10 de septiembre de 2017

RHETT MURDOCK, DETECTIVE PRIVADO


"Mi nombre es Rhett Murdock. Detective Rhett Murdock. Así es como me conoce la chusma como vosotros, la gentuza que infecta las calles de Los Ángeles. Es el año 1955, y la Dama está en peligro. Sólo la policía y los tipos como yo pueden combatir la delincuencia y la corrupción que hace degenerar a esta ciudad, la única mujer que amo. Pero la policía no puede luchar contra el crimen, debido a su debilidad, y a todos los jueces, abogados y chupatintas que devuelven a los delincuentes a la calle para que convivan con los niños. Por eso sólo los tipos como yo, y sólo yo soy como yo, podemos parar esta jodida plaga bíblica.

Me conocen como un tipo duro. Yo siempre digo que depende. ¿Acaso una piedra es dura cuando rompe el cráneo de algún desgraciado? ¿O cuando un toro voltea a alguien lo suficientemente insensato como para ponerse delante de él? No, sólo hacen lo que deben: su puto trabajo. Cuando mis nudillos parten mandíbulas no es porque sea duro, que lo soy; es porque estoy del lado de la Ley. Y la Ley me protege, me da fuerzas. Me inspira cuando no sé cuál es la decisión correcta. Pero cuando está demasiado ocupada para decírmelo, es mi enorme pistolón el que habla. Y os diré algo, amigos: no queréis oírlo hablar. Porque eso significa que estáis muertos. Ésa es mi Ley. Y lo que los pocos que han sobrevivido dicen por ahí, es que si ni mis puños ni mi arma están a punto, basta mi gélida mirada para meter al crimen en cintura. Dicen que mi mirada podría matar un caballo a dos leguas de distancia. Pero exageran, yo nunca le haría eso a un animal tan bello".

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Rhett Murdock, detective privado, © D. D. Puche, 2017. Todos los derechos reservados. Contenido protegido por SafeCreative.

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4 de septiembre de 2017

EL INFIERNO Y LA NADA (cap. 2)


Seguimos con el adelanto de El infierno y la nada, la novela que aparecerá en otoño de este año, ambientada en el mundo de Balada de los caídos, pero esta vez situada en Madrid y protagonizada por Salvador Morel, un Juez de los caídos. Aquí puedes leer el primer capítulo si no lo hiciste ya.  


Llegaron a un estacionamiento subterráneo cerca de la plaza de Santo Domingo y descendieron por las escaleras, Morel siempre detrás, guiando a su prisionero, aunque llevaba la pistola enfundada. No parecía que Moznik fuera a hacer nada raro; sin sus escoltas no presentaba peligro alguno. Aun así, Morel no dejaba de mirar hacia atrás; tenía un presentimiento extraño, y la experiencia le había hecho desarrollar ese olfato para los presentimientos, de los que se fiaba como si estuviera viendo u oyendo claramente algo. De todas formas, para un caído eso es normal. Su percepción no está atada al espacio y el tiempo del mismo modo que la de los mortales.

Cuando llegaron abajo, a la planta en que tenía el coche aparcado –un Laguna negro–, la extraña intuición se intensificó. Al salir de las escaleras Morel llevó a Moznik tras una columna, desenfundó lentamente su Glock y se detuvo a percibir lo que había allí abajo. Cualquier sonido, cualquier sombra extraña, cualquier olor. Notaba algo, una presencia de caídos, pero muy tenue y difícil de precisar. Se giró sobre sí mismo y caminó unos metros, y la sensación estaba ahí, flotando en el aire, pero sin llegar a concretarse en nada. Si un caído había estado allí, había dejado un rastro, pero casi imperceptible.
–¿Qué pasa? ¿Qué haces? –preguntó, muy nervioso, Moznik.
–Cállate, coño.

Pero como no captó nada claro, guardó el arma, todavía receloso, y guio al detenido hasta su coche, donde lo hizo sentarse en el asiento del copiloto. «Como hagas algo raro por el camino, me enfado, ¿eh?», le dijo antes de cerrar la puerta. Tomó asiento, arrancó, encendió las luces, y salieron por la rampa a la noche del centro de Madrid, una de esas noches bulliciosas en las que uno diría que hay más gente en la calle que durmiendo. Salieron a la Gran Vía en dirección al Barrio de Salamanca, donde tenía su sede la Autoridad de los caídos de Madrid. A Morel le encantaba conducir de noche. Le parecía muy relajante recorrer las calles iluminadas sin el tráfico del día, sin tener que detenerse en cada paso de cebra, pero aun así sintiendo los latidos de la vida nocturna de la ciudad, viendo los letreros luminosos de los espectáculos y los restaurantes y los grupos de gente que salían de fiesta, aglomerándose en las aceras. Había algo en la ciudad encendida por la noche que la hacía parecer un tanto onírica, como un ensueño, frente a la vigilia y la rutina del día.

Moznik rompió ese agradable ensueño:
–No tienes por qué hacerlo, amigo, de verdad.
–Que te calles… –le contestó irritado.
–Puedo ofrecerte mucho dinero. Tú di que me he escapado.
–Si tú te escaparas de mí yo quedaría con el mayor gilipollas de la ciudad. No hay dinero que pague eso.
–Lo que sea, tío. Mira, puedo conseguirte lo que tú quieras. Eso soy yo, un conseguidor. Si no te interesa la pasta, dime lo que quieres y lo tienes. Mujeres, hombres, drogas exóticas, material prohibido… lo que a ti te guste. No sé, dime tú: ¿qué te gusta?
–Me gustaría que cerraras la puta boca o te la voy a partir contra el salpicadero. Ya te he prevenido contra eso, ¿no? Pues no empeores tu situación intentando sobornarme.
–Pero…
–Chsss.

