25 de septiembre de 2017

EL INFIERNO Y LA NADA (caps. 3 y 4)


Lee los capítulos 1 y 2


3


Caminó todo lo deprisa que pudo, cada vez más debilitado por la pérdida de sangre y el dolor, evitando las calles principales para no llamar la atención, incluso a pesar de la hora que era. No podía coger ningún transporte público, y la policía andaría buscando a los implicados en el tiroteo que había dejado un cadáver con la cabeza reventada dentro de un coche a su nombre en plena calle Velázquez. Desde luego la noche estaba siendo jodida; una simpe detención rutinaria de un contrabandista se había convertido en un incidente con varios muertos, que encima había alertado a los mortales. La Autoridad estaría entusiasmada. Pero la verdad es que le importaba una mierda, porque seguramente alguien de ella, si no el pleno, lo había puesto en la lista de los objetivos a liquidar por saber demasiado. Así que tenía que moverse con extrema cautela. Los mortales eran lo de menos; siempre podría burlarlos. Pero los caídos de la ciudad, por lo menos los que iban por ahí con armas de asalto, eran otra cosa. Y a esas horas la Guardia puede que hubiera salido a buscarlo. Los soldados de la Autoridad.

Tardó casi hora y media, entre su debilidad y sus precauciones, en llegar a pie a su destino, un pequeño local en Puente de Vallecas. Se trataba de una clínica veterinaria, un lugar muy poco llamativo. Por supuesto, a esas horas estaba cerrado. Lo que los clientes de la clínica ignoraban, cuando llevaban allí a su perro o a su gato, es que el dueño era un ángel caído. Y aunque hubieran tenido una intuición sobrenatural y hubieran captado su aura oscura –hay gente así, los mortales que los caídos llaman “Videntes”–, lo que nunca se les hubiera ocurrido pensar es que ese serio pero cortés veterinario había matado a más gente que la malaria. Había sido, hace muchos años –pues ya tendría unos noventa, aunque aparentaba la mitad–, un Ejecutor, es decir, un Juez encargado de liquidar a los caídos perseguidos por delitos graves, aquellos para los que la única condena era la muerte. E hizo su trabajo bastante bien, hasta que se cansó y lo dejó. Desde entonces se dedicó a lo que siempre le había gustado más, que eran los animales, a los que apreciaba considerablemente más que a las personas. Morel lo conocía porque era poco más joven que él –tenía setenta y cinco años en realidad– y habían coincidido en el servicio. Se respetaban mutuamente, y Morel sabía que Acosta, que así se llamaba el tipo, había quedado a malas con la Asamblea tras irse por un trabajo que le había encargado y que nunca cumplió. No lo delataría. Y era el único que a esas horas de la noche podía darle algo parecido a una atención médica.

Acosta vivía en el primer piso, sobre su propia clínica. Morel tuvo que llamar varias veces al portero automático hasta que una malhumorada voz contestó:
–¿Quién coño llama a estas horas?
–Soy Morel. Necesito ayuda. Urgente.
–Ahora bajo –contestó, tras una pausa que a Morel se le hizo muy larga.

Unos minutos después estaban dentro de la clínica, Morel bastante más aliviado y Acosta en pijama y bata y no especialmente contento. Era alto y delgado, de cara angulosa, con barba y pelo canos. Muy parsimonioso, como si quisiera ahorrar movimientos y palabras inútiles. Tras abrir, le había dicho a Morel que pasara y se sentara en la mesa de acero donde atendía a los animales. Le acercó un foco a la cara e hizo un gesto de desaprobación, como diciendo «qué mala pinta». Le dijo que se quitara la ropa y le mostrara todos los impactos de bala.
–Estás hecho un colador. ¿Te puedo preguntar qué ha pasado, y por qué no te está atendiendo un médico de verdad?

Hasta ese momento Acosta no había hecho ni una sola pregunta, pero entonces Morel le contó todo lo que había ocurrido esa noche. No le ocultó nada, lo cual, tratándose de alguien que había sido Juez, como él, no hubiera sido muy inteligente. El veterinario lo escuchó atentamente, pero sin dejar de trabajar en todo momento. Le dijo que se tumbara en la mesa, trajo los desinfectantes y antibióticos que empleaba con los animales, hilo quirúrgico y aguja, una grapadora, y con unas largas pinzas metálicas empezó a sacarle las balas que tenía por todo el cuerpo, una por una. Cada vez que extraía una bala, le aplicaba una gasa con desinfectante que fijaba con esparadrapo, tras grapar la herida. La extracción hacía a Morel rabiar de dolor. 
–Oye, no quiero decirte cómo hacer tu trabajo, pero, ¿no podrías ponerme anestesia?
Pero Acosta no le contestó. Siguió haciendo su trabajo en silencio. Nunca fue muy sensible hacia el dolor de los demás. Por lo menos de las personas, fueran mortales o caídos. Y Morel no insistió; se limitó a apretar los dientes con fuerza.

Cuando terminaron, Morel se lavó toda la sangre seca. Tenía el cuerpo lleno de gasas y esparadrapos, y una fea costura en la cara que tendría que llevar al menos un par de días, hasta que la herida cerrara. Ésa fue la parte más dolorosa de la cura, pero la más necesaria; no podía ir por ahí con una mejilla suelta, apenas sujeta por un poco de carne, y chorreando sangre. «Joder, parezco Frankenstein», dijo cuando se pudo mirar en un espejo que Acosta le ofreció. A continuación, pasaron a la pequeña oficina de éste, que sacó del cajón de su escritorio una botella de licor y un par de vasitos y le llenó uno. Allí sentados, charlaron un rato.

