19 de noviembre de 2017

LA LEY DE LOS CAÍDOS (capt. 7)



Queda ya muy poco para la publicación de nuestra próxima novela, La ley de los caídos. Se trata de una historia ambientada en el universo de Balada de los caídos, protagonizada esta vez por un Juez de los caídos que se ve envuelto en una oscura conspiración. Para salir con vida de ella tendrá que recorrer los lugares más peligrosos de los bajos fondos de Madrid, enfrentándose a todo el submundo que los caídos ocultan de los ojos de los mortales. 

Os traemos hoy el séptimo capítulo como muestra, para que vayáis paladeando la novela (puedes leer aquí los capítulos que ya hemos publicado), pero además con una novedad: la maqueta de la portada. Esperamos que ambas os gusten. 



7

Por la mañana, muy temprano, Morel alquiló un coche justo al lado del hotel. Era uno de esos hoteles donde sólo para gente de negocios y comerciales que asisten a convenciones en el norte de Madrid y ese tipo de cosas, así que la oficina de Avis era tan predecible como el canal porno en las habitaciones. Morel repitió el método de dar un nombre falso y ejercer su sugestión sobre la mujer que lo atendió para que no le pidiera el DNI; en su lugar apuntó uno cualquiera y fotocopió el suyo propio, aunque esas copias nadie las miraba si no pasaba nada. A regañadientes, Blix se quedó en la habitación. Para lo que Morel pretendía hacer, ella no le hacía ninguna falta, y moverse ya era de por sí peligroso. Si tenía que hacerlo, la arriesgaría, pero no en balde, así que, a pesar de sus protestas, la convenció para quedarse. Le daba miedo estar allí sola, pero le prometió que estaría de vuelta antes de que se diera cuenta, y que aquel era un lugar más seguro que andar dando vueltas por Madrid. Le insistió en que no se pusiera en contacto con nadie y en que por nada del mundo usara el móvil, y se marchó no sin cierta intranquilidad. Seguía teniendo remordimientos por la mierda en que la había metido, pero ya sólo podía seguir hasta el final. Quedarse a medias sí que significaba estar muertos.

En principio, lo que tenía en mente no era peligroso, pues aquel crematorio era empleado por la Autoridad para deshacerse de cadáveres de caídos sin dar explicaciones, pero no era un lugar que tuvieran que tener vigilado. Organizaciones criminales mortales también tenían puntos así en la ciudad, no era algo estratégico. Y las posibilidades de que sus perseguidores hubieran calculado su jugada le parecían tan pequeñas como para plantarse allí con relativa seguridad; pensarían que se estaba ocultando y que a lo sumo intentaría, si estaba lo suficientemente desesperado, algo contra agentes o lugares de los caídos; pero su maniobra era un rodeo muy grande: la idea de buscar entre los restos del guardaespaldas de Moznik era francamente rebuscada. El problema estaba, por ello mismo, en lo remota que era la posibilidad de obtener algo de aquella visita; seguramente ya habían reducido al tipo a ceniza y se habían desecho de sus cosas. Incluso si no era así, luego tenía que funcionar lo del GPS, lo cual dejaba demasiado a la suerte. Pero cuando estás en absoluta desventaja, has de arriesgar más y confiarte a la suerte. Si las cosas te salen, cojonudo, y si no, ya te jodes. No queda otra. 

Así que serían poco más de las ocho de la mañana y Morel ya estaba allí. Aparcó justo delante de la entrada, por si tenía que salir echando hostias. Aún estaba cerrado al público, naturalmente, pero al otro lado de la puerta de cristal estaba una limpiadora fregando el suelo antes de la hora de apertura. Con unos golpecitos de nudillos en el cristal atrajo su atención y momentos después la limpiadora había descorrido el cierre y estaba encantada de los comentarios de aquel tipo encantador sobre lo limpio que tenía aquello y lo bien que olía. Recorrió varios pasillos buscando la sala donde estaba el horno crematorio y al fin lo encontró. Allí estaba trabajando un tipo, un mortal de ojos ligeramente saltones y expresión apática que sólo se alteró unos segundos después de ver entrar a Morel, como si le costara procesar la información. Por su aspecto y un ligero olor a coñac y anís, supo que estaba bebido; el típico currela que empieza el día con un Sol y sombra para aligerar el peso de la jornada laboral. En un trabajo como aquél, tampoco era muy reprochable, pensó Morel.
–Eh, aquí no puede entrar –le dijo con una voz casi inaudible.
–Sólo será un momento, no te preocupes. ¿Llegaron ayer dos fiambres para que os deshicierais de ellos? De esos que metéis en el horno sin rellenar los papeles, ¿me pillas? Tú sabes lo que quiero decir, seguro. Lo veo en tu cara. Bueno, ¿os ha llegado alguno de ésos ayer?
El tipo abrió los ojos tanto que parecía que se le iban a saltar con un “plop”.
–Oiga, yo no sé de qué me está hablando, será mejor que se vaya o voy a llamar a…
–¿A quién? ¿A la policía? Estoy seguro de que no. Quizá a quien quiera que pague por la discreción del servicio, ¿verdad? No importa, yo ya me habré ido y tú estarás bien para cuando lleguen, descuida. Pero contesta a mi pregunta, anda, que tengo prisa.

El operario de ojos saltones permaneció callado, mirándolo fijamente, intentando evitar sin éxito que trasluciera el pánico que sentía. A Morel la situación tampoco le parecía para tanto. En realidad, no creía que a ese hombre le gustara su trabajo.
–Mira, me dan igual los fiambres en cuestión; si ya os habéis encargado de ellos, mejor para mí. En realidad, me interesa sólo uno de ellos. Era un tipo eslavo, alto, corpulento. Te suena, ¿no? Sí, veo que sí. No me interesa el cuerpo; lo que quiero saber es si lo trajeron con sus pertenencias personales, y qué habéis hecho con ellas. ¿Lo metéis todo en el horno, o cómo os deshacéis de esas cosas?
–Yo… no sé… voy a llamar al encargado… hable usted con él… yo de eso no sé nada, de verdad…

Morel se dio cuenta de que estaba asustado, pero no era de él. Si temía a alguien, era a quienes le mandaban los cadáveres para desintegrarlos. Pero había algo sutil en su aura, en la forma en que intentaba ocultar algo. Conocía bien ese tipo de matices. Una mentira dentro de otra. Seguramente había tenido suerte.
–Espera, espera. Déjame adivinar: ya te has ocupado del cadáver, pero tendrías que haber hecho algo que no has hecho. Te preocupa que te pillen por eso, los que te pagan, ¿me equivoco? No has cumplido exactamente tu cometido.
El tipo se descomponía por momentos.
–Por mí no tienes que preocuparte, en serio. Esto no es un control de calidad del servicio de destrucción de pruebas criminales, ni nada por el estilo. Afortunadamente para ti, porque la calidad no es toda la que podría exigirse, me parece. Te has quedado con algo, ¿no, granuja? No te preocupes: lo que a ti te interesa ocultar a esos tíos, a mí también me interesa que no se sepa. Como que he estado aquí y me lo he llevado. Si queda entre nosotros, mejor que mejor. Los dos salimos ganando. Double win.
–No, yo…
–¿Me vas a decir que no te quedas con pertenencias de los fiambres, que tendrían que ir al horno para desaparecer con ellos? Venga, hombre, que se te ve en la cara tanto como que has dormido mal. Joyas, pasaportes, alguna que otra arma… todo eso te lo quedas como comisión, ¿a que sí?
El operario estaba pálido, sudando como una cascada, con el labio inferior temblándole. Parecía que se fuera a desmayar. A Morel le dio hasta pena.
–Será nuestro secreto, no te pongas así, hombre. Tú me haces un favor y yo te lo hago a ti. Las cosas de ese tío, te las has quedado, ¿verdad?
No abrió la boca, ni asintió ni negó, pero sus ojos decían “sí” como si lo estuviera gritando. Estaba totalmente a merced de Morel.
–Las necesito, colega. Dámelas. Si está entre ellas lo que necesito, hasta te doy un abrazo para que te calmes.

Temblando y confuso, el hombre del crematorio guio a Morel a una sala contigua donde se guardaban las pertenencias que hubieran quedado en los cadáveres, hasta ser devueltas a las familias o desechadas. Todo estaba guardado en cajas de cartón numeradas, en unas estanterías metálicas. Las cajas no eran grandes; lo que un difunto lleva encima cuando llega al crematorio no es mucho. Desde anillos o pendientes a dientes de oro y prótesis, pocas eran las cosas que en ese último tramo del tratamiento de un cadáver podían ser retiradas y devueltas a los familiares. Otro asunto eran los muertos llevados allí directamente, sin pasar por el hospital o el Anatómico Forense. Ésos venían con todo lo que llevaran, que eran pruebas potenciales de los crímenes cometidos, las cuales debían terminar calcinadas con los cuerpos. Los 900 grados del horno funden hasta el metal, por lo que se metía todo junto y se sacaba del horno una mezcla de cenizas, huesos molidos y metal fundido que era fácilmente eliminable y no dejaba rastro. El tipo del crematorio había pensado que no hacía daño a nadie quedándose con alguna de aquellas cosas que tenían que acabar en el horno; ¿quién las iba a echar en falta? No se daba cuenta de que lo que estaba haciendo era peligrosísimo para él, pero bueno, mejor en aquella ocasión para Morel.

Le entregó una cajita de cartón que apenas pesaba. Contenía lo que había retirado del cuerpo del guardaespaldas al que Morel le había volado los sesos.
–¿Y sus armas? –preguntó éste, sólo por curiosidad.
–Desintegradas con el cadáver.
–¿Ya lo cremaste?
–Sí, anoche, en cuanto lo trajeron.
–¿Por qué no te las quedaste también?
–No quiero saber nada de armas. Y menos si no sé para qué las han usado. Pueden estar marcadas y conducir hasta aquí.
–Ya. Pero también muchas de las demás cosas con las que trapicheas.
–Pero no se van a usar en delitos. Se funden, o lo que sea, y ya está. La trazabilidad es más difícil.
–Supongo.
Morel abrió la caja de cartón y encontró en ella una cadenilla con una chapa del ejército yugoslavo fechada en los años sesenta, unos anillos de plata, un pasaporte serbio reciente, un buen reloj Seiko y dos juegos de llaves: unas de una residencia, aparentemente, y otras de un coche, con un llavero de Audi. Bingo. Ahí tenía la pista que venía a buscar, con el añadido adicional de conocer la marca. Y todo gracias a la codicia de aquel buen tipo, sin la cual ahora no tendría forma de seguir adelante y ya podría pensar en huir o hacer una locura. Le debía las gracias, al cabrón, saqueador de cadáveres.
–Todo esto, y lo que tengas por ahí, pequeña urraca, son pruebas de homicidios; como te pille la policía, serás cómplice de cada uno de ellos. Eso si tienes suerte, porque si te pillan los que mandan los cuerpos, te meterán de cabeza en el horno, pero vivo. Si alguno de esos tipos te ve en persona y te hace una pregunta, lo sabrá en el acto, como yo. Entiendo que quieras un sobresueldo, pero ten mucho cuidado con esto, estás jugando con fuego. Literalmente. Procura no convertirte en tu propio trabajo.
–Sí… sí –contestó el hombre, asintiendo nervioso–. Gracias…
–¿Qué haces con las cenizas de los cuerpos que te mandan? ¿Qué hiciste con las de este tío?
–Las tiré por el desagüe. Siempre se hace lo mismo.  

El desagüe. Ése era el triste final de los que los suyos enviaban a este lugar, por lo general otros caídos liquidados, en ocasiones mortales que se interpusieron. El cumplimiento de la Ley llevaba a eso, aunque normalmente era la razón menor: detrás de cada muerte solía haber motivos políticos y económicos, o simples ajustes de cuentas. En realidad, pensando en la sociedad de los caídos desde aquel lugar, donde todo acababa para ellos, se veía más claramente lo sucio que era todo, lo poco que respondía a un orden basado en cierta racionalidad y justicia, y lo mucho que tenía que ver con un mero juego del poder. Fuera como fuera, era muy triste que una vez muerto, por el motivo que fuera, terminaras vertido en un desagüe, diluido en las alcantarillas, como vulgar mierda. Una imagen bastante gráfica de lo que es la civilización: un vasto sistema de gestión de productos y restos orgánicos. Una máquina trituradora de seres humanos que, incluso al final, conllevan una última molestia, el estorbo de su existencia física, que hay que aniquilar. No debe quedar nada. Es la triste condición que comparten mortales y caídos, aunque luego éstos regresen y aquéllos no. Era muy poco respetuoso eso de terminar en las alcantarillas, y a Morel no le gustó imaginar así a quien él mismo había enviado allí. Él se lo había buscado, sin duda alguna. Pero eso no hacía que le pareciera mejor. Era deshonroso.

