29 de enero de 2018

EL MITOCOSMOS (Relato)



‒Pero, entonces, ¿los dioses existen, maestro?
El niño miró tímidamente, como avergonzado de su pregunta, al anciano. Éste pensó durante unos segundos cuál sería su respuesta. No era fácil explicar aquello a un chiquillo.
‒Existen, en efecto, pero no son lo que la gente suele pensar. Su realidad es espiritual, y esto es lo que ha confundido a generaciones. Tanto sacerdotes de todos los cultos como filósofos han errado siempre acerca de este asunto, y cuando parecían acercarse al blanco, terminaban alejándose.
‒¿Es porque...?
‒Escúchame y no me interrumpas. Si haces una pregunta tienes que atender la respuesta.
El alumno calló, obediente.
‒El mundo espiritual no es material. La propia palabra ya lo dice, ¿verdad?
El alumno asintió, sin abrir la boca esta vez.
‒Lo espiritual no es material, corpóreo, y por lo tanto, de los seres espirituales no se puede decir que estén "ahí fuera", ¿no te parece?
‒No, claro que no.
‒No es que estén fuera de nosotros, existiendo por sí mismos, aunque sea en algún plano de la realidad distinto del nuestro... No, no es nada de eso. Existir, existen, pero no con independencia de nosotros. Habitan el mundo espiritual, pero éste se halla en nuestro interior, por así decirlo. Es una forma inexacta de hablar.
‒Es lo que antes no entendí, maestro. Si están en nuestro interior, ¿no es lo mismo que decir que no existen en realidad? ¿No son los productos de nuestra imaginación?
‒No, no... No lo has entendido, está claro. Eso sería igual de simple que creer, por el contrario, que existen como entidades independientes, que ya estaban ahí antes de nosotros, que crearon el mundo, o al menos lo organizaron... todo eso. Son los dos extremos equivocados: el que les da una entidad que no tienen y el que, a la inversa, les quita toda realidad. Teístas, deístas, agnósticos... todos se equivocan. Los panteístas son los que más se han acercado, aunque hasta ellos yerran. Escúchame: el mitocosmos es real. Lo que ha ocurrido en él no ha ocurrido en el mundo material, pero sí en el psíquico; son los conflictos internos y los descubrimientos del espíritu. Y algo, por ser psíquico, no es menos real.
El maestro miró a su alrededor antes de seguir. El templo estaba en perfecto silencio, sólo interrumpido por la conversación que mantenía con el estudiante. Poseía mucho potencial; para tener tres años pensaba bien. Sus padres habían invertido mucho dinero en su ampliación cognitiva. Esperaba que no le diera problemas con el registro emocional; a menudo ese desfase causaba incoherencias serias que mermaban el desarrollo de los jóvenes.
Un par de alondras digitales pasaron sobre sus cabezas. Afuera, al otro lado de las cristaleras del fondo, la gente pasaba por la avenida central del complejo ociocultural, donde se hallaba el templo. Todavía le quedaba un cuarto de hora de formación del chico, antes de que sus padres volvieran a recogerlo.
Desde que la estimulación del lóbulo temporal se había extendido comercialmente y se practicaba en cualquier establecimiento autorizado, el renacer de la espiritualidad había sido vertiginoso. Psicodōjōs como el suyo habían proliferado exponencialmente. La gente estaba necesitada de guía para el mundo que ahora ellos, y sus hijos desde muy temprano, eran capaces de percibir nítidamente. Lo percibían, pero no lo entendían; gurúes, chamanes, sacerdotes de toda índole, teólogos y filósofos habían experimentado un renacer sorprendente después de la larga época de materialismo que casi había extinguido la religión, a finales del siglo anterior. Ahora, como por un movimiento de péndulo, la gente buscaba activamente interpretaciones de esos fenómenos. La armonía de la tecnociencia y lo ritual y simbólico había transformado la apariencia y el funcionamiento de todo el mundo desarrollado, aunque en grandes partes del mundo sólo hubieran producido el peor fanatismo. Los países del Bloque de Xen, por supuesto, tenían prohibida toda la tecnología noética.
La escuela a la que él pertenecía era la evolución psiconaútica de lo que antaño fue el psicoanálisis, que quiso ser ciencia ‒en el siglo XX‒ por no entenderse a sí mismo, su auténtico alcance. Dicha escuela era la preferida por muchos profesionales del Sector Quinto, como los padres del chico. La madre, de hecho, había participado en un retiro con ellos, hacía unos años.
