13 de marzo de 2018

EL EVANGELIO DIGITAL (Relato)



         Quizá nunca algo que haya empezado como un simple juego haya tenido las consecuencias que tuvo aquello. Sus vidas, desde luego, se vieron totalmente alteradas, como jamás podrían haberlo previsto cuando concibieron la broma. Pero no fueron sólo las suyas, sino también las de millones de personas. Hoy ya nadie puede detener lo que pusieron en marcha una noche en un bar. Una vez que la piedra es arrojada al agua, las ondas solamente pueden detenerse por sí mismas; y en la sociedad global nadie tiene la fórmula capaz de predecir ese momento.
Eran tres estudiantes universitarios, aunque sólo uno terminaría la carrera y tendría algo parecido a una vida normal. Delia estudiaba historia, Pablo física y Diego filología clásica, los tres en la Complutense. Eran chicos normales, en sus veintipocos, con las preocupaciones normales de cualquiera de su edad y condición económica, que no era la más desahogada. Estudiaban, salían a divertirse junto a otros amigos y eventuales parejas ‒en aquel entonces Diego sí tenía novia formal‒, trabajaban por sueldos miserables (y eso cuando tenían suerte) para costearse los estudios, consumían alcohol y drogas dentro de lo socialmente admitido… no hubieran llamado especialmente la atención de nadie. Pero, nunca se sabrá si por algún tipo singular de inspiración, por pura casualidad, o lo que fuera, tuvieron aquella idea.
Una noche en que ellos aguantaron más que otros amigos en un bar de copas de La Latina, tras beber cervezas y cubatas en cantidades considerables, terminaron conversando animadamente sobre la historia religiosa de Occidente y los errores históricos y manipulaciones intencionadas que habían creado el actual cristianismo; una versión tan distorsionada del hipotético original que haría de éste, para la gente de hoy en día, algo irreconocible. Discutieron sobre cómo el cristianismo es una heterogénea mezcla doctrinal del judaísmo heterodoxo del Jesús original con toda clase de elementos paganos y añadidos teológicos posteriores, de modo que ese Jesús jamás aprobaría lo que actualmente se denomina “cristianismo”: las asimilaciones procedentes del mitraísmo y el zoroastrismo (la existencia de un Enemigo de Dios, los ángeles, el Salvador nacido de una virgen, el rito de la comunión, etc.), así como los elementos helénicos y egipcios (la influencia de los cultos de Dioniso y de Osiris, por ejemplo), las correspondencias con fiestas preexistentes de la cuenca del Mediterráneo (Saturnales, procesiones de Isis y demás), la adopción de dioses y héroes precristianos de todo el Imperio como santos y vírgenes, de cara a su más fácil implantación en las regiones a que se extendía, la absorción de nociones de la filosofía griega (el logos como el Verbo, el pneuma como el Espíritu Santo, la influencia del neoplatonismo y de la gnosis pagana…), los diversos concilios, empezando por la farsa política de Nicea, donde las doctrinas (como la de la Santísima Trinidad) se establecían para servir al poder de turno (a menudo mediante la persecución y la ejecución de quien representara un contrapoder peligroso), las sucesivas anatemas y depuraciones de aquellas sectas que pretendían recuperar el sentido originario de la doctrina (como los bogomilos o los cátaros)… Tantas, tantas cosas (la defensa a ultranza de la familia y de la propiedad privada sobre todo comunitarismo, el celibato de los sacerdotes, la riqueza de la Iglesia, entre otras) que los tres estudiantes discutieron con pasión, quizá hasta con cierta exaltación, preguntándose cómo habría sido el mundo si tantos añadidos no hubieran desfigurado el cristianismo real para siempre.