Se quedó con las llaves del coche con un «sólo necesitaré esto, gracias», y dejó la caja donde estaba. A continuación, salió de la habitación, seguido por el silencioso empleado, al que le dijo: «y por tu propio bien, no digas a nadie que he estado aquí». Iba a irse, sin más, pero al pasar por delante del horno crematorio se detuvo un momento. A través de una pequeña rendija cubierta de grueso vidrio se veía el interior. En ese momento estaba funcionando; las llamas eran claramente visibles. Se acercó a la rendija y las contempló. Ahí estaba concluyendo otra existencia, con la desintegración. Cenizas a las cenizas. No había nada más bíblico que aquello.
–¿Quién es?
–Nadie. Un cualquiera. Uno que murió de viejo.
Nadie. Eso es lo que todos somos, se dijo Morel. Unos cualesquiera que siempre terminan palmándola; ésa es la única certeza en esta vida. Incluso para los caídos. La muerte es el horizonte hacia el que todos caminamos inexorablemente. Y la vida no es sino lo que hacemos para llenar el tiempo intermedio, para evitar pensar que ese momento llegará y todo habrá dado igual. Afanosos pedazos de carne esforzándose por no morir todavía, aun a sabiendas de que el momento llegará y habrá hecho inútil todo lo que ha sido nuestra existencia. ¿Qué más dará todo lo que hayas sufrido o disfrutado, cuando no estés ahí para recordarlo? Quizá otros puedan hacerlo por ti, pero a ellos también les llegará la hora, y finalmente de ti no quedará ni el recuerdo. Regresarás a la nada. Eso le quita todo sentido a la existencia, la aboca al más absoluto nihilismo. Menudo teatro, amigo; menudo teatro. Quizá sólo tenga sentido la existencia de los grandes, de los que han hecho algo que recuerde la humanidad. La vida de los demás no tiene sentido alguno, da igual lo plena que haya sido. Fuera de la memoria colectiva, nada es real; aunque incluso ésta lo falsea, lo deforma todo. Pero no ser recordado por el colectivo es lo mismo, en el fondo, que no haber existido. Así sería él, Morel: alguien que, una vez muerto –quizá pronto–, no habría existido. Un Nadie, como el que se consumía ahí dentro, en el horno. Un Cualquiera. Eso somos todos.

Las llamas de ese horno eran ciertamente una imagen perfecta del infierno. Todo es pasto de las llamas, todo muere y es destruido. Pero las llamas sólo son una alegoría del tiempo. Es el tiempo lo que nos abrasa, lo que nos desintegra; ardemos en él y nos deshacemos, hasta que nuestro propio recuerdo es consumido y la nada lo devora todo. Este mundo, éste y no otro, es el crematorio donde todo arde hasta que sólo quedan las cenizas. Lo único que podría salvarnos, no de la muerte, pero sí del olvido, cuanto menos de eso, es la memoria. Pero si mueren los que han de recordarnos, ni ese consuelo queda, el de perdurar en la conciencia de otros, los que habrían de dar testimonio de que una vez existimos, de lo que hicimos, de si fuimos buenos o malos. De ahí que al final el único consuelo sea Dios. No porque nos salve de la muerte, sino porque nos salva de algo más terrible, del olvido. Si alguna vez fuimos, será porque Dios, la conciencia eterna que todo lo ve, todo lo sabe y todo lo recuerda, dará fe de ello. Así que necesitamos a Dios para no ser borrados hasta del pasado. El miedo a la nada es mucho peor que el miedo a la muerte. Ese horror vacui inspira una inquietud mucho mayor que saber que dejaremos de respirar y de sentir. Ésa es la alternativa, en suma: el infierno o la nada. Porque esta vida es el infierno, pero la alternativa es peor. No existir; no haber existido. No hay cielo que valga, eso es un cuento para niños. El único dilema es vivir y sufrir… o simplemente no existir.

Si Morel creía en la existencia de Dios era porque la sufría en sus propias carnes, como ángel caído que era. Dios, o algo a lo que llamar así. Quizá varios dioses, quién sabe; pero algo había, pensaba él. Los caídos no tienen ninguna certeza en este punto, pero saben que existe algo superior, pues padecen su castigo: sus almas inmortales se reencarnan y regresan al mundo vida tras vida, mientras que las de los mortales no –éstos se extinguen para siempre, o quién sabe lo que pasa con ellos–. Aunque todo se hunde en leyendas y especulaciones teológicas antiquísimas –pero, ¿qué es la teología, salvo un conjunto estructurado de mitos y leyendas?–, la creencia más extendida sostiene que los caídos fueron ángeles que se rebelaron contra Dios debido a su soberbia. Derrotados por Él y por sus huestes de ángeles leales (los Etéreos), su castigo fue ser confinados en la existencia material, donde permanecerían para siempre, privados de la Gloria. Así, cada vez que mueren –pues son inmortales sus almas, pero no sus cuerpos– vuelven a nacer en forma humana, hasta el fin de los tiempos, cuando supuestamente serán juzgados. Pero su castigo es aún mayor: al morir y reencarnarse, atados a la carne como están, enterrados en ella –con sus espíritus limitados por tan deficiente vehículo–, olvidan quiénes son, y por supuesto lo que son. De este modo, renacen como mortales corrientes, creyendo que eso es lo único que son, ignorantes de su condición. Ese olvido es su auténtico suplicio, su tumba.

Vida tras vida tienen que volver a empezar, amnésicos, sin saber siquiera que están sufriendo un castigo, ni mucho menos por qué. Pero a cierta edad, en la pubertad o en la adolescencia, se produce el Despertar. Empiezan a tener sueños extraños y turbadores que se repiten cada noche. Escuchan susurros y creen ver figuras por el rabillo del ojo. Creen percibir algo oculto y siniestro tras las caras y voces de la gente, como si insinuaran más de lo que hay. Ciertos objetos y lugares les provocan reacciones extrañas de atracción o rechazo incomprensibles… Poco a poco, van perdiendo el control de sí mismos, pues nadie puede ayudarles, nadie puede explicarles lo que les pasa, y de hecho los toman por locos. Ellos mismos llegan a creer que lo están, y entran en un círculo de autodestrucción. No mucho tiempo después empiezan a experimentar capacidades fuera de lo normal, variables según el individuo. Sus sentidos se aguzan increíblemente, su fuerza y resistencia crecen, sus heridas cicatrizan extremadamente deprisa, empiezan a ver halos de luz u oscuridad alrededor de las personas… nunca es igual para dos de ellos, pero las demostraciones involuntarias que hacen en ocasiones no consiguen sino incrementar el miedo y el rechazo que otros, hasta sus familiares, sienten hacia ellos.

Terminarían totalmente locos, encerrados en algún psiquiátrico, o muertos –en la Edad Media quemaron a muchísimos por brujería–, si no fueran encontrados por otros como ellos, otros ángeles caídos que los apartan de la sociedad mortal y los inician en la Verdad. Al principio de forma sutil, y luego mostrándoles cada vez más acerca de lo que son y de qué son capaces, les enseñan que son seres espirituales atrapados en la carne, así como las disciplinas que han de dominar. Les revelan el secreto de la transmigración de las almas, y las técnicas para recordar existencias anteriores –fundamentalmente, meditación y estudio–, con el fin de acrecentar su conocimiento y poder. Cuantas más vidas pasadas se recuerdan, más crece la autoconciencia del caído y sus capacidades, de modo que la formación del joven caído es una iniciación en los misterios de la anamnesis, la memoria que han de ejercitar para recordar quiénes son realmente. Sólo cuando el iniciado está mentalmente preparado, se le confía la gran Verdad: que se trata de un ángel caído, uno de los Repudiados, los Primeros Hijos.

Esto suele causar una terrible conmoción en el joven, que a veces lo sepulta directamente en la demencia a la que había escapado por poco. Incluso cuando no es así, cuesta muchísimo aceptarlo, y a veces se niega durante meses o años. Sólo cuando se acepta ese terrible hecho se puede empezar a aprender lo que uno es verdaderamente y de qué es capaz. Ello dependerá de la formación que reciba el iniciado en función del clan que lo haya encontrado, si es que no es un Solitario –un caído autodidacta que superó por sí solo el Despertar–; también los hay, aunque son excepcionales. En el caso de Morel, de los Almas Errantes aprendió las disciplinas de la sugestión, el control mental y saber lo que otros ocultan, especialmente sus culpas y secretos más íntimos; cómo tentar o torturar las almas, accediendo a los deseos más profundos e inconfesables. Todo ello lo predestinó a ser Juez, para lo cual esas habilidades le serían esenciales. Además, él era por su propia naturaleza muy rápido y se anticipaba muy bien a los peligros. Todo ello se sumaba a la fuerza, resistencia y longevidad genéricas de los caídos. Si no lo hubieran encontrado en la iglesia de san Isidro setenta y ocho años antes –cuando tenía catorce–, huidizo y asustado, un inculto hijo de obreros que iba allí a diario a pedirle a Dios que no permitiera que los demonios se apoderaran de su cabeza… no hubiera descubierto que el demonio era él. Los Poetas –como también llamaban a los Almas Errantes– le mostraron el Camino. Y descubrió que todo lo que creía eran supersticiones y tradiciones falsas.   

Pedir a Dios. Qué desperdicio de tiempo –reflexionaba Morel–. Nadie lo ha visto ni ha hablado jamás con él, y si cree haberlo hecho, es que está muy mal de la cabeza. Dios es el Eterno Ausente del que ni los más entusiastas teólogos y filósofos saben nada a ciencia cierta. Todo lo que digamos de Él es un reflejo de nosotros mismos, de nuestra psicología. Pero si somos ángeles caídos, lo cual ya es una interpretación –si bien respaldada en que a veces ha aparecido algún tipo de entidad espiritual, emisaria o ejecutora de Su voluntad, normalmente para putearnos–, y estamos condenados a reencarnarnos una y otra vez y a olvidarlo todo, puede decirse que Él tiene un extraño sentido del humor. Es un ser sádico y sanguinario que abandona a sus hijos en este mundo para que se enfrenten entre sí a lo largo de la historia. Una historia que es el cúmulo de horrores que Él contempla, seguramente con regocijo; la arena en que se enfrentan aquellos que lo desafiaron. La historia es en sí el castigo divino por la Caída, primero la de los ángeles, los Hijos Mayores, y luego la de los mortales, los Hijos Segundos. Unos quisieron, se dice, ser como Él; los otros simplemente conocerlo. Dios los ha metido a todos en una jaula y contempla cómo se despedazan entre sí. Juguetes de un Dios cruel. Se dice que hay otras cosas de otros mundos, atrapadas también por Él, quizá otros dioses antiquísimos y sus creaciones, todos ellos encerrados por Dios en planos aún más profundos de la realidad, pero conectadas con éste; aunque Morel nunca creyó mucho en esas cosas.

«Tengo que volver al hotel. Blix estará nerviosa», pensó, y de nuevo sintió malestar por haberla metido en el marrón en que estaban. Seguramente él no era mucho mejor que ese Dios que emplea a los demás como instrumentos. «Aunque tampoco soy yo quien ha hecho las reglas del juego», se justificó. Miró una última vez las llamas y, sin decir palabra al empleado del crematorio, se fue. 

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La ley de los caídos © D. D. Puche & Grimald Libros, 2017. Todos los derechos reservados.