–Cuidado con los puntos, que se te abrirán con facilidad si los fuerzas antes de un par de días, como poco. Alguna de esas balas no te ha liquidado de milagro.
–Sí, dímelo a mí. No sé ni cómo coño salí de allí vivo.
–Y has perdido mucha sangre. Ahora te bajaré algo para comer; tienes que reponerla. De lo contrario desfallecerás.
–Te agradezco mucho todo lo que has hecho por mí. Si se enteran de que me has ayudado te vas a buscar problemas.
–Entonces tendremos que ser discretos, ¿no?
–Siempre lo hemos sido. Por eso hemos vivido tantos años.
–Supongo que sí. O suerte, quién sabe. O el destino.
Morel se encogió de hombros. Los mayores siempre se iban volviendo místicos.
–Lo que sea. Estamos vivos, es lo que cuenta.
Como única respuesta, Acosta llenó los dos vasos de nuevo. Después de beberse el suyo en silencio, preguntó al fin:
–¿Quién crees que está detrás?
–Ni puta idea.
–¿Aguirre?
–No lo sé. Quizá.
–Nada se mueve en la ciudad sin que lo autorice él.
–Puede ser. Pero he de asegurarme. Puede que haya sido una de las familias, o puede que sea la Autoridad en conjunto la que ha orquestado esto.
–No lo creo. Tiene pinta de lucha interna.
–Sí, pero tengo que saberlo con certeza. Necesito averiguar quién me ha puesto la diana en la frente. Si no, de la siguiente no me escapo.
–Entonces date prisa, porque el tiempo juega en tu contra.
Morel asintió, acabando su segundo vaso y quedándose con la mirada perdida en el infinito.
–Deberías largarte de la ciudad –sugirió Acosta.
–No. Voy a investigar quién ha dado la orden.
–¿Y entonces qué harás? ¿Vengarte?
–Juzgarlo.
Acosta negó con la cabeza.
–Esto sólo termina contigo muerto.
–Es probable.
Hubo un silencio. Los dos se quedaron mirando la mesa.
–Ten mucho cuidado. Piensa bien dónde te metes y a quién pides ayuda –le advirtió Acosta–. Muy pocos en Madrid van a ayudarte, aparte de mí. Todo el mundo está al servicio de la Autoridad, directa o indirectamente. Ya sólo quedan lacayos. Y enviarán a por ti a alguien en quien tú confíes. Siempre hay alguien dispuesto a traicionarte.
–Lo sé. De hecho, imagino a quién habrán puesto en mi busca. ¿Puedes servirme otro?

Pasó allí la noche, tras cenar un plato de comida precocinada calentada en microondas que Acosta le bajó. También le trajo una sudadera y un pantalón de chándal que le quedaban ridículamente grandes, pero es que su ropa estaba llena de agujeros y sangre seca y no podría salir con ella por la mañana, así que la metieron en una de las cajas que se emplean para llevar los animales muertos a incinerar. Después Acosta subió a su piso y se despidió de él diciéndole: «sal temprano y no le digas jamás a nadie que has estado aquí». Una despedida un tanto lacónica, pero Morel tampoco esperaba un abrazo. Ya sabía cómo era.

A primera hora de la mañana, tras haber dormido unas pocas horas y sintiéndose algo repuesto –los caídos se curan mucho más deprisa que los mortales–, se vistió y salió de la clínica veterinaria y bajó la reja. Lo primero que hizo fue coger el metro y dirigirse a una oficina postal en Embajadores en la que tenía un aparatado de correos. Allí guardaba un grueso sobre lleno de dinero. Como esa casilla tenía varias por la ciudad, por si llegaban los malos tiempos; era una lección que había aprendido de la gente a la que él mismo detenía y de otros caídos en desgracia como lo era él en ese momento. Siempre hay que tener una puerta de atrás por si te cierran la delantera, y sus cuentas bancarias probablemente ya estaban intervenidas o por lo menos monitorizadas para ver si sacaba dinero y dónde. Lo mejor era tener dinero en metálico. Se guardó el sobre lleno de billetes de cincuenta euros en un bolsillo de la sudadera y lo primero que hizo con él fue dirigirse a una tienda de ropa de caballero y comprarse una camisa, un pantalón y una americana con los que vestir decentemente y no parecer un panoli.

Cuando se sintió a gusto con su indumentaria, pasó a otro tipo de necesidades. De nuevo en metro, para confundirse con la multitud que recorría la ciudad en hora punta, se dirigió a un piso en Méndez Álvaro donde tenía su negocio un traficante de armas mortal que le debía un favor. Los caídos no se inmiscuyen en los asuntos de los mortales mientras no les afecten, así que conocen y toleran a los traficantes de drogas o armas y recurren a ellos cuando les hacen falta; siempre que no causen problemas en la ciudad, sus servicios son bien vistos. Y a éste, el Belga, que era una especie de gentleman de los vendedores de armas –ciertamente su negocio era lo más parecido al prêt-à-porter que permitía semejante mercancía–, Morel le había salvado el culo en una ocasión, cuando se metió en un pequeño lío por una deuda con unos colombianos. Era algo que había hecho por su cuenta, no como Juez; pero era conveniente que te debieran ese tipo de favores, y el Belga era el principal proveedor de Morel, cosa que llevaba al margen de la Autoridad. Así que llegó, pasó los controles de seguridad del traficante –dejó su arma al matón de la entrada y saludó a una cámara que había en la primera planta–, y subió en el ascensor hasta el cuarto piso pensando que si le habían tendido una trampa allí estaba acabado. Afortunadamente no fue así. El Belga lo recibió tan elegante como siempre, ofreciéndole un vaso de Macallan 12, y le preguntó con su sonrisita habitual y su acento francés: «¿qué desea el caballero?»

Media hora y otro Macallan después Morel salió del edificio pertrechado con lo que iba a necesitar. Recorrió la zona de modernos edificios empresariales y comerciales, agitada por el movimiento de la Estación Sur de autobuses y con las características cúpulas del Planetario y el IMAX al fondo, sintiéndose más seguro con las municiones en los bolsillos y una segunda pistola, una Glock 26 que compró con una funda tobillera incluida. Aun así, tenía que ser rápido, porque los Centinelas de la Autoridad lo estarían buscando. Tipos con una enorme percepción extrasensorial, capaces de detectar el aura de un caído a cientos de metros, a veces más. Y en cuanto dieran con él, enviarían a la Guardia en su busca. O peor, podrían encontrarlo antes los mercenarios de la noche anterior. No podía negar que estaba asustado, pero aun así conservó la cabeza fría –quizá por el whisky– y pensó en su siguiente paso. Tenía que seguir moviéndose.

Tenía que conseguir un teléfono móvil. No dio demasiadas vueltas hasta encontrar una tienda de telefonía. Tuvo que esperar un poco hasta que le tocó, y se estaba poniendo nervioso, pero no quiso llamar la atención; era lo que menos le convenía en ese momento. Mientras le llegaba el turno pensó en que esas tiendas, a medio camino entre parques temáticos de las telecomunicaciones, boutiques y pubs chill-out, le repugnaban profundamente. Se habían comido, junto a las grandes firmas de moda, el corazón de la ciudad. Donde antes había tiendas de barrio y bares de toda la vida, ahora sólo había ese tipo de establecimientos, todos iguales, absolutamente homogeneizadores, que habían copado todo y hacían que Madrid fuera igual a cualquier otra ciudad de cualquier lugar del mundo. Las identidades se pierden, y lo que Madrid había sido en tiempos ya no existía. Había conocido la ciudad durante la Segunda República, con el Franquismo y durante la Transición, y a lo largo de la lenta expansión del actual liberalismo. Y la verdad, hasta en los tiempos grises de la dictadura le había gustado más, porque al menos tenía una personalidad propia. Las ciudades son como personas, cada una tiene un carácter, una idiosincrasia y hasta un olor único. Y Madrid era ya un lugar como cualquier otro, indiferenciado, anodino, repetitivo hasta el asco. No quedaba nada de esa ciudad que en los ochenta se había revolucionado y en los noventa se había colocado entre las punteras de Europa y del mundo en muchos aspectos. Ya era todo plano y aburrido.