Morel intentó volver a las sensaciones de las que estaba disfrutando, aunque un pensamiento le rondó la cabeza y lo distrajo de nuevo: ¿qué era esa presencia extraña que notó en el aparcamiento? Le incomodaba mucho el no haberla podido captar con mayor claridad, porque sin duda alguien había estado ahí; era una presencia residual, la huella de otro caído, y muy reciente. ¿Casualidad? ¿Justo antes que ellos, en ese mismo estacionamiento? Demasiada casualidad sería, pensó, que en una ciudad con unos cuatrocientos caídos uno hubiera estado en ese sitio minutos antes. No, no era coincidencia. Pero entonces, ¿qué? «Mierda», se dijo, «ahora no voy a poder dejar de comerme la cabeza».

Pasaron la Puerta de Alcalá, el símbolo de la ciudad, y siguieron por la calle de Alcalá hasta girar a la izquierda en Velázquez. Una recta larguísima hasta que llegaran a su destino, con un último giro a la derecha al llegar a Ortega y Gasset. El entorno se tornó más residencial y lujoso, y los cines y teatros y restaurantes de comida rápida dejaron paso a locales más selectos, de esos a los que hay que ir con reserva, o incluso de los que hay que ser socio y llevar corbata. A Morel le gustaba la zona, cómo no; era bonita y elegante. Pero no le gustaban los ambientes tan selectos. No viviría allí ni en broma, y eso que podía permitírselo; un Juez cobrara un buen sueldo, y eso sin contar las mordidas –que, por otro lado, él no pedía ni aceptaba–. Pero siempre le gustaron entornos más populares. Morel era más de tasca, de vinos y anchoas, y cuando se terciaba un whisky. Por eso vivía en La Latina, en un pequeño apartamento muy humilde. No le gustaba el lujo y quería mantenerse fiel a sus orígenes.

No le gustaban las clases altas, que consideraba ajenas a la realidad, al ritmo de la calle, al corazón ubicuo que con su bombeo mantiene viva la sociedad, mientras aquéllas la parasitan. Y no le gustaban las clases altas ni de los mortales ni de los caídos. Era una situación paradójica, porque él trabajaba para ellos, para la Autoridad. Un puñado de los hombres y mujeres más ricos y poderosos de la ciudad, y hasta del país, cuya auténtica naturaleza los mortales no podían ni imaginar. Aunque tampoco eran famosos, celebridades; tan sólo gente conocida. De los de prensa económica y actos benéficos. El verdadero poder siempre huye de los focos. Si se hace ver, es que aspira a serlo pero nunca lo será. En teoría esa Autoridad era un órgano representativo de todos los caídos que vivían en el área de Madrid. Pero en realidad eran siempre los mismos; prácticamente una aristocracia en la que los cargos se heredaban o pasaban a quienes querían los que los ocupaban. Aun así, él hacía su trabajo, lo hacía concienzudamente, y se mostraba leal a ellos. Pero no porque ellos le importaran, sino porque hacía cumplir la Ley. Ésta era lo importante, con independencia de que los que mandaban fueran indignos de ella. Una Ley era mejor que ninguna, y debía ser acatada. «El mundo funciona», se decía a menudo, «porque hay gente como yo, que hace lo que tiene que hacer con independencia de quién mande. Porque si no fueran éstos serían otros, y probablemente no mejores. Pero la Ley es la Ley». Y si ésta cambiara, entonces él haría cumplir la nueva Ley. No le correspondía a él decidir qué era lo correcto, sino hacerlo cumplir.

–Estas argollas me hacen daño, hombre, ¿no puedes quitármelas? ¿Es que crees que voy a intentar escapar? ¿Después de lo que le has hecho a mi guardaespaldas?
–Tu guardaespaldas se hizo eso a sí mismo; nunca debió apuntarme con un arma.
–¿No puedes aflojármelas un poco al menos?
–Te las puedo apretar un poco más, a ver qué pasa.
–¿Por qué eres así? ¿Vas siempre en ese plan por la vida? Os dan un cargo y ya os creéis mejores que los demás, con derecho a pisotearnos sólo porque nos ganamos la vida.

