21 de septiembre de 2017

CRISTIANISMO SIN DIOS (Ensayo)


Reproduzco a continuación el primer capítulo de mi nuevo libro, Cristianismo sin Dios. Un ensayo filosófico. Se trata de una reconstrucción de la base filosófica y ética que se puede hallar en los Evangelios, prescindiendo del concepto de un Dios trascendente (y por tanto, del sentido religioso habitual de la doctrina), al menos tal y como éste es entendido por creyentes y teólogos. 

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El fundamentalismo religioso que se extiende cada vez más por un Occidente que se creía ilustrado –amenazando seriamente la división del Estado y la Iglesia y llevando en ocasiones al primero a legislar en cuanto cristiano– exige hacer una profunda reflexión acerca de Cristo. No tanto acerca del cristianismo como de Cristo, figura histórica sobre la que se erige una religión profesada por un tercio de la población mundial; pero lo que la inmensa mayoría de los creyentes ignora es que no siguen en absoluto su palabra, totalmente deformada tras dos milenios de confusiones y manipulación. Este escrito es una meditación hecha desde un punto de vista ateo, materialista e inmanente; parte de considerar a Cristo un ser humano (¡nada más y nada menos!) para ensayar una reconstrucción de su mensaje originario, oculto –pero aún hoy estimulante– bajo múltiples estratos de sedimentos teóricos e históricos que lo hacen irreconocible para el creyente medio. Sólo en este sentido se podría entender como un escrito “contra el cristianismo”, propósito en realidad secundario del mismo, pues no va dirigido contra Cristo como personaje histórico, sino contra la religión construida sobre su palabra y contra su palabra. Pero para eso antes hay que conocer ésta.

Con independencia de la desfiguración doctrinal en que consiste el cristianismo (aunque seguramente tenga mucho que ver, al producir una insalvable fractura entre la letra y el espíritu de la doctrina, que no puede sino afectar a su praxis), me atrevería a decir que no existe, desde el punto de vista de su práctica, una religión más hipócrita; ninguna en la que se presuma más de lo que no se es, ninguna que más se incumpla, ninguna que propicie un mayor desencaje entre “el interior” y “el exterior” de los creyentes. Ninguna. Desde luego, no se dan esas dislocaciones ni en el judaísmo (que sobradas razones tendría para ser un culto a la muerte, cosa que no es en absoluto) ni en el islam, por centrarnos en las grandes religiones monoteístas; pero tampoco se dan en el budismo –el de verdad, el practicado en Oriente, no sus burdas emulaciones occidentales–, el hinduismo, el taoísmo, el confucionismo, etc. Algo que ya hace sospechoso al cristianismo histórico, de por sí, es su culto al dolor y la muerte, que evidencia, por emplear un lenguaje nietzscheano, la mentalidad mórbida y enfermiza que está tras él. El cristianismo ha convertido el –siempre supuesto– mensaje de Cristo (una llamada a cierta forma de vida, al fin y al cabo; una ética) en el culto a un hombre torturado y crucificado. Ya en el símbolo de la cruz se anuncia el falseamiento que constituye el corazón de esta religión: la muerte y resurrección de Cristo como ejecución del plan de la divina Providencia. Algo totalmente ajeno, como decía, al discurso y la práctica que se pueden rescatar de los evangelios.