‒Escucha. El que más se acercó a la verdad fue Jung. ¿Lo conoces?
‒Lo estoy mirando en el Plexus ahora mismo ‒dijo el niño, con su mente desdoblada en el espaciotiempo real y en la base de datos‒. Hay mucho sobre él.
‒Bien, no te distraigas. Atiende. Los seres espirituales, que él denominó arquetipos, no subsisten, es decir, no existen con independencia de la especie humana. Pero sí existen, son reales, en la medida en que, una vez aparecidos (y son tan antiguos como el Homo sapiens, pues son parte de su evolución), no responden a nuestra voluntad y demuestran tener una conducta propia.
‒Estoy leyendo que, según Jung, los arquetipos son representaciones psíquicas básicas de la humanidad. Lo masculino, lo femenino, la sombra, el traidor… esquemas de la conciencia, que cada cultura o individuo dota de contenido concreto.
‒Sí, así lo planteaba Jung, y no es que eso sea falso... pero no es toda la verdad; sólo vio un aspecto. Mira: los arquetipos son dioses, lo que pasa es que los dioses no son algo concreto, y ello precisamente porque no son materiales. Permanecen en cierta indeterminación. Se muestran siempre bajo avatares, bajo formas reconocibles por nosotros que surgen de nuestro entorno cultural. Pero ellos poseen una serie de rasgos propios; son una constelación de funciones psíquicas que han cristalizado en ellos, que han cobrado vida autónoma. Una vez aparecidos en el mundo espiritual, actúan, a su manera, y producen algo así como fenómenos meteorológicos en el alma humana, no sé si me entiendes.
‒No, creo que no.
‒Era una analogía compleja. Verás. Los dioses no están en tu cabeza. Ni en la de nadie en particular; no son fantasías, ni un delirio colectivo. Nadie los ha inventado. Simplemente son. Habitan una especie de sustancia que Jung llamaba el inconsciente colectivo, cuya realidad él nunca pudo demostrar, pero que nosotros ahora, gracias a la tecnología, podemos captar. Es lo que percibes gracias a tu implante cerebral. Toda mente humana está conectada a una especie de red. Es como el Plexus, ¿sabes? Pero en vez de ser digital, es psíquica. Está viva, no es mera información, sino que piensa, reacciona a los estímulos, siente, se reproduce. Si la humanidad se extinguiera, esa red, el inconsciente colectivo o Limbo, desaparecería con nosotros. Pero mientras existamos, también ella existirá, conectando nuestras mentes, o almas, como prefieras. Y allí aparecen formas de vida autónomas. Son los dioses, tanto mayores como menores, los distintos númenes de los que las mitologías han hablado siempre. Y aparecen en nuestros sueños, cuando dormimos. En el sueño, nuestra mente se conecta de forma directa a esa red, como al meditar o experimentar ciertas formas de éxtasis. Piensa esto: de día no podemos ver las estrellas, pues la luz del sol las eclipsa. Pero de noche, puesto el sol, sí que podemos. Pues bien, es algo parecido: nuestra consciencia, el ego, es como un sol que no nos permite captar el mundo espiritual; pero al dormir, sin embargo, nada lo eclipsa. Ahora, con la estimulación del lóbulo temporal, incluso despiertos podemos captar esas entidades espirituales, pero como sombras y murmullos, sin comprenderlas bien.