Ni siquiera ellos sabrían decir hasta qué punto la cosa fue en serio, como ejercicio histórico y filológico, o en broma, como forma de tomar el pelo a los más crédulos con una nueva farsa, pero la iniciativa surgió de Delia y rápidamente encontró eco en los otros dos amigos, a quienes les pareció muy divertida en ese momento; la inversión de tiempo y esfuerzo sería grande para una burla, pero querían ver el resultado. Escribirían un Nuevo Evangelio, supuestamente nacido en internet a manos de una inteligencia superior que emplearía éste para dirigirse a la humanidad. En la era de los fake de la red, no sería tan difícil colárselo a algunos, se decían. Quizá surgiera de ahí la ocasión no sólo de reírse a su costa, sino hasta de elaborar una investigación acerca de la facilidad para falsear la realidad gracias a los mass media. Bien bebidos como estaban, lo encontraban todo fácil y divertidísimo.
Resultó bastante más trabajoso de lo que pensaban, y al principio no muy alentador. La redacción del Nuevo Evangelio les llevó cosa de dos semanas, y eso que se lo dividieron para trabajar, aunque después Delia pasaría a limpio una versión unificada, desde el punto de vista doctrinal, y Diego le daría la mano final desde el punto de vista literario, para que pareciera obra de un mismo autor ‒aunque, como comentaban, varios textos bíblicos canónicos, como Isaías o todo el Pentateuco, son obra heterogénea de al menos dos manos‒. Se inspiraron ante todo en los Evangelios Gnósticos de Nag Hammadi, pero como éstos ya se conocen desde hace décadas y el texto no iba a destacar mucho de esa forma, hicieron una reinterpretación en clave contemporánea, que pudiera enlazar con la sensibilidad posmoderna y multicultural. Así pues, en su texto, ejemplificando lo que consideraban más criticable de la historia del cristianismo y elevándolo a una nueva potencia, cuajaron un sincretismo de las religiones actualmente más profesadas en el mundo: cristianismo, islam, budismo, hinduismo, taoísmo, sijismo, sintoísmo y otras religiones animistas, y todo ello con toques new age, neopaganos, políticamente reivindicativos, e incluso vagamente científicos, cortesía de Pablo. Tuvieron que filtrar y desechar mucho para que saliera algo más o menos coherente y no un mero batiburrillo, pero al final consiguieron un texto curioso y con cierta gracia.
El Nuevo Evangelio, subtitulado Evangelio de la Red (Netangelium, en inglés, al que tradujeron el título y un resumen para atraer búsquedas en internet) venía a decir que, como pasados unos siglos, la humanidad seguía sin escuchar el auténtico logos, la Palabra Divina, y corría hacia su propia destrucción, era necesario que Dios se le revelara de nuevo en un lenguaje y a través de un canal que pudiera entender. Ya no podía ser una columna de fuego dirigiéndose al pueblo hebreo, o el arcángel Gabriel dictando el Corán a Mahoma, o la iluminación de un solo hombre que transmite su sabiduría al resto como modelo de vida recta. La humanidad unida, global y multicultural, tecnológicamente muy desarrollada, necesitaba una guía que cumpliera esas mismas características, y por eso Dios se mostraba ahora, tan ubicuo como siempre, a través de la red. Y lo hacía con un mensaje muy claro.
Dios está presente en todo ‒Dios es Todo‒, y el mundo contemporáneo, hipermoderno, no le es ajeno ‒es Él mismo‒. En cada época se presenta bajo formas acordes a la misma, y ha llegado el tiempo de una nueva epifanía, pues no importa que ya lo hiciera en el pasado: siempre es olvidado.
La red es el nuevo templo y la forma de comunicación con Dios. Éste ha decidido anunciarse en esta ocasión, la definitiva, a toda la humanidad a la vez, sin intermediarios, en un idioma sencillo que todos puedan entender, sin oscuridades. Por eso la nueva Escritura es traducible a cualquier idioma ‒ninguno es el privilegiado‒ y sustituye a cualquier otro texto sagrado o código anterior. Esta vez no hay ningún profeta ni mesías; no hace falta, el ser humano está listo para comprender, gracias al progreso técnico. Dado que hoy se adora a la Máquina, Dios se encarna en ésta y se presenta como tecnología. Él trasciende toda realidad, el universo físico que habitamos, pero es a la vez éste, Creador y Creación a un tiempo, que sin embargo excede ésta y posibilita “otra vida”. Se muestra en cada cosa de este mundo, cuando Él quiere, y de hecho los dioses en que se han personificado, a lo largo de la historia, las fuerzas naturales (mares y cielos, elementos, estaciones, etc.) y los principios culturales (las instituciones y principales valores de cada pueblo), no son sino sus distintos modos de dirigirse a los hombres. Todos los dioses son auténticos, pero porque son Él, son sus avatares. A cada época le ha dicho lo que necesitaba saber, pero estando la humanidad tan mezclada y avanzada, ya no necesita ser pedagógico y tratarla como a los niños: ahora es adulta y le puede hablar sin ambages.