Lo que voy a llevar a cabo a continuación es un esbozo de arqueología de éstos. No pretendo decir nada esencialmente nuevo, desde luego: la bibliografía sobre el tema es abrumadora, y nada puede decirse al respecto que no se base en las investigaciones de historiadores y filólogos que han trabajado directamente las fuentes documentales de ese relato históricamente construido al que llamamos “cristianismo”. Lo que sigue es el “poso” que mis lecturas sobre el tema, así como mi propio trabajo y mi interpretación (inevitablemente filosófica, y fuertemente marcada por Spinoza, Kant, Hegel, Feuerbach, Nietzsche, Jung y Campbell) del Nuevo Testamento, han dejado. Una reconstrucción, creo, no menos fiable que la de cualquier teólogo, pues al fin y al cabo, el único hilo conductor que tenemos para “desenterrar” la palabra de Cristo son unos textos –a no ser que creamos en revelaciones hechas a unos pocos elegidos, lo cual ya es partir de una determinada teología– que pueden ser leídos en múltiples claves, sin que ninguna –insisto: a no ser que presupongamos una autoridad religiosa basada en una revelación sobrenatural, cosa que yo desde luego no admito– pueda justificar su superioridad respecto a las demás. Es muy difícil saber con qué quedarse y con qué no de un relato, tras dos mil años y a partir de unos textos escritos como mínimo setenta años después de los hechos relatados, llenos de corrupciones e influencias, y cuya elección (el canon bíblico), ya de por sí, le da un marcado sesgo a dicho relato histórico. Pero aun así, se puede emprender la tarea de rastrear el espíritu originario que dio pie a esos textos. Los criterios filológicos e históricos son muy útiles (imprescindibles, de hecho) hasta cierto punto, llegado el cual, sin embargo, la crítica textual debe dejar paso a un salto hermenéutico que reconstruya, per hypothesi, el núcleo doctrinal que todas las corrupciones históricas esconden (y se ha de hacer precisamente en la medida en que parecen esconder algo). Para ello hay que buscar la coherencia interna, vital, de una doctrina que a todas luces se muestra –para el que quiera verla– entre estratos ajenos a su propia naturaleza. Partiendo de la clave filosófica antes descrita (secular e inmanente), el procedimiento a seguir no puede ser otro que eliminar todo lo sobrenatural del texto para quedarse con un sustrato claramente ético –sin que ello pueda eliminar por completo, obviamente, su base teológico-metafísica–, que constituye aquello únicamente a lo cual cabría llamar la “buena nueva”.

Así pues, se trata de obviar el absurdo de la resurrección (en el que, dos mil años después, siguen creyendo personas alfabetizadas) y demás elementos mitológicos que contribuyeron, no cabe duda, tanto a la corrupción del mensaje originario como a su difusión: ciertamente, sólo falseado –adaptado a la mentalidad de aquellos pueblos y al crisol religioso del momento– pudo extenderse como lo hizo. Lo que le ha permitido llegar hasta nosotros es lo mismo que le impide llegar puro hasta nosotros; la doctrina sólo puede recorrer la historia contaminándose. Esto puede decirse de todos los “arquetipos mitológicos” que no podían faltar en la evolución de una religión que pretendía extenderse (y llegado el momento, imponerse) por gran parte de Oriente próximo, Europa y el norte de África, donde coexistían múltiples religiones muy dispares. El gran triunfo del cristianismo –que le hace merecer el nombre de católico, o sea, “universal”– fue, sin duda, saber unificar todos esos cultos, absorbiéndolos y tomando de ellos los contenidos imprescindibles para ser aceptado por los diversos pueblos a los que se iba extendiendo, con las diversas modulaciones culturales que ha tenido en cada uno de ellos. En la medida en que se hizo universal, el cristianismo dejó de ser étnico, y ésa es la clave de su éxito.

Tenemos así el culto a las vírgenes y los santos, muy propio del catolicismo europeo mediterráneo, y que no es sino una clara herencia de diosas y dioses paganos anteriores a la llegada del cristianismo (lo cual explica por qué, por ejemplo, en ciertas regiones el culto a la virgen María es más importante incluso que el del propio Cristo). La madre virgen del dios (del dios-hombre) es un tema recurrente en diversas mitologías, tanto como la anunciada resurrección-regreso de éste tras su muerte, las anunciaciones celestiales, la tentación del propio (hombre-)dios, el ritual de la comunión (realizado simbólicamente con su carne o sangre), etc. La construcción del relato cristiano debe mucho a otros dioses o figuras míticas, tales como Osiris y Horus, Dioniso, Zagreo, Mitra, etc. Existen múltiples superposiciones y elementos absorbidos de estos y otros cultos en el proceso de difusión del cristianismo, que compitió con sus rivales y los derrotó tomando de ellos contenidos muy enraizados en la psicología de los pueblos. Igualmente decisiva fue la consolidación de una teología-metafísica sólida, de origen grecolatino, que le sirvió de base a la nueva doctrina en su pugna con otras (así como a la hora de dirimir disputas internas cuando la doctrina no estaba aún fijada, si es que alguna vez lo ha estado). Asimismo, tópicos evangélicos como la curación de enfermos –y la resurrección de muertos– no dejan de ser elementos arquetípicos de todo “elegido”. En general, el relato de la infancia, formación, predicación y pasión de Cristo se adapta perfectamente a los pasos del “viaje del héroe” descrito por Campbell y que es esquema argumental de la mayoría de grandes relatos mítico-épicos.