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1 de noviembre de 2017

LA ABADÍA DE LA LOCURA (Relato)



La abadía, construida tres generaciones antes según ese caprichoso estilo que venía del norte de Francia, se erguía sobre las escarpadas rocas como si quisiera alcanzar el cielo, negro como el carbón, sacudido en ese momento por la feroz tormenta. Abajo, en el retorcido sendero que conducía hasta ella, serpenteando por la ladera, el Inquisidor Bramandi se detuvo un momento a descansar. Contemplándola, pensó que ya en su hechura se advertían atisbos de soberbia, algo desmedido e intolerable que exigía que ese lugar fuera purificado y a continuación echado abajo. No entendía ni cómo se había permitido que fuera levantado, con esas agujas, esa verticalidad y esa liviandad, casi flotante, que no podía proceder del ingenio humano. Decían que los maestros constructores del norte de Francia ‒qué vendrá bueno de ese país‒ ponían en práctica conocimientos que los Templarios habían traído del este. A saber lo que los Caballeros de Cristo habían descubierto; a Bramandi nunca le parecieron muy de fiar (antes bien, eran un contrapoder en el seno de la Santa Madre Iglesia con el que había que tener cuidado, y que llegado el momento tendría que ser sometido por su Santidad, que no podía permitir algo así). Menos aún desde que, se decía, esos heterodoxos defensores de la fe habían tenido contacto con los sarracenos, a los que no siempre se enfrentaban en el campo de las armas; y quizá en el Templo de Salomón habían hallado algún secreto antiguo que no debía ver la luz del sol. Algo de eso empañaba las estructuras y los muros, las torres y amplias ventanas de la abadía de Santa María de Neracqua, famosa por las aguas oscuras del manantial de montaña sobre el que fue erigida y de las cuales, se suponía, había de ser guardiana.

En efecto, de esas aguas se contaba que podían hacer enloquecer a quien las bebiera. Procedían de un manantial subterráneo que descendía del próximo Picco della Tempesta, en el noreste de Italia, cerca de Bresanona. Esa tarde, ya caído el sol, hacía honor a su nombre, pues descargaba un tremendo aguacero, interrumpido por furiosos truenos. La ascensión a la abadía tenía algo de penitencial, de enfrentamiento, incluso, a una prueba del Señor; cuanto más se acercaba la delegación de la Santa Inquisición, más arreciaba la tormenta, como si algo, en efecto, los pusiera a prueba, o quizá, quisiera impedir su llegada. Si éste era el caso, lo que estaba claro es que la voluntad de Bramandi no sería quebrada por nada ni nadie. El servicio al Señor era para él algo que iba más allá de la vida misma. Tenía un cometido, y lo cumpliría pasara lo que pasara.

El grupo estaba formado por una veintena de hombres, entre los que estaba Bramandi, al mando; los padres Infuzza y Sincero, en calidad de asistentes personales ‒secretario y fedatario, respectivamente‒; una docena de soldados a sus órdenes, y unos cuantos porteadores y criados. Habían salido tres días antes de Milán, enviados por el cardenal Allodola, preocupado por las siniestras noticias que llegaban de la abadía, o para ser más exactos, de la vecina aldea de Villalobrega, que le pertenecía; al parecer, la abadía había cerrado sus puertas dos semanas antes, no se sabía nada de los monjes, y se temía que allí dentro estuvieran ocurriendo cosas que no eran propias de hijos de Dios. Se oían ciertos ruidos en la noche, como aullidos, que no eran de lobos ‒los aldeanos los conocían bien‒, así como risas y diríase que gemidos, y el viento traía a las casas susurros que insinuaban blasfemias indescriptibles.

La mala fama de las aguas que pasaban bajo la abadía ‒las aldeas vecinas bebían de otro arroyo que descendía del deshielo de un pico próximo‒, para volver a desaparecer en las rocas e ir a parar no se sabe adónde, parecían tener algo que ver con esto. Pudiera darse el caso, ciertamente, de que los monjes hubieran bebido de ellas ‒pero, si era así, ¿por qué?‒ y se hubieran enajenado. Su misión era ser el baluarte que protegiera al mundo de esas aguas, que estaba escrito que provocaban rabia, bestialismo, comportamientos blasfemos en extremo y hasta casos de posesión demoníaca; había causas abiertas por la Inquisición donde todo esto estaba minuciosamente examinado y registrado, y había sido purgado por el fuego redentor. Había que taponar, por así decirlo, ese mal que afloraba desde las profundidades (la morada del Enemigo, donde nunca llega la luz), y el corcho era la abadía. Ahora bien, si los monjes habían cedido a la tentación y se habían dejado contaminar por esas aguas negras, la defensa había quedado abierta de par en par. No eran los altos muros de la abadía ‒esos que ahora Bramandi observaba con desaprobación y casi con un sentimiento de que, desde el principio, algo había estado corrompido allí‒ los que protegían a los habitantes del valle y al mundo, sino los hombres a su cuidado, los que con su fe debían ser muros vivientes contra la tentación. Alguno de ellos tuvo que ser el eslabón débil y los demás cayeron detrás, sin duda. Ahora el sitio entero había de ser sometido a escrutinio y limpieza. Ésa era la misión de Bramandi, y pensaba llevarla a cabo aunque tuviera que mandar de vuelta con el Creador a cualquier ser vivo que hallara ahí arriba.

Sin embargo, no hallaron ninguno. La llegada a la abadía fue escalofriante, y resultó obvio que algo demoníaco había impregnado el lugar, hasta el punto de que Bramandi tuvo que ser muy duro con sus hombres, que se negaban a entrar y querían volver a toda prisa monte abajo. Incluso los soldados dudaron, y los padres Infuzza y Sincero, que habían presenciado cosas que hacían peligrar la cordura, no dejaban de rezar y persignarse y de pasar las cuentas del rosario entre sus dedos. Las grandes y recias puertas de madera del exterior estaban atrancadas, y los forcejeos de los soldados con ellas nada pudieron hasta que, pasadas casi dos horas, hicieron mella suficiente en la madera para poder introducirse uno a uno y abrir desde dentro. Ahí empezó lo abominable, cuando la delegación entera pudo entrar y hallaron el patio central de la abadía lleno de cadáveres degollados de cabras. En los corrales también había gallos y gallinas decapitados, todo estaba lleno de sangre, y con ella se habían dibujado círculos en el suelo y se habían escrito inmundos mensajes en su interior. En los establos, los pocos burros y caballos de la abadía habían corrido una suerte similar. Aquello era un holocausto blasfemo, y Bramandi declaró ante todos que estaban ante la obra de Satán, pero que la luz del Señor los guiaría y protegería, así que nada tenían que temer si seguían sus instrucciones.

Dentro ya del edificio de la abadía, entre sus muros de piedra, todo fue a peor. Hallaron monjes muertos en el comedor, en sus celdas, y hasta en la propia capilla. El olor a descomposición, tan sólo de unos pocos días, era ya de por sí insoportable; mucho peor su contemplación. Estaban desnudos o a medio vestir, y casi todos llevaban toscas coronas de espinas ‒con las grisáceas caras cubiertas de hilos de sangre seca que les caían de frente y sienes‒ y se habían hecho heridas en muñecas y tobillos que imitaban los estigmas de nuestro Señor Jesucristo. Asimismo tenían cortes y desgarros por todo el cuerpo, y se habían escrito letras del antiguo hebreo en la carne (algo que llamó mucho la atención de Bramandi, porque la mayoría de aquellos hombres tenían que ser analfabetos). Algunos se habían cortado, o les habían cortado, dedos, orejas, lenguas, o incluso se habían sacado los ojos, quizá por el horror que habían presenciado. En algún caso, sobre todo en el comedor, también los genitales, aunque varios, en las celdas, fueron hallados muertos en parejas, en posturas claramente sodomitas, como si alguien los hubiera degollado durante el acto. Uno, en la cocina, estaba decapitado, con la cabeza sobre el pecho y una de cerdo donde habría estado la suya. En la capilla habían crucificado boca abajo a un hermano, sustituyendo el crucifijo, que estaba hecho añicos en el suelo y sobre el que habían defecado y orinado. Toda la abadía estaba llena de sangre, semen y heces; el olor era horripilante y peor aún era la atmósfera de muerte y pecado mortal que allí reinaba.

Casi toda la delegación vomitó y hasta lloró, y Bramandi tuvo que hacer repetidos esfuerzos, y amenazar con el suplicio en esta vida y en la próxima, que él tenía la autoridad de asegurar, al que cediera al miedo y huyera. Pero él mismo, aunque fingiera una firmeza imperturbable, tenía el alma helada, y le costaba disimular el temblor de sus manos y su mandíbula ante el pavor que contemplaban. El demonio se había impuesto allí como no lo había visto en lugar alguno; ni siquiera entre los dulcinianos, que Dios sabe que estaban poseídos y merecieron el fuego redentor como nadie. Particularmente turbador fue encontrar en su celda al abad, muerto sobre una cabra asimismo degollada, como él, en postura tal como si la estuviera cubriendo, con unos genitales en la boca que no eran los suyos; según determinaron después, eran los de un macho cabrío. En sus ojos abiertos, aunque blanquecinos, acuosos, había una expresión de locura y depravación que ya de por sí resultaba insoportable; qué horrible era intentar comprender lo que poseyó el alma de aquel siervo de Dios Todopoderoso para que acabara así. Aunque Bramandi sabía que ése era el origen de toda perdición, el resquicio por el que se colaba siempre el diablo: intentar comprender al pecador.

El Inquisidor dio orden de no tocarlo, de no mover ningún cadáver, no alterar nada, ni siquiera para devolver a aquellos cadáveres un resto de dignidad cristiana; su solo contacto podía contaminar a los miembros de la delegación ‒ver todo aquello, de por sí, era harto peligroso para el alma‒, y únicamente el fuego purificador podía arrancar esos cuerpos de las garras del diablo. Sus almas ya eran otra cosa, y sólo del Señor dependía, aunque Bramandi apostó para sí a que el Enemigo era ahora su dueño y estarían ya en el infierno, juzgadas y declaradas culpables.

Según el recuento de hermanos que hicieron, les faltaban aún dos. Tenían que asegurarse de que ninguno hubiera escapado: todos los cadáveres debían estar allí, y si encontraban alguno con vida, su cometido era juzgarlo y, tras haberlo hallado ineludiblemente culpable, ejecutarlo en el sitio y entregarlo también a las llamas. El mal debía quedar confinado en la abadía.

En la biblioteca hallaron uno de los dos cadáveres restantes, sentado en el scriptorium, sobre un gran charco de sangre, una costra seca ya, con un cuchillo clavado en el vientre y evidentes indicios de habérselo clavado él. Debía de ser el hermano Mateo, el bibliotecario, único monje de Santa María que sabía leer y escribir. Bajo su cabeza, apoyada en la mesa, había varios libros abiertos, tomos antiguos de demonología con horribles dibujos del Anticristo y los demás Caídos, corrompiendo a quien era tan estúpido como para prestarles oídos. Además, había varios pergaminos que al parecer estaban escritos con la propia sangre del monje, que había mojado la pluma en la hemorragia de su vientre, la que terminaría por matarlo; había escrito en mitad de esa agonía, pese al dolor, y había dejado el último testimonio de aquellos torturados hombres. En sus confusas letras había someras descripciones de la presencia física del demonio allí, quien con visiones paradisíacas los había hecho salirse del camino de la luz y entregarse a salvajes placeres y actos de una abyección indescriptible. Tras días, o quién sabe si semanas, de esa aberración, de semejante Sodoma y Gomorra, en que los goces del cuerpo sólo fueron parejos a los terrores del alma, empezaron a matarse unos a otros; algunos se quitaron su propia vida, fuera por miedo o por vergüenza de lo que habían hecho. Una de las últimas anotaciones, particularmente repugnante, señalaba que «la carne del hermano Pietro era dulce como la de un lechón». Así que, concluyó Bramandi, el monje que les faltaba probablemente había sido devorado por los demás, en una macabra celebración dionisíaca, puede que entregado voluntariamente a aquella burla obscena de la comunión.