Lo sacó de estas disquisiciones el dependiente de la tienda cuando se dirigió a él, que estaba ensimismado. Se acercó, se apoyó en el mostrador y le pidió un teléfono de prepago. Nada especial, un modelo barato. El dependiente se fue al almacén a por uno, lo trajo, lo desembaló y se lo mostró. Él dijo que traía su propia tarjeta SIM y la sacó. El dependiente le instaló la tarjeta y lo activó, y entonces le pidió su carné de identidad para registrar el teléfono. Fue entonces cuando Morel lo miró fijamente a los ojos y le dijo con voz amable y tranquila: «no me vas a pedir el DNI. Pon un número al azar». El dependiente se quedó obnubilado por un momento, con la mirada perdida, y acto seguido tecleó en la pantalla de su ordenador un número falso, sin pedirle el carné a Morel. Los demás datos que le pidió se los inventó: nombre, dirección y demás. Le pagó el teléfono con un billete de cincuenta, cogió las vueltas y salió.

Echó a andar en dirección al metro, una vez más. Pero de camino hizo una llamada. Marcó el número, que se sabía de memoria, y escuchó los tonos de llamada con cierta inquietud. A los pocos segundos una voz de hombre contestó:
–¿Sí?
–Carlos, soy yo.
–¿Salvador? ¿Dónde coño estás?
–Por ahí. Viendo qué es lo que pasa. Aún no lo tengo claro.
–Salva, coño, vuelve aquí cuanto antes. Hay que aclarar la situación, y que hayas desaparecido no ayuda nada.
–Sí que hay que aclararla, pero prefiero hacerlo a cierta distancia, por si acabo como ese tío, el de los sesos desparramados por mi coche.
–No seas gilipollas, hombre. ¿De qué estás hablando? Si en algún lugar puedes estar seguro es aquí. Dime dónde estás y voy a recogerte yo mismo.
–Creo que no, Carlos. Voy a seguir perdido de momento.
–Estamos preocupados por ti, Salva. Somos los primeros que queremos averiguar quién os atacó anoche. No te pongas paranoico.
–¿De verdad no lo sabéis?
–Pues claro que no, joder. Si lo supiéramos ya habíamos tomado medidas.
–¿Y me estáis buscando? ¿Os han enviado a por mí?

Carlos calló. Después de tres segundos, Morel colgó. Le ocultaba algo, o sea que sí, iban tras él. No había querido mentir porque sabía que él se daría cuenta. Los jueces se conocen perfectamente bien entre sí, como conocen su trabajo. Carlos Santamaría era otro de los Jueces de la Autoridad de los caídos de Madrid, uno bueno, además. Joven, impetuoso, comprometido. Muy eficiente. Lo había formado él mismo, veinte años atrás. Eran amigos, pero Morel sabía que para Carlos lo primero era el trabajo. Qué coño, para él también lo era; lo habría antepuesto a cualquier amistad, si hubiera hecho falta. Pero si Carlos estaba metido en su búsqueda, se preguntaba si era porque lo tenía por culpable o simplemente porque se lo habían ordenado. Que andaban detrás de él era un hecho; los motivos, o quién daba las órdenes, era lo que no sabía aún. Sin embargo, Carlos no había mentido al decir que no sabían quién había sido; por lo menos él no tenía esa información, aunque por otro lado sólo era un mandado, como él mismo. Así que tenía que darse prisa en hacer sus indagaciones. Podría huir, como le había recomendado Acosta, pero lo buscarían en todos lados, moverían cielo y tierra; tenían la capacidad para ello, y no quería tener que vivir mirando siempre a sus espaldas. Así que necesitaba saber si detrás de la emboscada estaba la Autoridad como tal o una facción de ésta al margen del resto. Sabía que tarde o temprano lo cogerían, o él mismo tendría que presentarse, pero debía hacerlo con algo en las manos; necesitaba un seguro de vida, y a ser posible mejor que el de Moznik. Y moverse por Madrid le iba a costar mucho. Cada vez estrecharían más el cerco; no tardarían en dar con él.

Sabía quién podía ayudarlo con ese problema. Blix. Pero ésta no querría saber nada de él. La última vez que la vio, fue para detenerla, y se pasó un año entero confinada en un pozo oscuro, en el Otro Lado. Según le habían dicho, había quedado un poco inestable después de aquello. Un pelín sociópata. Lo normal en estos casos. Pero no tenía otra alternativa; debía recurrir a ella. Quizá que estuviera chalada hasta le vendría bien.



4


Había oído que Blix trabajaba en un estudio de tatuaje, y no le costó mucho encontrarlo. Estaba en la calle Fuencarral, y era uno grande; en él trabajaban varias personas, y en ese momento estaban atendiendo a varios clientes. La estética del sitio se le hacía cargante a Morel, con las paredes llenas de abigarrados dibujos y todo el espacio disponible lleno de material de trabajo. Apenas se veía un centímetro cuadrado que no estuviera pintado o cubierto con algo. De fondo sonaba rap, a un volumen que no le parecía lógico. Una música que no soportaba. En general no podía ir a ningún sitio y encontrar música decente; el gusto, se decía, había muerto, y la gente se había entregado a sensaciones que no se explicaba que pudieran resultar placenteras. Él pensaba que sólo eran los últimos estímulos en llegar al público, no algo que en sí mismo pudiera gustar; no al menos durante mucho tiempo. No a alguien con dos dedos de frente. ¿No podían estos tíos escuchar a John Coltrane o Billie Holiday mientras trabajaban? ¿O algo de Chopin o Schubert? Seguramente ni les sonaran esos nombres. Es probable que fuera la música que le gustaba a la clientela, pero coño –reflexionaba–, tendrás que trabajar a gusto donde estés, ¿no? A ver si les vas a hacer un mal dibujo por estar escuchando esa mierda.