De ello se sirvieron los primeros cristianos cultos –verdaderos creadores de un dogma que nunca fue una mera “religión del pueblo”–, judíos helenizantes del este del mediterráneo (de Egipto y Anatolia, sobre todo) que introdujeron en la doctrina abundantes nociones extraídas del neoplatonismo y del zoroastrismo (así, por ejemplo, la defensa de un fuerte dualismo bien-mal reflejado en la oposición del cielo y la tierra; la subsiguiente creencia en un “dios” del mal adversario del bueno, y en la eterna lucha entre ambos que se resolverá indefectiblemente con la victoria de este último; la contraposición del espíritu y la materia; la existencia de emisarios celestiales que da pie al concepto cristiano del “ángel”, muy diferente del judío, etc.). Todas estas aportaciones van perfilando un marco religioso distinto –por no decir irreconocible– de aquel que se percibe todavía hoy en los evangelios, al menos tras deconstruir estos estratos. Hay que citar, por último, las imposiciones dogmáticas de los tiempos del cesaropapismo y los primeros grandes concilios (Nicea y Constantinopla, sobre todo), en los que las disputas entre arrianos y partidarios de la divinidad de Cristo, primero, y más tarde las controversias entre monofisistas, monotelistas, nestorianos y trinitarios, fueron configurando lo que hoy en día se entiende como “el cristianismo”, el cual muy poco tiene que ver hasta con la más superficial lectura (con algo de sentido crítico, eso sí) de los evangelios. Estas imposiciones dogmáticas (preñadas de un politeísmo nunca reconocido por el cristianismo, aunque sí, por ejemplo, denunciado por el islam) tuvieron más que ver con luchas de poder dentro de la iglesia que con la mera teología. Podría decirse que los tres principales dogmas del cristianismo histórico son la resurrección, la existencia de un enemigo (Satán, el diablo) y la espera de un Juicio Final en el que los fieles serán recompensados y los pecadores castigados. Pero a) estos dogmas, o muy similares, los tiene en común con otras religiones, y b) ninguno de ellos, y esto es sin duda lo más curioso, aparece en los evangelios –por lo menos no tal y como es entendido de forma “popular”–, con excepción del primero, del que tendremos mucho que decir más adelante. 



Cristianismo sin Dios. Un ensayo filosófico
© D. D. Puche, 2017
54 páginas
ISBN: 978-1548885588


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10 de septiembre de 2017

RHETT MURDOCK, DETECTIVE PRIVADO



"Mi nombre es Rhett Murdock. Detective Rhett Murdock. Así es como me conoce la chusma como vosotros, la gentuza que infecta las calles de Los Ángeles. Es el año 1955, y la Dama está en peligro. Sólo la policía y los tipos como yo pueden combatir la delincuencia y la corrupción que hace degenerar a esta ciudad, la única mujer que amo. Pero la policía no puede luchar contra el crimen, debido a su debilidad, y a todos los jueces, abogados y chupatintas que devuelven a los delincuentes a la calle para que convivan con los niños. Por eso sólo los tipos como yo, y sólo yo soy como yo, podemos parar esta jodida plaga bíblica.

Me conocen como un tipo duro. Yo siempre digo que depende. ¿Acaso una piedra es dura cuando rompe el cráneo de algún desgraciado? ¿O cuando un toro voltea a alguien lo suficientemente insensato como para ponerse delante de él? No, sólo hacen lo que deben: su puto trabajo. Cuando mis nudillos parten mandíbulas no es porque sea duro, que lo soy; es porque estoy del lado de la Ley. Y la Ley me protege, me da fuerzas. Me inspira cuando no sé cuál es la decisión correcta. Pero cuando está demasiado ocupada para decírmelo, es mi enorme pistolón el que habla. Y os diré algo, amigos: no queréis oírlo hablar. Porque eso significa que estáis muertos. Ésa es mi Ley. Y lo que los pocos que han sobrevivido dicen por ahí, es que si ni mis puños ni mi arma están a punto, basta mi gélida mirada para meter al crimen en cintura. Dicen que mi mirada podría matar un caballo a dos leguas de distancia. Pero exageran, yo nunca le haría eso a un animal tan bello".


Si quieres seguir leyendo y partirte el culo de risa, puedes encontrar Rhett Murdock, detective privado, en...