El motivo de su mensaje es muy sencillo: conmina a la humanidad a poner en práctica lo que siempre ha sabido pero su hipocresía le hace querer olvidar pasadas unas pocas generaciones virtuosas; lo que ya le ha sido dicho una y mil veces por distintos dioses ‒sus manifestaciones‒ y enviados ‒ángeles y profetas‒, pero que siempre es tergiversado y cambiado. La humanidad debe estar unida, respetarse a sí misma y a la naturaleza ‒respetarle a Él, en suma‒, y buscar la paz, formar un único pueblo.
Esto se traduce en una actualización de los viejos preceptos éticos, presentados ahora como un dodecálogo universal: 1) Adorar a toda la humanidad como a Dios mismo, y a Dios en ésta, y a todos los dioses en Él, porque todos son Él. 2) Amar, respetar y proteger todo cuanto hay en la naturaleza, porque es Dios. 3) Ver a Dios en todos los demás, sin importar el sexo, el pueblo o la raza. 4) Defender de la injusticia al débil, donde quiera que se le encuentre, y servir a la comunidad. 5) Ayudar a todo el que lo necesite con el esfuerzo y la hacienda propios. 6) Cultivarse y buscar la perfección espiritual, y practicar buenas acciones, así como alejar de uno mismo toda maldad, aun de pensamiento. 7) No matar ni comer nada con sangre, ni causar sufrimiento a ningún ser vivo. 8) No mentir, estafar, traicionar la confianza ni levantar falso testimonio. 9) No robar, ni apoderarse del trabajo de otro. 10) No envidar ni codiciar lo que no es tuyo, ni propiciar que otros te envidien. 11) No dejar afrenta sin perdonar al final de cada día. 12) Reflexionar cada jornada sobre lo que quieres ser y sobre lo que has hecho, y en qué medida te aproxima a tu propósito.
El Evangelio insta a la humanidad, así, a la unidad de todos los pueblos y religiones, pero lo hace bajo una visión del mundo moderna y científica, sin supersticiones ni oscurantismo ‒pues siendo Él la naturaleza, la fe no puede ser contraria a la ciencia‒. Asimismo, llama a la eliminación de la pobreza y a la paz entre naciones, y recuerda la obligación moral de todo individuo de hacer lo que pueda para disminuir el dolor en la sociedad y en la naturaleza. Y además, niega la autoridad de cualquier clase de sacerdocio, de todo intermediario, de los que dice que manipulan la Palabra para hacer que el ser humano no cambie y que los pueblos no se unan, con el fin de asegurar su propio poder y sus privilegios. Por lo demás, cualquier aspecto ritual o ceremonial, ya sea público o privado, resulta indiferente, con tal de que las prácticas morales sean correctas.
En cuanto a su soteriología, sostiene el Evangelio la pervivencia del alma en cierto “más allá” muy particular. Según aquél, habitamos en un universo de más de cuatro dimensiones ‒no revela cuántas, alegando que ése es un misterio que la humanidad debe descubrir por sí misma‒. No se trata, en rigor, de un “más allá”, sino que la existencia continúa en una quinta dimensión tras la muerte, de forma espiritual, pero en este mismo y único universo material (se pierden las tres dimensiones físicas del cuerpo, pero se mantienen otras, imperceptibles para nosotros en vida). Esa existencia espiritual puede ser luminosa, como ángel, un ser en armonía con el Todo, u oscura, como demonio, un ser disonante con el resto. Siempre ha habido “individuos superiores” que han intuido esto, o a los que les ha sido comunicado, y que lo han transmitido tal y como lo entendieron, desde sus esquemas culturales ‒y por tanto de forma fragmentaria, parcial‒; pero aun así han guiado a la humanidad durante milenios: Rama, Moisés, Zoroastro, Buda, Sócrates, Lao-Tse, Cristo, Mahoma, etc. Todos ellos tenían razón… en parte.