Cuando entró, nadie pareció darse cuenta de que estuviera allí. Los tatuadores estaban concentrados en su trabajo y los clientes seguramente sentían una mezcla de dolor y éxtasis que los mantenía ocupados. Había algo sexual en eso de tatuarse, algún tipo de sublimación. Morel nunca se hubiera dejado hacer uno. Los tatuajes le parecían cosa de marineros y presidiarios. Bueno, y de indígenas de Polinesia y sitios así. No entendía la moda de tatuarse, que le parecía caprichosa y absurda. Se quedó mirando al tipo más cercano, un hípster de barba frondosa y poco limpia con gafas de pasta y trencitas en el pelo. Estaba totalmente ensimismado mientras le dibujaba una golondrina en el muslo a una chica. Le estaba quedando perfecta, casi viva, pero Morel no entendía esa obsesión con llenarse la piel de imágenes. Esta última generación –y Morel había conocido ya unas cuantas–, la nacida de lleno en la “sociedad de la imagen”, había perdido la capacidad de comunicarse. Los jóvenes casi no sabían ya ni hablar, habían perdido toda capacidad discursiva –como evidenciaban su cine, su literatura, y en general, su forma de expresarse, desde el último paleto de pueblo hasta el presidente del gobierno–, y sólo eran capaces de entender algo de forma gráfica, congelada. Para ellos ya no existía el tiempo, la duración; quizá por eso ya no sabían nada de ritmos y melodías, y no sólo en la música, sino en la vida. Vivían en un eterno presente, sin memoria, sin gracia ni estilo. Pobres de espíritu que buscaban su identidad en cualquier sitio donde ésta no estuviera. Incluso necesitaban escribirse en la piel quiénes o qué eran para no olvidarlo, de pura inseguridad en sí mismos. Lastimosos mortales… pocas veces lo habían sido tanto como en estos tiempos.

Le preguntó al hípster dónde estaba Blix, y éste le respondió sin mirarlo siquiera, con un gesto de cabeza y un lacónico «al fondo», sin dejar de trabajar. Morel caminó hacia allí pasando al lado de varios tatuadores enfrascados en su tarea, mientras contemplaba sus obras con cierta curiosidad. En realidad, había percibido a Blix desde que puso la mano sobre el tirador de la puerta, aunque notó también algo muy cambiado en su aura desde la última vez; pero no quería entrar así, sin más. Su intención era hacerlo todo con mucho tacto, que le haría falta con ella, pues al fin y al cabo su último contacto, años atrás, había sido cuando la llevó ante la Autoridad, precisamente por hacer lo que ahora quería que hiciera para él. Una situación complicada, pero no tenía muchas alternativas.

Subió tres escalones, cruzó una puerta de metal y entró en una segunda sala, donde estaba ella, junto a otros dos tatuadores y sus respectivos clientes. Se encontraba de espaldas a él, tatuando a un tío gordo algo en el cuello, un sinograma según le pareció. Estaba tan concentrada que no advirtió que otro caído entraba en la sala. Morel no la molestó; dejó que siguiera con el trazo, y sólo cuando se detuvo y se apartó un poco para verlo en perspectiva, se dirigió a ella:
–Hola, Blix. ¿Cómo te va?

Levantó los ojos hacia él y en cuanto lo reconoció se le torció el rostro. Un bello rostro, por cierto, aunque Morel vio en él algo de locura, como en su agitada aura de colores cambiantes. Su expresión facial era compleja; combinaba los matices del odio y el asco en una proporción difícil de precisar.

–¿Qué haces tú aquí, argolla?

“Argolla” era uno de los apelativos nada cariñosos que los caídos le daban a los Jueces, por las argollas de metal fluido que llevaban para hacer las detenciones. Morel se había dejado una de las dos que tenía alrededor de las muñecas del infausto Moznik. Mala cosa, que hubiera caído en manos de los mortales, aunque ellos no sabían cómo activarla; pero estarían dándole vueltas a cómo habían cerrado esas argollas de acero sobre las muñecas del cadáver, sin bisagra ni mecanismo alguno. En fin… En cuanto a Blix, no había esperado un recibimiento mucho mejor. Ésta le dijo a su cliente que esperara un momento, se levantó y se encaró con Morel:

–¿Quién te ha dicho que puedes entrar aquí? Estoy trabajando legalmente, capullo, así que dime a qué coño has venido.
–Veo que te acuerdas de mí.
–¿Iba a olvidarme, fascista?

Aun iracunda –se estaba mordiendo la lengua para no gritar, y pese a ello llamó la atención de los que estaban alrededor–, Blix resultaba fascinante. Mediría uno sesenta y cinco, de buena figura; era rubia, aunque tenía el pelo lleno de mechas de muchos colores vivos, y lo más llamativo de todo, era heterocroma: tenía un ojo verde y el otro violeta. Su mirada, que él recordaba más cálida, se había endurecido, lo cual era comprensible teniendo en cuenta el castigo que había sufrido. Llevaba vaqueros rotos, botas de cuero negro y una camiseta –allí dentro hacía mucho calor– con letras japonesas y la cara de un personaje manga que a Morel le sonaba vagamente. Aparentaba tener veintipocos años, pero tendría más del doble. Aun así, era joven para ser un ángel caído; pero tenía una larga trayectoria como delincuente.

Era una Solitaria –es decir, que no pertenecía a ninguna de las familias de la ciudad– a la que otro Solitario, un legendario chorizo al que llamaban el Mago, había encontrado siendo una adolescente fugada de casa; él la introdujo en el mundo de los caídos y la formó como su discípula. Y era buena, la cabrona. Buena de la hostia. Había pegado palos a ricachones mortales de la ciudad y hasta a la mafia rusa. Si la hubieran cogido la habrían despellejado viva, pero eso jamás hubiera podido pasar. Su error fue creerse intocable y robar a los propios Herederos de la Raza Celestial, el clan más importante de Madrid y de España, que de hecho controlaba la Autoridad de la capital, al tener mayoría de representantes en ella. Morel tenía que explotar el odio que sentiría hacia ellos, canalizar toda su ira hacia la Autoridad.

Aunque Blix no perteneciera a ninguna familia, desde el punto de vista gremial –todos los caídos tienen una especialidad– era una Fabricante. Los Fabricantes son esenciales para mantener el mundo de los caídos. Son los que construyen, mediante una mezcla de tecnología y conocimientos arcanos, los artefactos de su mundo –como las argollas de Morel, que son un ejemplo insignificante de lo que pueden hacer–. Toda clase de artilugios, armas, construcciones, etc., que son para los caídos lo que el coche, internet o el móvil para los mortales. Pero sus capacidades son aún mayores, y es ahí donde Blix demostraba una maestría fuera de lo común; los conocimientos que el Mago –el tío tenía más de doscientos años cuando se lo cargaron– le había transmitido eran tan notables como peligrosos. Los caídos, por su naturaleza sobrenatural, habitan entre el mundo material de los mortales y otro espiritual, onírico, en el que las leyes de la física dejan de valer, denominado el Otro Lado. Los Fabricantes tienen entre sus más importantes cometidos “moldear” el Otro Lado y crear estructuras en él, las que conforman el mundo oculto de los caídos, que sólo ellos pueden percibir. Así, hay otro mundo solapado al de los mortales, sobre todo en las grandes ciudades –donde también los caídos se concentran más–, que aquéllos no podrían ni imaginar, pero que es perfectamente común para éstos. Los arquitectos de tal mundo son los Fabricantes. Al no ser el Otro Lado un mundo estrictamente material, pueden jugar en él con el espacio y el tiempo y deformarlos a su gusto. Pueden crear palacios dentro de un cuatro de escobas, o cámaras en las que el tiempo transcurra infinitamente más despacio. Lo que sea. La Cueva era otro ejemplo menor de estas infinitas posibilidades.

