8 de octubre de 2018

LOS PIRATAS DE ULTRAMAR (Cap. 4)



Retomamos, tras una pausa, la publicación por entregas (que serán publicadas en forma de libro por la editorial Grimald) de nuestra próxima novela, Sam Robinson y Los piratas de ultramar, la continuación de Sam Robinson y la Noche de terror en Hellstown. Si no has leído el capítulo anterior, lo tienes aquí.


4

Libros ocultos
 
Tardé unos breves instantes en recuperarme, pues las palabras del profesor me estaban impresionando tanto o más que las del abuelo. Dar unos buenos tragos de limonada me ayudó a aclararme. Qué rica estaba.
−Y esos otros libros que conoció, ¿de qué trataban?
    −Oh, pues me topé con uno de ellos en un viaje por la vieja Europa, en una librería de ejemplares usados, en Madrid. Hay un sitio en cuesta, no muy lejos de una gran estación de trenes, en el que hay multitud de casetas de madera donde se venden libros tanto nuevos como usados, aunque la mayoría de la gente que acude allí, llamada por los libros, van por los usados. Se pueden encontrar cosas muy curiosas, como libros que ya no se reeditan, o traducciones poco conocidas. En cualquier caso, los buenos lectores pueden comprar allí buenos libros a buen precio. La verdad es que se encuentran excelentes gangas. Yo había estado ya dos o tres veces, sin buscar nada en particular, sino a la caza de algo que me llamara la atención. Con mi escaso español, y el poco inglés de uno de los libreros, mantuve una conversación sobre libros muy interesante. Al parecer el hombre, que estaba con su joven hijo, al que iba a pasar el testigo del negocio no mucho tiempo después, al jubilarse, había a su vez heredado el puesto de su padre, y éste del suyo. Una cosa llevó a la otra, y finalmente me habló de un libro muy especial que había pasado de generación en generación por la familia, y que, por algún motivo, no se llevaban a casa, pero tampoco entregaban a nadie. El libro no estaba a la venta. Después de ponerme la miel en los labios, y tras yo rogarle, accedió a mostrármelo. Lo tenía guardado en la parte interior de la caseta, ya que no estaba expuesto al público. En ningún momento lo tocó, ya que lo envolvió con un paño de terciopelo para que sus dedos no rozaran siquiera el fino cuero. Yo pensé que exageraba un poco, pues por viejo que estuviera el ejemplar, y por delicado que fuera, no pasaba nada por tocarlo unos instantes. Me dijo que no era por el libro, sino por él. Que no quería saber nada de lo que ocultaba ese libro, pese a que se consideraba su custodio. También dijo algo acerca de un cierto peligro en su lectura, pero no entendí muy bien las palabras, y debido a la turbación del hombre, y a la mirada atónita de su hijo, no quise preguntar. Pero me pareció que le echaban cuento. El librero lo puso a mi disposición para cogerlo, pero me recomendó no abrirlo siquiera, y me advirtió que lo tocara sólo bajo mi responsabilidad. Aun así, me extendió el paño para no hacerlo.
    −¿Y qué pasó después?
   −Bueno, Sam; pasó lo que tenía que pasar. Naturalmente, yo no pude resistirme a tocar el libro con mis propias manos, y puedo decirte que me dio una sensación parecida a la de éste que tú me has traído. Sólo que aquél le dio a mi mente y a todo mi cuerpo una vibración mucho más… tenebrosa. Mentiría si no te dijera que sentí un verdadero escalofrío. A día de hoy puedo asegurarte que no sé con certeza si la sensación que tuve fue por la charla que me había soltado el librero, la cual me había contagiado y provocado en mí ese efecto, o si hubo algo real en aquello. Pero sí puedo decirte que el hombre en ningún momento trató de venderme el libro, así que no tenía que convencerme de nada. También puedo decirte que no he vuelto por allí.
   −¿Recuerda cómo se llamaba el libro?
   −Oh, sí, desde luego. Nunca lo olvidaré. Aunque juraría que nunca lo he pronunciado en voz alta. Se titulaba Vida y obra del luciferino y mil veces maldito conde Alsacius.