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Rhett Murdock, detective privado, © D. D. Puche, 2017. Todos los derechos reservados. Contenido protegido por SafeCreative.

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4 de septiembre de 2017

EL INFIERNO Y LA NADA (cap. 2)


Seguimos con el adelanto de El infierno y la nada, la novela que aparecerá en otoño de este año, ambientada en el mundo de Balada de los caídos, pero esta vez situada en Madrid y protagonizada por Salvador Morel, un Juez de los caídos. Aquí puedes leer el primer capítulo si no lo hiciste ya.  


Llegaron a un estacionamiento subterráneo cerca de la plaza de Santo Domingo y descendieron por las escaleras, Morel siempre detrás, guiando a su prisionero, aunque llevaba la pistola enfundada. No parecía que Moznik fuera a hacer nada raro; sin sus escoltas no presentaba peligro alguno. Aun así, Morel no dejaba de mirar hacia atrás; tenía un presentimiento extraño, y la experiencia le había hecho desarrollar ese olfato para los presentimientos, de los que se fiaba como si estuviera viendo u oyendo claramente algo. De todas formas, para un caído eso es normal. Su percepción no está atada al espacio y el tiempo del mismo modo que la de los mortales.

Cuando llegaron abajo, a la planta en que tenía el coche aparcado –un Laguna negro–, la extraña intuición se intensificó. Al salir de las escaleras Morel llevó a Moznik tras una columna, desenfundó lentamente su Glock y se detuvo a percibir lo que había allí abajo. Cualquier sonido, cualquier sombra extraña, cualquier olor. Notaba algo, una presencia de caídos, pero muy tenue y difícil de precisar. Se giró sobre sí mismo y caminó unos metros, y la sensación estaba ahí, flotando en el aire, pero sin llegar a concretarse en nada. Si un caído había estado allí, había dejado un rastro, pero casi imperceptible.
–¿Qué pasa? ¿Qué haces? –preguntó, muy nervioso, Moznik.
–Cállate, coño.

Pero como no captó nada claro, guardó el arma, todavía receloso, y guio al detenido hasta su coche, donde lo hizo sentarse en el asiento del copiloto. «Como hagas algo raro por el camino, me enfado, ¿eh?», le dijo antes de cerrar la puerta. Tomó asiento, arrancó, encendió las luces, y salieron por la rampa a la noche del centro de Madrid, una de esas noches bulliciosas en las que uno diría que hay más gente en la calle que durmiendo. Salieron a la Gran Vía en dirección al Barrio de Salamanca, donde tenía su sede la Autoridad de los caídos de Madrid. A Morel le encantaba conducir de noche. Le parecía muy relajante recorrer las calles iluminadas sin el tráfico del día, sin tener que detenerse en cada paso de cebra, pero aun así sintiendo los latidos de la vida nocturna de la ciudad, viendo los letreros luminosos de los espectáculos y los restaurantes y los grupos de gente que salían de fiesta, aglomerándose en las aceras. Había algo en la ciudad encendida por la noche que la hacía parecer un tanto onírica, como un ensueño, frente a la vigilia y la rutina del día.

Moznik rompió ese agradable ensueño:
–No tienes por qué hacerlo, amigo, de verdad.
–Que te calles… –le contestó irritado.
–Puedo ofrecerte mucho dinero. Tú di que me he escapado.
–Si tú te escaparas de mí yo quedaría con el mayor gilipollas de la ciudad. No hay dinero que pague eso.
–Lo que sea, tío. Mira, puedo conseguirte lo que tú quieras. Eso soy yo, un conseguidor. Si no te interesa la pasta, dime lo que quieres y lo tienes. Mujeres, hombres, drogas exóticas, material prohibido… lo que a ti te guste. No sé, dime tú: ¿qué te gusta?
–Me gustaría que cerraras la puta boca o te la voy a partir contra el salpicadero. Ya te he prevenido contra eso, ¿no? Pues no empeores tu situación intentando sobornarme.
–Pero…
–Chsss.