Morel calló, pero Moznik no era muy partidario de viajar en silencio:
–Oye, mira, he intentado apelar a tu egoísmo, y lo sé, me he equivocado, pareces un tipo íntegro; no debería haber empezado por ahí. Pero es lo habitual, ¿sabes? Tienes que entenderme. Así que ahora apelo a tu integridad. No puedes llevarme ante tus jefes.
–Creo que todos los detenidos piensan algo parecido. Es como si, no sé, prefirierais que no os hubieran pillado.
–No, en serio, esto no es lo que parece, porque…
–Nunca lo es –musitó Morel, sonriendo y negando con la cabeza.
–… hay intereses en que yo no hable. No soy un cualquiera, ¿sabes?
–Pues es más o menos lo que me habías parecido. Un traficante de nivel medio con una orden de detención y extradición, tras ser interrogado aquí, solicitada por los mandamases de Zagreb. Menudo viajecito en un avión privado vas a hacer, amigo. Casi te envidio. Hasta que llegues allí, claro. Entonces no.
–Escúchame, tío. ¡Escúchame! ¿Vale? –Moznik se ponía más nervioso cuanto más se acercaban a su destino–. Ya sé que tú estás haciendo tu trabajo, que obedeces órdenes, pero lo que te han mandado hacer no es lo que tú crees. Me estás llevando al patíbulo.
–Eres demasiado dramático.
–¡No! No pueden permitir que hable. Es por lo que iba a vender, ¿no lo entiendes? No era una mierda cualquiera, era algo de mucho valor.
–Bueno, mira, no me importa…
Pero Moznik ya no estaba nervioso, sino más bien frenético:
–El material que he importado, ese por el que te mandan a por mí, no sabes lo que es, ¿verdad? Nadie lo ha visto, todavía está en mi poder y sólo el comprador sabe lo que es, pero aun así te han mandado a por mí. Eso quiere decir…
Morel frunció el ceño.
–Espera, ve más despacio. ¿Cómo que todavía está en tu poder? La orden dice que han interceptado un camión con artefactos de Forja importados sin licencia del este de Europa, potencialmente peligrosos. ¿Es que hay más? Todo lo que confieses ahora podría ayudarte.
–¡Lo que han interceptado es el típico contrabando con el que trabajo siempre! Y por eso no me habrían hecho detener; hay coleccionistas muy importantes entre la gente poderosa de la ciudad. Es por otra cosa que me encargaron… me ha costado muchísimo conseguirla… algunos no quieren que otros la consigan… lo del camión sólo es la excusa para detenerme y hacerme desaparecer…
A Morel le pareció que Moznik, simplemente, desvariaba. Pero sintió mucha curiosidad por lo que estaba diciendo, así que siguió preguntando:
–¿De qué mercancía se trata? ¿Quién te la encargó, y dónde la tienes?
–Tenía que haberme visto con un tal Oliveira anoche, en la Cueva –se refería al sitio donde lo había detenido, que era conocido por ese sobrenombre por algunos–, pero no apareció. Por eso volví hoy, pero me olía mal la cosa, y no estaba equivocado, porque has aparecido tú y…
–A ver, céntrate, sigue con eso que me estabas contando. ¿Qué pasó con el tal Oliveira? ¿No lo conocías? ¿Y qué era la puta mercancía?
–Yo nunca he visto en persona a Oliveira, no sé quién es; sólo hemos hablado por teléfono. Me dijo que me conocía por otro cliente satisfecho del Club Empresarial… Me preguntó si podía conseguirle la mercancía, le dije que lo intentaría, y él me hizo un anticipo por transferencia bancaria… cuando le dije que la tenía quedamos allí, pero él nunca se presentó a recogerla… esto es una trampa, me han tendido una trampa, porque…
–¿Pero de qué se trata? ¿Por qué iba alguien a querer matarte por esa cosa? ¿Dónde la guardas?
–Ah, no, no pienso decir dónde está, ése es mi seguro de vida, porque tienen que recuperarla, y…

Un estampido al que sigue un silbido. Morel lo escucha, hiriente y cada vez más próximo, un instante antes de que la bala atraviese la cabeza de Moznik, que se sacude hacia atrás y luego hacia adelante como un muñeco al que le hubieran cortado los hilos. A ese silbido le siguen otros, con un traqueteo de fondo de armas automáticas. Morel contempla la escena como a cámara lenta, viendo estallar la luna de su coche cuando la ráfaga le impacta y las balas llueven a su alrededor, alcanzando al ya cadáver de Moznik y también a él. Recibe impactos en el lado derecho del torso y en ese brazo; también una bala atraviesa su mejilla. Afortunadamente ninguna bala la acierta en el corazón o en la cabeza. Ni un ángel caído puede vivir sin ella, aunque sí con unos cuantos agujeros en el pecho; está muy bien tener un alma inmortal, pero necesita un cerebro en el que alojarse.

Se inclina hacia adelante, cubriéndose con el salpicadero, y pisa el freno. El coche se arrastra aún una decena de metros, chirriando sobre el asfalto hasta detenerse. Todavía agachado, mete la marcha atrás y pisa el acelerador mientras las balas atraviesan el frontal y el lateral derecho del coche, impactando muchas de ellas en el cuerpo inerte de Moznik, cuya alma ya ha sido liberada y esperará el momento de su siguiente encarnación. Pero Morel no tiene planes para reencarnarse pronto, así que retrocede una veintena de metros y da un volantazo hacia la derecha. Su coche destrozado choca con su parte trasera derecha contra un coche aparcado, y él aprovecha el momento para abrir la puerta y tirarse fuera. Se arrastra hacia la protección que le ofrece la parte delantera, cuyo motor puede detener las balas de un fusil, y saca su arma. Percibe a varios caídos aproximarse, por ambas aceras. Son tres. Uno debe de llevar un rifle de caza, con el que ha volado la cabeza a Moznik. Querían asegurarse de que no estuviera en condiciones de contar nada. El impacto vino del frente, no de arriba. Descartado el francotirador, así pues, aunque tampoco puede fiarse. Los otros dos llevan fusiles de asalto. Por el traqueteo característico deben de ser Kalashnikov.

