15 de enero de 2018

TÂMÎÊL (Relato)



El hermano Joachim, nacido Johannes de Ribbentrop, monje benedictino y exorcista, fue quemado a las puertas de la catedral de Wurm el 15 de julio de 1362, acusado de blasfemia, de practicar magia negra y pactar con el Anticristo. El juicio sumarísimo al que se le sometió estuvo lleno de lagunas y contradicciones, pero las confesiones que le sacaron los delegados de la Inquisición no dejaron lugar a dudas. Además, fueron varios los testigos que declararon que poseía objetos encantados y que lo acompañaba siempre una oscura presencia que causaba esterilidad en los campos y abortos a las mujeres, además de haber envenenado el agua de un pozo. Su celda fue examinada por el obispo en persona, su Excelencia Jacques de Rancey, quien limpió aquel lugar maldito de toda presencia demoníaca y dirigió la destrucción, bajo las llamas purificadoras, de todas las posesiones de aquel enemigo de la iglesia y de Dios. 


No obstante, parece ser que no ardieron todas las posesiones. El obispo se quedó en secreto con el bien más preciado de Ribbentrop, un libro encuadernado en cuero con herrajes y una cerradura de bronce, escrito sobre pergamino con una mezcla de tinta y sangre de cordero, y adornado con los más variados sellos y símbolos arcanos, la mayor parte de los cuales eran indescifrables. El libro, escrito de puño y letra de Ribbentrop, no pertenecía a este mundo, sin lugar a dudas, sino al Abismo; y aunque en aquel entonces no poseía aún título ‒ciertamente, ninguno aparecía en sus primeras páginas‒, la posteridad ha terminado conociéndolo como el Libro de Ribbentrop, el Códice Aciago o Las enseñanzas de Tâmîêl. Un libro diabólico por el que se ha derramado mucha sangre, y del que se dice que es a la vez una fuente de fortuna y de perdición para su poseedor. 


En efecto, monseñor de Rancey llegó a convertirse en cardenal y fue llamado a formar parte de la curia pontificia por su Santidad Gregorio XI, cuando éste trasladó el papado de nuevo a Roma. En la ciudad inmortal Rancey se relacionó estrechamente con algunas de las familias más importantes de la nobleza, como los Colonna, y fue nombrado confesor particular de Gregorio, como más tarde lo sería ‒cosa inaudita‒ de Urbano VI, durante cuyo papado empezó el Cisma de Occidente. Rancey tuvo trato no sólo con la nobleza italiana, sino también con artistas y filósofos ‒entre los cuales se contaron astrólogos y alquimistas‒ que, a su amparo, medraron en aquellos tiempos en Roma. Quién iba a decirlo del que fuera un obispo tan solícito a la hora de quemar a un nigromante como Ribbentrop. Y no sólo protegió a semejantes personajes, la mayoría de ellos vividores y charlatanes, sino que Rancey perteneció a sociedades clandestinas de inspiración gnóstica (cátara o bogomila, seguramente), a las que favoreció y mantuvo en el anonimato sirviéndose de su influencia. Desde luego, el cardenal y confesor papal vivía una intensa y peligrosa doble vida. 


Ésta terminó pasándole factura ‒era inevitable‒, pues murió en extrañas circunstancias. Nunca se supo con certeza, pero informaciones relativamente fiables sostienen que fue asesinado mientras practicaba ritos demoníacos relacionados con el bestialismo y la magia roja. Quizá el sacrificio fue él. Su cadáver fue hallado en sus dependencias, según se dice junto a un lechón muerto y en tan abominable postura ‒degollado sobre éste como si lo estuviera cubriendo‒, que ninguna investigación se puso en marcha; el asunto fue silenciado por orden directa papal y se echó tierra sobre él, porque que el confesor de su Santidad estuviera metido en semejantes ceremonias no debía saberse de ninguna manera. Por lo que respecta al libro, que tuvo mucho que ver con su rápida ascensión y con su brusca e infausta caída, acabó en manos de los Exacueri, una secta extendida entre ciertos grupos de la emergente burguesía de la época. Éstos se dedicaban a inclinar la doctrina religiosa oficial para influir en el curso de la política, y ello mediante el asesinato o difamación de los defensores de los dogmas que no les interesaban. 


