunque se ha criticado la metodología empleada‒, que estas prácticas pueden conducir a mermas cognitivas, y hasta a la demencia a edades tempranas; la intervención arbitraria sobre la memoria parece ser que afecta a las bases afectivas de la conducta, y éstas a su vez tienen repercusiones sobre el rendimiento intelectual, llegándose a perder varios puntos de IQ».

Ho Tian, Aspectos técnicos del alma digital,
Guangxi Publishing House, 2029.
>>guangxi.cn.596358.uv.5528419667.PL831.


Karla estaba tomando el sol en una playa de Cascais, bajo la cubierta antiUV, mientras pasaba su fin de semana en Portugal con uno de sus comples. La experiencia sensual de bañarse en el mar ‒tras el imprescindible tratamiento dérmico‒, de tomar un mojito con hierbabuena auténtica en una terraza, de pasear entre magníficos palacetes de insólita arquitectura, y por supuesto, el sexo de vuelta en la habitación del hotel… de todo ello la experimentada Karla, que sabe cómo mirar y tocar para optimizar las sensaciones, hace una grabación pro; más tarde la retoca, tumbada boca abajo en la cama, los ojos cerrados y las ventanas apagadas, y elimina de su memoria el original (¿para qué querría experiencia sin editar?). A continuación, la sube a eCloud, y mientras toma un café con menta en el relax-bar del hotel, charlando animadamente con Lucas (el comple), recibe una llamada de Jana, su mejor amiga ‒tiene bloqueadas la mayoría de líneas directas‒. El rostro de Jana aparece, sobreimpreso y traslúcido, en su campo visual, diciendo «hola, hola, hola» con una vocecita de dibujos animados, y Karla contesta con un pensamiento. Sus conciencias se unen y empiezan a hablar, mientras sigue sonriendo a las ocurrencias de Lucas, una voz en su cabeza y otra frente a sí; y responde a una y otra mentalmente o de palabra, sin confundir conversaciones. Lucas, entretanto, está jugando una partida en red a algún juego deportivo, y en algún momento exclama «¡uuuuyyy!», porque han estado a punto de marcarle gol o de adelantarlo en una carrera de RoughRace o lo que sea. Y Karla lo mira dulcemente, porque le encanta verlo divertirse. Puede que ella se enganche a la partida cuando acabe con Jana, que le está contando que va a colaborar en la campaña de Kike Santos, el show runner, para la ejecución del Programa, porque le gusta mucho su forma de presentarlo al público, y...

«Las comunicaciones intermentales y la posibilidad de compartir experiencias ajenas crearon las condiciones para transformaciones psicosociales de enorme trascendencia, sin las cuales las actuales formas de organización política serían inviables. La individualidad, que constituyó el horizonte existencial moderno, se debilitó hasta casi desaparecer en la hipermodernidad actual, de modo que la identidad particular fue diluyéndose en complejos de personalidad colectivos; “enjambres” humanos que tienden a permanecer constantemente interconectados y a reaccionar de forma grupal a todos los estímulos, y a los que, de hecho, se considera (p. ej., laboral o jurídicamente) corresponsables de lo que hace cada uno de sus miembros. Las personalidades tienden a converger en tipos básicos cada vez más homogéneos y ‒hay que señalarlo‒ estereotipados, subsumidas como están en mentes colectivas de tamaño creciente. Hace mucho que pasar un test individual ya no tiene sentido, desde que conocimientos y recuerdos son material deslocalizado de un cerebro, pues son compartidos por una red extensa de ellos. Así, la intimidad tan valorada antaño ya sólo existe retóricamente, pues la gente expone sus conductas, recuerdos, deseos, etc., sin grandes inhibiciones, debido a la alfabetización perceptivo-emocional colectiva técnicamente construida. En efecto, la defensa de la privacidad no tiene ya demasiado sentido, y hasta se ve como algo egoísta y malsano, salvo en la gente mayor, en cuyo caso es tolerada. Las parejas sentimentales son asimismo algo socialmente obsoleto (los únicos matrimonios que aún existen suelen darse entre los sexagenarios, esto es, los nacidos antes de 1990), y en su lugar se dispone de una serie oscilante de “complementos”, como se los suele llamar. Este cambio de paradigma psicosocial ha conducido a un respeto exacerbado a las opiniones de los demás, a menudo acrítico; las discusiones, personales o públicas, han ido desapareciendo como efecto colateral de compartir experiencias colectivamente. Donde unos ven la superación de la conflictividad social, gracias a los cambios tecnoeconómicos, otros ven una sociedad adocenada y manipulada que ha hecho de los seres humanos seres pasivos y ultradependientes (aunque el descenso de la conflictividad social, la delincuencia, las agresiones, y hasta de las guerras, es ciertamente drástico desde hace un par de décadas). Coincidiendo con ello, la democracia, tal y como fue entendida hasta los años treinta (concepto representativo-partitocrático), ha dejado paso a la elección anual o bianual de líderes de opinión mediático-políticos, elegidos por su popularidad para la ejecución de un Programa Único previamente acordado por técnicos. Ante la enorme homogeneidad ideológica, las diferencias ya sólo son estéticas, casi deportivas […]».