Constatadas todas las muertes, y en espera de que el fuego consumiera aquel mal y derruyera el edificio, maldito para siempre, quedaba todavía una tarea imprescindible por hacer. Habían muerto todos los pecadores, pero la fuente del pecado seguía intacta, así que el Inquisidor dio orden de encaminarse a ella. En un ala de la abadía estaba la capilla cuyo altar, consagrado a Santa María de Neracqua, había de ser el sello que protegiera al mundo de mal de aquellas profundidades. Curiosamente, la imagen de la madre de Nuestro Señor no había sido profanada, y en esa capilla reinaba el orden y la pulcritud. Al encontrar por fin algo no profanado, los hombres se postraron ante la talla y le rezaron varias avemarías.

En un lateral de la capilla, flanqueada por las tumbas de los hermanos fundadores de la abadía, se hallaba la escalera que descendía al inframundo, a las fuentes de la maldad. Escoltado por los padres Infuzza y Sincero y los soldados, que portaban las antorchas, descendieron al pozo por la larguísima y estrecha escalera de piedra, dando vueltas durante tanto tiempo que les pareció una eternidad. La humedad y el frío eran terribles allí ‒las piedras estaban cubiertas de extraños líquenes‒, tanto más cuanto más bajaban, y ocasionales corrientes de aire los hacían estremecerse de algo que no era solamente frío. Un olor fétido fue haciéndose mayor a medida que se acercaban a su destino, y supieron que estaban cerca. Todos los hombres rezaban y se santiguaban, temerosos de lo que pudieran encontrar allí abajo; quizá al propio demonio en persona.

En el rellano al que al fin llegaron había una puerta de madera podrida, con cerraduras grandes y sólidas, que se encontraban abiertas. Llevaba tiempo así, como evidenciaba el hecho de que entre la puerta y la pared de roca había densas telarañas. Precedido por dos asustados soldados, Bramandi entró en el recinto tras esa puerta. Las antorchas iluminaron tenuemente una cueva excavada en la roca viva, el lugar del pozo original sobre el que se levantó la abadía como muralla. El manantial afloraba en ese punto, en una suerte de cisterna natural, para volver a hundirse bajo la roca quién sabe hacia dónde.

Bramandi se adelantó, y con suma cautela y algunas oraciones murmuradas entre dientes, se asomó a las oscuras aguas. Eran como un espejo negro en el que pudo ver su rostro, un lado vagamente iluminado por las antorchas y el otro totalmente en penumbra, apenas silueteado. Algo que vio lo sobrecogió, algo tras su propio reflejo, otra figura que lo miraba no desde las aguas ‒pues allí no había nada‒, sino desde sus propios ojos en ellas reflejados. Ese algo le heló la sangre y de repente comprendió su error. Dando un paso atrás, con el corazón encogido, previno a los demás contra tocar o mirar siquiera el agua; insistió en que no se acercaran. Allí no había nada más que hacer, tenían completar su tarea cuanto antes e irse.

Ascendieron de nuevo y el Inquisidor dio instrucciones muy precisas. Ningún cuerpo, ni humano ni animal, debía ser tocado. Todo debía ser quemado, tal cual estaba, y había que prender fuego a la propia abadía. Sus oraciones, la lectura de pasajes de la Biblia y el agua bendita con que rociarían sus muros, serían su último adiós mientras ardía y las llamas purificaban el lugar del mal que lo había infestado. Lo mejor que podía ocurrir es que los escombros bloquearan la entrada a la escalera de piedra y nunca nadie más pudiera volver a bajar. Ese pozo a otro mundo debía quedar cegado para siempre. Y así fue. La abadía ardió, y horas después un muro cedió a las llamas y se vino abajo, colapsando parte de la estructura. Un derrumbe parcial impediría que en aquel tétrico cementerio de almas entregadas al diablo nadie volviera a entrar jamás. El lugar sería anatema desde aquel día y pesaría pena de excomunión sobre cualquiera que osara adentrarse en sus ruinas.

Pero el mal no se acabaría con eso, y Bramandi lo sabía. Lo vio en el reflejo del agua. Había visto tras su propia imagen, o más bien compenetrado con ella, en el lado oscuro de su rostro ‒como si en el momento mismo de mirar el espejo líquido hubiera penetrado en su alma a través de sus ojos‒, la efigie de una mujer. Una mujer de una raza extraña, una hembra poderosa, ancestral, tan antigua como el mundo, alguna vieja diosa de nombre olvidado hacía siglos, que otrora fue adorada y festejada en quién sabe qué horribles lenguas y ceremonias, y de la que la cristiandad había borrado hasta el recuerdo. Pero su poder permanecía en aquellas aguas negras, su puente con este mundo, y había regresado a éste a través de aquellos insensatos que, debiendo impedirlo, la habían liberado al ceder al impulso de contemplar las aguas negras. Esas aguas negras que habían quedado en el nombre de la antigua aldea que hubo allí antes de la abadía, de la que ésta heredó el nombre, Neracqua, y no sólo el nombre. Los nombres portan espíritus, son posibilidades de recuerdo, de evocación. Algo había subsistido en la extraña forma en que los hermanos de aquella abadía rendían culto a Santa María de Neracqua, de una forma licenciosamente familiar y próxima, casi más como una hermana que como una madre. Siempre se había dicho. Aquellos hermanos que habían terminado bajando al pozo, Bramandi lo sabía con certeza, y se habían deleitado en ver su rostro en el agua, con una vaga figura femenina sobrevolándolo, y seguramente habían besado ese otro rostro, y habían bebido el agua, y quizá hasta se hubieran bañado en ella y cosas peores. Por eso habían respetado, arriba, en la capilla, la efigie, que no era la de María, sino la de la Diosa Sin Nombre, al menos para ellos. Habían profanado las imágenes del Padre y del Hijo y se habían entregado al impío culto a la Madre, cometiendo toda clase de atrocidades y gozando con los pecados capitales de la gula y la lujuria, combinándolas además de formas más aberrantes de lo que ya son por separado.

Y él, Bramandi, había cometido un terrible error. Fue un necio y miró las aguas, cuando tendría que haber sabido que querer saber es ya el gran pecado, la condenación de Adán, y de Lucifer antes de él, quien por eso quiere hacer caer a todos en la misma trampa de la soberbia. Él había mirado las aguas y ahora sentía la voz de la Diosa en su alma, carcomiéndola lentamente. Era de carácter y fe firmes como el acero, y sus conocimientos de teólogo e Inquisidor lo protegían en gran medida, pero sabía que algo crecería dentro de él hasta derrotarlo, y no sería fácilmente perceptible, ni por otros ni por él mismo; una vez que lo hiciera, perdería todo control de sí y se entregaría a secretos placeres, deliciosos y terribles a la vez, y sería un enemigo de la Madre Iglesia y del Padre escondido en su propia casa. El más peligroso enemigo. Siervo leal incluso más allá de la muerte, como era, sabía que sólo tenía una opción. Pero todo se agravaba, porque sus hombres con toda probabilidad estaban también infectados por lo que habían visto, y porque se habían postrado ante la talla que parecía la Madre de Dios, pero era la Madre del Vicio, una Lilith pagana, y le habían rezado, le habían encomendado su alma. No podían estar limpios. Su mancha se extendería lenta e imperceptiblemente, pero de forma imparable.

Esa madrugada, abajo, en Villalobrega, tras haber comido algo en la posada y subir a la habitación que le cedieron, tomó una decisión. Los padres Infuzza y Sincero estaban ya en su habitación, compartida. Los demás hombres, más mundanos, seguían en la posada, bebiendo para olvidar el horror que habían presenciado; eso sí, amenazados con el castigo más terrible si contaban a los lugareños algo de lo sucedido. Sólo podían decir que ninguno de la abadía había quedado vivo, que un gran mal había sido erradicado a tiempo, y que nadie preguntara más ni se acercara a las ruinas, que aún continuaban ardiendo. El Inquisidor hizo llamar a uno de los soldados y le dijo que cogiera un caballo y corriera a Milán para entregar una carta lacrada al cardenal Allodola. Así lo hizo y partió inmediatamente. Lo que no sabía es que esa carta explicaba brevemente lo ocurrido y advertía al cardenal de que ejecutara sin demora al portador de la misma. Así debía proceder igualmente con el resto de la delegación, a su regreso a Milán. Los padres Infuzza y Sincero y todos los demás debían ser ajusticiados sumarísimamente para atajar el gran mal que amenazaba con escapar de las ruinas de la abadía. En cuanto a él, estaría muerto cuando la nota fuera leída. Sus hombres, poseídos por Satán, iban a asesinarlo esa misma noche en su habitación; les había oído decirlo, todos conspiraban contra él. Y efectivamente, a la mañana siguiente, para consternación de todos, lo encontraron ahorcado en su habitación, colgado de una viga de madera. Todo lo que pudieron hacer, sin entender nada, salvo que el horror lo había vencido, fue llevar su cadáver a Milán, ante el cardenal. Allí les esperaba la muerte.

El cardenal, pensó Bramandi mientras escribía la carta, no necesitaba conocer la verdadera historia, ni la entendería; demasiado larga y compleja para explicarla en tan breves líneas. Y tampoco podía presentarse vivo ante él para hacérsela comprender ‒intentar comprender al pecador es lo que contagia el pecado‒, porque lo hubiera considerado poseído, como de hecho él se consideraba, y lo torturaría y ejecutaría; pero con toda probabilidad exoneraría a los padres y a los demás hombres, a los que las pesquisas de otros inquisidores hallarían limpios de algo que no estaban preparados para entender porque no habían visto su reflejo en las aguas, ni a la Diosa a su lado. Todos los que estuvieron en la abadía tenían que morir, y su propia muerte debía ser la primera y propiciatoria de las demás. Como la muerte de Nuestro Señor, la suya limpiaría el pecado; no el de toda la humanidad, pero sí la del puñado de hombres que habían estado en el infierno e inadvertidamente traían la más contagiosa de las enfermedades de vuelta consigo.




La abadía de la locura, © 2017 D. D. Puche. Contenido protegido por SafeCreative.

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22 de octubre de 2017

LA LEY DE LOS CAÍDOS (caps. 5-6)


Lee los capítulos 1, 2, 3 y 4


5


El lugar al que Morel se refería estaba en Moratalaz, al este, en un reducido y poco llamativo parque industrial. Colarse en éste no les costó demasiado, porque la seguridad estaba compuesta de agentes mortales, burlar a los cuales les resultó bastante sencillo; jugar con la percepción de los mortales es uno de los trucos más sencillos, que los caídos aprenden desde muy jóvenes. Les costaría más acceder al sitio específico al que se dirigían: una de las naves, aparentemente una pequeña fundición artística –la nave no podía ser más grande porque hubiera llamado mucho la atención, y normalmente tales industrias no se encuentran en las grandes ciudades–, que en realidad era un lugar sustancialmente más misterioso. Morel conocía bien su situación como Juez que era… o había sido. En realidad, ya no lo tenía claro. ¿Qué lo hacía Juez? ¿La Autoridad que lo nombró? ¿O la Ley que hacía cumplir? ¿A cuál de las dos se debía? Prefería decantarse por la segunda, sobre todo porque la primera –toda o una parte, eso es lo que había que averiguar– quería liquidarlo. Así que, sí, se consideraba todavía un Juez.

La pequeña fundición era en realidad la Forja de los caídos en Madrid, el lugar donde los Fabricantes, bajo estricta supervisión de la Autoridad, producían todo lo necesario para la comunidad sobrenatural de la ciudad y de gran parte del centro del país –aunque en Toledo y en Valladolid había otras dos muy importantes–. Aquél no era un lugar de este mundo, en cuanto uno cruzaba sus muros: se trataba de un enclave del Otro Lado, creado mediante conocimientos antiguos, del que sólo salían artefactos arcanotecnológicos; aunque para los mortales todos ellos fueran simples obras de arte u objetos de metal con propósito ornamental.

La Forja tendría una vigilancia considerable. La ventaja con la que jugaban era que nadie imaginaría que acudirían allí. ¿Por qué iban a pensar que sería el siguiente paso de Morel? No tendría mucho sentido, pues ignoraban –eso esperaba, de lo contrario estaba jodido– que él ahora estaba con Blix, y necesitaba herramientas. El caso es que allí estaban todas las que podían necesitar. Dentro, en ese espaciotiempo retorcido, los mortales no podían entrar, por lo menos no en toda la instalación. Cuando venía un inspector, le enseñaban unas salas normales, aptas para su percepción, donde todo era normal y legal. Pero cruzando muros y puertas que sólo un caído puede atravesar, se accedía a estancias bastante más interesantes, que al inspector, de haber podido verlas, le hubieran parecido mágicas. Y de hecho lo eran.