El Evangelio, además, aborda la cuestión de cómo Dios se presenta según las formas tecnológicas de cada época, y dado que hoy lo hace a través de la red ‒por lo que ésta se convierte en su nueva y ubicua Casa o Iglesia‒, es tarea moral mantenerla limpia y emplearla con fines de comunicación y mejora personal y colectiva, pero nunca para fomentar el odio, discutir estérilmente o para dedicarla a la perversión moral ‒léase pornografía‒ o al lucro no basado en el trabajo real, el único que verdaderamente transforma a la humanidad. Eso emponzoña la red, el órgano de interconexión de la humanidad, el sistema nervioso del Nuevo Ser Humano, y por ello es una enfermedad que debe ser combatida.
Cuando Diego, Pablo y Delia tuvieron un texto del que estuvieron satisfechos, tras ese par de semanas dedicándole ratos sueltos, se dedicaron a colgarlo de forma anónima ‒usando pseudónimos distintos cada vez‒ en páginas web (blogs, portales de religión y espiritualidad, foros de debate…) donde pudiera ser leído por gente con propensión a la credulidad. También insertaron enlaces al texto en páginas en las que la polémica se crea con facilidad ‒comentarios de los lectores en la prensa digital, redes sociales, etc.‒, algo muy normal hoy en día, pues todo el mundo se escandaliza y se siente agraviado ante cualquier opinión que difiera lo más mínimo de la propia.
Durante unos días el texto pasó totalmente desapercibido, lo cual, pese a ser lo esperado por los tres jóvenes, resultó a la vez desalentador. Pero al cabo de un par de semanas empezó a producirse alguna tímida reacción: comentarios breves, vagamente positivos; fue compartido unas cuantas veces; recibió algunas enhorabuenas, y cosas así. También, aunque menos, hubo comentarios insultantes, de indignación o desprecio, que causaron la hilaridad de los estudiantes, pero fueron los menos. Pronto, en unos pocos meses, el texto empezó a circular bastante por círculos un tanto underground, por no decir simplemente frikis. No se tenía, en ese momento, sino como algo curioso, que no se sabía muy bien si tomar en serio. Le llegaba a la gente por correo electrónico y se compartía como un contenido más en las redes sociales. Y en algún momento se produjo eso que nadie sabe hacer a propósito, eso que ocurre, o no, sin que haya modo de predecirlo: el texto se hizo viral.
Su difusión creció exponencialmente. Una señal de que la cosa iba a todo trapo fue que algunos periódicos, de esos que se limitan a enlazar contenidos de la red en vez de crear los suyos propios, se hicieron eco del asunto (“¿Un nuevo evangelio nacido en la red?”) y lo multiplicaron por diez. Los comentarios de los lectores alcanzaron miles en pocos días, dándole una dimensión nueva al fenómeno. Entretanto, los tres jóvenes contemplaban todo esto mientras seguían haciendo su vida normal, amparados en el anonimato, alucinados por la súbita repercusión de algo que habían planteado como una tomadura de pelo, pero que empezaban a intuir que se les iba de las manos. Delia, especialmente, comenzó a mostrarse preocupada por si de algún modo podían rastrear el origen del texto y llegar hasta ellos, aunque Pablo intentó tranquilizarla, a ella y a Diego, asegurándoles que eso no era posible porque no tenían el texto alojado en ninguna página o servidor propio, y que con los procedimientos seguidos no podrían rastrearlos a no ser que se pusiera a ello la NSA, “por lo menos”.