Morel intentó volver a las sensaciones de las que estaba disfrutando, aunque un pensamiento le rondó la cabeza y lo distrajo de nuevo: ¿qué era esa presencia extraña que notó en el aparcamiento? Le incomodaba mucho el no haberla podido captar con mayor claridad, porque sin duda alguien había estado ahí; era una presencia residual, la huella de otro caído, y muy reciente. ¿Casualidad? ¿Justo antes que ellos, en ese mismo estacionamiento? Demasiada casualidad sería, pensó, que en una ciudad con unos cuatrocientos caídos uno hubiera estado en ese sitio minutos antes. No, no era coincidencia. Pero entonces, ¿qué? «Mierda», se dijo, «ahora no voy a poder dejar de comerme la cabeza».

Pasaron la Puerta de Alcalá, el símbolo de la ciudad, y siguieron por la calle de Alcalá hasta girar a la izquierda en Velázquez. Una recta larguísima hasta que llegaran a su destino, con un último giro a la derecha al llegar a Ortega y Gasset. El entorno se tornó más residencial y lujoso, y los cines y teatros y restaurantes de comida rápida dejaron paso a locales más selectos, de esos a los que hay que ir con reserva, o incluso de los que hay que ser socio y llevar corbata. A Morel le gustaba la zona, cómo no; era bonita y elegante. Pero no le gustaban los ambientes tan selectos. No viviría allí ni en broma, y eso que podía permitírselo; un Juez cobrara un buen sueldo, y eso sin contar las mordidas –que, por otro lado, él no pedía ni aceptaba–. Pero siempre le gustaron entornos más populares. Morel era más de tasca, de vinos y anchoas, y cuando se terciaba un whisky. Por eso vivía en La Latina, en un pequeño apartamento muy humilde. No le gustaba el lujo y quería mantenerse fiel a sus orígenes.

No le gustaban las clases altas, que consideraba ajenas a la realidad, al ritmo de la calle, al corazón ubicuo que con su bombeo mantiene viva la sociedad, mientras aquéllas la parasitan. Y no le gustaban las clases altas ni de los mortales ni de los caídos. Era una situación paradójica, porque él trabajaba para ellos, para la Autoridad. Un puñado de los hombres y mujeres más ricos y poderosos de la ciudad, y hasta del país, cuya auténtica naturaleza los mortales no podían ni imaginar. Aunque tampoco eran famosos, celebridades; tan sólo gente conocida. De los de prensa económica y actos benéficos. El verdadero poder siempre huye de los focos. Si se hace ver, es que aspira a serlo pero nunca lo será. En teoría esa Autoridad era un órgano representativo de todos los caídos que vivían en el área de Madrid. Pero en realidad eran siempre los mismos; prácticamente una aristocracia en la que los cargos se heredaban o pasaban a quienes querían los que los ocupaban. Aun así, él hacía su trabajo, lo hacía concienzudamente, y se mostraba leal a ellos. Pero no porque ellos le importaran, sino porque hacía cumplir la Ley. Ésta era lo importante, con independencia de que los que mandaban fueran indignos de ella. Una Ley era mejor que ninguna, y debía ser acatada. «El mundo funciona», se decía a menudo, «porque hay gente como yo, que hace lo que tiene que hacer con independencia de quién mande. Porque si no fueran éstos serían otros, y probablemente no mejores. Pero la Ley es la Ley». Y si ésta cambiara, entonces él haría cumplir la nueva Ley. No le correspondía a él decidir qué era lo correcto, sino hacerlo cumplir.

–Estas argollas me hacen daño, hombre, ¿no puedes quitármelas? ¿Es que crees que voy a intentar escapar? ¿Después de lo que le has hecho a mi guardaespaldas?
–Tu guardaespaldas se hizo eso a sí mismo; nunca debió apuntarme con un arma.
–¿No puedes aflojármelas un poco al menos?
–Te las puedo apretar un poco más, a ver qué pasa.
–¿Por qué eres así? ¿Vas siempre en ese plan por la vida? Os dan un cargo y ya os creéis mejores que los demás, con derecho a pisotearnos sólo porque nos ganamos la vida.