En la puerta exterior había dos agentes de seguridad mortales, de los de empresa privada. Chupado. Pero en cuanto entraran se encontrarían con entre dos y seis Guardianes, el cuerpo armado de la Autoridad, caídos bien adiestrados para el combate y equipados con armamento militar. Normalmente escopetas Remington y fusiles de asalto H&K G36. No es que a Morel le hiciera ninguna gracia acercarse a tipos con semejante artillería –normalmente él estaba sobre ellos en el escalafón y los dirigía, cuando era necesario, en operaciones de captura de prófugos peligrosos–, y Blix estaba muy nerviosa; pero jugaban con la ventaja de la sorpresa y de una mayor veteranía, que entre los caídos marca la diferencia exponencialmente. De todas formas, Morel tenía que ser muy cuidadoso, porque no pensaba hacer ni un disparo si podía evitarlo. Su objetivo era no cargarse a nadie. Una injusticia no se arreglaría cometiendo otra. Así que sería sutil.

Lo primero que hicieron, como habían hecho desde que entraron en el polígono, fue desactivar las cámaras del edificio desde cierta distancia. No era por él: sabrían quién había sido en cuanto dieran el golpe, y por otro lugar, nunca llegarían a tiempo. La cuestión era retrasar lo más posible que supieran que Blix lo acompañaba. Por la seguridad de ella –ya la había enmarronado bastante– y porque si sabían que iba con una famosa ladrona y salteadora del Otro Lado, tomarían precauciones específicas contra sus habilidades. Y ahí radicaba su ventaja táctica en ese momento. Las cámaras no fueron problema para Blix, a la que los aparatos se le daban bien: concentrándose, a una veintena de metros, sobrecalentó sus circuitos hasta que quedaron inoperativas, por lo menos durante un buen rato. Así que, libres de vigilancia electrónica, pudieron centrarse en los seguratas de fuera. Ésos eran cosa de Morel. Le dijo a Blix, doblando la esquina de la nave, en dirección a la entrada donde estaban los agentes de seguridad:
–Sígueme, e intenta parecer normal.
–¿Qué quieres decir? ¿Qué no parezco normal?
–Tú ven y calla.
–Pero, ¿qué coño haces? –le contestó ella, con algo a medio camino entre un susurro y un grito.
–Lo que menos llama la atención en una situación como ésta. Confía en mí.
–Sí, en ti voy a confiar… –y murmuró algo más, pero Morel estaba concentrado; pese a todo, ella lo siguió de cerca.

Caminando tranquilamente –aunque Blix empezaba a tener extraños tics y miraba mucho a su alrededor–, se acercaron a los agentes de seguridad. Ambos llevaban pistolas enfundadas. Al otro lado de la puerta de cristal de la entrada, había un pequeño vestíbulo, típico de oficina; en la recepción se encontraba una empleada, también mortal. Ninguno de los tres tenía ni idea de lo que era aquello en realidad; una tapadera de la Autoridad, de los ángeles caídos. Ni lo hubieran creído, por supuesto. Los agentes estaban hablando de fútbol, sobre el “gran partido” que habría el sábado. A Morel el futbol no le gustaba demasiado, aunque en ocasiones veía algún partido especialmente importante, normalmente cuando tenía compañía a la que le gustara. A ser posible en un bar. Con independencia del partido, que sólo era una excusa, el ambiente que se formaba en un bar esos días estaba muy animado, y las cañas parecía que entraran mejor. Es verdad que el fútbol es el circo de nuestro tiempo, se decía, pero joder, es que también hace falta; no sólo de pan vive el hombre. Así que, por muy banal que fuera, estaba más o menos al tanto del tema.

–Hola –dijo dirigiéndose a ellos–. ¿Esto es la fundición artística?
–Sí, es esto, pero no está permitido el paso a los que no trabajen aquí.
–Ya, claro. No, no quiero entrar. ¿Tenéis un cigarro?
Los de seguridad se miraron el uno al otro extrañados, pero uno de ellos dijo al fin: «sí, yo tengo», sacó un paquete del bolsillo y le ofreció uno. Hizo lo mismo con su compañero, que lo aceptó, cogió uno él mismo, y sacó el mechero con el que los tres se encendieron sus cigarros.
–Entonces, el partido, ¿cómo lo veis? –preguntó Morel, muy agradable.
–El Madrid está muy fuerte. Se los van a merendar.
–Yo no me fiaría. El Bilbao es muy duro defendiendo y además juega en casa –dijo el otro.
–Sí, pero en los últimos tres encuentros… –replicó el primero.
Blix miró cómo Morel manipulaba a los mortales. Le sorprendió su nivel: ni siquiera tenía que decir o hacer nada ostensible; sólo con pedir un cigarro y proponer un tema de conversación ya caían en la sugestión y terminarían haciendo lo que él les dijera, y además gustosos. Ese cabrón de Juez era bueno, eso no podía negárselo. Aunque fuera un pedazo de cabrón. Porque lo era. Ya le jodería bien en cuanto tuviera ocasión, se iba a enterar.
Entretanto, Morel se fumaba el cigarro sin atender demasiado las tonterías de experto que soltaban los seguratas, como cualquier hijo de vecino cuando habla de fútbol, con esa jerga de periodista deportivo que a él ni siquiera le parecía castellano. Aunque de vez en cuando metía baza:
–… pero el Madrid va a jugar con el tridente, y siempre que ha jugado con un cuatro-tres-tres contra los Leones les ha ganado.
–Lo que tú digas, pero los vascos son rocosos de cojones, y además se la deben por la eliminación de la Copa del año pasado, así que…
–Y el entrenador del Madrid se juega el puesto como no gane; va a echar toda la leña al fuego –añadió Morel a la sabiduría balompédica.
–A ese mamón a ver si lo echan ya, que sólo sabe jugar a la italiana, y…

La conversación siguió unos diez minutos, hasta que Morel dijo de repente:
–Bueno, señores, un placer. Y gracias por el cigarro. Pero tengo que volver adentro y seguir trabajando.
–Claro, claro. ¡Que cunda!
–Hasta luego.
–Vengo solo, por cierto. A esta chica la habéis visto en otro lugar. En el bar, tomando un café. Os llamó la atención y ahora estabais hablando de ella.
–Sí, es verdad.
–La tía de los ojos raros.
–Esa misma, sí. La visteis en el bar y os fijasteis en sus ojos raros. De ahí os suena.

Y tras decir esto, Morel le hizo a una impresionada Blix una señal y entraron sin más complicaciones. Fue entonces cuando Morel se puso tenso. Blix lo notó claramente. Su aura pareció encenderse como una llama. Se preparaba para un posible peligro. Ella se puso mucho más nerviosa. «Dónde me estás metiendo, tío», pensaba. «Nos vamos a meter en un lío muy grande. Y yo no quiero volver al maldito pozo».
A la mujer de la recepción pareció extrañarle su entrada; no debía de estar acostumbrada a que llegara allí nadie desconocido o sin aviso previo. Aun así, se mostró muy cordial:
–Buenos días. ¿Qué desean?
–¿Es esto la Forja? –preguntó Morel.
–Eh… es una fragua, sí. Para artistas. Escultores y orfebres, sobre todo.
–Ah, vale, gracias –Morel comprobó por la respuesta de la recepcionista que no tenía ni idea de nada–. ¿Hace falta una recepcionista en una fragua artística?
–¿Perdone?
–Nada, déjelo. Supongo que si viene alguna inspección es usted la que enseña la parte normal de la nave, ¿verdad?
–Oiga, ¿pero quién es usted? ¿Qué quiere?
–Soy el inspector.
–¿Qué inspector?
–Tiene el aviso de visita delante de usted. Ahí.
La recepcionista se quedó anonadada mirando un papel de los que tenía delante, sin entender nada de lo que decía. Pero apartó de él la mirada, confundida, y contestó:
–¿Qué puedo hacer por usted?
Lo había vuelto a hacer, con admirable facilidad. Blix pensó por un momento: «no habrá hecho esto conmigo, ¿no?», aunque enseguida se convenció de que no, porque esos poderes eran efectivos con los mortales, no con otros caídos, por lo general. Ventajas de ser del club de los Malditos.
–Lo primero –siguió Morel–: ¿ve a esta chica? Coincidió con ella esta mañana en el ascensor. ¿Por qué se acuerda de ella ahora?
–No lo sé.
–Efectivamente, no lo sabe. Pero no confunda momentos: eso fue esta mañana, y yo estoy aquí ahora, solo.
–Eh… sí. Solo.
–Perfecto, ¿cómo se llama?
–Carmen.
–Muy bien, Carmen, ¿cuánta gente está hoy aquí? Aparte de los dos agentes de fuera, hay otros dentro, ¿verdad? ¿Cuántos son?
–Dos.
Joder, era su día de suerte. Sólo dos Guardianes. Tendría que tener mucho cuidado, pero la situación era manejable. Si hubieran sido más tendría serias complicaciones. No podía saber cuántos eran porque no los percibía, debido a la naturaleza del lugar. Estarían dentro de la auténtica Fragua, es decir, no en la instalación destinada a los mortales, sino en el Otro Lado, cruzando algún umbral que daba paso a ese mundo distorsionado por Fabricantes como Blix. Aunque el talento de Blix no fuera crear esos lugares, sino asaltarlos.
–Estupendo. Todo está muy bien, Carmen, es muy diligente en su trabajo. Y dígame, ¿dónde están esos hombres?
–Cuando no están por aquí están en una sala de descanso que tienen. Está en la planta de arriba. ¿quiere que lo acompañe?
–No hará falta, sabré llegar solo. Muchas gracias, Carmen.
–De nada –contestó la recepcionista con una sonrisa.

De nuevo, gesto mudo a Blix. Subieron las escaleras metálicas que llevaban a esa planta. Lo hicieron con tensión, la que Morel le contagiaba a Blix; subieron con mucho sigilo. Una vez arriba, Morel siguió caminando despacio. No podía confiarse; no con estos tipos. De todas formas, si la cosa no se torcía, le estaba saliendo de maravilla: sólo dos, y encima tan confiados que echaban el rato en una sala de descanso. Morel intentaba aquietar su aura lo más posible para dificultar que lo percibieran, pues aunque él no pudiera captarlos, ellos a él sí –dado que estaba en el mundo normal, y éste sí es percibible desde el Otro Lado–. Únicamente jugaba en su favor el elemento sorpresa. Le dijo a Blix que esperara donde estaba, a varios metros de la puerta, hasta que hubiera «resuelto la situación». A partir de ahí se acababa el sigilo, había que actuar deprisa. Morel sacó su Glock, caminó deprisa hasta la puerta, y a pesar de que era blindada la abrió de una fuerte patada.

Cogió totalmente desprevenidos a los dos Guardianes, sentados a ambos lados de una mesa metálica y jugando a las cartas. Tenían las armas sobre la mesa –en efecto, escopeta y fusil automático–, y uno de ellos tuvo la intención de echar mano de ella, pero Morel le sugirió que no lo hiciera:
–Preferiría no tener que dispararte, colega. La situación ya es bastante incómoda para todos, ¿no?
–Hostia puta, Morel, no me creo lo que estás haciendo.
–¿De verdad vas a asaltar la Fragua? ¿Qué cojones se te ha perdido aquí?
Lo conocían, y a él sus rostros también le sonaban, aunque no recordaba sus nombres.
–Si te lo dijera lo que vendrá después perdería la gracia; tendréis que esperar para verlo.
–¿Sabes hasta qué punto va a complicar esto tus problemas?
–Sí, hasta ahora hay orden de informar si se te ve, pero después de esto le van a poner precio a tu cabeza.
–Me temo que ya lo tiene, colega –contestó–. Problemas complejos, soluciones complejas. Qué le vamos a hacer.
–¿Por qué no te entregas? Hablaríamos en tu favor ante los jefes.
–Sí, hombre, sí. Ahora mismo te entrego la pipa y te convierto en el héroe del día. En eso estaba yo pensando. Las manos bien altas. ¡Venga!