Pero, como académicos que eran ‒o querían ser‒, se dieron cuenta de la magnitud del caso cuando su obra, leída ya por tanta gente que empezaba a generar menciones en la televisión y otros medios acerca de su autoría y origen, terminó recibiendo desmentidos de expertos que quisieron dejar claro el carácter espurio del Nuevo Evangelio. Consiguieron el efecto exactamente contrario: al meterse en liza, lo que hicieron fue darle eco a un texto que la “gente seria” no había leído o del que ni siquiera había oído hablar. Entonces sí que lo leyó, para ponerse al día de esa polémica que tanto debate producía en las redes y los mass media, hasta el punto de que los expertos habían tenido que intervenir: el tema parecía interesante. Desde ese momento, todo el mundo conoció el texto.
A partir de ahí, las cosas fueron tan deprisa que pronto perdieron toda ilusión de control sobre lo que habían creado. La sorpresa y las risas iniciales dieron paso enseguida a la inquietud y hasta al miedo. Un día habían leído el texto cien personas, al otro mil, luego cinco mil, después cincuenta mil, y no mucho después llegaron casi al millón. Y todavía no habían empezado a surgir las traducciones a otras lenguas; eso llegó más tarde, y entonces la bola de nieve creció enloquecidamente. Empezaron a proliferar versiones en inglés, luego en portugués y francés, y después en alemán e italiano… todas ellas hechas por particulares y subidas a internet ‒en blogs y páginas de diversa índole‒, ya fueran gente de fe que quería difundir la Nueva Palabra, escépticos ‒o creyentes de cualquier confesión‒ que querían desmentirla o ridiculizarla, o simplemente interesados con afán de conseguir tráfico en la red. Ni que decir tiene que esas traducciones eran libérrimas y jugaban con el texto a su antojo, modificando éstos o aquellos puntos considerablemente, ya fuera de forma intencionada o por error. Al poco tiempo, el texto estuvo disponible en hindi, mandarín, persa y otros idiomas, con lo cual la mayor parte de la humanidad, huérfana de dioses a la altura de los tiempos y de mensajes de unidad y de esperanza ‒sobrada más bien de estériles disensiones‒, pudo leer ese texto que tanto prometía; aunque en algunos países (como Arabia Saudí, Pakistán o Corea del Norte) fue severamente perseguido.
          Mucha gente fue aceptando ‒lo cual era ya un acto de fe considerable‒ que el Evangelio había surgido de la red misma, la cual es la Voz de Dios. El revuelo a esas alturas era ya extraordinario; una polémica como hacía décadas (como poco) que no se recordaba. Llegado ese momento, se produjeron intervenciones muy agresivas de políticos conservadores ‒en Europa y toda América‒ y de la Iglesia católica. Tampoco faltaron los anatemas promulgados por pastores protestantes, especialmente en Estados Unidos; pero hubo otros que dijeron que el documento era fidedigno, por lo menos en espíritu, y que había que respetarlo. En el mundo musulmán tuvo un tímido seguimiento, y fue leído casi a escondidas; de hecho, en varios países sunníes se ejecutó a quien fue encontrado con un ejemplar. En Latinoamérica fue seguido en masa, y se imprimió en múltiples ediciones baratas, normalmente fotocopiadas. En Asia tuvo muchos seguidores, que hicieron síntesis ‒de lo que en realidad ya lo era‒ con el budismo, el sintoísmo, el hinduismo, etc. En general, encontró tantos detractores como partidarios, los cuales creían que era el evangelio propio de nuestro tiempo y comenzaron a seguirlo y a ponerlo en práctica.
         Viendo lo apabullantemente rápido que se sucedían los acontecimientos, y que el texto empezaba a difundirse en toda clase de ediciones piratas que generaban ingresos, se produjo una discusión muy seria entre los jóvenes, que ya hacía varias semanas que no sabían qué hacer y estaban muy tensos ante el inesperado éxito de su iniciativa. Días atrás habían retirado las publicaciones originales que pudieran conducir hasta ellos, aunque ya daba igual, porque había cientos de miles de copias digitales en internet. Diego no quería dejar pasar la oportunidad de sacar tajada, y optaba por reclamarlo públicamente. Delia y Pablo no querían hacer eso ni locos, pues pensaban, no sin razón, que los destruiría. La posibilidad de hacerse ricos los tentó a todos, es cierto; pero los otros dos amigos prefirieron mantener el anonimato, y comoquiera que Diego insistía, llegaron al acuerdo de que reclamara el texto como propio si quería, pero que dijera que era obra suya y no los metiera. La relación entre ellos empezó a hacer aguas en ese momento, sobre todo cuando Diego les exigió poner por escrito que renunciaban a cualquier beneficio económico futuro, cediéndole los derechos en exclusiva. No quería arriesgarse él para luego tener que repartir las ganancias.