Morel calló, pero Moznik no era muy partidario de viajar en silencio:
–Oye, mira, he intentado apelar a tu egoísmo, y lo sé, me he equivocado, pareces un tipo íntegro; no debería haber empezado por ahí. Pero es lo habitual, ¿sabes? Tienes que entenderme. Así que ahora apelo a tu integridad. No puedes llevarme ante tus jefes.
–Creo que todos los detenidos piensan algo parecido. Es como si, no sé, prefirierais que no os hubieran pillado.
–No, en serio, esto no es lo que parece, porque…
–Nunca lo es –musitó Morel, sonriendo y negando con la cabeza.
–… hay intereses en que yo no hable. No soy un cualquiera, ¿sabes?
–Pues es más o menos lo que me habías parecido. Un traficante de nivel medio con una orden de detención y extradición, tras ser interrogado aquí, solicitada por los mandamases de Zagreb. Menudo viajecito en un avión privado vas a hacer, amigo. Casi te envidio. Hasta que llegues allí, claro. Entonces no.
–Escúchame, tío. ¡Escúchame! ¿Vale? –Moznik se ponía más nervioso cuanto más se acercaban a su destino–. Ya sé que tú estás haciendo tu trabajo, que obedeces órdenes, pero lo que te han mandado hacer no es lo que tú crees. Me estás llevando al patíbulo.
–Eres demasiado dramático.
–¡No! No pueden permitir que hable. Es por lo que iba a vender, ¿no lo entiendes? No era una mierda cualquiera, era algo de mucho valor.
–Bueno, mira, no me importa…
Pero Moznik ya no estaba nervioso, sino más bien frenético:
–El material que he importado, ese por el que te mandan a por mí, no sabes lo que es, ¿verdad? Nadie lo ha visto, todavía está en mi poder y sólo el comprador sabe lo que es, pero aun así te han mandado a por mí. Eso quiere decir…
Morel frunció el ceño.
–Espera, ve más despacio. ¿Cómo que todavía está en tu poder? La orden dice que han interceptado un camión con artefactos de Forja importados sin licencia del este de Europa, potencialmente peligrosos. ¿Es que hay más? Todo lo que confieses ahora podría ayudarte.
–¡Lo que han interceptado es el típico contrabando con el que trabajo siempre! Y por eso no me habrían hecho detener; hay coleccionistas muy importantes entre la gente poderosa de la ciudad. Es por otra cosa que me encargaron… me ha costado muchísimo conseguirla… algunos no quieren que otros la consigan… lo del camión sólo es la excusa para detenerme y hacerme desaparecer…
A Morel le pareció que Moznik, simplemente, desvariaba. Pero sintió mucha curiosidad por lo que estaba diciendo, así que siguió preguntando:
–¿De qué mercancía se trata? ¿Quién te la encargó, y dónde la tienes?
–Tenía que haberme visto con un tal Oliveira anoche, en la Cueva –se refería al sitio donde lo había detenido, que era conocido por ese sobrenombre por algunos–, pero no apareció. Por eso volví hoy, pero me olía mal la cosa, y no estaba equivocado, porque has aparecido tú y…
–A ver, céntrate, sigue con eso que me estabas contando. ¿Qué pasó con el tal Oliveira? ¿No lo conocías? ¿Y qué era la puta mercancía?
–Yo nunca he visto en persona a Oliveira, no sé quién es; sólo hemos hablado por teléfono. Me dijo que me conocía por otro cliente satisfecho del Club Empresarial… Me preguntó si podía conseguirle la mercancía, le dije que lo intentaría, y él me hizo un anticipo por transferencia bancaria… cuando le dije que la tenía quedamos allí, pero él nunca se presentó a recogerla… esto es una trampa, me han tendido una trampa, porque…
–¿Pero de qué se trata? ¿Por qué iba alguien a querer matarte por esa cosa? ¿Dónde la guardas?
–Ah, no, no pienso decir dónde está, ése es mi seguro de vida, porque tienen que recuperarla, y…

Un estampido al que sigue un silbido. Morel lo escucha, hiriente y cada vez más próximo, un instante antes de que la bala atraviese la cabeza de Moznik, que se sacude hacia atrás y luego hacia adelante como un muñeco al que le hubieran cortado los hilos. A ese silbido le siguen otros, con un traqueteo de fondo de armas automáticas. Morel contempla la escena como a cámara lenta, viendo estallar la luna de su coche cuando la ráfaga le impacta y las balas llueven a su alrededor, alcanzando al ya cadáver de Moznik y también a él. Recibe impactos en el lado derecho del torso y en ese brazo; también una bala atraviesa su mejilla. Afortunadamente ninguna bala la acierta en el corazón o en la cabeza. Ni un ángel caído puede vivir sin ella, aunque sí con unos cuantos agujeros en el pecho; está muy bien tener un alma inmortal, pero necesita un cerebro en el que alojarse.

