7 de abril de 2018

SUEÑO PROFUNDO




Se pasaba los días enteros paseando por el puente de mando y las cubiertas inferiores como si fuera un fantasma dando vueltas por un antiguo castillo. Ciertamente, la nave era centenaria: un viejo crucero medio de transporte de clase Augusta, reconvertido siglo y medio antes en nave de exploración de los sistemas exteriores. Los módulos que se le habían añadido a babor y estribor para incrementar su autonomía y prestaciones le daban un aspecto horrible, pero eso no importaba mucho cuando la nave fue fletada por segunda vez, rebautizada como Caronte. Era una época de posguerra, tras el Segundo Conflicto del sistema Qatif, y la necesidad de encontrar planetas habitables era urgente, pues las plagas biotecnológicas y los agentes contaminantes empleados habían dejado doce planetas al borde del colapso total, los cuales sumaban una población de más de veinte mil millones de personas –por no mencionar los cinco mil millones que habían perdido la vida–. En aquel período se fletaron más de cien naves como la Caronte y las enviaron al inexplorado y peligroso Anillo Exterior. Cada una de ellas emprendió un viaje sin retorno: o encontraban un planeta que tuviera condiciones mínimas de habitabilidad para instalar ciudades modulares estándar y que fuera potencialmente terraformable (en cuyo caso se quedarían explorándolo y contactarían con el Mando Central de la misión, que organizaría los convoyes de colonos), o seguirían en el espacio hasta que lo hicieran. Esas tripulaciones lo habían perdido todo, y no tenían adónde regresar. Era un viaje desesperado sólo de ida. 

Con la tecnología de la época en que partió la nave, los sistemas de reciclaje de aire y agua de a bordo podrían mantener a los veinticuatro tripulantes durante un tiempo no inferior a una generación, tiempo que se consideraba más que suficiente para el cumplimiento de la misión; si se demoraban mucho más, la población del sistema Qatif, sencillamente, había perecido víctima de la contaminación y la carencia de agua potable y alimentos. Eso si la guerra no empezaba otra vez. Pero ocurrió que, en el séptimo año de exploración, una llamarada solar que pasó demasiado cerca de la nave le causó graves daños. Los sistemas de soporte vital se vieron afectados, y el capitán Lavrov tuvo que tomar una decisión, junto a su ingeniero jefe, el teniente Darabont, y a su oficial médico, la doctora Christian: toda la tripulación se hibernaría en las criocápsulas de las lanchas de salvamento –la nave no disponía de otras, por cuestiones de diseño–, y habría una guardia rotatoria de un único tripulante, que duraría seis meses. Este tripulante se encargaría de la monitorización de los sistemas de vuelo, del mantenimiento vital de los demás, y por supuesto de seguir con el rastreo del planeta habitable que buscaban. Cada seis meses despertaría al siguiente miembro de la tripulación en hacer la guardia, según un orden prefijado, y antes de ello a cualquier otro que fuera necesario para el cumplimiento de la misión o por alguna emergencia.

El séptimo turno, al comienzo del cuarto año tras el incidente, fue el de la doctora Christian. El despertar fue una experiencia horrible, como si la arrancaran del útero materno. Le costó mucho volver en sí: pasó horas sin poder tenerse en pie, con el cuerpo entumecido y muy hinchada, tanto que casi no pudo reconocerse en el espejo. No se concentraba y apenas recordaba quién era y qué hacía allí. Eran efectos normales del criosueño, pero hay quien lo lleva peor, y ése era el caso de la doctora. No podía quitarse de la cabeza las terroríficas pesadillas que había tenido durante la hibernación de tres años, que eran casi lo único que recordaba: cómo una miríada de seres repugnantes de aspecto insectoide la cubrían por completo, impidiéndole respirar, y empezaban a devorar su cuerpo. Le inyectaban, con sus aguijones, unos huevos que dejaban crecer dentro de ella, hasta que eclosionaban y las larvas salían arrastrándose a través de su carne y por todos sus orificios corporales. Entonces las larvas terminaban de devorar lo que los insectos adultos habían dejado, apenas musculatura y órganos dejados al descubierto. La sensación de millones de larvas comiéndosela lentamente era el mayor suplicio que cabía experimentar, tan agónico como interminable… y para cuando todo se fundía en negro y hallaba el consuelo de la muerte, el sueño volvía a empezar, una y otra vez, en un bucle de años que trastornó la cabeza de la doctora. La alteración de las fases regulares del sueño y la privación sensorial la volvieron loca, aunque seguramente tenía ya alguna predisposición. El tripulante que la despertó y le presentó el informe de los últimos seis meses, el doctor Mahtani, exobiólogo, se dio cuenta de que algo no andaba del todo bien, pero estaba agotado y confuso, muerto del aburrimiento de seis meses, y quería irse a dormir, así que pensó que serían los efectos normales de la hibernación –él también lo pasó mal al despertar– y se metió en su cápsula esperando su siguiente guardia o que lo despertaran porque habían encontrado el planeta óptimo.

El doctor Mahtani nunca despertaría. La doctora Christian seguramente tampoco lo hizo; algo de ella se quedó en el criosueño, perdido entre las horribles pesadillas que devastaron su mente. [...]



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