Lo siguiente que se sabe del libro, ¡oh, hermanos!, es que permanece durante décadas en poder de una Congregación de los Exacueri, hasta que ésta termina disuelta y exterminada por la Inquisición. La iglesia sabe cómo devolver los golpes. Pero el libro, del que por supuesto no tiene conocimiento, se pierde. Y no sabemos cómo, reaparece unos años después en posesión de Robert Widham, diplomático inglés con el que el códice viaja a las islas británicas. Allí pasa por varias manos de la corte y tiene algo que ver con diversos asesinatos de personalidades, siempre implicadas en conspiraciones, las cuales medran espectacularmente para hundirse de forma no menos espectacular. De nuevo lagunas en la narración, y volvemos a tener referencias contrastadas del libro ya en el siglo XVII, en el que sabemos que ha llegado a Escocia y pertenece a la familia Dunbar, un linaje de comerciantes de lana enriquecidos que han recibido tierras y títulos nobiliarios de la corona. Su patriarca, el 17º baronet de Wadsworth, gusta del ocultismo, y se cuenta que posee manuscritos originales del mismísimo John Dee. 


Descendientes de Wadsworth se contarán ininterrumpidamente entre los miembros más relevantes de la Gran Logia del Amanecer, nº IX, MDCCLXVI, del Rito Escocés, la cual desempeñó ‒todos los aquí presentes lo sabemos‒ un singular papel en la aplicación de la Sabiduría y del Arte en aquellos convulsos tiempos en los que se extirpó la Flor de Lis de Francia, así como en propiciar, a la par, el progreso científico y técnico. El martillo y el cincel renacían, como en la época del Templo y de los Primeros Maestros, pero adaptados a esos nuevos tiempos, y la Logia del Amanecer hizo su trabajo de manera ejemplar, de la cual podemos sin duda sentirnos orgullosos, antes de su trágico final. Pero como todo lo que nace, había de concluir, y el libro, que ocupó un lugar destacado sobre el altar de la Número IX, junto a la calavera y el compás, terminó bajo nuestra custodia. Desde entonces es la más importante, pero también la más peligrosa de nuestras reliquias, y la clave de una prosperidad que, no lo olvidemos, hermanos, algún día declinará, como todas las cosas, y el libro jugará un importante rol en ello. «Temamos la fuente de nuestro Saber», como hacen los hombres sensatos.


Si sabemos de todas estas peripecias del libro, ¡oh hermanos Compañeros!, es porque el propio libro nos las ha contado. No me miréis con esa cara; os entiendo, yo estuve donde vosotros estáis ahora y reaccioné del mismo modo, pero habéis de estar preparados para toda clase de maravillas y terrores en este vuestro nuevo grado. Ciertamente, el libro habla a quien sabe dirigirse a él. No me refiero a que, escudriñando su letra, cada cual halle las respuestas que busca. No: digo literalmente que el libro habla a quien se dirige a él con el corazón limpio y la mente despejada, y conoce los Secretos del Arte. Un poderoso espíritu mora en él, atrapado por Ribbentrop tras un exorcismo de tres días y tres noches, al cabo de los cuales el demonio fue sacado del cuerpo de la muchacha en que se encontraba y aprisionado en su nuevo cuerpo de pergamino. El desdichado Ribbentrop pagó su éxito con la vida, y fue la primera víctima de una larga lista; fue tomado por brujo y mano del diablo, cuando fue quien confinó ese espíritu en este volumen. No lo confió a sus propios hermanos de congregación, y guardó el libro en su celda, por no fiarse de que ellos no sucumbieran a la tentación de leer sus páginas; y tenía razón, porque uno de ellos, tentado por el libro a través de ensueños, fue quien presentó los falsos cargos ante la autoridad eclesiástica. 