Al decir esto, una extraña corriente de aire pareció pasar por la habitación, dejando una desapacible sensación fría durante unos instantes. Cosa curiosa, porque las ventanas no estaban abiertas... Nos quedamos callados unos segundos, hasta que el profesor retomó la palabra:
−Como te contaba, aquel libro produjo en mí una afectación que me turbó, y eso que no leí una sola de sus palabras. Nunca me dijo aquel hombre cómo había llegado tan extraño libro a su familia, si es que lo sabía; ni tampoco me explicó si pensaba hacer algo con él, aparte de perpetuar la tradición familiar de guardarlo en la vieja caseta de madera, sin que nadie más en el mundo pudiera acceder a su contenido. Y sinceramente, Sam, sospecho que es mejor así.
−Vaaaya… ¿Y el otro libro?
−Pues el otro lo conocí aquí mismo, en Hellstown. Hay, por el centro, una vieja calle no muy transitada, y en ella una librería que parece tan vieja como la propia calle, y en su interior un hombre que parece más viejo aún. Sobre la puerta apenas hay un rótulo, casi invisible ya, donde se lee “Libros Grimald”, que es el nombre del dueño; y lo acompaña una especie de escudo que consiste en un libro abierto del que nacen estrellas de cuatro puntas. He estado allí muchas veces, comprando infinidad de libros. Ese hombre, el tal Grimald, es un verdadero bibliófilo; casi parece un libro en sí mismo, de la cantidad de cosas que sabe… y de lo amarillento que está. Siempre me ha atendido muy bien, e incluso me invita a tomar café y se pasa horas charlando conmigo de libros. Le apasiona todo lo que tenga que ver con obras inmortales; y de hecho creo que no le gusta nada más. De lo que más sabe, y eso que sabe de todo, pero aquello en lo que está más versado, y a la vez lo que menos conoce la gente común, es de códices medievales. Sin que nadie lo haya visto en universidad o institución alguna, estoy seguro de que es la persona más entendida del mundo en la materia. Lo más curioso de todo, es que habiendo estado yo allí montones de veces, no he visto jamás entrar en la librería a nadie más. La verdad es que no sé cómo mantiene el negocio…
−¿Pero qué pasó con ese libro?
−Espera, ya voy… no seas impaciente, Sam. Pues como te decía, estábamos hablando un día precisamente de este tema, de ciertos códices de la época de Alfonso X el Sabio, la Escuela de Traductores de Toledo, y la influencia musulmana en la Europa medieval, sin la cual mucho se habría perdido de las antiguas ideas griegas. Entonces, como poseído por cierta vanidad, esbozó una sonrisa pícara y me preguntó si quería ver algo. Yo le dije que claro que quería verlo, sin saber en absoluto qué me iba a enseñar. Acudió a una vitrina cerrada con llave que tenía al fondo, entre el mostrador y una pequeña trastienda donde creo que literalmente vivía; abrió la cerradura, y tomó un volumen que me acercó, cauteloso. Lo dejó en mis manos, y puedo decirte que tuve una sensación muy parecida a la que experimenté anteriormente con el otro libro, y a la que he tenido ahora con el libro de tu abuelo. Se titulaba Vita et lux aeterna, que como imaginarás es latín. Me dejó abrirlo, y al punto noté como si un viento acariciara mi cara; un viento luminoso y oscuro a la vez. Fue como si pudiera asomarme directamente a una época del pasado, no a través de libros de historia, o de una película de época, sino transportándome directamente allí. Apenas pasé las páginas y observé los grabados, hasta que Grimald me lo quitó de las manos. Completamente abrumado, sólo pude mirarle con estupefacción y emoción, directamente a los ojos, y preguntar: “cuánto”. Inmediatamente me dijo que el libro tenía un valor, sencillamente, incalculable; y que aunque quisiera venderlo por un precio astronómico, no le estaba permitido hacerlo. No entendí yo nada de aquello, ni de quién o quiénes podían impedirle hacer nada con ese u otros libros, siendo él el único dueño de la librería. Pero me dejó tan claro que aquel libro jamás saldría de allí, y que menos aún sería en mis manos, que tampoco pregunté más. Y al volver en otras ocasiones a la librería, hemos hablado de otros temas, pero nunca de aquel día.
−¿Pero de qué trataba el libro, profesor?