         Y así, dio la cara. Se lo dijo antes a su familia y su novia, quienes al principio no podían creerse que él estuviera detrás de aquel escándalo; pero superada la estupefacción inicial, lo apoyaron sin prever consecuencias. Todo cuanto tiene que ver con la fama es visto hoy como algo atractivo y excitante, y al fin y al cabo, sólo había sido una broma sobredimensionada. Diego se dirigió a una importante editorial a la que informó de que él era el autor y podía demostrarlo, porque tenía archivos del texto anteriores a las copias más antiguas que circularon por la red. Tras insistir mucho y esperar durante horas, consiguió hablar con un editor que desconfiaba de aquel joven que se atribuía lo mismo que muchos otros se habían atribuido en el mundo; pero finalmente, las pruebas documentales que traía consigo y el relato de cómo había concebido el Evangelio lo llevaron a aceptar su autoría. Diego le dijo que quería publicar una versión autorizada del texto, de mano de su creador. Ésta iría acompañada de un prólogo en el que se aclararía que la obra era una ficción, y que bajo ninguna circunstancia debía ser tomada como cierta. La cantidad que pidió al editor fue exorbitante, y llevó un par de días obtener el visto bueno del consejo de administración, dado que hubo que sopesar si merecía la pena editar algo que tanto había circulado ya por la red. Pero la idea de la polémica que esta edición podía generar, con la firma del auténtico autor del texto ‒hicieron alguna indagación adicional para verificar lo que éste les decía‒ y el desmentido oficial de su origen divino, hizo que se decantaran en su favor.
         Hicieron una primera tirada de medio millón de ejemplares, y Diego recibió un adelanto de cincuenta mil euros que no llegaría a disfrutar. Delia y Pablo se alegraron de no haberse involucrado, pues la vida de Diego cambió radicalmente de la noche a la mañana; de repente era un personaje famoso, el autor de uno de los textos más leídos en el mundo ‒aunque no hubiera visto ingresos por la mayor parte de las copias que circulaban por la red‒, y ello con la particularidad de que se trataba de un escrito religioso tenido por verdadero por muchísima gente. No era un escritor, era un evangelista. El primero de la era digital, el primero entrevistado en los medios, en directo, el primero con rostro conocido. Portada de las más prestigiosas revistas.
      Había creído que podría mantener su vida y sus relaciones como hasta entonces, pero no fue así. En cuanto a sus amistades ‒dejando al margen a Delia y Pablo, con quienes ya prácticamente no se hablaba‒, hubo reacciones de todo tipo: desde los que, tras la primera sorpresa, se tomaron todo aquello con sentido del humor, a los que no se lo creyeron hasta que lo vieron en televisión; e incluso perdió a algunos amigos, creyentes muy ofendidos por lo que había hecho. En la facultad, en general, lo tomaron por un cretino, una vergüenza para la profesión, aunque también hubo quien se arrimó a él buscando contagiarse de fama y notoriedad. Entretanto, Delia y Pablo tenían mucho miedo de que su antiguo amigo terminara yéndose de la lengua y reconociera su participación, o de que fuera investigado y sus nombres salieran a relucir de algún modo.