Pues bien, en el Otro Lado existen también “túneles” o “madrigueras de conejo”, caminos secretos que conectan lugares de éste a través de un espaciotiempo distorsionado. Pueden incluso ser creados artificialmente, aunque ello lleva meses o años de duro trabajo, y es altamente ilegal en todas las comunidades de caídos del mundo. Obviamente, tales túneles artificiales son casi imposibles de controlar y atentan contra el orden establecido, que incluso para los caídos debe someterse a una Ley y mantener cierto carácter previsible. Pero si cualquiera pudiera irrumpir en cualquier sitio en cualquier momento, hacer lo que fuera –robar, matar, etc.– y huir como si nunca hubiera estado allí, ninguna Ley tendría sentido; todo sería pura anarquía. Por eso tales prácticas están fuertemente vigiladas y castigadas. Como quiera que es lo que el Mago –de ahí su sobrenombre, pues se colaba en cualquier lugar, por protegido que estuviera– hacía, y lo que Blix había aprendido de él, al primero se lo cargaron hace ya mucho tiempo, y a ella terminaron deteniéndola por colarse en una cámara acorazada de una instalación de la Autoridad y robar tres millones de euros en dinero y joyas y unos códices antiguos de gran valor. Y el encargado de encontrarla y llevarla ante la Autoridad fue Morel. Le costó bastante, a decir verdad: casi un año de investigación. Blix era muy escurridiza. Al final la encontró en un pueblecito del sur de Francia. Pensaba que estaba a salvo, pero no había huido lo suficientemente lejos. Morel cruzó a España con Blix en el maletero, esposada y sedada. Sus problemas sólo acababan de empezar.

Su castigo fue una ración de su propia medicina: la metieron en un pozo oscuro, básicamente una celda no muy grande en el Otro Lado donde el tiempo avanzaba a una décima parte de su velocidad normal. De forma que su condena de un año en un pozo equivalió para ella a estar diez ahí dentro. En todo ese tiempo ni tuvo –ni hubiera podido tener, por el desfase con el espaciotiempo convencional– visitas ni habló con nadie. La gente se volvía loca después de algo así; el cerebro, incluso el de un ángel caído, termina produciendo por sí mismo los estímulos que no recibe del exterior. Al cabo de algún tiempo en el pozo, todo el mundo empezaba a escuchar voces y a tener horribles pesadillas. Y por mucho que ella supiera abrir esa clase de sitios, sin las herramientas adecuadas le resultaba imposible. Le dijeron a Morel que, cuando salió, Blix se había arrancado casi toda la ropa y gemía y gruñía como un perro. Le llevó dos años más de recondicionamiento con los Sanadores el volver a parecer normal, y aun así le habían quedado muchos tics. Al parecer, a veces cometía actos de extraordinaria violencia.

–Yo te veo muy bien. Mola tu nuevo trabajo.
–Me importa una mierda lo que te mole. De algo tengo que vivir, ¿no, cabrón? ¿Qué haces que no estás por ahí jodiéndole la vida a nadie?
Morel no se iba a meter en discusiones con Blix acerca de los derechos del delincuente a delinquir. Tenía que tener mucho cuidado. Intentó no resultar agresivo, se pasó un pulgar por la ceja y le dijo con su voz más amistosa, una que tenía por ahí para raras ocasiones como ésta:
–Escucha, vengo a verte precisamente por eso. Pasa algo importante en relación a tu anterior trabajo. Urgente, en realidad. Me gustaría que vinieras conmigo, porque…
–¿Ah, sí? Algo parecido dijiste cuando me detuviste, ¿no?
–Mira, no recuerdo lo que dije o dejé de decir. Yo sólo hacía mi trabajo por entonces, pero ahora no. De hecho, vengo a verte para avisarte de algo crucial para ti.
–Vete por ahí, tío, y déjame seguir haciendo mi vida. Ya la destrozaste una vez, no te voy a dejar que vuelvas a hacerlo.
–Escúchame antes, Blix. De verdad que esta vez…
–¿Va todo bien, Blix? –otro de los tatuadores de la sala, un tipo grande con rastas, se metió en la amistosa conversación.

Blix miró un segundo a Morel a los ojos con desprecio.
Entonces se dio la vuelta para seguir trabajando:
–Sí, todo bien. No os preocupéis, éste ya se va.
–No me voy a ir a ningún lado, Blix. Corres un gran peligro si te quedas aquí.
–Que te jodan. Lárgate –le respondió, pero notó un matiz de tensión en su voz. Su encierro le había dejado mella, y la sola mención a un peligro la ponía nerviosa. Morel notó oscilaciones en su aura, leves cambios de color que indicaban algo de miedo.
–Estoy aquí para arreglar lo de la otra vez. De verdad. Tienes que hacerme caso.
–Oye, tío, te ha dicho que te largues. ¿No lo entiendes? ¿Tengo que enseñarte la salida?
–No te metas, Fran –replicó Blix–; lo tengo todo controlado. De verdad, dejadlo.

Sus dos compañeros, desconfiados y sin quitar ojo de encima a Morel, se sentaron e hicieron como que seguían a lo suyo. Morel se acercó a ella y habló en voz baja, casi susurrando:
–Mira, siento muchísimo lo que te pasó. Me imagino que fue una experiencia horrorosa. Pero yo hacía lo que me dijeron, y tú, al fin y al cabo, habías cometido un robo. No fue nada personal, sólo trabajo.
–Claro, los matones al servicio del poder siempre dicen eso.
–Ya no lo soy. Me están buscando a mí. Necesito hacer unas cuantas cosas o acabaré en un pozo como tú. O más probablemente, me liquidarán.
–Perfecto –contestó Blix con una sonrisa de desdén–. ¿Y por qué se supone que yo debería ayudarte? ¿Qué tiene eso que ver conmigo?
Morel hizo una pausa de dos segundos, la miró significativamente y le soltó la trola:
–Es que a ti te persiguen también. De hecho, tienes mucha suerte de que yo haya llegado antes.
–¿A mí? ¿Por qué? ¿De qué estás hablando?
–Me persiguen porque se han cargado a un tío y yo soy el único testigo. Ese tío traficaba con material prohibido, del tipo del que usabas tú cuando hacías trabajos –al decir esta palabra enarcó las cejas–. Creen que ese material era para ti, porque quieres volver al oficio, y te están buscando también. El que está detrás, según creo, es alguien de dentro, de alto nivel. Todo es una cortina de humo.