Se inclina hacia adelante, cubriéndose con el salpicadero, y pisa el freno. El coche se arrastra aún una decena de metros, chirriando sobre el asfalto hasta detenerse. Todavía agachado, mete la marcha atrás y pisa el acelerador mientras las balas atraviesan el frontal y el lateral derecho del coche, impactando muchas de ellas en el cuerpo inerte de Moznik, cuya alma ya ha sido liberada y esperará el momento de su siguiente encarnación. Pero Morel no tiene planes para reencarnarse pronto, así que retrocede una veintena de metros y da un volantazo hacia la derecha. Su coche destrozado choca con su parte trasera derecha contra un coche aparcado, y él aprovecha el momento para abrir la puerta y tirarse fuera. Se arrastra hacia la protección que le ofrece la parte delantera, cuyo motor puede detener las balas de un fusil, y saca su arma. Percibe a varios caídos aproximarse, por ambas aceras. Son tres. Uno debe de llevar un rifle de caza, con el que ha volado la cabeza a Moznik. Querían asegurarse de que no estuviera en condiciones de contar nada. El impacto vino del frente, no de arriba. Descartado el francotirador, así pues, aunque tampoco puede fiarse. Los otros dos llevan fusiles de asalto. Por el traqueteo característico deben de ser Kalashnikov.

Morel se concentra en la dirección en que percibe a uno de ellos, acercándose por su propia acera entre los coches aparcados, y dispara tres tiros muy juntos a través de las lunas. No está seguro de haberlo alcanzado; cree que no. Dispara otra serie hacia la acera contraria, para cubrirse. No puede permitirse que el del rifle le apunte a la cabeza; ésa es ahora mismo la peor amenaza. Los tipos de la otra acera parecen dejar de avanzar, pero eso es señal de que una mira telescópica podría estar buscando su frente. Tiene que moverse. Echa un último vistazo a Moznik, hecho un colador en el asiento del copiloto, con la cabeza inclinada sobre el pecho, empapado de sangre que mana de los muchos agujeros que le han hecho. Él también está sangrando mucho, y le duele, pero aún puede hacer un esfuerzo; sin embargo, el balazo que ha recibido en el brazo derecho no le permite apuntar bien. Sabe que tiene que largarse de ahí y buscar ayuda, a alguien que le cure sus heridas. A lo lejos suena una sirena de policía; debían de estar cerca, han oído el fuego y ya llegan. Eso le da una oportunidad; si huye ahora, los atacantes no podrán entretenerse yendo a por él, y su objetivo al fin y al cabo era el traficante. Aunque quizá no puedan dejar testigos. Sea como sea, tiene que huir. Le quedan cuatro balas en el cargador, nunca pierde la cuenta. Recarga ahí mismo, en cuclillas, y retrocede hacia la parte trasera del coche, empotrada contra otro. Se asoma tras éste y, sin mirar siquiera a su objetivo, hace cuatro disparos a su centro de masas, guiándose por su intuición. Una de las balas le da al sicario, al que ahora ve por primera vez –todo de negro, con un chaleco de combate y un verdugo, un AK-47 en las manos apuntándole–, en el centro del pecho, dejándolo fuera de combate. No llevaba chaleco antibalas. Perfecto; los otros tendrán que recogerlo y no podrán seguirle a él.

Justo en ese momento escucha el disparo y el silbido subsiguiente, y una bala del rifle pasa a escasos centímetros de su cabeza. Se inclina sobre la capota del coche y hace siete disparos seguidos, obligando a sus atacantes a agacharse, y entonces sale corriendo tras los coches aparcados, con la cabeza gacha, en dirección contraria, hacia la primera calle que corta a su izquierda, la calle de Ayala. Cuando cruza la esquina se siente a salvo. Las sirenas de policía, dos coches, están ya encima, y aunque quisieran ir a por él, tienen que recoger a su compañero abatido. Costaría mucho explicar por qué ese tío con una bala en el pecho no está muerto, sino paralizado, y ésa es la primera norma que rige sobre los caídos: no darse jamás a conocer entre los mortales. Sus propios empleadores los harían matar si eso pasara.

Y aun así, herido como está, habiendo perdido mucha sangre y con un dolor atroz –sobre todo en la cara, que tiene abierta–, corre todo lo que puede alejándose del tiroteo, y cambia de calle varias veces, por si acaso, buscando un lugar poco concurrido donde poder detenerse y pensar cuál será su siguiente paso, a quién acudir.