‒Mis padres dicen que es bueno saber de este asunto, pero que las prácticas tradicionales no sirven de nada. Rezos, rituales, todo eso. Que los espíritus no nos hacen caso. Sin embargo, mi madre medita mucho, dice que hay que experimentar el vacío. ¿Es compatible? Ella hizo cursos de la Orden…
‒Es compatible, sí. Es difícil establecer tesis absolutas sobre todo esto, dado que lo espiritual es voluble, cambiante; como te decía, los dioses sólo se presentan a través de avatares. Los hindúes comprendieron esto bien. En realidad, todas las religiones son una, la misma; los númenes se presentan de mil formas distintas, pero su fondo permanece. Por otro lado, lo que dice tu madre es cierto, hasta cierto punto. Es verdad que ellos no pueden hacer nada en el universo material, pues no pertenecen a éste. Pero hasta eso admite matices. Operan en el universo espiritual, lo cual quiere decir que no pueden hacer milagros (por definición, lo que va contra las leyes materiales del universo), pero sí, por ejemplo, actuar psicosomáticamente sobre nosotros y ayudarnos a vencer enfermedades o alcanzar logros que pensábamos imposibles. Pueden sacar lo mejor de los humanos, canalizando nuestros esfuerzos mentales hacia cualquier meta superior. Incluso para el creyente medio, irreflexivo, que se limita a rezar, esto no es baladí. Los dioses nos muestran caminos, nos dan un sentido. Sin ellos todo estaría desierto, vacío, muerto. El mundo espiritual es tan necesario para nosotros como el material. Vivimos entre los dos mundos: el cuerpo en el material, el alma en el inmaterial, y la mente, el intelecto, justo entre los dos. La meditación, la oración y los rituales son necesarios para acceder al mundo espiritual e interactuar con él; para sacar a la mente de la trampa de la percepción en que se haya sumida, el velo de Maya. Son necesarios para reorientarla a lo espiritual. Por eso te decía antes que tampoco soy partidario de ese deísmo que cree en un Dios “relojero cósmico”, creador de un mundo al que luego es indiferente y con el que no interactúa. Un deus otiosus no es un dios: si no se implica en el mundo, no es más que una abstracción.
‒¿Y el vacío, entonces...?
‒Sí, verás. Éste es un aspecto clave. Como el mundo espiritual es inmaterial, los espíritus no "están" en ningún punto particular del espacio-tiempo; no pertenecen al continuo. Lo que percibimos, sus avatares, son ya proyecciones de nuestra psique consciente a partir de intuiciones previas psicosociales. Ellos son más bien como fuerzas, corrientes, olas de un océano tempestuoso. El océano en sí, captado al margen de esas particularidades, es la sustancia espiritual misma de la que éstas se nutren. Es el reino del espíritu, el inconsciente colectivo, la red orgánica que une a todos los seres humanos, y quién sabe si a todos los animales, o los seres vivos, de la Tierra. El Uno-todo, que no está fuera de nosotros (como sostienen las metafísicas realistas tradicionales), sino en nosotros (como dijeron los filósofos idealistas, aunque también ellos lo desarrollaron mal). Puedes percibir el océano o sus olas, depende de en qué te concentres. Ya sabes, como el bosque o los árboles. ¿Cómo lo estás mirando, desde qué distancia? Ésa es la diferencia. Si quieres centrarte en un espíritu en particular...
‒Sí, ¿cómo dirigirse a ellos, maestro?
El maestro suspiró.
‒No seas impaciente, te he dicho que no me interrumpas. Hay grandes corrientes en ese Todo, que definen algo así como regiones del mundo espiritual. Pero llamarlas regiones ya es engañoso, porque no son lugares ni algo estático. Al contrario, son dinamismo puro, actividad, estados de ánimo. Dirigirse a una u otra es más bien como decidir a qué corriente te sumas cuando tu alma se libera del cuerpo en el éxtasis, ya sea mediante la meditación, la repetición del mantra, la concentración en el mandala, o lo que sea. Digamos que es como elegir entre varias puertas que te llevarán a lugares muy distintos. En cada uno de ellos hallarás, de todas formas, más puertas, que te conducirán a los restantes lugares. Allí todo está conectado, precisamente porque las distancias físicas no existen. Los glifos que te enseñé antes, en ese libro, cuando me hiciste la pregunta, son figuras que ayudan a enfocar la energía psíquica a una u otra de esas regiones. Por eso se los denomina portales. En realidad, no son necesarios; son meras herramientas para el iniciado. Concentrándote en ellos puedes acceder a las Dos Sendas, a saber: la del Amor y la del Odio. O sea, las fuerzas que tienden a la unificación de todo, a la disolución en ese océano, o las fuerzas que tienden a la separación, a la escisión y la ruptura. No son tan sencillas, realmente: hay grados, corrientes secundarias, entremezcladas, con diversos grados de intensidad. Definen los lugares que las mitologías tradicionalmente han llamado cielo e infierno, o como fuera, con sus respectivos umbrales o lugares intermedios (el purgatorio, el río Estigia, el Valhalla, etc.). Cuanto más profundo sea el viaje que realizas, cuanto más te sumerjas en ese océano, más poderosas serán las entidades que encuentres. A ésas es a las que propiamente se las llama deidades. Por el contrario, cuanto más cerca estén de las orillas de la conciencia, menos poderosas serán. Ahí se encuentran los ángeles y demonios tradicionales, o sátiros, djinns, vampiros... ya sabes. Cada cultura les ha dado nombres distintos.