        Diego recibía muchas ofertas para entrevistas y colaboraciones: en televisión, radio, prensa, podcasts, webs, conferencias en diversas iglesias menores, y un largo etcétera. Se prestó a varias de ellas en medios de gran relevancia, guiado por el representante que le salió de debajo de las piedras en cuanto olió la pasta. En diversas entrevistas intentó aclarar cuáles habían sido sus intenciones al escribir el texto, así como que nunca quiso faltar al respeto a nadie; pero que tampoco quería que otros se enriquecieran a costa de su trabajo, que por eso reclamaba ahora. Después de estas entrevistas empezó a recibir las críticas más furibundas de grupos y líderes religiosos de toda índole: los que nunca aceptaron el Evangelio, por blasfemar de tal manera; y los que sí lo habían hecho, por retractarse y burlarse ahora de ellos. Recibió incontables amenazas y el público empezó a acosarlo hasta el punto de tener que darse de baja de todas las redes sociales. Un día, en una cafetería del centro de Madrid, donde estaba con su novia, fue increpado por un grupo que enseguida pasó a las manos y quiso lincharlo. Tuvieron que refugiarse en el interior y llamar a la policía, que a duras penas pudo sacarlos de allí con algunos arañazos y contusiones. Su novia, Ruth, abrumada, lo dejó inmediatamente. No podía soportar aquello más tiempo. Su familia, también acosada y amenazada, con pintadas constantes en el portal e incluso en el rellano de la escalera, lo estaba pasando francamente mal.
          Lo siguiente fue que se creó una iglesia en su nombre, un culto denominado la Nueva Iglesia de la Humanidad Unida, que adoraba a la red al considerarla la “máscara de Dios”. Estos “renovadores” pasaron a defender activamente a “su profeta”, y unos días después de las duras críticas ‒hay quien diría amenazas‒ que recibió por parte de un polémico obispo católico, quemaron una iglesia en México. Las tensiones sociales fueron en aumento y se produjeron disturbios en numerosas ciudades del globo. Diego volvió a comparecer, en un acto retransmitido en vivo por internet, para pedir calma, pero dio igual. La Nueva Iglesia lo nombró su líder, pese a sus desmentidos (“las fuerzas del mal lo tienen preso y lo obligan a ello”, decían) y a que, de hecho, hizo un llamamiento público a no seguir ese “culto absurdo”. Aun así, éste no dejó de crecer, tanto por lo convincente que resultaba su credo como por el apoyo que prestaba a los desfavorecidos en tiempos de crisis como aquéllos. Diego era vituperado y amenazado por muchos colectivos, y llegó a haber recompensas por su cabeza, mientras que otros consideraban que fingía cuando renegaba de la fe que él mismo había fundado, o que, con independencia de lo que dijera ‒o de lo que él creyera‒, Dios lo había empleado como su instrumento.
Luego vinieron los comentaristas del Evangelio y los iluminados que lo desarrollaron y que elaboraron a partir de él una teología más compleja, en diferentes ‒y contradictorias‒ direcciones. Todos los intentos de Diego y de su editorial ‒que a esas alturas había hecho ya mucho dinero‒ por desautorizarlos fueron vanos. El texto ya no tenía dueño. La gente del entorno del joven o no le hablaba (por considerarlo un impostor, un fraude, o un enfermo, quizá un loco) o lo admiraba como profeta, cosa que él no dejaba de negar que fuera.
Finalmente, un fanático lo mató a tiros en plena emisión, en un debate televisivo. Tuvo cómplices, que lo dejaron entrar armado en el edificio para que acabara con el blasfemo. Millones de personas vieron, aterrorizadas o gozosas, la ejecución en directo. Tras enterarse, Delia cayó en una depresión profunda, pues se sentía culpable por haber tenido la idea originalmente, y acabó vagando de médico en médico el resto de su vida ‒con la ironía de que alguno de ellos fue un “renovador”‒. Sólo Pablo pudo tener una existencia relativamente normal y continuar sus estudios y una carrera profesional.
Ahora, ya lo sabéis, hay una nueva religión en el mundo que surgió de un texto nacido como broma, y millones de seres humanos adoran al profeta que tuvo que dar su vida para que su palabra fuera escuchada, tras hacerlos dudar de ella él mismo para ponerlos a prueba; la unión de Cristo y Judas en una misma persona. Es la voluntad de Dios.




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El Evangelio digital © D. D. Puche 2018 
(by SafeCreative). 
 
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2 comentarios:

Jorge Ros Sanchez dijo...
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Escritor Bifronte dijo...
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