Blix parecía no comprender y a la vez estar conmocionada por lo que Morel le decía. Tenía pánico a volver a un pozo. Abrió muchísimo los ojos.
–¿Yo? Yo no tengo nada que ver con eso, no sé de qué me estás hablando.
–Ya sé que no, pero ellos creen que sí. Algunos, al menos. Ese traficante se había ido de la lengua hablando de un material que podía ser una amenaza para la Autoridad, un material que sólo un Fabricante de alto nivel sabría usar, y que le permitiría dar un golpe muy grande. En algún momento tu nombre salió a relucir. Al tío se lo han cargado, probablemente la facción de la Autoridad que lo contrató y que dejó caer tu nombre para cubrirse las espaldas. Este lío llega muy arriba, ¿sabes? Y al fin y al cabo, tú tienes antecedentes por lo mismo, y motivos para querer vengarte. Así que eres la siguiente en la lista. Como no pueden permitirse que declares ante el Pleno y se sepa la verdad, te querrán liquidar, como a ese tío y a mí, simplemente porque yo lo detuve y me contó toda la historia. Por eso ahora mismo me están persiguiendo. Te necesito para salvar el pellejo y aclararlo todo. Pero así salvarás también el tuyo.
–Pero… yo… –Blix estaba totalmente indecisa, como pensando: «¿cómo me ha podido caer este marrón a mí, si estoy haciendo mi puta vida y no me he metido en nada turbio?»–, no puede ser… ¿por qué me tiene que ocurrir esto?
–La cuestión es que te ha ocurrido, Blix. El pasado nos persigue, seamos inocentes o no. Si quieres salir de ésta, ven conmigo. Ahora. Sé que me odias y que te he jodido en el pasado, pero ahora quiero arreglarlo. No tendría por qué haber venido a avisarte.
–No sé, yo… estoy bloqueada, joder.
Una persona inestable, y más en una situación así, sólo necesita un empujoncito para hacer lo que uno quiere. Morel jugaba con esa ventaja.
–No puedes ponerte a pensar ahora, Blix. Yo me largo, como tú querías. Contigo o sin ti. Preferiría que vinieras, porque nos podemos ayudar mutuamente. Pero si no, estás sola. Y nadie en Madrid te va a ayudar, créeme. Si persiguen a un Juez nadie se va a querer pringar.

Blix se mordió los labios hasta casi hacerse sangre.
–Joder, joder, joder –dijo pasándose la mano por el pelo y moviéndose de un lado para otro mientras intentaba decidirse.
–Oye, ¿cuándo vas a seguir con el tatuaje? –dijo el tipo gordo, sentado en la butaca, que no había dejado de presenciar la escena.
–Vete a la mierda, tío –le contestó Blix, visiblemente agobiada, subiendo la voz. El de antes, Fran, volvió a levantarse:
–¿Pasa algo, Blix? ¿Echamos ya a este tío?
–No, no pasa nada. Tengo que irme.
–¿Te vas a ir con él?
–Sí, tranquilo, todo está bien. Es mi tío –a Morel se le escapó una sonrisa torcida al oír eso–. Voy a cogerme el resto del día libre. Si alguien pregunta por mí, decid que estoy enferma y volveré mañana. Seguro. Mañana.
–Pero bueno, ¿me vas a dejar con el tatuaje a medias, tía? ¿Qué coño es esto?
–Cállate, hostia puta –le dijo Morel, amenazador, a la par que le tiraba en el regazo un billete de cincuenta euros. El tipo se calló.

Los compañeros de Blix se quedaron pasmados, pero ella cogió su cazadora vaquera –con un dibujo de un oso panda al estilo manga en la espalda– y su bolso a juego y salió de allí, acompañada por Morel, muy satisfecho por haber conseguido lo que quería. Había jugado con ella y la estaba poniendo en peligro, y no se sentía bien por ello, pero no veía otra forma de salir del atolladero en el que estaba. Y, al fin y al cabo, ella había violado la Ley. Era una ladrona, aunque hubiera cumplido condena. Nunca creyó en la reinserción; el carácter de una persona es su destino. Si todo salía bien, le contaría la verdad en cuanto pudiera y la dejaría marchar. Ya encontraría un modo de compensarla. Pero de momento la utilizaría. Blix sabía hacer llaves para abrir sellos arcanos, así como encontrar los túneles que conectan distintos puntos del Otro Lado. Se aprovecharía de esa habilidad para acceder a ciertos sitios y llegar hasta las cosas y los individuos que necesitaba.

Echaron a andar hacia la Gran Vía, cruzaron por Montera y bajaron hasta la Puerta del Sol, llena de gente haciendo compras, grupos de amigos que quedaban y carteles publicitarios gigantes. A ella no le parecía buena idea meterse en aglomeraciones, pero él le contestó que era lo mejor.
–Cuando quieras esconderte –le dijo–, busca una multitud y piérdete entre ella. Es la mejor forma de pasar desapercibido. Normalmente encuentro a los que busco cuando huyen de la gente.
–Así me encontraste a mí –dijo ella con visible rencor.
–Sí. Nunca hay que huir a sitios poco habitados. Allí llamas mucho más la atención, y siempre hay alguien dispuesto a delatarte.
Hubo un silencio tenso de unos minutos.
–¿Y por dónde vamos a empezar? –preguntó al fin Blix.
–Voy a necesitar que me metas en algún sitio. Por ahí empezaremos.
–Pero yo no puedo meterte en ningún sitio así, sin más; ya deberías saberlo. Necesito herramientas, y no tengo ninguna. Mi condena me prohíbe expresamente tenerlas, ¿recuerdas? Tú tuviste algo que ver con eso.
–Tendremos que conseguírtelas, entonces.
–Claro, vamos a una ferretería y las compramos, no te jode. Esos materiales son muy difíciles de conseguir. ¿Conoces a alguien que pueda proporcionármelos?
–Pues sí, pero le volaron la cabeza anoche. Creo que ése no servirá.
Ella lo miró con rostro desencajado. No le hizo ninguna gracia.
–Y entonces, ¿qué? –replicó al fin.
–Entonces habrá que ir adonde la Autoridad guarda esos materiales.
–No jodas.




El infierno y la nada, © D. D. Puche, 2017. Todos los derechos reservados. Contenido protegido por SafeCreative.

¡Compártelo si te ha gustado! Si es así, quizá te interese leer otros libros de D. D. Puche. Puedes encontrarlos todos en su página de autor en Amazon.

