2 de julio de 2017

EL VAMPIRO (Relato)



El vampiro yacía en el suelo de la habitación, malherido. Las profundas puñaladas en el vientre con la daga bañada en agua bendita habían dado resultado, pero se recuperaría pronto, así que Alex tenía que darse prisa. Se inclinó sobre el ser maldito, que con casi inaudible voz pedía clemencia ‒la que él tantas veces no había demostrado‒, y le colocó la estaca sobre el pecho, a la altura del corazón. El vampiro apenas pudo elevar ligeramente una mano y emitir un débil «no» antes de que golpeara la estaca con el martillo con todas sus fuerzas y se la hundiera diez centímetros en el cuerpo. A ese golpe les siguieron otros dos, hasta que estuvo dentro del todo. Tan solo un gemido, con el primer martillazo, y el alma de la criatura de la noche abandonó ese cuerpo, camino del infierno. Alex lo había conseguido. Había derrotado al vampiro. Él y su gente estaban por fin a salvo.

Semanas atrás, el nosferatu se había instalado en el vecindario. Se acababa de mudar, procedente de alguna pequeña ciudad del oeste, Alex no recordaba cuál, y apenas traía un par de maletas; era obvio que se movía mucho y no echaba raíces en ningún lugar. Alguien sin ataduras que se desplaza constantemente. Desde el primer momento, Alex notó algo raro en el enigmático personaje. Quizá era su mirada, profunda e intimidatoria; o su forma de hablar, parsimoniosa y con tanta seguridad. Fuera lo que fuera, a Alex le producía rechazo, de hecho le ponía la piel de gallina. Pero los demás no parecían darse cuenta; cayó muy bien en la comunidad y fue ampliamente aceptado desde un primer momento, e incluso se celebró una cena en su honor. A Alex eso le molestó, porque a él no le brindaron semejantes honores cuando llegó, unos años atrás. Era evidente que aquel personaje ejercía una extraña atracción sobre sus nuevos vecinos. Parecía influir sobre ellos. Incluso Vega, tan escéptico y crítico siempre, y con el que todos tenían mucha confianza, le dio una patente aprobación. 

No llevaba ni una semana allí cuando el vampiro empezó a rondar a Gloria, por la que Alex sentía un cariño muy especial. Fue entonces cuando notó algo más claro, más específico que su inicial desconfianza hacia aquel tipo tan engreído: una tarde, estando todos reunidos en la cafetería, tomando algo y viendo el partido de fútbol que ponían en la televisión, Alex se fijó ‒aquel cerdo ponía su mano en la cintura de Gloria y ella parecía tranquila y sonreía y hablaba animadamente‒ en que el tipo, el tal Gabriel, ¡tenía un extraño resplandor rojizo en los ojos! ¿Es que los demás no se daban cuenta? ¿Tan ciegos estaban a la naturaleza de aquel intruso que tan hábilmente se había infiltrado en su comunidad? Alex no dijo nada, sin embargo; se propuso observar detenidamente a Gabriel y recabar evidencias. Sólo cuando estuviera seguro de lo que empezaba a pensar, se lo comunicaría a los demás.

Durante las semanas siguientes, Alex mantuvo un ambiguo trato con Gabriel, a veces fingiendo cordialidad para acercarse a él, y veces llevándose bruscamente y mostrando una abierta suspicacia hacia él. No le importaba lo que pensara; él intuía su secreto y las oscuras intenciones que lo movían, y en caso de confirmarse haría lo que tuviera que hacer. Entretanto, aquélla era su técnica para acercarse a él, para desconcertarlo y que no lo viera venir. Quería despistarlo, pero a la vez hacer que se sintiera inseguro, desconcertado. A Alex no lo calaría como a los demás, tan ingenuos. Gabriel sería el cazador cazado.

Observó al ser condenado atentamente, en busca de cualquier confirmación de lo que en su interior había tenido claro desde el primer momento, de esa certeza moral que no necesitaba pruebas si no era para convencer a los demás. Aunque breves y poco firmes por separado, fue haciendo unas observaciones que, en conjunto, le dieron los argumentos que necesitaba. En una comida del grupo ‒en la que puso en práctica su deliberada conducta ambigua, para despistar al vampiro‒, se fijó en que Gabriel apartaba los dientes de ajo de su plato. Tampoco parecía muy dispuesto a entrar en la iglesia del barrio, y cuando le contaron que Jessica, una de las chicas, había adoptado el catolicismo y se había bautizado, puso cara de circunstancias. Una vez que coincidió con él en los lavabos ‒a propósito, por supuesto‒, se fijó en su reflejo en el espejo. De hecho, se reflejaba, pero a Alex le dio la impresión de que el reflejo era turbio, imperfecto, como si no devolviera la cara que tenía frente a sí, sino otra distinta. Era difícil de explicar, más una intuición, algo a flor de piel, que otra cosa; pero, aunque los rasgos fueran los mismos, la expresión era diferente, malévola, como si se riera del mundo y tramara algo perverso. Aquel hombre era todo un señor Hyde. En cuanto a la luz del sol, no le hacía daño, pero tampoco se le veía muy partidario de pasear al aire libre y siempre ponía alguna excusa para quedarse a solas leyendo o viendo la televisión hasta caída la tarde. Entonces, sí que disfrutaba saliendo y tomando algo con los demás y charlando. Tenía un claro influjo sobre las mujeres y Alex varias veces lo vio ‒con alarma‒ desaparecer acompañado por alguna de ellas. Aunque se ponía muy nervioso y trataba de avisarlas, no le hacían caso y se reían y decían entre sí «ya está Alex con sus cosas de siempre, no le hagas mucho caso». Pese a que después las buscaba con alguna excusa y parecían estar bien, sanas y salvas, él notó que al día siguiente estaban más pálidas, como si les faltara sangre, y su comportamiento hacia Gabriel cambiaba y se hacía… servil, por decirlo de algún modo. Quedaban muy predispuestas hacia él. Le dolió especialmente que una de ellas fuera Gloria, a la que tenía por una estrecha amiga, pero que ya no se relacionaba con él como antes. Alex le contó todo lo que sabía a Vega, pero éste no quiso escucharlo, deslumbrado como había quedado por Gabriel. También había caído en su hechizo.