‒¿Cómo se relacionan entre sí?
‒Los dioses son fuerzas muy poderosas, capaces de obrar grandes transformaciones espirituales. Arrastran un inmenso caudal psíquico, y están detrás de muchos movimientos históricos (revoluciones, guerras, descubrimientos) que sólo por acumulación de causas materiales nunca se hubieran producido. Los espíritus menores tienen mucho menos poder, obviamente, y apenas se limitan a transmitir información de ese mundo, o despertar estados de ánimo, o protegen a determinadas personas, pero tal vez las molesten o atormenten... Son como el burbujeo del champán, ¿me entiendes? Lo que ocurre en los límites del mundo espiritual, donde éste está más próximo a la conciencia. Guardan una estrecha relación con los dioses, al menos la mayoría de ellos, aunque también hay entidades bastante independientes. Pero casi todos forman parte del cortejo de un dios, por así decirlo; son olas secundarias de una principal. La espuma de las olas al llegar a la orilla.
‒Entonces, ¿los hay buenos y malos?
‒Yo no he usado esos términos en ningún momento. Eso es personificarlos demasiado. No es que el Amor sea el bien y el Odio el mal, y date cuenta de que hablar de amor y odio ya es de por sí muy antropomórfico. Depende de lo que uno busque. Las fuerzas unificadoras inspiran sentimientos más elevados, conducen a la concordia, a la paz, la estabilidad. Pero también son peligrosas. Dan lugar a grandes masas inconscientes y pueden atraparte; hay mentes que quedan cautivas en el mundo espiritual y no saben o no quieren regresar. El mundo material les parece insípido y sin sentido, desean quedarse allí, y pueden llegar a enloquecer. Es necesario tener hilos rojos para volver, cuando se sumerge uno demasiado profundamente. Sí… es fundamental tener un glifo que represente este mundo, el del ego, una especie de botón de emergencia para regresar. Y sobre todo, estar mentalmente muy preparado para resistir ciertas tentaciones que podrían destruirte. Por otro lado, el principio disgregador, separador, se alimenta de sentimientos hostiles, muy perniciosos en principio. Sus entidades pueden parasitarte y robarte toda fuerza. Viven del odio y otras emociones negativas. Pero de ese principio procede también toda individualidad, la capacidad de resistir a la asimilación y ser uno mismo; por ello, es tan necesario como el otro. Lo ideal es alcanzar un equilibrio entre ambos y no dejarse llevar por las entidades ni de uno ni del otro. El conflicto en el mundo espiritual, las guerras entre los dioses y sus sirvientes, se traduce en los conflictos psíquicos de éste, tanto individuales como colectivos. Produce todo tipo de patologías. Por eso, hay que huir de los extremos del mundo espiritual. Y nunca internarse sin guías. Hasta el vacío puede ser peligroso... hipnótico, cautivador.
‒Entiendo. Tendré mucho cuidado. Pero tengo otra pregunta: si los númenes siempre cambian, si sus avatares son en realidad nuestras proyecciones de esas energías, ¿cómo sabemos quiénes, cuántos son? ¿Y de dónde los conflictos entre ellos?