Morel se concentra en la dirección en que percibe a uno de ellos, acercándose por su propia acera entre los coches aparcados, y dispara tres tiros muy juntos a través de las lunas. No está seguro de haberlo alcanzado; cree que no. Dispara otra serie hacia la acera contraria, para cubrirse. No puede permitirse que el del rifle le apunte a la cabeza; ésa es ahora mismo la peor amenaza. Los tipos de la otra acera parecen dejar de avanzar, pero eso es señal de que una mira telescópica podría estar buscando su frente. Tiene que moverse. Echa un último vistazo a Moznik, hecho un colador en el asiento del copiloto, con la cabeza inclinada sobre el pecho, empapado de sangre que mana de los muchos agujeros que le han hecho. Él también está sangrando mucho, y le duele, pero aún puede hacer un esfuerzo; sin embargo, el balazo que ha recibido en el brazo derecho no le permite apuntar bien. Sabe que tiene que largarse de ahí y buscar ayuda, a alguien que le cure sus heridas. A lo lejos suena una sirena de policía; debían de estar cerca, han oído el fuego y ya llegan. Eso le da una oportunidad; si huye ahora, los atacantes no podrán entretenerse yendo a por él, y su objetivo al fin y al cabo era el traficante. Aunque quizá no puedan dejar testigos. Sea como sea, tiene que huir. Le quedan cuatro balas en el cargador, nunca pierde la cuenta. Recarga ahí mismo, en cuclillas, y retrocede hacia la parte trasera del coche, empotrada contra otro. Se asoma tras éste y, sin mirar siquiera a su objetivo, hace cuatro disparos a su centro de masas, guiándose por su intuición. Una de las balas le da al sicario, al que ahora ve por primera vez –todo de negro, con un chaleco de combate y un verdugo, un AK-47 en las manos apuntándole–, en el centro del pecho, dejándolo fuera de combate. No llevaba chaleco antibalas. Perfecto; los otros tendrán que recogerlo y no podrán seguirle a él.

Justo en ese momento escucha el disparo y el silbido subsiguiente, y una bala del rifle pasa a escasos centímetros de su cabeza. Se inclina sobre la capota del coche y hace siete disparos seguidos, obligando a sus atacantes a agacharse, y entonces sale corriendo tras los coches aparcados, con la cabeza gacha, en dirección contraria, hacia la primera calle que corta a su izquierda, la calle de Ayala. Cuando cruza la esquina se siente a salvo. Las sirenas de policía, dos coches, están ya encima, y aunque quisieran ir a por él, tienen que recoger a su compañero abatido. Costaría mucho explicar por qué ese tío con una bala en el pecho no está muerto, sino paralizado, y ésa es la primera norma que rige sobre los caídos: no darse jamás a conocer entre los mortales. Sus propios empleadores los harían matar si eso pasara.

Y aun así, herido como está, habiendo perdido mucha sangre y con un dolor atroz –sobre todo en la cara, que tiene abierta–, corre todo lo que puede alejándose del tiroteo, y cambia de calle varias veces, por si acaso, buscando un lugar poco concurrido donde poder detenerse y pensar cuál será su siguiente paso, a quién acudir.

Tendría que haber llevado al exangüe Moznik a la sede de la Autoridad, pero no puede volver allí. Está muy cerca, pero pueden emboscarle por el camino otra vez, como ya lo han hecho. Se pregunta cómo demonios sabían que iba a pasar por allí, con quién y a qué hora, y recuerda además la sensación que ya tuvo en el aparcamiento subterráneo. En todo momento se ha sentido vigilado, y la paranoia de Moznik ya no le parece tal. Si sus sesos, desparramados por todo el habitáculo de su Laguna, pudieran hablar, dirían algo así como: «¿lo ves? Tenía razón, tío listo. Me querían muerto y tú me has llevado hasta ellos». Pero, ¿cómo cojones se iba a imaginar que el típico cuento de un detenido iba a ser tan cierto? Decía que alguien de la Autoridad lo quería matar para que no hablase acerca de lo que quiera que le iba a vender a un tal Oliveira, del que Morel no había oído hablar en la vida. Tampoco sabía de qué mercancía se trataba, porque Moznik no había llegado a decirlo, ni dónde se encontraba ahora ese poco efectivo “seguro de vida”. Fuera lo que fuera, preferían que no lo tuviera nadie a que cayera en las manos equivocadas. Desde luego, no se trataba de un caso corriente de contrabando. Por unos cochinos pergaminos viejos o unas armas espirituales no enviaban a un equipo de mercenarios a liquidar a un tío y al Juez que lo custodia.

Y no sólo es que pudieran esperarlo de camino al palacete de la Autoridad; es que, si las cosas que decía Moznik eran mínimamente verosímiles –y joder si lo parecían–, y teniendo en cuenta que nadie más sabía que pasaría por allí esa noche, podría ser cierto que alguien de dentro hubiera ordenado el ataque. Así pues, ¿cómo iba a plantarse allí, delante de quien probablemente había ordenado matarlos, sin saber quién era? No podía volver. Pero a algún sitio seguro tenía que dirigirse, lo cual excluía su apartamento, porque estarían esperándolo allí también. Fuera adonde fuera, tenía que darse prisa, porque se estaba desangrando y no podía ir por ahí, aunque fuera de noche, lleno de agujeros y sangre y sin media cara, que además le dolía horrorosamente. Necesitaba atención médica. Y en un caso así sabía a quién acudir.

Sacó la tarjeta SIM del móvil, se la guardó, y tiró el aparato en una papelera, tras partirlo; podían localizarlo a través del GPS. Dudó si llamar por teléfono a sus jefes. Por un lado, quien quiera que les hubiera mandado emboscar sabía que había escapado, así que fingir que estaba muerto para ganar tiempo no sería muy útil. Por otro lado, no dar señales de vida podría hacerlo sospechoso ante otros de haber tenido parte en el asunto. Así que decidió llamar, pero no estaba dispuesto a dejarse caer por allí para que lo remataran. Tuvo que recorrer varias manzanas hasta dar con uno de los pocos teléfonos públicos que aún quedan en Madrid, y tuvo suerte de encontrarse en el barrio en el que se hallaba. Echó las monedas, marcó el número y cuando contestó una voz que reconoció inmediatamente –la de Balaguer, el Secretario de la Autoridad–, se limitó a decir:
–Soy Morel. Me han atacado cuando llevaba a mi prisionero hacia allí. Él está muerto, lo han acribillado. Yo estoy malherido. Ha sido un equipo profesional con armamento militar. Me pondré en contacto en cuanto pueda, ahora tengo que colgar.