Sin dejar de apuntarles, Morel dio la vuelta a la mesa, cogió las armas y las tiró a un rincón de la pequeña habitación. Allí, aparte de la mesa, sólo había una estantería metálica llena de cajas, un pequeño archivador, un tablón de corcho en la pared lleno de papeles y una papelera. Y otra puerta, con cerradura electrónica. Morel sacó la argolla que le quedaba y la abrió.
–Hala, levantaos. Y no hagáis un movimiento en falso. Recordad quién es aquí el mayor. Es mal día para querer tener protagonismo. Si no me tocáis las pelotas os aseguro que no os haré nada; no he venido aquí para eso.
–No me lo puedo creer.

Aun refunfuñando, ambos Guardianes se levantaron. Siguiendo las instrucciones de Morel, se acercaron a una tubería que pasaba por la pared y el techo de la habitación y salía por una esquina. Morel abrió la argolla de metal fluido, esta vez, en tres aros, y cerró dos sobre sus muñecas y el tercero sobre la tubería, de modo que quedaron en una posición que les impedía moverse o intentar escapar. De todas formas, no aguantaría mucho; arrancarían la tubería de la pared en unos minutos. Pero era el tiempo que necesitaba para entrar y salir de la Fragua antes de que dieran la voz de alarma.

–Te vas a cagar por esto, Morel. Los jefes te van a desollar.
–Sí, ya te he oído antes. No te preocupes: si tú puedes decirlo, yo puedo entenderlo.
–Oye, yo preferiría que me dispararas –dijo el otro Guardián–. Esto es demasiado humillante, prefiero dar explicaciones con un tiro que sin él.
–¿Qué coño dices? –contestó el otro.
–Piensa que nos ha cogido desprevenidos en mitad de la guardia. Nos van a joder vivos a nosotros. La hemos cagado.
–Hostia puta.
–Entonces, ¿queréis un balazo? ¿En las rodillas, quizá? –replicó Morel, totalmente en serio–. No quiero que os puteen por mi culpa.
–¡Pues no haber venido, cabronazo! ¡Ya estamos enmarronados por tu culpa!
–¿Os disparo, sí o no?
–Yo creo que sí.
–¡No! ¡Dispárale a tu puta madre!
–¿Pero cómo vamos a explicar esto?
–Ya veremos; pero no quiero que encima me metan un tiro.
–Bueno, chicos, os lo pensáis, que veo que no os ponéis de acuerdo, y si queréis cuando salga os disparo. ¿Por dónde se entra a la Fragua, por cierto?
–Es esa puerta –dijo el que parecía más preocupado, señalando la que tenía la cerradura electrónica, enfrente de ellos. Era una puerta muy sólida. Ésa no la abría de una patada.
–¿Y el código? –preguntó Morel.
–No te lo vamos a dar.
Morel apuntó con la pistola a la cabeza del que dijo eso.
–No quiero haceros daño, ya os lo he dicho. Pero si me hacéis perder un segundo, le vuelo la cabeza a uno de los dos, al azar. Si el otro no me da el puto número, le volaré los huevos, y luego las rodillas, una bala en el hígado, y así sucesivamente. ¿Me entendéis?
El más cooperativo le dio el número sin pensárselo, aunque añadió: «yo sí quiero que me pegues un tiro en el pecho. Si no, estoy muerto igualmente».
–Vale, cuando salga. Por cierto, una cosa más.
Morel cogió la americana de uno de los dos, que estaba sobre el respaldo de la silla que ocupaba cuando él entró, y la puso sobre la cabeza de ambos, de forma que no vieran a Blix al entrar. Percibirían su aura y sabrían que iba con otra caída, pero no podrían identificarla de momento. Un contratiempo, que hubiera que entrar por donde estaban los Guardianes. Pero no era justo cargárselos por eso. Morel sólo había matado a criminales, y en defensa propia o de terceros. No pensaba liquidar a ningún inocente, aunque fueran hombres de la Autoridad. Él lo era sólo un día antes.

Se asomó y le dijo a Blix que entrara. Ésta, al ver a los dos Guardianes maniatados y con la cabeza tapada, se mostró muy insegura.
–¿No son peligrosos así?
–No durante unos minutos.
–No me gusta nada estar aquí.
–Recuerda dónde acabaremos si no conseguimos lo que necesitamos para empezar a actuar. No podemos huir ni escondernos; tenemos que atacar.
Blix no pareció muy convencida, pero tampoco dijo nada.
–¿Quién está contigo, Morel? –preguntó uno de los Guardianes.
–¿Estómago o pelotas? ¿Dónde lo quieres? –fue su única contestación, y el otro se calló.

Morel introdujo el número en el teclado de la puerta y ésta se abrió en silencio. Al hacerlo, salió una corriente del interior. Ambos caídos sintieron algo poderoso tras esa puerta; los lugares también tienen un aura, en función de las energías acumuladas en ellos, y allí había mucha. Blix sintió inmediatamente el flujo del Otro Lado, de la compleja estructura que había sido construida allí. Y ciertamente el lugar era maravilloso, como comprobaron en cuanto cruzaron el umbral.

Según los planos de la nave, aquella puerta era un armario en la sala de descanso de empleados. Ningún mortal descubriría jamás que al otro lado de la misma estaba el auténtico propósito de esa construcción, un espacio mucho más grande que el que se veía por fuera. La puerta acorazada daba acceso a un tremendo lugar, con escaleras que subían y bajaban en todas direcciones, conectando de un modo que se diría laberíntico diversas plataformas de trabajo flotantes, todo ello rodeado de tinieblas; no se veían paredes que lo delimitaran, simplemente el espacio elaborado se acababa y empezaban las sombras. Ellos estaban en una pasarela de metal desde la que podían subir o bajar por unas rampas a varias de las terrazas flotantes. En cada una de esas plataformas de trabajo, en ese momento vacías –todo salía a pedir de boca, quizá demasiado, pensó Morel; «¿cómo es que no hay nadie?»; pero ya daba igual, porque estaban allí y tenían que coger lo que buscaban–, había una gran cantidad de extrañísimos utensilios, herramientas y aparatos, todo lo cual parecía salido del laboratorio de un científico loco de una película antigua. Resultaría increíble, si ellos no hubieran estado acostumbrados ya a estas cosas, que dentro de aquella nave hubiera otra aún más grande, llena de toda esa tecnología arcana que los Fabricantes emplean para crear lo que necesitan los caídos. Hornos, calderos, matraces, extraños telescopios que no se sabía adónde apuntaban, máquinas de aspecto primitivo con engranajes girando constantemente, como relojes al desnudo, y expulsando chorros de vapor a intervalos regulares, rampas automáticas sin mecanismo aparente que conectaban las plataformas entre sí para transportar cargas pesadas… Allí dentro había todo un mundo de aspecto steampunk. El paraíso de un Fabricante, desde luego, y ello se reflejaba en el rostro de Blix, quien por primera vez parecía contenta desde que Morel la sacó del estudio de tatuaje. Estaba extasiada contemplando todo aquello, moviendo los ojos de una plataforma a otra, fascinada por todo lo que veía, las herramientas de trabajo de las que llevaba años separada, como si le hubieran cortado sus propias manos. Morel le dijo que buscara todo lo rápido que pudiera lo que necesitaría para hacer el trabajo; no podían demorarse demasiado allí. Ella asintió en silencio y cruzó por una pasarela a una de las plataformas flotantes, echó un vistazo al material que contenía, y desde ésta pasó por una escalera a otra, tocando todas las cosas que había sobre las mesas.
–¡Date prisa! –le gritó Morel, que se quedó al lado de la puerta, controlando a los Guardianes, al otro lado del umbral. Cogió sus armas del suelo y las lanzó a la vasta extensión de la Fragua, para ponerlas fuera de su alcance incluso si se soltaban.

Blix estuvo unos minutos rebuscando mientras Morel se impacientaba y le decía que se apresurara, a lo cual ella no respondía. Buscaba con una aparente tranquilidad que lo exasperaba. Al fin, decidió acercarse a la plataforma en la que se encontraba ella –para lo que tenía que pasar por un par de intermedias– y meterle prisa con más eficacia, ya que no hacía caso de sus palabras. Pero justo en ese momento, cuando él se acercaba por una escalera entre dos terrazas, Blix dio con la última cosa que buscaba –había ido metiendo diversos objetos en el bolso– y se la tiró a Morel, que atrapó el objeto en el aire. Era una pequeña caja de cartón, muy pesada. Tenía una inscripción con tipografía antigua –muy del gusto de los Fabricantes, quienes al igual que los Sabios, parecían sentir una gran nostalgia de tiempos pretéritos– que decía: «Munición adaptable para armas ligeras. Uso restringido».
–Me cago en la puta –exclamó Morel–. Balas de Forja. Nunca las he empleado.
Las balas de Forja eran extremadamente codiciadas por los caídos cuyo modo de vida tenía que ver con pegar tiros de vez en cuando, aunque la mayoría no llegaban a verlas jamás. Estaban extremadamente controladas por su peligrosidad. Parecían balas normales, aunque cambiaban de tamaño para adaptarse al arma empleada, y estaban hechas de una aleación especial y secreta. Llevaban grabadas unas inscripciones arcanas que les conferían gran poder, de modo que podían matar incluso a caídos muy viejos y poderosos, los cuales normalmente eran capaces de resistir impactos en el corazón e incluso en cabeza. Esas balas podían venirle muy bien llegado el momento. Se las guardó en el bolsillo de la chaqueta.
–Vaya, gracias, Blix. Un detalle. No se me había pasado por la cabeza buscar algo así.
–Los agentes del sistema nunca tenéis mucha imaginación. Pero no es un favor; te las doy por si pueden salvar mi propio culo.
–Como quieras.

Y en ese momento, al girar para volver, cuando Blix ya había cogido todos sus materiales, lo sintió. Estaba llegando por el pasillo que daba a la sala de descanso; se encontraba más cerca de la puerta de la Fragua que él mismo, al haberse acercado a Blix, así que no podía cerrarla –lo que, por otro lado, sólo hubiera servido para dejarlos allí encerrados–. Se volvió gritando a Blix que se ocultara detrás de algo, y él mismo corrió por la escalera. Pero era muy tarde, porque el otro era tan rápido como él: en una fracción de segundo varias balas silbaron alrededor de Morel, que las escuchó acercarse con un sonido como de botella de champán al descorcharse; señal inequívoca de que la bala va en tu dirección. Dos de ellas lo alcanzaron en la espalda. Se giró para devolver el fuego a su atacante, y en ese mismo instante otra bala le acertó en el pecho, a la altura del corazón. Cayó hacia atrás inerte, justo donde comenzaba la plataforma. Al otro lado de la gran mesa de trabajo, llena de extravagante maquinaria y papeles llenos de fórmulas y diagramas, estaba Blix, encogida de miedo, con los ojos como platos y el corazón saliéndosele del pecho.

Vio cómo se acercaba el tipo que había derribado a Morel, despacio, caminando por la pasarela con la aparente satisfacción del trabajo acabado. Era un tipo de aspecto joven, como treintañero, aunque evidentemente tendría más edad –probablemente parecida a la suya–. Vestía muy bien, y su aura estaba bastante limpia; Blix no vio nada especialmente turbio en ella, al menos para ser un caído. Podría haber pasado por un buen tipo en otro contexto. Llevaba el arma apuntando al suelo, con el brazo relajado. No parecía temer ningún otro peligro.

Morel lo conocía perfectamente; lo había formado él. Era Carlos Santamaría, un Juez joven y prometedor, parecido a él mismo unas décadas atrás en su entusiasmo y dedicación. Poseía un ímpetu excesivo y su grado de cumplimiento de las normas era demasiado puntilloso, algo acerca de lo cual Morel le había dicho muchas veces que debía tomárselo con calma, por aquello de que summum ius, summa iniuria. Era un excelente rastreador, como acababa de demostrar, aunque a veces demasiado precipitado. Típico de los jóvenes.