Tendría que haber llevado al exangüe Moznik a la sede de la Autoridad, pero no puede volver allí. Está muy cerca, pero pueden emboscarle por el camino otra vez, como ya lo han hecho. Se pregunta cómo demonios sabían que iba a pasar por allí, con quién y a qué hora, y recuerda además la sensación que ya tuvo en el aparcamiento subterráneo. En todo momento se ha sentido vigilado, y la paranoia de Moznik ya no le parece tal. Si sus sesos, desparramados por todo el habitáculo de su Laguna, pudieran hablar, dirían algo así como: «¿lo ves? Tenía razón, tío listo. Me querían muerto y tú me has llevado hasta ellos». Pero, ¿cómo cojones se iba a imaginar que el típico cuento de un detenido iba a ser tan cierto? Decía que alguien de la Autoridad lo quería matar para que no hablase acerca de lo que quiera que le iba a vender a un tal Oliveira, del que Morel no había oído hablar en la vida. Tampoco sabía de qué mercancía se trataba, porque Moznik no había llegado a decirlo, ni dónde se encontraba ahora ese poco efectivo “seguro de vida”. Fuera lo que fuera, preferían que no lo tuviera nadie a que cayera en las manos equivocadas. Desde luego, no se trataba de un caso corriente de contrabando. Por unos cochinos pergaminos viejos o unas armas espirituales no enviaban a un equipo de mercenarios a liquidar a un tío y al Juez que lo custodia.

Y no sólo es que pudieran esperarlo de camino al palacete de la Autoridad; es que, si las cosas que decía Moznik eran mínimamente verosímiles –y joder si lo parecían–, y teniendo en cuenta que nadie más sabía que pasaría por allí esa noche, podría ser cierto que alguien de dentro hubiera ordenado el ataque. Así pues, ¿cómo iba a plantarse allí, delante de quien probablemente había ordenado matarlos, sin saber quién era? No podía volver. Pero a algún sitio seguro tenía que dirigirse, lo cual excluía su apartamento, porque estarían esperándolo allí también. Fuera adonde fuera, tenía que darse prisa, porque se estaba desangrando y no podía ir por ahí, aunque fuera de noche, lleno de agujeros y sangre y sin media cara, que además le dolía horrorosamente. Necesitaba atención médica. Y en un caso así sabía a quién acudir.

Sacó la tarjeta SIM del móvil, se la guardó, y tiró el aparato en una papelera, tras partirlo; podían localizarlo a través del GPS. Dudó si llamar por teléfono a sus jefes. Por un lado, quien quiera que les hubiera mandado emboscar sabía que había escapado, así que fingir que estaba muerto para ganar tiempo no sería muy útil. Por otro lado, no dar señales de vida podría hacerlo sospechoso ante otros de haber tenido parte en el asunto. Así que decidió llamar, pero no estaba dispuesto a dejarse caer por allí para que lo remataran. Tuvo que recorrer varias manzanas hasta dar con uno de los pocos teléfonos públicos que aún quedan en Madrid, y tuvo suerte de encontrarse en el barrio en el que se hallaba. Echó las monedas, marcó el número y cuando contestó una voz que reconoció inmediatamente –la de Balaguer, el Secretario de la Autoridad–, se limitó a decir:
–Soy Morel. Me han atacado cuando llevaba a mi prisionero hacia allí. Él está muerto, lo han acribillado. Yo estoy malherido. Ha sido un equipo profesional con armamento militar. Me pondré en contacto en cuanto pueda, ahora tengo que colgar.

Y así lo hizo. A continuación, echó a andar, todo lo deprisa que le permitían sus debilitadas piernas, hacia el sur. Sabía adónde dirigirse. Un sitio que la Autoridad no conoce, o que por lo menos no relacionaría con él, y donde podría estar a salvo aunque fuera una noche. Entonces pensaría con más claridad qué hacer, porque desde luego tenía que hacer algunas averiguaciones en relación a lo que Moznik le había contado. Su vida quizá dependiera de ello, dado que era testigo de lo ocurrido y seguramente barajaran la posibilidad de que le hubiera hablado de la mercancía y del complot. Si era así, tendría un punto de mira sobre su cabeza. 




El infierno y la nada, © D. D. Puche, 2017. Todos los derechos reservados. Contenido protegido por SafeCreative. 

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alt="la ley del angel caido"