Y así lo hizo. A continuación, echó a andar, todo lo deprisa que le permitían sus debilitadas piernas, hacia el sur. Sabía adónde dirigirse. Un sitio que la Autoridad no conoce, o que por lo menos no relacionaría con él, y donde podría estar a salvo aunque fuera una noche. Entonces pensaría con más claridad qué hacer, porque desde luego tenía que hacer algunas averiguaciones en relación a lo que Moznik le había contado. Su vida quizá dependiera de ello, dado que era testigo de lo ocurrido y seguramente barajaran la posibilidad de que le hubiera hablado de la mercancía y del complot. Si era así, tendría un punto de mira sobre su cabeza. 




El infierno y la nada, © D. D. Puche, 2017. Todos los derechos reservados. Contenido protegido por SafeCreative. 

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10 de agosto de 2017

EL INFIERNO Y LA NADA (cap. 1)


El infierno y la nada es una novela que aparecerá a comienzos de otoño de este año, y de la que en esta página ya publicamos algún extracto hace tiempo. Os ofrecemos ahora de nuevo el primer capítulo (y vendrán algunos más) para que vayáis abriendo boca. Está ambientada en el mundo de Balada de los caídos, pero esta vez en Madrid, y la protagoniza Salvador Morel, un Juez que vela por el cumplimiento de la Ley de los Desterrados en esa ciudad y se verá envuelto en una oscura conspiración. Que la disfrutéis.   



"Entre el infierno y la nada, me quedo con el infierno".
MIGUEL DE UNAMUNO.


Entró en el local y atrajo la mirada de todo el mundo. No era demasiado alto, ni estaba excesivamente delgado. Ancho de espaldas y de andares desgarbados, vestía traje oscuro, sin corbata y con un par de botones de la camisa desabrochados. Era moreno, aparentemente cuarentón –pero sólo aparentemente– y con alguna cana ya. Ojos grandes, expresivos, nariz algo más gruesa de lo que pedía el rostro y mandíbula ancha. En resumen, alguien que en principio no destacaría en ningún sitio. Pero no suele ser una buena noticia, cuando un Juez entra en un garito de mala muerte como aquél. Tan de mala muerte que no tenía ni nombre. Sin embargo, los ángeles caídos de Madrid saben que en cierta calleja del centro, en la zona de copas de Santo Domingo, hay una puerta de metal poco llamativa que se abre tras cuatro golpes. Dentro se oculta un local exclusivo para ellos, aunque sólo los de peor rango y condición lo frecuentan. Un tipo enorme y mal encarado impide que entre cualquier mortal que llegue allí por casualidad; los miembros de determinados clanes problemáticos de los caídos tampoco son bien recibidos. En la entrada hay un guardarropa y una pequeña cabina enrejada en la que se sienta un muchacho de mirada aviesa; todo el que entre está obligado a dejar allí cualquier arma que porte, sea blanca o de fuego. Pero el Juez no tuvo que dejar las suyas, por supuesto: los de su cargo tienen acceso franco a cualquier punto de la ciudad controlado por los caídos. Lo dice la Ley, de la que son garantes y ejecutores.
–Hola, Morel –le dijo sin mucho entusiasmo el portero, quien por supuesto lo conocía.
–Hola. ¿Qué tal ha empezado la noche?
–No está mal. Medio aforo. Todo tranquilo –le contestó con mirada esquiva.
–Ya. Puede que deje de estar tan tranquilo enseguida. Creo que tenéis a uno buscado aquí, ¿no?
–Si es así nosotros no sabemos nada. Ya sabes que colaboramos siempre.
–Por supuesto –replicó Morel, y entró.

Salvador Morel era uno de los Jueces que había en la ciudad de Madrid. Incluso los ángeles caídos, siempre escondidos entre los mortales, tienen que tener una autoridad, y alguien que la haga respetar. Era un Juez respetado, porque hacía cumplir la Ley sin contemplaciones, pero no era especialmente cruel, ni corrupto, ni abusaba de su poder, como otros. No aceptaba sobornos ni cobraba mordidas, algo en lo que la sociedad de los caídos no se diferencia mucho de la mortal –al fin y al cabo, ¿no se dice que ellos trajeron el mal a este mundo?–. Además, tenía cierto sentido del humor y era bastante tratable, siempre y cuando no anduviera a la caza de algún caído perseguido por sus infracciones. Entonces había que tener cuidado con él, porque se encabronaba con los que le hacían perder el tiempo y tenía una tendencia al uso de su Glock 19 por la que, en más de una ocasión, sus superiores le habían llamado la atención. Pero trabajaba bien y era limpio; no atraía la atención de los mortales, y meterle una 9 mm. a un ángel caído no suele causarle la muerte a no ser que le vuele la tapa de los sesos, así que le dejaban seguir con sus métodos. Él siempre apuntaba al pecho. Una bala en el corazón garantizaba una parálisis total. Durante un buen rato, al menos.