Subió la escalera, llegó hasta Morel y se quedó en pie, frente a él, todavía con el arma en la mano. Con la otra, sacó de su abrigo una argolla y con un suave movimiento de muñeca la abrió.
–Nunca pensé que tuviera que emplear esto contigo, Salvador. Qué decepción. Lo que has sido y en qué te has convertido.
Miró en dirección a Blix. No la podía ver, pero sabía que estaba ahí.
–En cuanto a ti, ya puedes salir. De nada te sirve esconderte.
Santamaría se inclinó sobre Morel para esposarlo.
–Ahora tendré que llevarte ante la Autoridad como a un vulgar criminal. ¿En qué mierda andas metido? En fin… Ellos determinarán tu culpabilidad, no yo.

De repente, una detonación. La cara de Santamaría se contrae con un violento espasmo, y se desploma a un lado. Blix se asoma y ve el antebrazo de Morel doblado hacia arriba, con la pistola apuntando adonde hace un segundo estaba el corazón del otro Juez, ahora abatido junto a él, totalmente paralizado. Morel se abre la americana y la camisa y revela el chaleco antibalas que lleva puesto –cortesía del Belga–, con la bala de 9 milímetros aplastada contra su pecho. Con un resoplido, se levanta. Blix sale de su escondite y se le acerca con las piernas temblándole.
–¿Llevas chaleco?
–Sí –contestó con voz dolorida–. Y tú deberías haber llevado uno, Carlos –le dijo al tipo fuera de combate–. Eres demasiado arrogante, te lo he dicho mil veces.
–¿Y no debería llevar yo uno también? –preguntó Blix.
–No tengo más, y normalmente soy yo el que se pone delante de las balas. Así que seguiremos así, si no te importa.

Y cogiéndola del brazo salieron de la Forja, cerraron la puerta de seguridad, Morel disparó contra la cerradura electrónica dejando dentro a Santamaría, y –tras decirle «adiós, chicos» a los Guardianes, que exigían su tiro– bajaron a la salida, donde, fingiendo normalidad, pasaron frente a la recepcionista. Ésta los miró de nuevo con extrañeza.
–Un señor acaba de preguntar por ustedes. ¿No se han cruzado?
–Sí, lo hemos visto –contestó Morel–. Está arriba. Todo bien. Que tenga un buen día, Carmen.
Una vez afuera saludó de pasada a los de seguridad, que también los miraron extrañados y rápidamente se metieron dentro.
–Anda deprisa –le dijo a Blix–. Ya han dado la voz de alarma. No sé cómo me ha encontrado Santamaría, pero saben que hemos venido. Nos persigue todo el mundo.
–¿Cómo nos han encontrado tan rápido? No vamos a poder escapar de ellos.
–Santamaría es muy bueno. Pero no te preocupes, ya pensaré algo para despistarlos. Al menos tengo un pequeño consuelo.
–¿Cuál?
–Bueno, nos vamos con lo que vinimos a buscar. No han podido impedírnoslo, aunque a partir de ahora nos lo van a poder más difícil.
–¿Y eso es un consuelo?
–No. El consuelo es saber que Carlos no está con los que quieren liquidarnos. Venía a detenerme y no parecía saber nada del asunto. Si no, hubiera tirado a la cabeza, seguramente. Y tú también estarías muerta.
–No es gran cosa. Hay muchos otros aparte de él.
–Sí, lo sé. Y con ésos tendremos que tener más cuidado. Lo que no sé es si ya saben que eras tú la que venía conmigo. 



6


Ya había anochecido, y se ocultaron en un hotel barato de la zona norte, en Chamartín, muy cerca de las Cuatro Torres, las cuales podían ver desde la ventana de la habitación. Morel, una vez más, tuvo que nublar el juicio de la recepcionista para que apuntara identidades falsas. Blix quería coger dos habitaciones, pero Morel dijo que de ninguna manera, que no la iba a dejar sola y que era muy arriesgado, por si alguien los encontraba. Los Centinelas podrían percibirlos, así que tenían que estar atentos por si alguien se acercaba. Permanecerían juntos, en una habitación doble, y se turnarían para dormir. Pese a todo, ninguno de los dos durmió apenas esa noche. Blix estaba muy nerviosa, a la vez que furiosa, y se lamentaba continuamente, no sin razón, del lío en que se había visto metida. Hablaba sola gran parte del tiempo, estaba como loca. Bueno, estaba loca. Morel se sentía mal por ello, pero no le contó la verdad, por supuesto. No le iba a decir que la había metido en sus problemas porque necesitaba su talento. Él tampoco podía dormir, y permaneció en guardia hasta que, ya de madrugada, concilió el sueño durante un par de horas. No paraba de darle vueltas en su cabeza a la situación, intentando hacerse una composición de lugar. Y aún sentía la adrenalina –por no hablar del dolor en el pecho– del asalto a la Fragua y el tiroteo intercambiado con Santamaría. Se preguntó qué pensaría éste de él ahora.

Durante horas, Morel contempló las torres que dominaban el norte de Madrid, símbolos de la modernidad, del desarrollo económico de la ciudad. Símbolos también del pelotazo económico, del capitalismo voraz y de la crisis que éste había traído. Representaban el éxito y a la vez el fracaso. Eran como gigantescos recordatorios, antorchas que alumbraban la noche de la ciudad, recordando el final de una era y la decrepitud de una sociedad. Signos también de la pérdida de identidad de la capital, de su amnesia. Ocurría algo parecido en su mundo, el de los ángeles caídos. Un reflejo de la sociedad mortal, que parasitaban como meros agentes económicos y políticos, al contrario que en otros tiempos; se habían visto esclavizados por aquello que querían dominar. Ya no eran lo que deberían ser, lo que siempre fueron. Ahora eran amasadores de dinero e influencias sin un fin claro para esos medios. Antes tuvieron un sentido, y una guía. La Ley siempre orientó su existencia y su relación con los mortales. Pero ahora su pequeña sociedad invisible era tan decadente como la mortal.

Tras ocupar la habitación, Blix dejó muy claro que la cama de la ventana sería para ella, y dejó encima su bolso y su chaqueta. Luego se dedicó durante un buen rato a examinar las cosas que había robado de la Fragua. Sólo durante ese tiempo le pareció a Morel advertir cierto entusiasmo en ella, el mismo que vio en su rostro cuando estuvieron allí. Supuso que sería como un músico que ha estado privado durante años de su instrumento y un buen día lo recupera. Le preguntó:
–¿Con eso será suficiente?
Tardó bastante en responder, y lo hizo con un «sí» que parecía proceder de otro mundo, como si ella no estuviera allí. Los artefactos eran un martillo, un cincel, una escuadra, un compás, plomada y nivel, y un prisma. Parecían perfectamente normales a simple vista, pero Morel sabía que eran herramientas arcanas poderosas, creadas por Fabricantes experimentados y cargadas de capacidades que, en las manos adecuadas –como las de Blix, o eso esperaba–, podían moldear la estructura material de la realidad. Las piezas tenían, de hecho, cierto fulgor, un resplandor plateado, propio de los Fabricantes, que sólo un caído podría percibir. Morel no sabía cómo había que usar todo aquello, pero había visto en ocasiones trabajar a los Fabricantes, y era increíble lo que podían hacer con instrumentos tan humildes. Sonrió pensando en las creencias que éstos habían inspirado en los mortales conocedores de ciertos misterios, que habían hecho de ellas el centro simbólico de la masonería. Pero lo que para los masones eran objetos de un ritual esotérico, de evolución interior, para los caídos eran instrumentos reales de transformación exterior. Tanto como para él, un Juez, lo era su Glock. Herramientas de trabajo.

Necesitaba pensar. Mientras Blix daba vueltas por la habitación hablando con quién sabe qué cosa salida de su cabeza –el tiempo en el pozo oscuro ciertamente la había dejado tocada, cada vez lo veía más claramente–, evaluó quiénes, de los que formaban parte de la Autoridad, podrían estar detrás de todo. La Autoridad era el órgano de gobierno de los caídos de Madrid y, de hecho, de gran parte del área central de la Península. La institución más poderosa del país, seguida por las Autoridades de Barcelona, Santander y Sevilla, cada una con sus respectivas áreas de influencia. Madrid tenía la mayor concentración de caídos del sur de Europa. No es que fueran tantos: unos cuatrocientos. Pero era un buen número, pese a todo. Suele haber un caído por cada diez mil mortales, como promedio, aunque tienden a concentrarse en las ciudades grandes. Los caídos se organizan en clanes, que a su vez se dividen en las distintas comunidades que hay en cada ciudad, guardando siempre fidelidad y respetando las tradiciones de la Casa madre, que convoca Concilios cada cierto tiempo. En Madrid los dos clanes predominantes eran los Herederos de la Raza Celestial y los Portadores de la Luz; esos rimbombantes nombres venían de antiguo, y nadie los empleaba, por lo general, sino que los sustituían por formas cortas o apodos. Los Herederos eran el clan más importante, muy conservador y oscurantista. Consideraban que los mortales estaban ahí para servir a los caídos, algo muy acorde con sus ínfulas rancias y aristocráticas. Solían llamarlos los Marqueses, aunque ellos preferían llamarse a sí mismos la Raza. Los Portadores eran más modernos, y en tiempos habían sido de corte ilustrado –de hecho, estuvieron muy ligados a la intelectualidad del siglo XIX y principios del XX–; pero ahora estaban volcados en los negocios y en la influencia política que ejercían a través de los medios de comunicación y la cultura. Solían llamarlos los Antorchas, aunque ellos preferían denominarse los Hermanos, por motivos históricos que no vienen al caso.

La Autoridad de Madrid reflejaba el equilibrio de poder entre ambas comunidades, que reunían al ochenta por ciento de los caídos de la ciudad. Era su órgano ejecutivo, y también legislativo para todo aquello que no viniera dado por la Ley, el código antiguo de los caídos que los Jueces hacían cumplir. Pero la independencia de este poder judicial era relativa, porque –al menos en Madrid– a los Jueces los designaba la Autoridad; así pues, la división de poderes nunca fue demasiado estricta, y en realidad era una organización más bien autocrática. Pese a ello, algunos Jueces se mostraban escrupulosos en el cumplimiento de la Ley, como Morel, al que las presiones políticas no le agradaban nada. En la Autoridad de Madrid había, proporcionalmente a su número, seis representantes de los Marqueses, cinco de los Antorchas, y uno que pertenecía a un tercer clan, los Guardianes de la Fe, fanáticos religiosos que ansiaban la redención de los caídos mediante la sumisión absoluta a la fe cristiana –y más concretamente, a la Iglesia de Roma–. Los llamaban los Predicadores, aunque en Madrid, por aquello del casticismo, se usaba más los Torquemada. Resultaba así un total de doce miembros de la Autoridad, que no eran elegidos democráticamente: cada comunidad nombraba a sus representantes. En caso de empate en las votaciones, el Presidente –actualmente era Aguirre, de los Marqueses– tenía el voto de calidad. Dicha presidencia era rotatoria, pasando cada cuatro años entre los tres grupos. Así pues, normalmente el poder lo tenían los Marqueses, mientras que los Antorchas sólo podían tomar decisiones en contra de éstos si presidían y tenían el apoyo de los Torquemada, cosa poco frecuente, pues preferían pactar con aquéllos. Salvo breves lapsos de tiempo, los Marqueses habían acaparado siempre la hegemonía; el sistema jugaba a su favor, y sólo se podía cambiar si ellos estaban de acuerdo.

De todas formas, cada clan –cuando no cada caído– se dedicaba a sus asuntos, y sólo ciertas políticas, normalmente relacionadas con el control de los mortales, eran dictadas por la Autoridad. Morel, de hecho, no pertenecía a ninguno de esos clanes. Era de los Almas Errantes, un clan pequeño y poco relevante con ramas mayores en Italia y el sur de Francia; en España había muy pocos, y la mayoría en Levante. Eran estetas, sobre todo, partidarios de una filosofía hedonista. Pero Morel se había desentendido casi por completo de ellos, y no sólo porque, como Juez, así se le exigiera, sino porque realmente no le interesaba mucho su clan. Era bastante individualista, y además de gustos demasiado sencillos –así se había visto siempre– para tanta exquisitez estética como cultivaban los suyos.