Alex vio cómo todo su pequeño mundo cambiaba lenta, pero perceptiblemente, y temió que en breve, cuando sólo unos pocos más estuvieran seducidos por Gabriel, éste empezara a matar y desapareciera para empezar de nuevo en otro sitio. Así que Alex se decidió a hacer lo que tenía que hacer, dado que sólo él parecía darse cuenta del peligro y los demás no le hacían caso cuando les insinuaba, llevándolos aparte, que se trataba de un vampiro. Un hombre ha de actuar guiado por sus certezas, no puede esperar el beneplácito de los demás cuando todos están subyugados por las apariencias.

Aquella noche fue a ver a Gabriel con el pretexto de hablar con él de un tema importante. El vampiro ya tenía que saber que iba a por él; no se le podía haber escapado que tenía a un conocedor de su secreto justo encima, pero Alex fue más inteligente, o quizá simplemente más rápido. Antes de que tuviera tiempo de usar sus poderes, le clavó en el vientre varias veces la daga con la que se había hecho días antes, tras informarse sobre cómo acabar con los chupasangres, y que había hecho bendecir para la ocasión. Gabriel no pudo ni gritar y ya estaba en el suelo, empapado en la sangre robada a sus víctimas, para cuando Alex le hundió la estaca en el corazón y acabó con él. Un chorro de sangre del no muerto salpicó su rostro cuando golpeó con el martillo, y en ese momento sintió una especie de éxtasis. Supo que era la sensación que alcanzan todos los que consuman la Justicia de Dios.

Ahora Alex descansa, con su camisa de fuerza, en una habitación del Hospital de Salud Mental de Nuestra Señora de la Misericordia, pero ya no en su habitación de antes, en el pabellón de mínima seguridad (sala común, libros y revistas a su disposición, televisión, juegos de mesa, paseos por el jardín en compañía de los demás…). Ahora está en el ala de los peligrosos, y es vecino de asesinos, violadores y perturbados graves que se autolesionan. La prensa se ha hecho amplio eco de la noticia, carnaza de primera para la prensa amarilla y los programas de televisión sensacionalistas. Los hechos están en boca de todo el mundo, pocos días después del luctuoso suceso: cómo un paciente del psiquiátrico asesinó de forma excepcionalmente violenta a otro del mismo pabellón, que había sido ingresado semanas antes voluntariamente para una cura de reposo. Al parecer estaba celoso de éste. El homicida, que padecía psicosis paranoica y delirios ‒que se suponían ya bajo control‒, se hizo con unas tijeras de la cocina, aprovechando un descuido de los celadores y del personal de la misma. Luego, siguiendo un macabro ritual privado, las metió en el agua bendita de la capilla y le pidió su bendición al párroco, el cual, ignorante de lo que se avecinaba, se la dio. También consiguió ‒en la caseta de mantenimiento del jardín, cuyo acceso estaba descuidado‒ un martillo y el palo roto de una escoba, que empleó como arma mortal contra el finado. La noche de los hechos, aprovechando el régimen de mínima seguridad de su pabellón en el Misericordia, salió al pasillo y se coló en la habitación de la víctima, la tristemente famosa 227. La indignación de la opinión pública, sin embargo, se ha centrado ante todo en el doctor Vega, el psiquiatra a cargo del ala donde estaban ingresados el homicida y la víctima, y en la dirección del hospital. El primero no vio venir lo que ocurrió a pesar de que, según han contado el resto de pacientes y las enfermeras, el agresor había mostrado claros síntomas de un brote desde hacía días. La segunda no tomó todas las medidas para impedir que un paciente se hiciera con herramientas potencialmente mortales. En cuanto a por qué éste pensó que su víctima era un vampiro, sólo Dios lo sabe.



El vampiro, © 2017 D. D. Puche. Contenido protegido por SafeCreative. 

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