Se adentró en el local. Era realmente mugriento; lo conocía perfectamente porque había estado allí muchas veces, más por trabajo que por placer. No le hacía ascos a una copa, pero prefería sitios con algo más de clase. Sólo un poco más; le bastaba con que el sitio no pareciera un burdel barato. Tras una segunda puerta de metal, que mantenía la insonorización, se abría un enorme salón con una gran barra redonda en el centro, alrededor de la cual se distribuían las mesas. Aproximadamente la mitad de ellas estaban ocupadas, así como casi todos los asientos en la barra. Luces estroboscópicas de colores cambiantes le daban al garito un aspecto aún más irreal del que ya tenía de por sí. Desde fuera nunca se hubiera dicho que podía ser tan espacioso, y de hecho no lo era: los caídos saben jugar con el espacio, dilatándolo o contrayéndolo para crear con él lugares imperceptibles e inaccesibles para los mortales. Esa arquitectura fantástica (de la que se encarga un tipo de caídos a los que denominan Constructores) crea una sub-realidad llena de elementos sobrenaturales –como lo es ella misma– a la que sólo pueden acceder los caídos y a la que suelen referirse como el Otro Lado. Aquel local sólo era un ejemplo cutre de lo que los caídos pueden hacer.

Para hacer más molestas aún las luces –que hacían saltar a los presentes como en una película a la que le faltaran fotogramas–, sonaba una atronadora música electrónica, que Morel odiaba tanto como ese tipo de ambiente. Alrededor del salón había una serie de reservados tapados con cortinas, donde se practicaba todo tipo de vicios indescriptibles. En cuanto a drogas y sexo, no había en aquel lugar ningún tipo de limitación, y la Ley de los caídos es obviamente muy laxa en ese sentido. Por lo general no prohíbe nada que no afecte al poder establecido o a la clandestinidad de su existencia entre los mortales.

El Juez se paró un instante a unos dos metros de la barra, tras saludar al camarero que estaba tras ella, un tal Ahmed. Miró atento a su alrededor. Conocía a los que trabajaban allí, así como a la mayoría de los parroquianos –en una ciudad como Madrid casi todos se conocen, aunque sea de vista–; pero aun así no se fió y mantuvo su espalda controlada en todo momento. El trabajo era el trabajo, y tomaba muchas preocupaciones. Contempló las auras turbias de la clientela. Oscuras, agitadas, llenas de vicio. Nada raro en un caído; de hecho, nada raro en un mortal, salvo cierta tonalidad que permite diferenciarlos sin lugar a error. Todos los presentes eran gente patética, pero él no se metía en esas cosas, no era su trabajo. No captó nada sospechoso, nada que pudiera suponer un peligro para él. Tampoco vio al tipo al que buscaba, pero supo inmediatamente que estaba en uno de los reservados. Lo captó como un sabueso huele a su presa a gran distancia. De hecho, sin moverse de donde estaba, a través de la cortina, supo que estaba con dos fulanas. Eran dos Súcubos; captó sus singulares presencias. 
–¿Qué hay, Ahmed? –dijo al fin, ante el nerviosismo de éste.
–Bien, todo bien –le contestó, secando unos vasos de tubo–. ¿Va todo bien, Magistrado?
Morel hizo un gesto vagamente afirmativo.
–No va mal.

Miró fijamente a un tipo solitario sentado en una mesa justo delante del reservado de su perseguido. Tenía delante un vaso de algo que parecía whisky, pero no lo había tocado. El tipo se había quedado observándolo al entrar, aunque con discreción; luego apartó la mirada. Morel no lo conocía. Aunque estaba sentado, se advertía que era alto y fuerte. Más que él. Por su aspecto debía de ser eslavo.
–¿A qué debemos su visita, Magistrado?
Morel sonrió levemente.
–Creo que eres el único en la ciudad que me llama así, Ahmed.
Y tras una pequeña pausa añadió:
–Ya sabes a lo que vengo. Él está aquí.
Algo en la cara de Ahmed se descompuso.
–Joder, Morel, si no guardáramos la privacidad de nuestra clientela, no habría negocio; no podemos...
–No te preocupes, casi es mejor así. Me facilita el trabajo el que crean que en sitios como éste están a salvo.

Morel no despegó en ningún momento la vista del tipo eslavo, quien a través de la música escuchaba perfectamente sus palabras, con sus sentidos agudos como cuchillas. Se preguntó si sería un exmilitar de algún país del este. Tenía toda la pinta. Sin dejar de vigilarlo, se acercó a la barra y se apoyó contra ella.
–Ponme lo mismo que a ése –le dijo a Ahmed–. Invita la casa, ¿no?
–Claro –contestó un taciturno Ahmed, sirviéndole la copa.