Martin Huijbers-Mukhtar, op. cit.


De vuelta en Madrid, una mala noticia. Está en el metro revisando su agenda del día y pensando en el regalo para Pietro, que acaba de hacerse una biorreforma y ha quedado como nuevo, cuando se destaca sobre el daypad, en primer plano de su conciencia, un aviso: ha muerto la tía Geru. Su tía abuela Geru tenía ciento trece años y se encontraba mal de salud; estaba ingresada en el Virgen de la Almudena y se iba a pasar a verla un día de éstos. El aviso dice que ha fallecido por una insuficiencia orgánica. Qué lástima, la tía Geru, con lo vital que era, piensa Karla. Ella tiene cuarenta y cinco años, es todavía una joven, y no está para pensar en la muerte; más bien le pasa por la cabeza que ahora habrá que organizar la fiesta de despedida, invitar a gente y todo eso. Hay que reservar un sitio ‒ni de coña lo van a hacer en los salones del crematorio‒ y preparar el tema del homenaje… bueno, se lo pasará a una amiga que se ocupa de este tipo de celebraciones. Va a ser un evento por todo lo alto.

«Desde el momento en que los recuerdos de un sujeto pueden ser universalmente compartidos, y no sólo eso, sino que los propios patrones de personalidad y afectivos de dicho sujeto son compartidos junto con los contenidos mnémicos, la muerte va dejando de ser tan traumática como en otras épocas. La muerte siempre ha sido para el ser humano el límite absoluto, lo Irreparable; pero la tecnología, sin haber sido aún capaz de evitarla, por lo menos hasta el momento, sí que ha proporcionado un sucedáneo de inmortalidad bastante satisfactorio. Lo trágico de la muerte radica en la nostalgia de la persona desaparecida, y si esa nostalgia se ve atemperada por una sensación de presencia continua, porque esa persona, de hecho, pervive entre nosotros ‒y no de modo meramente metafórico‒, entonces la actitud ante la muerte se transforma. La mente en red y el sharing de contenidos han diluido los límites antes infranqueables de la individualidad; los individuos interconectados empiezan a parecerse cada vez más entre sí (de forma estricta en grupos con gran proximidad, pero, de hecho, todo el mundo tiende a parecerse, aunque de modo más vago, a un modelo colectivo, a un arquetipo del Ser Humano), así que echar de menos a alguien en particular cada vez va teniendo menos sentido. En cualquier caso, en sus contenidos mentales compartidos han quedado sus patrones afectivo-cognitivos, lo cual permite evocar a esa persona, “sentir su proximidad”; además, los citados patrones no sólo quedan almacenados pasivamente, sino que germinan, por así decirlo, en los demás individuos, que los propagan de forma viral a través de sus propias experiencias. El clásico “siempre quedará en nuestro recuerdo” ha pasado a significar algo totalmente diferente, gracias a la plasticidad y performatividad de dichos recuerdos. Sin obviar el hecho de que nuestra época se caracteriza por un claro negacionismo de todo lo que resulta doloroso, parece claro (en la segunda parte de este estudio abordaremos los fundamentos científicos de tal afirmación) que una especie de “alma” o “sustrato” permanece, con rasgos inconfundibles, en los contenidos mentales compartidos, de forma que los difuntos perduran en nosotros y prolongan su existencia, fundiéndose con nuestros propios patrones mentales y alterándolos para siempre. Cada cual vive en los demás».

Mª Xosé Viladecans, Vivir y morir en red.
Ensayo sobre la pervivencia, Planeta-Random House, 2043.
>>planeta.com.875824.dm.9655863427.EF824.




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Interconectados © D. D. Puche 2018 
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