‒Buena pregunta... ‒el maestro miró fijamente a la gente pasar frente a las cristaleras del fondo‒. Verás. Normalmente se te presentan en el lenguaje simbólico de tu cultura. La mente funciona así. En esta parte del mundo, desde el Renacimiento Neopagano de hace décadas, acostumbran a mostrarse investidos como dioses grecolatinos, aunque también para mucha gente lo hacen bajo símbolos cristianos o musulmanes. Pero el creyente medio ve y oye, aun confusamente, a Zeus-Jupiter, Atenea-Minerva, Dioniso-Baco, etc. Ahora bien, a quien estudia las distintas religiones, o mitologías, llámalas como prefieras; a quien medita y explora con conocimiento el mitocosmos, pronto esas imágenes se le van desdibujando, y aprende a reconocer bajo ellas otros aspectos más hondos. Empiezas a captar esas presencias de forma más abstracta, pero reconoces tras ellas una misma sustancia, una misma fuente que las anima. Así es como reconoces en Zeus a Baal y Odín, en Jesús a Osiris y Mitra, en María a Isis y Semele, o en Shiva a Loki y Lucifer; así es como percibes en los ángeles a valquirias, y en Hermes a Thot y al arcángel Gabriel; y así sientes, al fin, que el propio vacío es Brahman, o el Tao, o el cháos. Así con todo. Y esas entidades tienen unos rasgos que se mantienen más o menos estables en el tiempo, y conceden dones o pesares similares en todas las épocas y culturas. Ninguno de esos nombres y formas es el auténtico, y todos lo son a la vez. Por eso todas las religiones son verdaderas, pero asimismo falsas.
‒Y los dioses, ¿pueden nacer y morir?
‒Claro que sí. Lo han hecho muchas veces. De hecho, hasta resucitan. En el mitocosmos, claro. Ellos se alimentan de la energía psíquica de la humanidad, de modo que pueden llegan a desaparecer si nadie cree en ellos, aunque esto lleva siglos o milenios; quizá sea ya imposible, desde que entramos en la era de la información y nada se pierde. De todas formas, los parásitos espirituales pueden drenar esa energía y vivir de ella sin ser percibidos, aunque por lo general se trata de entidades menores, no de dioses. Igualmente, la humanidad ha alumbrado dioses nuevos, en ocasiones, cuando terribles fuerzas psíquicas han convergido. Como Dioniso en su momento, que no estaba en el panteón griego original, o más tarde Cristo. No lo confundas con Jesús, que fue un hombre de carne y hueso.  
‒¿Entonces pueden también perdurar las almas de los muertos? ¿Su energía psíquica queda en el mundo espiritual?
‒Sí y no. No es lo mismo un mortal que un dios; las almas son almas y los espíritus, espíritus. Normalmente las almas de los difuntos se disuelven en el Todo, nutren la propia sustancia espiritual, que se alimenta de muerte para dar la vida. Pero su experiencia queda en el acervo colectivo, es asimilada por éste. Son los conocimientos de los espíritus. De todas formas, se dice que algunos mortales son lo suficientemente poderosos como para no disolverse. La mente es conocimiento, pero también emoción y volición, y si éstas han sido extremadamente intensas, hay quienes creen que se puede perdurar como entidad espiritual. Hasta algunos animales podrían hacerlo, según creen ciertos estudiosos. Pero, muchacho, creo que nuestro tiempo por hoy se acaba. Quizá debiéramos...
‒Una última cosa, maestro, a propósito de lo que decía del nacimiento de nuevos dioses. ¿En nuestro tiempo también ha surgido alguno? 
‒Claro que sí. Hay dioses que no son avatares de viejos espíritus. Piensa en Phobos, que surgió tras la Segunda Guerra Mundial, aunque se tardó casi un siglo en reparar en su existencia. Para cuando se le puso nombre y se crearon templos, ya se le adoraba inadvertidamente hacía décadas. Y hoy existe un importante culto a él en toda Norteamérica, ya sabes. Otros casos, con más arraigo aquí, son Thymata y Ephebeia. Éstos son sus nombres occidentales, claro; en otras partes del mundo los adoran bajo distintos avatares, aunque son los mismos. Enkil, Seramina, Jhun, etc. En fin... cada época tiene los dioses que merece.
Los padres del chico llegaron con las compras; esperaban en la puerta, al otro lado de las vidrieras insonorizadas. 
‒Bueno, ahora sí, hemos terminado. Ahí están tus padres. 
El maestro se levantó de la esterilla y lo condujo hasta ellos. Llevaban bolsas de boutiques y tiendas de bioplastia. El padre, según pudo apreciar, se había hecho una intervención estética en ese rato. Se despidieron amablemente del maestro ‒la madre con una leve inclinación de cabeza‒ y cogieron de la mano al niño, que caminaba aún torpemente. El viejo los vio alejarse por la avenida comercial, bajo la cúpula geodésica y los hologramas publicitarios, entre la música y las voces grabadas de estrellas que hacían recomendaciones para ser feliz.



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El mitocosmos © D. D. Puche 2018
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