La cogió y, bajo las miradas atentas de toda la clientela, se dirigió a la mesa del eslavo. Sin preguntar, tomó asiento frente a él y puso el vaso sobre la mesa. El tipo le clavó los ojos, pero no dijo nada. Era frío, el cabrón; un profesional. Morel no advirtió qué intenciones tenía, no percibió ningún cambio en su aura. Se miraron en silencio unos segundos muy tensos hasta que Morel al fin dijo:
–Hola.
El otro se limitó a asentir en señal de saludo.
–Tengo órdenes de detener a tu jefe, pero no dicen nada de ti. Puedes facilitarme las cosas o ponérmelas difíciles; lo único que va a cambiar es cuánta gente me lleve conmigo esta noche. Y que te quede claro –añadió, inclinándose sobre la mesa– que a él lo quieren interrogar por lo que ha hecho. Pero a ti nadie te necesita entero.
El guardaespaldas sonrió gélidamente y contestó con fuerte acento:
–¿Ése es el discurso que sueltas siempre?
–Sí, más o menos. Pero lo que importa no es lo que digo, sino lo que hago. ¿Quieres verlo?
No contestó. Se limitó a sostenerle la mirada, burlón. Morel seguía sin calarlo. No le gustaba ese tipo.
–Pon todas las armas que lleves sobre la mesa. Todas. Y si haces un movimiento en falso, nos vemos en la siguiente vida, amigo.
Tras un instante de aparente reflexión, y sin dejar de sonreír con aire desafiante, el guardaespaldas se abrió lentamente la americana con una mano, dejando al descubierto una Sig Sauer P227. Con el pulgar y el índice de la otra mano la sacó lentamente de la funda y la dejó sobre la mesa, apuntando hacia un lado.
–Ten cuidado, no te dispares en un pie con eso, colega –le dijo Morel, y se quedó a la espera–. ¿Eso es todo? Venga, no jodas.
A continuación, repitió la operación, esta vez inclinándose muy despacio a un lado de la mesa y sacando del mismo modo una USP Compact de una funda tobillera. La dejó también sobre la mesa.
–Preciosas. Descárgalas.
Con pausados movimientos, les sacó los cargadores y las balas que llevaban en la recámara. Lo dejó todo sobre la mesa.
–Y ahora el cuchillo militar que seguro que llevas.
De un bolsillo de la chaqueta sacó un cuchillo de acero con una hoja de unos quince centímetros, curvada por un lado y serrada por el otro. Lo puso junto a las pistolas.
–Bien. Ahora camina hacia la barra y espera ahí. Si eres un buen chico podrás irte y quedarte con tus juguetes.

El tipo se bebió su whisky de un trago, miró una última vez con actitud desafiante a Morel e hizo lo que éste le decía. Se levantó despacio, con las dos manos ligeramente levantadas, y caminó hacia la barra. Morel lo siguió con la mirada y se bebió también su whisky de un solo trago. Se levantó y se acercó a la cortina negra que lo separaba del reservado.
–Así me gusta. Que me pongan las cosas fáciles –dijo, justo antes de descorrer la cortina.

Fue entonces cuando saltaron sobre él, desde el interior. Eran las dos fulanas con las que estaba su objetivo. Una lo golpeó a la altura de la cintura; la otra fue a por el brazo en que llevaba la pistola. Los tres cayeron hacia atrás, rodando; una de ellas quedó sobre él y pudo ver su horroroso rostro, a pocos centímetros del suyo: la piel azul y escamada, ojos rojos brillantes como brasas, una boca descomunal llena de dientes como alfileres, la nariz larga y puntiaguda, el pelo negro alborotado. Era la viva imagen de una bruja de cuento de hadas, de esas que se comen a los niños. Vio esas fauces abrirse sobre su cuello, a punto de darle un buen mordisco. La otra, simultáneamente, intentaba desarmarlo.

Pero para cuando las fauces se cerraron con un chasquido, él ya no estaba en el suelo boca arriba; una décima de segundo después estaba de pie, al lado de las dos fulanas transformadas en demonio, apuntándolas con la Glock. Simplemente desapareció de debajo de ellas para aparecer a su lado. Cosas de ser un ángel caído. Ellas eran feas, él rápido. Les metió tres balas a cada una, en el torso, asegurándose de alcanzar el corazón, lo cual las dejaría inertes durante un tiempo, pero sin matarlas. Inmediatamente, con la precisión de un cirujano y la experiencia del que ya ha estado en una situación así en muchas ocasiones, se agachó y se giró en dirección al guardaespaldas, quien por supuesto se había tirado a por sus armas. Cuando puso la mirilla sobre él, ya había cogido y cargado una de sus pistolas y estaba levantándola para dispararle. En un caso así no podía dudar ni permitirse el lujo de ser piadoso; sólo tenía tiempo para un disparo, y tenía que ser definitivo. Tiró del gatillo y los sesos del guardaespaldas salpicaron la pared y las mesas que estaban tras él. Ése no se levantaría más del suelo; pero volvería en otra vida, años después, con otro rostro y otro nombre. Que otro se ocupara entonces de él.

La escena había durado menos de cinco segundos, y todos los presentes en el local se habían quedado petrificados. A Morel lo enojaba considerablemente el haber tenido que usar su arma, y más porque se había visto obligado a liquidar a un tipo, cosa que no le hacía ninguna gracia. Fue necesario, pero nunca resultaba agradable. Y tendría que dar parte de lo ocurrido; ya no era una mera detención rutinaria. Odiaba la burocracia. Por otro lado, también le molestó no haber visto venir lo de las fulanas. Su objetivo llevaba consigo dos Súcubos, y él no se había dado cuenta de que formaban parte de su escolta, junto con el eslavo.
–Me estoy haciendo mayor, joder –musitó.

En el suelo, las dos mujeres se retorcían de dolor, con sus rostros vueltos a la normalidad. Eran muy guapas las dos, pero en ese momento sus caras estaban terriblemente contraídas y pálidas. En cualquier caso, de momento no supondrían ninguna amenaza; Morel mandaría a alguien para encargarse de ellas. Él tenía otra cosa más importante de la que ocuparse.

Cruzó la cortina y pasó al reservado, donde un ridículo hombrecito se encogía en un asiento del rincón, como si así pudiera pasar desapercibido. Decir que era un hortera sería hacerle un favor: llevaba un caro traje de lino gris perla con una horrorosa camisa estampada de corazones, sin corbata, muy abierta, y con cadenillas de oro colgando sobre el pecho. También llevaba muchos anillos de oro en los dedos. Su cara recordaba a un roedor; era un tipo vil, pensó Morel nada más verlo, vil y patético, de esos a los que les encanta hacer dinero pero no han nacido para saber gastarlo.
–¿Qué tal, Moznik? –le dijo, pero el tipo no contestó. Estaba muy asustado–. Oye, no me ha gustado ese comité de bienvenida que me has preparado. Ha sido un poco hostil. Tu chico está muerto, por cierto; no sé si te importará. Supongo que no mucho, ¿o me equivoco?
Moznik parecía mareado, como si se fuera a desmayar de un momento a otro.
–¿Vienes a matarme?
–No seas gilipollas. Vengo a detenerte. Tu guardaespaldas seguiría con la cabeza sobre los hombros si no hubiera echado mano a su pistola, así que ya sabes, no intentes jugármela. 
–¿A detenerme? Pero...
–Sí, y vale ya de cháchara. Son otros los que decidirán qué hacer contigo. Eso no es asunto mío.