Y también puedes seguirlo en Twitter y Facebook.


alt="el infierno y la nada"


21 de septiembre de 2017

CRISTIANISMO SIN DIOS (Ensayo)


Reproduzco a continuación el primer capítulo de mi nuevo libro, Cristianismo sin Dios. Un ensayo filosófico. Se trata de una reconstrucción de la base filosófica y ética que se puede hallar en los Evangelios, prescindiendo del concepto de un Dios trascendente (y por tanto, del sentido religioso habitual de la doctrina), al menos tal y como éste es entendido por creyentes y teólogos. 

_________


El fundamentalismo religioso que se extiende cada vez más por un Occidente que se creía ilustrado –amenazando seriamente la división del Estado y la Iglesia y llevando en ocasiones al primero a legislar en cuanto cristiano– exige hacer una profunda reflexión acerca de Cristo. No tanto acerca del cristianismo como de Cristo, figura histórica sobre la que se erige una religión profesada por un tercio de la población mundial; pero lo que la inmensa mayoría de los creyentes ignora es que no siguen en absoluto su palabra, totalmente deformada tras dos milenios de confusiones y manipulación. Este escrito es una meditación hecha desde un punto de vista ateo, materialista e inmanente; parte de considerar a Cristo un ser humano (¡nada más y nada menos!) para ensayar una reconstrucción de su mensaje originario, oculto –pero aún hoy estimulante– bajo múltiples estratos de sedimentos teóricos e históricos que lo hacen irreconocible para el creyente medio. Sólo en este sentido se podría entender como un escrito “contra el cristianismo”, propósito en realidad secundario del mismo, pues no va dirigido contra Cristo como personaje histórico, sino contra la religión construida sobre su palabra y contra su palabra. Pero para eso antes hay que conocer ésta.

Con independencia de la desfiguración doctrinal en que consiste el cristianismo (aunque seguramente tenga mucho que ver, al producir una insalvable fractura entre la letra y el espíritu de la doctrina, que no puede sino afectar a su praxis), me atrevería a decir que no existe, desde el punto de vista de su práctica, una religión más hipócrita; ninguna en la que se presuma más de lo que no se es, ninguna que más se incumpla, ninguna que propicie un mayor desencaje entre “el interior” y “el exterior” de los creyentes. Ninguna. Desde luego, no se dan esas dislocaciones ni en el judaísmo (que sobradas razones tendría para ser un culto a la muerte, cosa que no es en absoluto) ni en el islam, por centrarnos en las grandes religiones monoteístas; pero tampoco se dan en el budismo –el de verdad, el practicado en Oriente, no sus burdas emulaciones occidentales–, el hinduismo, el taoísmo, el confucionismo, etc. Algo que ya hace sospechoso al cristianismo histórico, de por sí, es su culto al dolor y la muerte, que evidencia, por emplear un lenguaje nietzscheano, la mentalidad mórbida y enfermiza que está tras él. El cristianismo ha convertido el –siempre supuesto– mensaje de Cristo (una llamada a cierta forma de vida, al fin y al cabo; una ética) en el culto a un hombre torturado y crucificado. Ya en el símbolo de la cruz se anuncia el falseamiento que constituye el corazón de esta religión: la muerte y resurrección de Cristo como ejecución del plan de la divina Providencia. Algo totalmente ajeno, como decía, al discurso y la práctica que se pueden rescatar de los evangelios.

Lo que voy a llevar a cabo a continuación es un esbozo de arqueología de éstos. No pretendo decir nada esencialmente nuevo, desde luego: la bibliografía sobre el tema es abrumadora, y nada puede decirse al respecto que no se base en las investigaciones de historiadores y filólogos que han trabajado directamente las fuentes documentales de ese relato históricamente construido al que llamamos “cristianismo”. Lo que sigue es el “poso” que mis lecturas sobre el tema, así como mi propio trabajo y mi interpretación (inevitablemente filosófica, y fuertemente marcada por Spinoza, Kant, Hegel, Feuerbach, Nietzsche, Jung y Campbell) del Nuevo Testamento, han dejado. Una reconstrucción, creo, no menos fiable que la de cualquier teólogo, pues al fin y al cabo, el único hilo conductor que tenemos para “desenterrar” la palabra de Cristo son unos textos –a no ser que creamos en revelaciones hechas a unos pocos elegidos, lo cual ya es partir de una determinada teología– que pueden ser leídos en múltiples claves, sin que ninguna –insisto: a no ser que presupongamos una autoridad religiosa basada en una revelación sobrenatural, cosa que yo desde luego no admito– pueda justificar su superioridad respecto a las demás. Es muy difícil saber con qué quedarse y con qué no de un relato, tras dos mil años y a partir de unos textos escritos como mínimo setenta años después de los hechos relatados, llenos de corrupciones e influencias, y cuya elección (el canon bíblico), ya de por sí, le da un marcado sesgo a dicho relato histórico. Pero aun así, se puede emprender la tarea de rastrear el espíritu originario que dio pie a esos textos. Los criterios filológicos e históricos son muy útiles (imprescindibles, de hecho) hasta cierto punto, llegado el cual, sin embargo, la crítica textual debe dejar paso a un salto hermenéutico que reconstruya, per hypothesi, el núcleo doctrinal que todas las corrupciones históricas esconden (y se ha de hacer precisamente en la medida en que parecen esconder algo). Para ello hay que buscar la coherencia interna, vital, de una doctrina que a todas luces se muestra –para el que quiera verla– entre estratos ajenos a su propia naturaleza. Partiendo de la clave filosófica antes descrita (secular e inmanente), el procedimiento a seguir no puede ser otro que eliminar todo lo sobrenatural del texto para quedarse con un sustrato claramente ético –sin que ello pueda eliminar por completo, obviamente, su base teológico-metafísica–, que constituye aquello únicamente a lo cual cabría llamar la “buena nueva”.

Así pues, se trata de obviar el absurdo de la resurrección (en el que, dos mil años después, siguen creyendo personas alfabetizadas) y demás elementos mitológicos que contribuyeron, no cabe duda, tanto a la corrupción del mensaje originario como a su difusión: ciertamente, sólo falseado –adaptado a la mentalidad de aquellos pueblos y al crisol religioso del momento– pudo extenderse como lo hizo. Lo que le ha permitido llegar hasta nosotros es lo mismo que le impide llegar puro hasta nosotros; la doctrina sólo puede recorrer la historia contaminándose. Esto puede decirse de todos los “arquetipos mitológicos” que no podían faltar en la evolución de una religión que pretendía extenderse (y llegado el momento, imponerse) por gran parte de Oriente próximo, Europa y el norte de África, donde coexistían múltiples religiones muy dispares. El gran triunfo del cristianismo –que le hace merecer el nombre de católico, o sea, “universal”– fue, sin duda, saber unificar todos esos cultos, absorbiéndolos y tomando de ellos los contenidos imprescindibles para ser aceptado por los diversos pueblos a los que se iba extendiendo, con las diversas modulaciones culturales que ha tenido en cada uno de ellos. En la medida en que se hizo universal, el cristianismo dejó de ser étnico, y ésa es la clave de su éxito.