Morel especuló sobre quién estaría interesado en cargarse a Moznik, y cuál sería esa mercancía tan valiosa como para montar aquel circo de tres pistas. Todo daba a entender que era una facción de la Autoridad enfrentada a otra, actuando a sus espaldas. No sería la primera vez… Eso le daba una oportunidad, si sabía a quién dirigirse para contarle todo. ¿Pero a qué facción? Los Predicadores no tenían tanto peso; la cosa estaba entre los otros, así que… al cincuenta por ciento. ¿La gente de Aguirre y Balaguer, el Secretario? ¿O los de Vallejo, el más influyente de los Portadores de la Luz? No tenía forma de saberlo, y no lo iba a echar a suertes. Necesitaba averiguar primero qué era la mercancía. Pero el único nombre que tenía era el de ese Oliveira. Necesitaba saber quién era y para quién trabajaba ese tío, y por qué no apareció para comprar la mercancía a Moznik. Ahí había empezado todo.
–¿Tú no sabrás quién es un tal Oliveira, verdad? ¿Te suena ese nombre?
Blix interrumpió su soliloquio como si Morel la hubiera importunado en mitad de algo trascendental, y con cierta irritación, tras pensar unos segundos, se limitó a contestar: «no», tan lacónica como antes.

Oliveira era la clave para averiguar quién estaba detrás de todo y estar en condiciones de pactar un regreso seguro. De lo contrario, tendría que irse para siempre o lo liquidarían. Y ahora, seguramente, también a Blix… Que hubieran mandado a Santamaría para detenerlo no lo tranquilizaba demasiado: sabía que no todos los de la Autoridad estaban pringados, pero nada impedía a los que sí lo estaban liquidarlo en cuanto estuviera en custodia. De todas formas, iba a ser complicado dar con Oliveira, porque podría estar ya muerto, como Moznik, o fuertemente protegido. Para eso le vendría bien Blix, que podía colarlo en sitios. Si no se lo habían cargado y conseguía dar con él, averiguaría qué era la mercancía y quién la quería. O quién no quería que otro la tuviera, que venía a ser lo mismo. Así tendría con qué negociar. Otra cosa muy distinta sería hacerse con la mercancía… su ubicación sólo Moznik la conocía. La llave que le requisó seguramente tenía algo que ver, parecía importante. Pero ponte a buscar una cerradura que encaje en Madrid. Quizá sus guardaespaldas, los Súcubos que iban con él, sabían la localización; pero a éstos los tendría la Autoridad, y cualquier información útil ya se la habrían sacado a hostias o por medios aún peores. Mientras Morel se comía la cabeza, sacó del mueble bar de la habitación una botellita de whisky, y se puso a bebérsela a pequeños tragos. Le ayudaba a concentrarse, y era bueno para el dolor.

Esta vez fue Blix la que lo sacó a él de sus pensamientos. Había terminado su conversación con amigos imaginarios y estaba más apaciguada, aunque no del todo serena.
–¿Por qué tienes la cara cosida?
Aunque le dolía y le tiraba mucho, con tanto ajetreo y reflexión Morel se había olvidado de las feas costuras que tenía en la cara como consecuencia de la emboscada. Claro, por eso la gente se quedaba mirándolo con cierto asco. Pero, para no haber ido a un hospital, Acosta le había hecho un buen apaño.
–Un mal encuentro con la gente de la que huimos. De cuando se cargaron al tío al que yo custodiaba.
Blix puso, de nuevo, cara de honda preocupación.
–¿El que vendía la mercancía que querían cargarme a mí?
–Sí.
–Lo gracioso es que para escapar de esos cabrones al final sí hemos robado el material.
–Sí, bueno… de todas formas, no era exactamente el mismo tipo de material.
–¿Y de qué se trataba, entonces? Me dijiste que era el tipo de instrumental con el que yo trabajaba.
–El tipo de instrumental que cabe pensar que use una Fabricante… con tus talentos. Ya me entiendes –Morel se esforzó para ser persuasivo, incluso controlando su aura, que podía revelar una mentira. Si Blix descubría el engaño, era el fin.
–No, no te entiendo. ¿Qué es? No me vengas con que no puedo saberlo, porque no creo que en estas circunstancias importe. Si me van a matar por ello tengo derecho a saberlo.
–En realidad yo mismo no estoy seguro de qué es. Únicamente tenía orden de arrestar a Moznik. Pero sé que es algo extremadamente valioso, como para matar por ello. Quien lo quiere es alguien de la Autoridad, porque son los únicos que sabían de la detención. Pero si no estamos muertos ya es porque no son todos ellos; las partes se están ocultando información.
–Y si huiste de ese tiroteo y estás escondido desde anoche, ¿cómo sabes que me habían implicado a mí en el asunto?
«Me cago en la puta», pensó Morel.
–Un soplo de dentro. Un amigo me llamó para ponerme sobre aviso y me dijo que había salido tu nombre a relucir. A alguien había que endosárselo, y te tocó.
–¡Hijos de puta! ¿Y ese amigo no te puede ayudar? ¿No te puede decir nada más?
–No he podido contactar más con él. De todas formas, ya no es seguro. Era un aviso de “escapa lo antes posible”.
–¿Por qué viniste a por mí?
–Te lo he dicho. No voy a huir, tengo que arreglar esto. Y te voy a necesitar. Como ya estabas pringada, no tenías nada que perder, pero yo sí que ganar. Lo hago por mí.
Una leve vacilación en el aura de Morel.
–Ya. ¿Y qué vamos a hacer ahora? ¿Qué se supone que debo hacer yo? Lo que hemos robado será para algo. Quieres entrar en algún sitio.
–Sí, claro. Mi plan era que me colaras en la sede de la Autoridad…
–¿Estás loco? Ni de coña me voy a meter yo ahí. ¿No tendríamos que ir en dirección contraria?
–Tú no tendrías que entrar. Tan sólo colarme a mí. Es verdad que acercarse es arriesgado. Por otro lado, no se lo esperarían.
–Pero, ¿para qué? ¿Estás loco?
–Para nada, al fin y al cabo. Fue mi primera idea, pero ya no sirve. Quería plantarme allí directamente, saltando sobre la Guardia y los Jueces, y dar con el responsable de la conspiración. Pero es mucho más complicado. Algunos están metidos en el ajo y otros no, pero no sé quién es quién. Incluso puede que alguien esté actuando de espaldas a su facción. Tenemos que aclarar eso antes de mover ficha. Saber quiénes pueden ser nuestros aliados contra los demás.
–¿Es que tenemos algún aliado?
–Depende de cómo lo quieras ver. Hay una facción que probablemente no nos quiere ver muertos.
–Probablemente.
–Si Santamaría, el Juez que casi nos coge, hubiera querido, estaríamos muertos. Pero venía a detenerme –pequeña pausa–. Detenernos.
–Claro, para torturarnos y sacarnos información, antes de meternos una bala en la cabeza.
–No, créeme. Conozco a ese tío, he trabajado con él. Además, somos nosotros los que no sabemos lo que pasa aquí. Quien quiera que nos quiere hacer desaparecer sabe todo lo que tiene que saber.
Blix empezaba a angustiarse de nuevo.
–¿Por qué no nos largamos? Toda la ciudad andará detrás de nosotros…
–Ya te lo he dicho. No serviría de nada, nos encontrarían tarde o temprano. Hay que arreglarlo.
–¿Y si no se puede?
–Podremos. Confía en mí.
Ella negaba con la cabeza, escéptica.
–Nos van a matar. Lo sé. De ésta no salimos.
–Espero que no. Pongámoselo difícil. Y si no, haz como yo: piensa en la siguiente vida.
–No quiero pensar en la siguiente vida. Allí no tendré a mis amigos.
Morel se preguntó si se refería a alguien real o a las voces con las que hablaba, pero no dijo nada. Blix se dirigió al mueble bar y sacó de él otra botellita, ésta de ginebra, y se la bebió casi de un trago. Morel se sentía culpable por haberla metido en este asunto. Antes o después sabrían que estaba con él, si no lo sabían ya, así que su vida corría el mismo peligro. Le diría la verdad, pero de momento aún no; seguía necesitándola, y tenía que colaborar de buen grado. Si le contaba todo, lo degollaría mientras dormía. La miró en silencio y pensó, de paso, que con lo que tenía en la cabeza no le vendría muy bien meterse un lingotazo, pero tampoco dijo nada. Era su vida.
–Y entonces, ¿qué? ¿Cuál es tu plan B?
–Hay un tipo al que tenemos que localizar. Ese Oliveira por el que te he preguntado antes. Era el comprador. Me imagino que un mero intermediario. Él nos podrá decir qué era la mercancía, y así quizá podremos encontrarla. O al menos sabremos ante quién responde, y así sabremos de qué va esto. Necesitamos el amparo de la facción que no nos persigue. Tendré que patear la calle y dar con ese tío, o con alguien que sepa de él.
–¿Vas a encontrar a un tío en Madrid sabiendo únicamente su nombre?
–No somos tantos. Hazme caso, patear la calle es mi especialidad. Sé cómo conseguir que la gente me diga lo que necesito.
–Ya –y lo miró con asco.
–Oye, una cosa, ya que me lo has recordado: ¿podrías quitarme los hilos? Debería llevarlos un día más, pero creo que la herida va cicatrizando bien, y es mejor si no voy por ahí llamando la atención con esta jeta de Frankenstein. Ya me han visto, así que habrán dado la descripción de un tío con la cara cosida. Es mejor que me los quites.
–Vale. ¿Qué uso?
–Joder, no sé, unas tijeras.
–¿Crees que en una habitación de hotel hay unas tijeras?
–Me cago en la puta, toma –y sacó de un bolsillo una navaja–. Pero ten cuidado, ¿eh?

Se sentó sobre la cama y Blix, poco a poco, fue cortando la sutura y sacando los trozos de hilo, tirando lentamente.
–Joder, tío, esto da mucha dentera –se quejaba.
–Sí, bueno, a mí sólo me duele una barbaridad, lo siento.
Ciertamente, fue muy doloroso para Morel, que daba algún que otro respingo, pero no se quejó. 
–Nunca te he preguntado: ¿qué significa eso de Blix? Si es que significa algo, vaya.
–¿No has visto Legend?
–Creo que no. No, no me suena.
–Una peli de fantasía de los años ochenta. Un cuento de hadas muy retorcido. Blix es el servidor del malo. Es un duende perverso. Siempre me ha encantado ese personaje. Quería matar a los unicornios y acabar con la magia del mundo.
–¿Y eso te gusta?
Se encogió de hombros.
–El mundo no tiene magia. Al menos para mí no. Así que… que se jodan los demás. Los putos caballeros y princesas que sí tienen unicornios e historias felices.
–¿Y cómo acaba la peli?
–Triunfa el bien. Te lo he dicho, es una peli de fantasía.
–Claro.

Mientras Blix le contaba esas cosas raras que delataban lo loca que estaba –Morel, además, creyó recordar la película, y si era la que él pensaba, era una auténtica mierda–, y terminaba de quitarle las suturas, él tuvo una idea. Debió de ser por el whisky, claro. Se acordó de la pequeña llave de Moznik, y se fijó en que no llevaba llaves de coche. El guardaespaldas eslavo al que se cargó debía de ser también su conductor, porque de seguro no llegó andando a la Cueva. Tampoco se imaginaba a Moznik y su troupe cogiendo el metro. El aparcamiento más cercano era el de Santo Domingo, donde él mismo había aparcado su desventurado Laguna. Y aunque la Autoridad tuviera a los Súcubos, del cadáver del eslavo se habrían desecho según el procedimiento habitual: un crematorio en el cementerio de Fuencarral, donde los caídos incineran a los suyos cuando palman, para ahorrarse preguntas de los mortales. Con suerte no habrían cogido sus cosas, y quizá aún siguieran allí. Si conseguía las llaves y daba con el coche –cuestión de probar en el aparcamiento–, podría mirar el navegador y comprobar adónde habían ido antes. Eso le daría una pista interesante. Era difícil, pero por echar un vistazo no perdía nada. Por otro lado, podrían estar esperándolo, aunque era poco probable. Dejaría a Blix en la habitación y se acercaría él solo. 




La ley de los caídos © D. D. Puche, 2017. Todos los derechos reservados.

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