Ese espíritu no es otro que Tâmîêl, cuyo nombre ya mencioné antes, pues le da al libro uno de sus títulos. También se le conoce como Kasyade, el Poder Oculto, y es uno de los ángeles caídos descritos en el Libro de Enoch ‒que no en vano fue excluido del canon bíblico, pues es uno de los pocos libros que sostiene alguna dosis de verdad sobre los Espacios Superiores‒. Pero hasta ese texto está investido de falsedades, escrito en un lenguaje para el vulgo, incapaz de comprender la auténtica verdad a la que vosotros sí tendréis acceso. Hoy, de hecho, aprenderéis una crucial lección que añadir a lo que el hermano Ogilvie os reveló ayer. Quizá ésta os conmocioné todavía más, pero debéis aceptarla con serenidad y meditar detenidamente sobre ella. 


Ésa es mi advertencia, pero continúo. Tâmîêl, el espíritu aquí contenido, desea por encima de todo destruir el libro para liberarse de su prisión, que se prolonga ya por seis siglos. Para ello el libro debe ser quemado; no hay otra forma. Sin embargo, un hado lo ha impedido hasta la fecha, y esperemos que siga siendo así por mucho tiempo, por nuestro propio bien. Tâmîêl se muestra oscuro al respecto y no quiere confesar, pese a las ataduras que lo fuerzan a ello; no obstante, hemos podido confirmar a través del Ritual del Prisma y de la Invocación Mayor, dirigiéndonos a Entidades Exteriores, que el ángel caído ‒por así llamarlo‒ está obligado a servir al depositario del libro, y que ha de mostrarle verdades. Ahora bien, el ingenioso numen se las arregla para introducir en ellas las semillas de la destrucción de su poseedor, al cual intenta perder o hacer enloquecer, cuanto menos, para que lo libere. Así, quien está en poder de este volumen y sabe qué hacer con él, descubre secretos que le proporcionan un inmenso éxito, pero ha de cuidarse de la ruina que esconden. 


Como señalé antes, el libro no dice siempre lo mismo, como cualquier otro, con independencia de quién lo lea; a esto me refería con que el libro habla a quien sabe dirigirse a él. Pero no es cuestión de simple exégesis: el propio texto va cambiando, como si se reescribiera de continuo. Es imposible leer dos veces lo mismo en sus páginas; los pasajes transmutan como las arenas de una playa barrida una y otra vez por las olas del mar. Leerlo es modificarlo, y nunca se puede volver atrás; no hay mensaje que se repita. El libro, o sea, Tâmîêl, se dirige a su interlocutor y le proporciona importantes claves para alcanzar el Poder, pero siempre, a la vez, se aprovecha de la confianza así ganada e intenta engatusarlo para arrastrarlo a su perdición. No puede evitarlo, es su naturaleza. Ya ha acabado así con las vidas de muchos de sus propietarios, durante estos siglos. El libro está vivo, si es que la palabra vida es adecuada, y hay que tener las máximas cautelas con él. Por eso sólo el Gran Maestre de nuestra Orden y los Caballeros del Círculo pueden abrirlo y leerlo, siempre estando al menos dos juntos, y con las máximas precauciones. No se pueden improvisar las preguntas al libro. Todo tiene que estar calculado y medido con él. El potente conjuro de Ribbentrop le obliga a decir la verdad, pero repito, lo hará siempre de modo que pueda dañar a su propietario, así que leerlo es como jugar al ajedrez con la muerte; la desgracia y la locura acechan en sus páginas. Y siempre hay que tener en cuenta que todo lo que diga estará pensado para perdernos, así que hay que tomarlo con reflexión y con las máximas cautelas. 


Entre las cosas que el libro ha afirmado, y ésta es la lección crucial a la que antes hacía mención, vuestro aprendizaje de hoy ‒pero tened en cuenta las precauciones que os he señalado‒, está la siguiente, hermanos: que la Potencia a la que el vulgo se refiere como Dios no es más que otro de los muchos Seres Superiores que habitan el Empíreo, espíritus que moran en planos metafísicos diferentes al nuestro. Y este Ser no era mayor que los demás, ni el Creador, sino que era uno de ellos, igual en grandeza y poder; pero uno particularmente astuto, que los traicionó y sepultó en este mundo material, donde nos puso a nosotros con algún oscuro propósito. Y desde entonces, desde hace eones, los demás Seres Superiores planean liberarse y vengarse del Usurpador por todos los medios. El papel que la estirpe humana juega en esa guerra nos es por hoy desconocido.







Tâmîêl © D. D. Puche 2018
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