18 de junio de 2017

LA MÁQUINA DE LAS ALMAS (Relato)



La máquina vibraba suavemente, en pulsaciones regulares acompañadas de un resplandor suave y dorado del contenedor. En su interior, a través de los grandes cristales reforzados, se podía ver las almas, que giraban en frenéticos torbellinos y aullaban agonizantes. Por supuesto, nadie podía verlas ni oírlas si no se ponía las lentes y el audífono, conectados a la máquina por un denso haz de cables, que había diseñado el profesor Wetford. Con una gruesa lente carmesí sostenida frente a su ojo izquierdo y la caracola del audífono en su oreja derecha, Lusie parecía una de esas modernas telefonistas, le pareció a Henry. En su cara vio una mezcla de fascinación por el milagro de la ciencia y la industria que tenía delante, y a la vez de horror por los límites que se habían traspasado. Al fondo de la gran sala, los enormes pistones que emergían de la caldera de vapor subían y bajaban acompasadamente, haciendo girar la dinamo que producía la electricidad que devoraba el demoníaco ingenio.
‒¿Qué le parece?
‒Es increíble. Nunca había sentido lo que siento ahora… me tiemblan las piernas ‒respondió Lusie.
‒El trabajo de Wetford es absolutamente asombroso. Sólo él podía diseñar algo así.
‒Ha debido de costar una fortuna.
‒Ni se imagina. Varios de los industriales y banqueros más ricos de Londres, como el padre de usted, han invertido cientos de miles de libras en fabricar la máquina. Pero creo que el resultado los dejará más que satisfechos. Naturalmente, sus inversiones están protegidas por el más estricto anonimato.
‒Es que no puedo creer lo que veo y oigo. ¿No le dan lástima?
‒¿Las almas? Supongo que sí… no he pensado mucho en ello.
‒Parecen estar sufriendo.
‒No creo que podamos entender lo que tenemos delante. Sólo entendemos reacciones físicas, en realidad. Siempre. Miradas, palabras, movimientos corporales. Puede que respondan al alma que está tras ellos, pero lo cierto es que sólo percibimos cuerpos. Enfrentarnos a las propias almas, desnudas, despojadas de su envoltura, es algo que desborda nuestra comprensión. La máquina nos permite percibirlas, pero no sabemos qué pueden sentir ellas, libres de sus cuerpos, etéreas.
‒Y, sin embargo, atrapadas en este mundo.
‒La hipótesis que la máquina nos permite formular, si no me equivoco, es que no existe otro mundo. Todo está aquí. Hay materia y espíritu, pero coexisten en un mismo plano. No hay un más allá al que las almas puedan ir, y eso nos lleva a preguntarnos también por su procedencia.
‒¿Qué quiere decir?
‒Deduzco que las almas pertenecen a este mundo, como cualquier otra cosa real. Átomos, luz, energía, espacio y tiempo… a las magnitudes que estudia la ciencia, la física, habría que sumarles el espíritu. Es una magnitud más, pero hasta ahora no teníamos forma de estudiarla, porque no podíamos percibirla, ni por tanto experimentar con ella, definir sus parámetros, medirla. La máquina de Wetford nos permite hacerlo.
‒Y por tanto, ¿de dónde procede esa… sustancia espiritual?
‒Pues, desde luego, ni de Dios ni cielo alguno. Pertenece tanto a la naturaleza como todo lo que podemos observar. Quizá sea algo que segregan los cuerpos, por así decirlo.
Lusie se quedó pensativa unos segundos.
‒¿Cree entonces que la máquina refuta la existencia de Dios?
‒Eso creo, en efecto. El concepto de Dios tiene que servir para explicar algo. Pero si todo puede explicarse sin él, no es necesario en absoluto. 
‒Una lástima que el propio Wetford ya no esté entre nosotros para decirnos lo que piensa. El padre del ingenio es probablemente quien tendría algo más interesante que decir.
‒Sí, es trágico que muriera de esa forma.
‒En tan tristes circunstancias...
De nuevo, Lusie calló un momento, antes de decir:
‒¿Cree usted que ahora Wetford está ahí dentro?
‒No lo sé. En el contenedor hay muchas almas, quizá un millar, pero sólo las que las turbinas han sido capaces de absorber. Su radio de acción es de algo menos de media milla. Podría estar, ciertamente; su casa, donde murió, cae dentro de esa distancia. Sin embargo, tampoco sabemos si la máquina captura todas las almas en ese radio, porque no podemos saber nada de las almas que no están en el contenedor, ni siquiera si existen.
‒Puede que cuando aprendamos a comunicarnos con las almas del contenedor podamos saber quiénes fueron, y si hay suerte, dar con Wetford y hablar con él. Sería clarificador. Mucho mejor que cualquier sesión de espiritismo.
‒Espero que algún día podamos hacerlo, pero va a ser extremadamente difícil conseguirlo, si es que es posible. No tenemos una piedra de Rosetta para esto. No obstante, sería inmensamente irónico que usáramos la máquina del profesor para comunicarnos con él tras su muerte.
‒Quizá eso nos dé la clave para entenderla, ¿no cree?
‒No lo sé, señorita Bradshaw. No me atrevería a decirlo. 





La máquina de las almas, © 2017 D. D. Puche. Contenido protegido por SafeCreative.

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