−No pude sino hojearlo, pero al parecer tocaba temas relativos al alma de ciertos individuos, condenadas a reencarnarse en un ciclo eterno… No puedo decirte más. Lo que sí puedo decirte, es que estos libros únicos no están hechos para ser leídos por simples mortales.
−¿Y quién iba a leerlos si no?
−Bueno, hombre, no seas tan literal. Es una forma de hablar. Me refiero, Sam, a que estos libros encierran secretos misteriosos, y que nadie sabe a ciencia cierta qué puede ocurrir al desentrañar esos misterios. Es decir, que no se puede saber, antes de leerlos, cómo saldrá uno al acabarlos, ¿entiendes?
−Sí… pero, ¿no es eso lo que pasa con todos los libros?
−Cierto. Pero con éstos más aún, porque son únicos.
−¿Y qué pasó con todos los demás libros que son como éstos? Dijo que había oído hablar de más.
−Oh, sí. En textos que hablan de textos que a su vez hablan de otros textos. Apenas son rumores susurrados por sombras en la noche. El caso es que en algún momento hubo gentes que se dedicaron a hacer listados y pequeños resúmenes de este tipo de obras, por lo menos de las que se escribieron en un período muy antiguo. Más que resúmenes, simplemente apuntaban el asunto del que trataba cada libro en cuestión. Por lo que he podido averiguar en mis investigaciones al respecto, y no he podido ir más allá de ese punto, tales obras fueron compendiadas y reunidas en su mayor parte en la antigua Bizancio.
−¿Bizancio?
−Exacto, la actual Estambul. En tiempos, tras la muerte de Teodosio, el emperador romano, el Imperio se dividió en dos: una parte occidental, cuya capital siguió siendo Roma, y otra oriental, cuya capital fue Constantinopla, después rebautizada como Bizancio Eso sí lo sabes, ¿no?
−Sí.
−El caso es que este tipo de obras mistéricas, por no sé qué motivo, fueron más apreciadas en la parte oriental del Imperio, y reunidas y guardadas allí por un grupo de monjes encargados de que no volvieran a salir fuera de sus muros.
−¿Por qué no querían que nadie más las conociera?
−Desde luego no por egoísmo. Al contrario: se trataba de una medida de seguridad de cara al mundo exterior. En aquella época se entendió que estas obras podían ser peligrosas para el mundo, si éste las conocía; y así, se decidió mantenerlas escondidas por estos custodios.
−Y entonces, ¿por qué no destruirlas, deshacerse de ellas?
−Bueno, Sam, hay veces en que, pese a que se entiende que hay cosas que pueden ser dañinas, también se consideran demasiado valiosas para ser destruidas. Por ello este cuerpo de custodios, que duró siglos, se dedicó fervientemente, y de modo incansable, generación tras generación, a mantener ocultos los secretos de estos libros herméticos. No obstante, con el paso del tiempo, de las guerras, las invasiones, y la caída del Imperio, todos los códices que se conservaban acabaron quemados, o bien se perdieron para siempre, robados y disgregados por el mundo sin que nadie supiera dónde estaban, y sin que ya nadie cuidara de copiar los ejemplares supervivientes, que se sepa…
−¡Vaaaya…! ¿Y cree que el libro de mi abuelo puede ser un superviviente de aquel lugar?
−No lo creo. No es ni mucho menos tan antiguo. Además, eso se ve por el tema y por la lengua en que está escrito. Antes todas las obras cultas se escribían en latín o giego, ¿sabes? Pero no me extrañaría que este libro fuera del siglo dieciocho… puede que del diecisiete.
−¡Sí que es viejo!
−Lo es. Pero por lo que yo sé, y no soy una autoridad en la materia, libros como éste ya no se hacen. Se han perdido los conocimientos y las creencias necesarios para hacerlos. Son ya cosa del pasado. De lo que sí estoy seguro es de que debe de ser uno de los menos viejos que existen, si es que existe alguno de esa época, que lo desconozco. Por otro lado, que yo sepa nunca se hicieron de asuntos tan nimios como piratas… ni en general de aventuras.
Tampoco entendí yo en ese momento por qué iba a ser un libro de aventuras o de piratas menos importante que cualquier otro… como por ejemplo un libro de botánica que te dice cuándo plantar boniatos. Así que aquello me ofendió un poco.
−Profesor… ¿entonces cree que no debo leerlo?
−Oh, bueno… yo no he dicho eso. Si tu abuelo te lo ha dado para leerlo no veo por qué no deberías hacerlo. Sólo te digo que has de ser responsable.