Tenemos así el culto a las vírgenes y los santos, muy propio del catolicismo europeo mediterráneo, y que no es sino una clara herencia de diosas y dioses paganos anteriores a la llegada del cristianismo (lo cual explica por qué, por ejemplo, en ciertas regiones el culto a la virgen María es más importante incluso que el del propio Cristo). La madre virgen del dios (del dios-hombre) es un tema recurrente en diversas mitologías, tanto como la anunciada resurrección-regreso de éste tras su muerte, las anunciaciones celestiales, la tentación del propio (hombre-)dios, el ritual de la comunión (realizado simbólicamente con su carne o sangre), etc. La construcción del relato cristiano debe mucho a otros dioses o figuras míticas, tales como Osiris y Horus, Dioniso, Zagreo, Mitra, etc. Existen múltiples superposiciones y elementos absorbidos de estos y otros cultos en el proceso de difusión del cristianismo, que compitió con sus rivales y los derrotó tomando de ellos contenidos muy enraizados en la psicología de los pueblos. Igualmente decisiva fue la consolidación de una teología-metafísica sólida, de origen grecolatino, que le sirvió de base a la nueva doctrina en su pugna con otras (así como a la hora de dirimir disputas internas cuando la doctrina no estaba aún fijada, si es que alguna vez lo ha estado). Asimismo, tópicos evangélicos como la curación de enfermos –y la resurrección de muertos– no dejan de ser elementos arquetípicos de todo “elegido”. En general, el relato de la infancia, formación, predicación y pasión de Cristo se adapta perfectamente a los pasos del “viaje del héroe” descrito por Campbell y que es esquema argumental de la mayoría de grandes relatos mítico-épicos.

De ello se sirvieron los primeros cristianos cultos –verdaderos creadores de un dogma que nunca fue una mera “religión del pueblo”–, judíos helenizantes del este del mediterráneo (de Egipto y Anatolia, sobre todo) que introdujeron en la doctrina abundantes nociones extraídas del neoplatonismo y del zoroastrismo (así, por ejemplo, la defensa de un fuerte dualismo bien-mal reflejado en la oposición del cielo y la tierra; la subsiguiente creencia en un “dios” del mal adversario del bueno, y en la eterna lucha entre ambos que se resolverá indefectiblemente con la victoria de este último; la contraposición del espíritu y la materia; la existencia de emisarios celestiales que da pie al concepto cristiano del “ángel”, muy diferente del judío, etc.). Todas estas aportaciones van perfilando un marco religioso distinto –por no decir irreconocible– de aquel que se percibe todavía hoy en los evangelios, al menos tras deconstruir estos estratos. Hay que citar, por último, las imposiciones dogmáticas de los tiempos del cesaropapismo y los primeros grandes concilios (Nicea y Constantinopla, sobre todo), en los que las disputas entre arrianos y partidarios de la divinidad de Cristo, primero, y más tarde las controversias entre monofisistas, monotelistas, nestorianos y trinitarios, fueron configurando lo que hoy en día se entiende como “el cristianismo”, el cual muy poco tiene que ver hasta con la más superficial lectura (con algo de sentido crítico, eso sí) de los evangelios. Estas imposiciones dogmáticas (preñadas de un politeísmo nunca reconocido por el cristianismo, aunque sí, por ejemplo, denunciado por el islam) tuvieron más que ver con luchas de poder dentro de la iglesia que con la mera teología. Podría decirse que los tres principales dogmas del cristianismo histórico son la resurrección, la existencia de un enemigo (Satán, el diablo) y la espera de un Juicio Final en el que los fieles serán recompensados y los pecadores castigados. Pero a) estos dogmas, o muy similares, los tiene en común con otras religiones, y b) ninguno de ellos, y esto es sin duda lo más curioso, aparece en los evangelios –por lo menos no tal y como es entendido de forma “popular”–, con excepción del primero, del que tendremos mucho que decir más adelante. 



Cristianismo sin Dios. Un ensayo filosófico
© D. D. Puche, 2017
54 páginas
ISBN: 978-1548885588


Puedes encontrarlo aquí en Amazon (tanto en papel como en Kindle), en Iberlibro (papel), en Book Depository (papel), Barnes & Noble (papel y ebook), y en la librería digital Smashwords (todos los formatos ebook). 
 
Y puedes seguirme en Facebook y Twitter.



alt="cristianismo sin dios"

10 de septiembre de 2017

RHETT MURDOCK, DETECTIVE PRIVADO



"Mi nombre es Rhett Murdock. Detective Rhett Murdock. Así es como me conoce la chusma como vosotros, la gentuza que infecta las calles de Los Ángeles. Es el año 1955, y la Dama está en peligro. Sólo la policía y los tipos como yo pueden combatir la delincuencia y la corrupción que hace degenerar a esta ciudad, la única mujer que amo. Pero la policía no puede luchar contra el crimen, debido a su debilidad, y a todos los jueces, abogados y chupatintas que devuelven a los delincuentes a la calle para que convivan con los niños. Por eso sólo los tipos como yo, y sólo yo soy como yo, podemos parar esta jodida plaga bíblica.

Me conocen como un tipo duro. Yo siempre digo que depende. ¿Acaso una piedra es dura cuando rompe el cráneo de algún desgraciado? ¿O cuando un toro voltea a alguien lo suficientemente insensato como para ponerse delante de él? No, sólo hacen lo que deben: su puto trabajo. Cuando mis nudillos parten mandíbulas no es porque sea duro, que lo soy; es porque estoy del lado de la Ley. Y la Ley me protege, me da fuerzas. Me inspira cuando no sé cuál es la decisión correcta. Pero cuando está demasiado ocupada para decírmelo, es mi enorme pistolón el que habla. Y os diré algo, amigos: no queréis oírlo hablar. Porque eso significa que estáis muertos. Ésa es mi Ley. Y lo que los pocos que han sobrevivido dicen por ahí, es que si ni mis puños ni mi arma están a punto, basta mi gélida mirada para meter al crimen en cintura. Dicen que mi mirada podría matar un caballo a dos leguas de distancia. Pero exageran, yo nunca le haría eso a un animal tan bello".


Si quieres seguir leyendo y partirte el culo de risa, puedes encontrar Rhett Murdock, detective privado, en...

- Amazon (papel y Kindle)

- Smashwords (todos los formatos de ebook)

- Barnes & Noble (papel y ebook) 




Rhett Murdock, detective privado, © D. D. Puche, 2017. Todos los derechos reservados. Contenido protegido por SafeCreative.

¡Compártelo si te ha gustado! Y también puedes seguirnos en Facebook y Twitter.




alt="rhett murdock, detective privado"