Diciendo esto, Morel desenganchó de su cinturón una gruesa argolla de acero de una pulgada de grosor. Con un movimiento de muñeca, la desdobló en las dos argollas superpuestas que en realidad componían la primera, aunque nada las unía salvo el propio metal, que parecía líquido. Obtuvo así un cepo de manos que podía resistir incluso la fuerza de un caído normal. Desde luego, resistiría la de Moznik, que era bastante enclenque. Éste, en cuanto vio el cepo, hizo un gesto de negación.
–Puedo ofrecerte mucho dinero si me dejas irme. Dinero, o lo que tú quieras. Estoy muy bien relacionado.
Morel sonrió.
–¿Dónde estás muy bien relacionado, en Croacia? Desde luego aquí no, y si vuelves a intentar sobornarme te vuelo las pelotas. Duele muchísimo mientras crecen otra vez. Según me han contado, vaya.

Hizo un gesto con la pistola para que Moznik metiera una mano en una de las argollas. Éste lo hizo con resignación. Morel guardó entonces su arma en la funda sobaquera que llevaba y sostuvo el cepo mientras el croata metía la mano en la otra argolla. Éstas, flexibles, se ajustaron a sus muñecas, y adquirieron consistencia sólida. Las muñecas de Moznik quedaron a diez centímetros la una de la otra.
–Quedas detenido por importar ilegalmente material antiguo prohibido en este territorio. Queda confiscado todo lo que lleves encima y cualquier propiedad que tengas en dicho territorio. Serás puesto a disposición de la Autoridad de Madrid, por la que serás interrogado y que decidirá si debes ser juzgado según lo establezca nuestra Ley.

En cuanto dijo estas palabras, cacheó a Moznik. Sólo llevaba su cartera, un juego de llaves normal y, aparte, una llave suelta en otro bolsillo. Se guardó todo en la americana y le dijo que le sería devuelto cuando la Autoridad lo considerara oportuno. A continuación, puso una mano sobre el hombro de su detenido y lo guio hacia el exterior del local, pasando entre la clientela silenciosa y frente a un colérico pero igualmente silencioso Ahmed, al que le acababan de arruinar una noche –como poco– de negocio. Moznik miró a sus guardaespaldas, retorciéndose las unas en el suelo sobre sendos charcos de sangre, muerto el otro más allá, y estuvo a punto de desmayarse. Morel tuvo que sostenerlo de un brazo cuando le flaquearon las piernas. Se dirigió de pasada a Ahmed, para decirle:
–Y tú y yo ya hablaremos. Habéis dejado entrar con armas al escolta de un perseguido por la justicia. Esto os va a pasar factura, no pienses que no.
Ahmed se limitó a apretar los dientes.
–Pero eso será otro día. De momento, esperad a que llegue el equipo de limpieza.

El matón del recibidor les abrió la puerta, sin decir tampoco nada. Morel hizo esperar un momento a su prisionero mientras echaba un vistazo fuera; no convenía llamar mucho la atención en cuanto estuvieran en la calle, entre los mortales. Por lo menos, tenía que asegurarse de que no hubiera policías. Un tipo con unas argollas de acero en las muñecas hubiera despertado su curiosidad. Como no había nadie en ese momento que pudiera comprometerlos, cogió a Moznik del brazo y lo hizo salir. Afuera sólo había gente de fiesta, y algún que otro borracho ya a esas horas. Ellos no llamaban especialmente la atención.
–Vamos. Tenemos que llegar hasta mi coche. Está en un aparcamiento próximo. No hagas nada raro o ya sabes cómo vas a terminar. Estoy autorizado para ello; no te creas demasiado importante.

De camino, por las calles peatonales llenas de bares y gente en las puertas conversando animadamente y bebiendo cervezas y vinos, Moznik le dijo lastimeramente a Morel:
–Lo que he hecho no es ilegal. Bueno, supongo que sí lo es; pero lo hace mucha gente, no he hecho nada especialmente malo. Hay un complot contra mí. Tenía que verme con alguien de la ciudad, un miembro importante de vuestra comunidad, y no ha aparecido. Esto es una trampa. 
–Nada de eso es de mi incumbencia. Me han dicho que te detenga, y es todo lo que voy a hacer. 
Siempre decían lo mismo. Siempre pretendían justificarse, defender su inocencia e intentar que se apiadara de ellos. ¿Qué esperaban, que los soltara? ¿O era simplemente una forma de expresar su angustia al verse capturados? Le daba igual; él hacía su trabajo, y punto. Así funcionaban las cosas. Que no hubieran violado la Ley.

Siguieron caminando hasta el aparcamiento subterráneo donde Morel tenía su coche, perdidos entre la multitud del centro. Había un gran ambiente esa noche. Como todas las noches en la ciudad. 






El infierno y la nada, © D. D. Puche, 2017. Todos los derechos reservados. Contenido protegido por SafeCreative. 

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alt="la ley del angel caido, d. d. puche"