−Eso mismo dijo el abuelo: que me lo daba porque era un asunto entre hombres, entre abuelo y nieto y no sé qué más…
−Bueno, sus razones tendrá para habértelo dejado. Tampoco creo que sufras peligro alguno por leerlo… que yo sepa.
−¡Glup!
−De hecho, cuando lo acabes no me importaría que me lo dejaras a mí… si tu abuelo no tiene inconveniente, claro.
−Profesor, antes dijo que me iba a decir una cosa que al final se le olvidó decir.
−¿Antes? ¿Cuándo?
−Hace un rato, cuando dijo que me iba decir tres cosas acerca de este libro, y sólo dijo dos.
−Oh, sí, ya me acuerdo… Eso fue en el capítulo anterior, para acabarlo en alto. Pues sí, precisamente te estaba hablando en ese momento de libros como éste, o más bien de que no hay más libros como éste… en fin, tú ya me entiendes. Lo que trataba de decirte es que, sea lo que sea lo que leas en este libro, bueno, cae bajo tu responsabilidad.
−¿Qué quiere decir?
−Que el contenido de este libro de piratas puede ser… poco fiable. Sobre todo cuando es de tan dudosa procedencia. ¿Dice algo en su interior del autor?
−Dice algo del contramaestre de un barco, que vivió lo que se dice aquí…
−Bueno, Sam, como eres un avezado lector debo explicarte algo. A veces en literatura, para dar credibilidad a lo que se narra, y crear cierto ambiente, o una ilusión de verosimilitud, o para hacer creer que algo ocurrió de determinada manera, como ocurre en las biografías ficcionadas, se toman ciertas licencias; en realidad todo eso es sólo un artificio literario.
−¿Como cuando el autor dice que el texto es de un manuscrito que se encontró, pero en realidad lo ha escrito todo él?
−Exacto.
−¿O como cuando es un personaje de la propia obra quien narra la acción, o incluso dice que fue otro quien se lo contó?
−Sí.
−¿O como cuando se pone en portada el nombre de un personaje de la televisión, que es escritor, y se finge que el libro es suyo en lugar de quien sea que lo haya escrito en el mundo real?
−Bueno, supongo que también.
−¿Y qué tiene todo eso que ver con mi libro de piratas?
−Yo sólo intento avisarte, Sam, de que no creas todo lo que leas en ese libro, aunque te diga que son los sucesos reales que le ocurrieron a no sé quién. Sólo es un juego implícito con el lector: decirle que todo ocurrió realmente, cuando en realidad el autor se lo está inventando todo.
−Pero profesor, yo ya sé qué es la ficción.
−Y yo sé que lo sabes. No creas que no pienso que eres un chico muy listo, Sam. Es sólo que, al leer, por mucho que te induzcan a creer en algo, debes recordar en todo momento que lo que te cuentan no es real. Aunque eso no es muy conveniente para sumergirte en la obra, desde luego…
−No… no mucho.
−Los libros de piratas, sin ir más lejos. Estos libros de aventuras suelen ser muy, muy entretenidos. Narran las acciones valerosas de uno o varios héroes, cómo realizaron alguna proeza imposible, cómo lucharon contra viento y marea por la libertad, o cómo representan la parte más noble y auténtica del espíritu humano. Y hacen todo ello imbuyendo al lector un ambiente de romanticismo y valor ciertamente muy atrayente. Hace casi imposible no identificarse con los protagonistas de estas historias. Sin embargo, Sam, debes saber que ese romanticismo de la vida del pirata, la existencia libre y despreocupada, las islas vírgenes con tesoros escondidos, los cofres con monedas de oro, la forma en que te quieren hacer creer que ésa es la vida más genuina, es todo falso. No hay nada valeroso en atacar otros barcos y robar a las personas que van en ellos, ni en enterrar los botines, o en cambiarlo todo por alcohol y cogerse grandes borracheras. La verdad, Sam, es que en todas las épocas se ha temido a los piratas por ser crueles y sanguinarios. No hay nada justo en ellos; sólo eran criminales: ladrones y asesinos. No existe esa visión romántica que reflejan obras como ésta.
−Entonces, profesor, ¿qué debo hacer?
−Sigue leyendo este libro. Sumérgete en él. Disfrútalo. Pero no olvides una cosa, habiendo además leído ya las primeras páginas: todo lo que leas en este libro, a partir de ahora, es mentira.



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Sam Robinson y Los piratas de ultramar
© D. D. Puche & Grimald Libros, 2018